Eugenio Tironi: “La vida parece estar definida por una mecánica donde se reproducen las desigualdades o discriminaciones que el discurso meritocrático anunció que se terminarían”

¿Ha pasado mucho o poco tiempo desde el estallido social de 2019? Si atendemos a la cantidad de hitos políticos que se sucedieron desde entonces, como lo hace La resaca, de Eugenio Tironi, parece que hubiéramos vivido un siglo. Son tantos que el autor incluso elaboró una cronología. En esta entrevista, Tironi se detiene en esas escenas (el ascenso de Boric, la caída de la Convención, la guerra en Ucrania, la vuelta de Trump) para mostrar cómo aquel exceso que pareció simbolizar el estallido fue dando paso a otra cosa, todavía difícil de definir.

por Cristóbal Carrasco I 3 Noviembre 2026

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En La resaca aparece citada de manera recurrente M, de Antonio Scurati, que narra el ascenso al poder de Benito Mussolini. ¿Qué hay allí que le hacía pensar en el Chile actual?
Hubo una coincidencia: mientras escribía La resaca leí con cierta obsesión a Scurati. Vi en él ese aspecto teatral, exagerado, apasionado, que caracterizó al auge del fascismo italiano. Ese exceso tiene mucho que ver con el tiempo del que habla La resaca, que fue un tiempo de exceso en todos los sentidos. El delirio americano, de Carlos Granés, un libro que también me gustó mucho, se comprende mejor con el delirio italiano, con Mussolini.

El título La resaca parece evocar un momento que viene después del carnaval o de la borrachera. ¿Comparte la idea de que en el estallido hubo algo de esa liberación?
Sí, completamente. Creo que es algo muy propio de la sociedad en que vivimos. Las fuentes de malestar, de miseria, son múltiples, no tienen una jerarquía clara y no es posible achacárselas a un sistema determinado. Unos pueden atribuirlas al capitalismo; otros, a la ciudad, a la familia, a su propia depresión. Por lo tanto, no se transfieren a la política, no se racionalizan, sino que se transfieren inmediatamente al acto, al acto excesivo.

Los chalecos amarillos en Francia funcionaron de manera parecida: los disfraces, el romper, el atacar los signos del poder establecido y de las instituciones, el uso de la música y la fiesta. Hay cierta teatralidad en la que no está muy claro lo que se persigue y que a veces se desencadena por minucias. Acá en Chile fueron 30 pesos, y si vemos ahora en Francia, me he fijado que mucho pasa por el sistema de acceso a la educación superior que se llama parcoursup. Los alumnos ponen sus antecedentes, las universidades y los institutos técnicos ingresan sus cupos y condiciones, y un algoritmo los distribuye e informa si quedaron o no. Una gran demanda de los franceses está en rehumanizar ese sistema de acceso a una educación superior que, como en Chile, se ha masificado.

Parece haber una reacción contra lo impersonal, contra la sensación de que la vida está definida por mecanismos fuera de nuestro control
La vida parece estar definida por una mecánica, como un panóptico fuera de control, donde se reproducen las desigualdades o discriminaciones que el discurso meritocrático anunció que se terminarían. El funcionamiento de parcoursup muestra sistemáticamente una exclusión de los grupos que vienen de la periferia y son hijos o nietos de inmigrantes. Pero la responsabilidad de ese desempeño ya no se le puede achacar al sistema ni a la clase dominante, sino a un algoritmo.

En La resaca usted comenta que la campaña que llevó a Boric a la presidencia, la disyuntiva fue entre el miedo y la esperanza. En otros momentos hubo otros clivajes, como igualdad o progreso. ¿Qué explica el acento en el miedo y la esperanza?
Creo que tiene mucho que ver con el estallido social. Hasta ese momento seguía siendo una fuente de esperanza. No había sido criminalizado ni convertido en un tabú, algo que al tocarlo te contamina. Había cierto orgullo de haber logrado canalizar pacíficamente esa energía destructiva a través de un proceso en el cual se podían depositar esperanzas, como el proceso constitucional.

Eso se acompañaba de tener un presidente joven, nuevo, que, así como los convencionales llegaron de fuera del sistema político, llegaba de fuera del establishment, de la generación anterior. A esto se sumaba que el discurso de Kast era especialmente negativo respecto del proceso de modernización y liberalización de Chile: la migración, las relaciones de género, la diversidad sexual. Estaba muy presente el temor a perder libertades.

Boric aparece en su libro como alguien que debe cambiar de rumbo ante el fracaso del proyecto de una nueva Constitución. ¿Qué rescata de esa transformación?
Boric y la Convención fueron de la mano: ambos fueron la respuesta chilena al estallido. En Chile se llegó a una propuesta; fue rechazada, pero se llegó a algo. La caída del proyecto de la Convención trajo consigo el desplome del proyecto Boric. Y eso le ocurrió a los seis meses de gobierno. Tengo la impresión de que su capacidad de reacción, su liderazgo dentro de su propio grupo para imponer una respuesta que no era obvia y su vocación democrática de aceptar sin titubear el resultado son lo más significativo de su figura hoy. Agregaría que el proceso de la Convención y el estallido están envejeciendo mejor de lo que se creía: su criminalización se está mostrando más frágil.

La caída del proyecto de la Convención trajo consigo el desplome del proyecto Boric. Y eso le ocurrió a los seis meses de gobierno. Tengo la impresión de que su capacidad de reacción, su liderazgo dentro de su propio grupo para imponer una respuesta que no era obvia y su vocación democrática de aceptar sin titubear el resultado son lo más significativo de su figura hoy. Agregaría que el proceso de la Convención y el estallido están envejeciendo mejor de lo que se creía: su criminalización se está mostrando más frágil.

