
Nos encontramos ante una crisis estructural de la civilización cuyas raíces son filosóficas antes que políticas, y cuya resolución no será mediante ajustes institucionales sino a través de una travesía dolorosa hacia configuraciones políticas y espirituales radicalmente diferentes. Para comprender la profundidad de la crisis es necesario, como propone el autor de este texto, abandonar el análisis puramente coyuntural y adentrarse en las raíces que sostienen la democracia liberal.
por Jorge Cordero Frigerio I 3 Agosto 2026
Se viven tiempos en que la impunidad se ha normalizado en el sistema internacional. Benjamin Netanyahu prosiguió políticas expansionistas en Gaza mientras enfrentaba acusaciones de crímenes de guerra —si bien se produjo un “alto al fuego”, la efectividad de este acuerdo todavía es incierta—. Donald Trump regresó al poder tras intentar subvertir una elección democrática. China anexiona territorios, suprime minorías étnicas y construye el aparato de vigilancia más sofisticado de la historia, todo mientras mantiene su posición como potencia económica indispensable. Rusia invade Ucrania violando flagrantemente tratados fundamentales del orden de posguerra. Y, sin embargo, el mundo continúa, las sanciones son selectivas, el comercio fluye, la indignación se fatiga.
Estos no son casos aislados de transgresión. Se está frente a los síntomas de algo más profundo: el colapso del orden internacional liberal construido tras 1945 y, con él, la erosión de los fundamentos morales que sostenían tanto ese orden externo como las democracias liberales que lo crearon. Sin duda nos encontramos ante una crisis estructural de la civilización cuyas raíces son filosóficas antes que políticas, y cuya resolución no será mediante ajustes institucionales sino a través de una travesía dolorosa hacia configuraciones políticas y espirituales radicalmente diferentes. Por lo mismo, para comprender la profundidad de la crisis es necesario abandonar el análisis puramente coyuntural y adentrarse en las raíces que sostienen la democracia liberal.
El jurista alemán Ernst-Wolfgang Böckenforde postuló en 1967 que el Estado liberal secularizado vive de presupuestos que él mismo no puede garantizar. Dicho de otra forma, la democracia liberal necesita ciudadanos con ciertas virtudes morales (tolerancia, respeto por el derecho, disposición al bien común, capacidad de autolimitación) que fueron cultivadas por tradiciones religiosas y comunitarias que el propio liberalismo, por su neutralidad axiológica y su individualismo constitutivo, tiende a erosionar. Dicho planteamiento pasó a conocerse como la paradoja de Böckenforde.
El Estado liberal no puede, sin contradecirse, imponer una doctrina comprehensiva del bien. Su legitimidad descansa precisamente en su neutralidad teórica respecto de concepciones últimas de la vida buena. Pero esta neutralidad genera un vacío. ¿De dónde provienen las virtudes cívicas necesarias para que, por ejemplo, sean posibles los derechos humanos? La respuesta histórica es clara: del cristianismo secularizado. Las nociones de dignidad humana inalienable, igualdad fundamental entre personas, fraternidad universal, primacía de la conciencia individual —todas ellas centrales al liberalismo— son conceptos teológicos cristianos traducidos a lenguaje secular.
Es aquí donde reside el problema: esa traducción solo funciona mientras persista suficiente memoria cultural del original. Cuando esa memoria se desvanece, cuando el cristianismo pasa de ser fe vivida a mero residuo cultural, los conceptos secularizados pierden su fuerza vinculante. ¿Por qué respetar la dignidad del otro si no hay fundamento trascendente para esa dignidad? ¿Por qué autolimitarse si no hay horizonte más allá del poder y el placer inmediatos?
Max Weber diagnosticó este proceso como el “desencantamiento del mundo” (Entzauberung der Welt): la racionalización progresiva que elimina el misterio, la trascendencia, el sentido último de la vida. Lo que queda es la “jaula de hierro” de la burocracia racional y el cálculo instrumental. Weber vio esto con claridad casi profética: una vez que el mundo está completamente racionalizado, ¿qué puede dar sentido a la existencia? El “politeísmo de valores” que compiten sin posibilidad de adjudicación racional —múltiples sentidos que pelean entre sí—, o el nihilismo puro.
