El futuro en el corazón de la sociedad

¿Qué nos dice el triunfo del Apruebo acerca de cómo imaginamos y deseamos el porvenir? ¿Se ha potenciado la dimensión individual o hay alguna señal de que se fortalece el vínculo social? Para la autora de este texto, “es como si la ciudadanía que votó hubiese decidido, metafóricamente, dejar sus sueños de irse al sur o al campo”, para darle oportunidad a un simbólico nuevo inicio de nuestro lazo político, con la esperanza de que eso modifique aquellas experiencias que los han llevado a encerrarse en sí mismos y a sentir una profunda desafección por los asuntos comunes. Sin embargo, advierte Araujo, la batalla no está ganada, puesto que es posible que una nueva Constitución no sea capaz, por sí misma, de revertir los impulsos de “exit” que atraviesan la sociedad.

por Kathya Araujo I 29 Diciembre 2020

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El futuro no es solo un tiempo gramatical o una declinación ficcional de ese objeto de la física llamado tiempo. Las expectativas de futuro son un potencial anclaje socio-exis­tencial para los individuos, hombres y mujeres, de una sociedad. Lo son porque abrir una ventana de posibilidades puede tener efectos paliativos sobre lo insoportable de la existencia, como lo ha señalado Freud en su famoso libro El malestar en la cultura. También, porque la presencia del futuro en el presente tiene una función performativa respecto de este y de los trayectos posibles a seguir, como sugiere Reinhart Koselleck, entregando, así, grados de consistencia y dirección a las formas de estar y hacer en el mundo social. Pero las expectativas de futuro son, asimis­mo, una vía privilegiada para acceder a los juicios y experiencias que tienen las y los individuos respecto del conjunto de condiciones y situaciones que deben enfrentar, de cara a sostenerse como sujetos sociales en una sociedad histórica específica. Las expectativas de futuro se forjan en el entrelazamiento de lo que creemos valioso mantener y, al mismo tiempo, de aquello que nos es muy difícil enfrentar y soportar en el presente y que desearíamos dejar atrás.

Hace algunos años, desarrollé una investigación con una pregunta más bien simple: quería saber cuá­les eran los rendimientos a los que eran empujadas las personas en Chile para sostenerse en la vida social. Uno de los resultados que más me tocaron de esta in­vestigación fue el siguiente: en lo que concernía a las expectativas de futuro, para la inmensa mayoría de las personas la esperanza principal era poder desarrollar con éxito una estrategia de huida o de salida –exit, di­ría Hirschmann– de la sociedad en la que vivían. El futuro estaba ligado a la expectativa de salir de lo que llamaban el “sistema”, es decir, ese conjunto articulado de desafíos estructurales con los que se topaban de manera cotidiana y que constituían la escenografía de sus existencias. El “sistema” era, claro, una manera de nombrar a su sociedad.

La expectativa de salida aparecía como una suerte de reinicio, y ello se condensaba en el sueño, a veces proyecto, de irse a vivir al campo o al sur del país. En estos espacios geográficos –de acuerdo con los resultados de la investigación– ya no solamente se tramitaba una nostalgia por los orígenes, como tradicionalmente fue el caso respecto del mundo rural. Lo que en ellos se vehiculizaba era la esperanza imaginaria de un lugar propicio para la construcción de un “yo” y una forma de vida diferente, lejos de las desmesuradas exigencias de la vida que la sociedad les imponía y de sus consecuencias. Lejos de los impedimentos para la realización personal, por ejemplo, por la colonización de la vida por lo laboral, por las consecuencias de la precariedad o por la apariencia como valor. De las demandas económicas, laborales o del estatus, que obstaculizaban una distribución de sus tiempos más equilibrada y satisfactoria. De los usos y abusos que se oponían a una sociabilidad más delicada, poblando de asperezas las relaciones con los otros. De los mandatos (ser competitivo, exitoso, guerrero) que ponían vallas para una forma de conducción personal en el mundo social menos disonante con sus propios ideales. El futuro se desarrollaría en un mundo otro, que les exigiría, imaginaban, vidas quizás más esforzadas, pero más gratas, más humanas y, sobre todo, con más sentido. Un futuro que los dotaría de otras condiciones muy distintas que las que entregaba su sociedad para su existencia. En breve, el contenido de la esperanza de un potencial cambio de las situaciones indeseadas, la grafía del futuro como anclaje socio-existencial, era abandonar la sociedad en la que se vivía. El sueño: uno individual; a lo más, familiar.