En el libro plantea que el duelo por la derrota de la Convención va a durar décadas en la izquierda. ¿Por qué es una derrota tan difícil de elaborar?
El mundo de la izquierda, sobre todo la menos institucional, la más nueva y asociada a los problemas contemporáneos, puso toda la carne en la parrilla: los temas de género, la ecología, los pueblos originarios, la territorialización, la forma de ejercicio del poder, la justicia. No dejó nada afuera. Si algo dejó afuera fue el sistema económico, del cual casi no se habló, en un quiebre completo con la izquierda ortodoxa, que ponía su atención en el modo de producción. El capitalismo pasó colado. No se hablaba de empresas privadas ni públicas, de privatización, de protección o de intervención de empresas.

Por eso, la izquierda tendrá que separar la paja del trigo. Muchas de las cuestiones discutidas y propuestas en la Convención son de vanguardia y necesariamente van a volver. No en este ciclo, pero van a volver. Por eso no creo que sea saludable sumarse al coro de los impugnadores fanáticos.

El propio Boric dijo en el lanzamiento de La resaca que el gran error de él y de su gobierno fue no darse cuenta de que la Convención y el gobierno eran las dos caras de una misma moneda. Fue aceptar que la Convención pudiera ponerle límites a la acción del gobierno, diciendo que este era un poder constituido y ellos el poder constituyente. Se levantó un muro que inhibió al gobierno, a los partidos y al Parlamento de intervenir, dialogar e incidir sobre la Convención. Incluso la sociedad civil se sentía inhibida, porque los convencionales te sancionaban si buscabas hacer ver tu opinión.

A mí me pasó. Escribí muchas columnas críticas y cada vez recibí una andanada de mensajes: que yo no había sido elegido, que no estaba entre quienes tenían la soberanía popular, que ellos vivían una experiencia casi catártica, construyendo un mundo nuevo, y yo estaba fuera, sentado en la comodidad de un escritorio. El gobierno cometió un enorme error al dejarlo pasar, porque no se dio cuenta de que el éxito de la Convención era condición de su propio éxito.

¿Esa inhibición respondió a una falta de capacidad política o a una decisión moral?
Fue más bien un acto moral. Si uno hace, como yo en el libro, una arqueología de los hechos, una de las primeras cosas que hace Boric es ir a la Convención. Dice que ojalá lo que salga de ahí sea algo de toda la chilenidad, y bastó eso para que lo acusaran de buscar intervenir. Ante eso, se inhibió. Creo que su grupo político de referencia estaba por dejar que la Convención corriera por un canal totalmente autónomo y que el gobierno no interviniera.

El libro aborda el auge de figuras como Trump, Musk y Peter Thiel. ¿Estamos ante un poder para el cual ni la izquierda ni la derecha tradicional tienen una respuesta?
Sí. Creo que estamos viendo una contrarrevolución dentro del capitalismo y de la democracia, muy fuerte en ambos casos. En la democracia es más obvio, porque se reponen cuestiones muy caras al fascismo: la importancia del líder, el desprecio a los procedimientos, la búsqueda de resultados inmediatos, el culto a la fuerza y el dominio de la dimensión geopolítica y espacial.

Mussolini arma en parte el fascismo para conseguir una participación en el reparto del mundo: quería una franja del norte de África, tomar algo de los Balcanes, sentía que era su derecho. Quería que el Mediterráneo fuera propio y tenía que desplazar al Imperio británico.

Eso se repone y se une con Musk y Thiel, que tiran por la borda el buenismo capitalista de los Bill Gates y ponen su cara más ruda, más hiperpersonalizada, basada en una dimensión que nunca estuvo tan en el centro: el conocimiento científico, la técnica. Además, la unen a la dimensión geopolítica.

¿En qué consiste esa unión entre conocimiento, poder empresarial y geopolítica?
La guerra entre Estados Unidos y China no se juega en el número de ojivas nucleares, ni siquiera en quién pone antes a alguien en Marte, sino en quién domina el conocimiento científico. Para tener ese dominio, dicen, tenemos que ganar libertad, terminar con todo tipo de regulaciones. Los Estados tienen que ponerse a nuestro servicio y nosotros también les vamos a prestar servicio, sobre todo en estrategia militar, dispositivos y armas.

Lo de Putin y Rusia le da legitimidad a la visión de que los Estados necesitan zonas de seguridad y que habrá que imponerlas a pesar de los pueblos. Los ucranianos podrán tener mucho deseo de incorporarse a la Unión Europea o a la OTAN, pero eso atenta contra los intereses rusos y, por lo tanto, no va. Lo mismo puede pasar en el Caribe o en América Latina. Volvemos a un clima bastante parecido al que precedió a la Segunda Guerra Mundial.

Al comienzo de La resaca escribe que algunos veteranos de la transición confiaron en sus herederos para tomar el timón de un nuevo ciclo. Y añade: “Los padres, al final, no rinden cuentas a la historia, sino a sus hijos”. ¿El mundo de la Concertación ya rindió esas cuentas?
Creo que, en el núcleo del mundo de la Concertación, el desempeño final de Boric y el tipo de equipo permitieron reconciliar ese vínculo con los hijos. Las fuerzas que se presentaban como los verdaderos herederos, los depositarios del espíritu de la Concertación se esfumaron y terminaron apoyando a Kast. Eso terminó por legitimar y reafirmar una postura más favorable a un reencuentro que a una perpetua disputa. Y a una rendición de cuentas.

 

Crédito de la fotografía: Nicolás Palominos.

 


La resaca, Eugenio Tironi, Ariel, 2026, 192 páginas, $19.900.

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