Joseph Ratzinger, antes de ser papa, llevó el argumento más lejos en un diálogo con Habermas. Para él, el cristianismo europeo se dirigía inevitablemente hacia una configuración minoritaria. Esto queda expreso en su libro Fe y futuro: “De la Iglesia de hoy saldrá también esta vez una Iglesia que ha perdido mucho. Se hará pequeña, deberá empezar completamente de nuevo. No podrá ya llenar muchos de los edificios construidos en la coyuntura más propicia. Al disminuir el número de sus adeptos, perderá muchos de sus privilegios en la sociedad. Se habrá de presentar a sí misma, de forma mucho más acentuada que hasta ahora, como comunidad voluntaria, a la que sólo se llega por una decisión libre”.
Seremos muy fieles, señala Ratzinger, pero al fin y al cabo pocos. No por persecución externa principalmente, sino por la lógica interna de una modernidad secular que hace cada vez más difícil mantener fe en lo trascendente. La comodidad material, el individualismo expresivo, la absolutización de la autonomía personal —todos ellos productos de la modernidad liberal— corroen la plausibilidad de una fe que exige sumisión, sacrificio, reconocimiento de dependencia respecto a un otro absoluto.
Si Ratzinger tiene razón, entonces la democracia liberal enfrenta un problema existencial, pues necesita de algo que ya no puede tener. Los fundamentos prepolíticos se evaporan, y el liberalismo no tiene un mecanismo interno para regenerarlos. Esto no es un accidente corregible mediante mejor educación cívica o reforma constitucional. Es una contradicción estructural en el corazón mismo del proyecto liberal.
Ante el vacío de sentido que deja el desencantamiento, han surgido dos tipos de respuestas que, lejos de resolver la crisis, la profundizan: los sucedáneos religiosos seculares de carácter gnóstico y los nacionalismos identitarios de inspiración pagana. Ambos intentan llenar el vacío dejado por la trascendencia perdida, pero ambos son incompatibles con los fundamentos de la democracia liberal y tienden hacia formas de totalitarismo.
Eric Voegelin, en su análisis de los totalitarismos del siglo XX, identificó una estructura común que llamó gnosticismo político. El gnosticismo antiguo prometía salvación mediante conocimiento esotérico y la liberación del mundo material corrupto. Los movimientos políticos modernos (comunismo, nazismo, progresismo radical) reproducen dicha estructura: prometen salvación inmanente, un paraíso en la Tierra, identifican el mal como externo y eliminable, postulan un conocimiento privilegiado accesible solo a los “iluminados”, y justifican cualquier violencia en nombre de la utopía venidera.
La llamada cultura woke, por ejemplo, encaja perfectamente en este esquema gnóstico. El mal es identificado como “privilegio sistémico”, sea racismo, patriarcado o heteronormatividad; entidades casi metafísicas que permean las estructuras sociales. Este mal puede y debe ser eliminado mediante la “deconstrucción” total de las estructuras existentes. Existe un conocimiento esotérico, la “conciencia crítica”, que permite a los iluminados ver lo que los demás no pueden. Y la salvación es colectiva e inmanente: la perfecta “equidad” alcanzable en este mundo mediante ingeniería social suficientemente radical.
Las consecuencias de esta estructura gnóstica son predecibles. Si el mal es externo y eliminable, entonces la violencia contra los portadores del mal (cancelación, ostracismo, destrucción de reputaciones y carreras) no solo se justifica, sino que se vuelve virtud moral. Como señala Joshua Mitchell en su libro American Awakening: Identity Politics and Other Afflictions of Our Time, no hay espacio para misericordia (el opresor no merece perdón), ni para humildad epistemológica (tenemos la verdad absoluta), ni para convivencia con el error (el error debe ser erradicado). Es entonces una pseudorreligión sin las salvaguardas que las religiones maduras desarrollaron a través de siglos de experiencia: el reconocimiento del mal interior (pecado original), la imposibilidad de perfección humana, la salvación como trascendente y no mundana, el misterio irreducible.