Pocas cosas, al mismo tiempo, tan estimulantes y tan preocupantes como estos resultados. Estimulantes, por todo a lo que abre, como pregunta y como proceso, la evi­dencia de estar ante in­dividuos que reconocen, transversalmente, los lí­mites y los costos de un modelo económico, de desarrollo social y rela­cional para sus propias vidas, y que evidencian una expectativa clara de encontrar formas de vida y de construcción de sí alternativas. Pre­ocupantes, por lo mu­cho que se juega para la plausibilidad y cualidad de la vida en común cuando la vía percibida y deseada del cambio es el distanciamiento de la propia sociedad, sus principios, sus pro­mesas y sus normas. Más grave todavía: se transparenta que tras la discutida desafección política, lo que está en juego es una insidiosa deslibidinización del lazo social mismo.

¿Por qué contar lo anterior?

Porque este pequeño relato sirve para ilustrar las razones que me llevan a sostener que el futuro que podamos imaginar, que es el ejercicio al que nos ha convocado esta revista, va a depender de cómo con­seguimos revertir este proceso de salida o alejamien­to; de si logramos responder al desafío de devolver a los individuos el horizonte de un futuro compartido, un futuro societal. Un futuro que incluya a más que a mis cercanos. Un futuro en sociedad y no fuera de ella. Y eso trasciende las ideologías. Aunque sería ingenuo asumir que está fuera de los márgenes de las luchas de poder. Y eso es transversal a la socie­dad. Pero sería absurdo pensar que se conseguirá sin conflicto.

¿Hay razones para estar expectantes respecto de ese futuro?

Sin duda las hay.

La aprobación masiva de la redacción de nueva Constitución es una señal simbólica extremadamente relevante. Lo es también en términos concretos, por supuesto, pero no imagino un acto simbólico más im­portante en una comunidad política. Esto hace este pro­ceso tan sustancial. Es como si la ciudadanía que votó hubiese deci­dido, metafóricamente, dejar sus sueños de irse al sur o al campo, al menos temporalmente, para apostar por otro tipo de reinicio: uno que compete a lo nu­clear del lazo de la co­munidad política con la esperanza de que eso modifique lo sustancial de aquellas experien­cias sociales que han aportado de manera sistemática y contundente a su desafección por su sociedad.

La política había perdido conciencia de sus deberes: ofrecer grandes y renovados horizontes políticos, es decir, imágenes de un futuro deseable, alcanzable y común, imágenes que lograsen interpelar a la sociedad. Al final, no era para nada difícil darles razón a quienes, por ejemplo, en las ferias o en las calles los increpaban. La política había contribuido a producir una idea de futuro animada por la fuga y la distancia.

Pero ni la batalla está ganada aquí, ni, más importante qui­zás, una nueva Cons­titución es condición suficiente para recons­tituir la adhesión a la sociedad. No es capaz por sí misma de revertir los impulsos de exit que la atraviesan. La vida social es mucho más que la suma de garantías jurídicas. Es pugnas de poder, es emocionalidad, es moralidad, es intereses, es necesidades y tanto, tanto más… Así es que, en rigor, si podemos imaginar lo que viene para un país que ha revertido de manera consis­tente esta tendencia, es porque este habrá logrado sor­tear con éxito muchos, muchos otros escollos. Tantos, que resulta imposible reseñarlos en este breve texto; lo que no inhibe, sin embargo, la posibilidad de hacer el ejercicio de esbozar algunos de ellos.