Y como toda gnosis secular, se agota rápido. Sin trascendencia genuina, sin Absoluto que dé estabilidad al sistema de significado, solo queda la intensificación perpetua. Cada causa debe ser más radical que la anterior para proporcionar ese “hit” de significado moral. De ahí la espiral: igualdad formal, igualdad de oportunidades, igualdad de resultados, equidad, abolicionismo. Es consumo acelerado de indignación moral que termina devorando a sus propios hijos, como toda revolución gnóstica (concepto acuñado por el filósofo Manfred Svensson).
El problema fundamental es que este sucedáneo religioso no puede proporcionar los fundamentos prepolíticos que necesita la democracia liberal. Al contrario, los destruye sistemáticamente. La tolerancia liberal requiere capacidad de convivir con desacuerdos profundos; el gnosticismo woke no tolera disidencia. El pluralismo liberal requiere reconocer límites al poder político; el gnosticismo busca politizar todo aspecto de la existencia. El liberalismo requiere humildad epistemológica; el gnosticismo se asienta sobre certezas absolutas.
Si la izquierda secular ha derivado hacia el gnosticismo, importantes sectores del cristianismo político están cometiendo un error simétrico, pero igualmente fatal: la alianza con las “nuevas derechas” que se presentan como defensoras de los valores tradicionales, pero que en realidad representan un paganismo nacionalista radicalmente incompatible con el cristianismo y también con el liberalismo.
Augusto Del Noce analizó magistralmente este error en el contexto del fascismo italiano. En los años 1920-30, amplios sectores del catolicismo italiano apoyaron a Mussolini pensando que podían instrumentalizarlo: el comunismo era el enemigo existencial, el fascismo prometía orden y respeto por la Iglesia, los Pactos de Letrán parecían una victoria católica. Del Noce vio la trampa: el fascismo no era conservadurismo cristiano sino revolución pagana. Su núcleo era el vitalismo, el culto a la fuerza, la divinización del Estado y la raza. Los católicos que pactaron con él no lo cristianizaron; los arrastró y fueron ellos quienes se paganizaron. Cuando llegó el horror de la Segunda Guerra y la alianza con el nazismo, ya estaban demasiado comprometidos para resistir.
La historia se repite con precisión inquietante. Hoy se puede ver a cristianos, especialmente evangélicos en Estados Unidos y católicos tradicionalistas en Europa, haciendo exactamente la misma apuesta con figuras como Trump, Orbán y Le Pen, líderes que prometen defender a los cristianos contra la cultura woke, nombrar jueces conservadores, detener la inmigración musulmana y restaurar “valores tradicionales”. Y muchos cristianos, aterrorizados por el gnosticismo secular y la pérdida de influencia cultural, aceptan esta alianza.
Pero el núcleo ideológico de estas nuevas derechas no es cristiano. Trump encarna un nietzscheanismo vulgar: el ethos del más fuerte, el desprecio por la debilidad, un narcisismo absoluto, la ausencia total de humildad o arrepentimiento. No hay nada en su cosmovisión que sea compatible con el Sermón del Monte. Orbán habla de “Europa cristiana”, pero su proyecto es nacionalismo étnico, no universalismo sacramental. Su “cristianismo” es identidad cultural, no fe vivida. Es etnos, no ecclesia.
Los cristianos que hacen estos pactos siempre pierden… y por razones estructurales. Primero, hay asimetría de compromiso: las nuevas derechas usan el cristianismo instrumentalmente (para votos y legitimación); los cristianos se comprometen sinceramente. Cuando hay conflicto de intereses, son los cristianos quienes ceden porque el enemigo mayor es peor. Segundo, hay contaminación moral: al aliarse con estos líderes, los cristianos terminan defendiendo lo indefendible, perdiendo autoridad moral. Tercero, hay incompatibilidad fundamental: el cristianismo es universalista (no hay judío ni griego, como diría San Pablo en Gálatas 3:28), estos nacionalismos son particularistas; el cristianismo predica misericordia, ellos predican dureza; el cristianismo ve el poder terrenal con sospecha, ellos lo idolatran. Cuarto, el socio menor siempre es instrumentalizado: una vez que estas fuerzas consolidan poder, ¿por qué compartirlo con cristianos minoritarios?
Del Noce lo consideró como el suicidio del catolicismo político. Es decir, sacrificar el alma por victorias legislativas tácticas. Y su advertencia fue profética, pues estos pactos no preservan el cristianismo, lo desfiguran hasta volverlo irreconocible.
Jürgen Habermas, respondiendo precisamente al dilema de Böckenforde, propuso una solución elegante: el “patriotismo constitucional”. Concepto acuñado primeramente por el politólogo Dolf Sternberger. Según Habermas, ciudadanos de diferentes tradiciones morales y religiosas pueden coincidir en principios abstractos de justicia (derechos humanos, estado de derecho, procedimientos democráticos) sin necesidad de compartir los fundamentos metafísicos. Un “consenso traslapado”, en palabras de Rawls, basado en la razón pública puede sustituir a la religión como fuente de cohesión social.
Es una solución atractiva, pero choca con varios problemas empíricos devastadores. El más obvio es la inmigración masiva desde culturas que no han pasado por el proceso de secularización interna que experimentó Europa. El cristianismo europeo aprendió dolorosamente, a través de guerras religiosas y siglos de conflicto, a ser compatible con el pluralismo y el Estado secular. Pasó por la Reforma, las guerras de religión, la Ilustración, la separación Iglesia-Estado. Esta trayectoria es particular, no universal.
Cuando porciones significativas de población provienen de tradiciones donde no hay separación conceptual entre religión y política (din wa dawla en Islam), donde la sharia tiene primacía sobre la ley civil, donde la umma es una lealtad primaria que está por encima del Estado-nación, donde lo trascendente consume lo inmanente (fenómeno que Voegelin denominó fe metafísica), entonces el “patriotismo constitucional” es una abstracción vacía. No se le puede pedir a alguien que priorice la constitución alemana sobre el Corán, si su cosmovisión no tiene espacio conceptual para esa distinción.
Y aquí está el dilema: el liberalismo no puede exigir esa secularización interna sin traicionar su propia neutralidad. Si se fuerza a los inmigrantes a adoptar valores liberales, se deja de ser liberal. Recuérdese la famosa frase de los jacobinos previo a la Revolución francesa: “Nada de libertad para los enemigos de la libertad”. De ahí a la tiranía de Robespierre hubo solo un paso. Empero, si no se impone este principio, se permite el crecimiento de comunidades que rechazan los fundamentos del sistema. En otras palabras, estamos ante la paradoja de Böckenforde multiplicada: la necesidad de ciudadanos ya liberalizados, pero que no pueden reproducir el modelo sin autoritarismo.
La pregunta más profunda no es si el liberalismo sobrevivirá en su forma actual —probablemente no—, sino si su herencia moral sobrevivirá al liberalismo. Esa herencia (la dignidad inalienable, el límite del poder, la posibilidad de misericordia) es más importante que el sistema político que la albergó durante siglos. Quizás la ironía final sea esta: para que algo de esa herencia perdure, quienes valoran la democracia liberal deberán convertirse en sus conservadores más lúcidos, preservando lo que el liberalismo supo custodiar sin comprender del todo sus propias fuentes. Esa es la verdadera tarea que podría quedar, no salvar al liberalismo como proyecto de autonomía total, sino rescatar lo que ese proyecto, en su mejor momento, logró proteger.