Habrá conseguido, por ejemplo, recomponer la relación entre sociedad y política, una de cuyas aris­tas más importantes, de cara al enlazamiento social, concierne, precisamente, a la idea de futuro. Un estudio que realizamos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago, hace tres años, sobre la relación entre política institucional e individuos, mostró el importante sufrimiento moral de los y las militantes, especialmente jóvenes. Ser militante requería un enorme rendimiento individual. Había que realizar el trabajo permanente de suplir de sen­tido a la política institucional misma. Era así porque este sentido se veía fuertemente erosionado por sus experiencias de ser agredidos permanentemente por los ciudadanos, aquellos por los que se suponía que ellos deplegaban sus esfuerzos y a los que preten­dían representar mediante sus partidos políticos. Pero, también, porque una política centrada en lo electoral, alejada de los territorios y de los contactos presenciales, quedaba colocada más del lado de la re­acción que de la proyección, en un juego de deman­da-respuesta, y con ello no conseguía salir del re­gistro de la urgencia. Intereses demasiado reducidos y puntuales, un espíritu instrumental, una distancia de la sociedad que es germen de desconocimiento y un presentismo urgido, reconocían, terminaban por anular sentido y, especialmente, borrar el futuro. La política había perdido conciencia de sus deberes: ofrecer grandes y renovados horizontes políticos, es decir, imágenes de un futuro deseable, alcanzable y común, imágenes que lograsen interpelar a la socie­dad. Al final, no era para nada difícil darles razón a quienes, por ejemplo, en las ferias o en las calles los increpaban. La política había contribuido a producir una idea de futuro animada por la fuga y la distancia.

Pero si lográramos darle densidad al lazo social, ello habrá sido posible, también, porque la política institucional y los actores políticos no institucio­nales habrán abandonado su profunda adherencia a formas polarizadas de escenificar el conflicto: un efecto, entre otras cosas, de la falla tectónica que ha producido la fallida tramitación de la memoria his­tórica en el país. Porque habrá sido puesto en nuevos términos el agonismo propio a la política. En cuanto la vida social está atravesada por el conflicto, y la po­lítica también y por sobre todo, no se habrá tratado en este esfuerzo de anularlo, sino, precisamente, de haber tenido éxito en hacerlo posible al haber comprendido que el conflicto dinamiza, pero la polari­zación no. Esta última congela; erosiona el disenso; amenaza la libertad de criterio; dificulta la escucha; debilita la idea de lo común, y, muy importante, aporta rispidez a la de por sí exigida vida social.

Por supuesto, no es solo la política sino también la sociedad la que habrá estado concernida en produ­cir el espacio para que nuestras ficciones del futuro sean colectivas y sean societales. Para lograrlo, de­berá haber avanzado en resolver de manera virtuosa la recomposición de los principios, racionalidades y lógicas que dan forma a nuestra vida social, una tarea en la que la sociedad está empeñada ya desde hace un buen tiempo y cuyo desenlace está hoy abierto.

Una manera virtuosa significará, entre otras co­sas, haber logrado una sociedad menos irritada, en la que la experiencia principal no sea, como lo han mostrado una y otra vez las investigaciones, la ten­sión por la violencia y la experiencia de desprecio, omnipresente en los relatos de los sectores popula­res, por el metro abarrotado o por los rostros de dis­gusto y enojo con los que se debe lidiar en los am­bientes laborales o siendo atendidos en un café. Una sociedad que se sienta más cómoda en un mundo en el que orden y conflicto no necesariamente sean excluyentes. En donde los principios jerárquicos y verticalistas sostenidos en ficciones de jerarquías naturales, hayan dejado de funcionar como un ins­trumento privilegiado para el mantenimiento de las prerrogativas y del poder, y el autoritarismo no sea más el nombre propio de la autoridad. En donde la renuncia a los privilegios indebidos haya sido admi­tida como gozne para una nueva convivencia, y las y los individuos hayan sorteado con éxito los aprendi­zajes de la autonomía que este cambio en las formas de gestionar el poder les habrá entregado. Como re­cordaba Erich Fromm, la libertad no es un bien que de suyo queramos aceptar y que sepamos emplear. Habrá sido un camino largo y difícil, porque en lo que a esto respecta no hay ley que valga, ni política pública que resuelva.

Si llegaremos o no, está abierto, pero si lo hacemos sabremos que lo hemos hecho porque líneas como es­tas no serán leídas como una pastoral, como buena voluntad quimérica o como un ingenuo racconto que pierde de vista lo central: la economía, los números, lo jurídico, los indicadores, la lucha política, el po­der. Estaremos, entonces, en posición de reconocer que todas estas dimensiones, incluida nuestra nueva Constitución, solo habrán tenido sentido si es que con ello conseguimos que las personas encuentren aceptable su sociedad, reciban una imagen dignificante de sí y estén dispuestas a poner voluntaria­mente sus energías en ella, respetando los principios que habremos decidido conjuntamente para nuestra vida en común. Si, fundamentalmente, logramos ha­cer que las expectativas y los sueños de futuro vuel­van a tener como escenario el corazón de la sociedad y no sus márgenes.

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