
por Agustín Squella I 2 Octubre 2026
“El liberalismo nunca será popular
y por eso será siempre necesario”.
Ricardo Dudda
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Por mucho que se le haya zarandeado durante los últimos siglos, nunca ha perdido actualidad el uso de términos como “liberalismo” y “liberal”. Ahora ha cobrado también la suya la palabra “iliberal”, y esto desde la década la los 90 del siglo pasado, hasta llegar al fuerte énfasis que ha empezado a ponerse hoy. En un campo enteramente distinto, vaya si no empezó a hablarse de “Dios” en el momento en que Nietzsche decretó la muerte de Dios, algo que no haremos en el caso de “liberalismo”, cuando menos para no sumarse al evidente e interesado apresuramiento que se nota en la certificación de la muerte de no pocas cosas importantes, tantas como Dios, el Estado, la democracia, la razón, el arte, la filosofía.
El liberalismo es varias cosas a la vez. Desde luego, se trata de una doctrina, de un elaborado punto de vista acerca de cómo organizar la sociedad y cómo vivir y desenvolverse en ella, admitiendo, de partida, que esta última existe y que no hay únicamente individuos aislados y sus familias. De hecho, vivimos en sociedad, se entienda esta como mandato de la naturaleza o como fruto de un pacto o convención. En vez de afirmar que se trata de una “doctrina”, otros prefieren decir “ideología”, pero esta se ha vuelto una mala palabra, algo así como una deliberada distorsión de la realidad para favorecer determinadas posiciones o intereses.
Pero “ideología” bien puede designar un conjunto de creencias, ideas, estimaciones y planteamientos acerca de cómo organizar la vida en común. Creencias, ideas, estimaciones y planteamientos múltiples y variados, y que también rivalizan unos con otros, y que, al menos en una democracia, coexisten pacíficamente en nombre de una compartida tolerancia, buscando imponerse por los votos y no por la inspiración de algún líder carismático que supiera cuál es el camino que se debe adoptar en cada uno de aquellos aspectos. Así entendida, todos tenemos alguna ideología, algún cuerpo de ideas acerca de la mejor forma de organizar las sociedades en que vivimos.
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Si “liberalismo” es el nombre que damos a una determinada doctrina, lo cierto es que se trata de una ideología compleja que tiene tanto una dimensión política como ética y económica. Dicha complejidad explica que, según los énfasis que se pongan en cada caso, lo que hay son “liberalismos”, así, en plural. Pasar por alto la diversidad arriesga incurrir en el error de la uniformidad, simplificando lo que en realidad no es simple. Existe un liberalismo clásico (Adam Smith, David Hume), pero hay también un liberalismo social (John Stuart Mill), un ordoliberalismo (Röpke), un liberalismo igualitario (John Rawls), un neoliberalismo (Von Mises, Hayek), y hasta un liberal-socialismo (Bobbio). Dada esta diversidad, los liberales podrían comparar su doctrina con una de esas especies vegetales que cuentan con varios troncos a la vez. No con varias ramas que salen de un mismo tronco, lo cual es un fenómeno común, sino con varios troncos que emergen bajo tierra de una sola raíz, en todos los cuales crece y se sostiene el follaje. Sin embargo, los varios liberalismos disputan entre sí o sacralizan alguna determinada de sus versiones y aplicaciones.
Como doctrina política, el liberalismo o los “liberalismos” llamaron a poner límites a quienes ejercían el poder. Piense usted en los antiguos monarcas y prelados que tuvieron que aceptar la limitación de un poder que era inicialmente absoluto y reclamado en nombre de la divinidad. En su dimensión ética, el liberalismo reconoce y valora la autonomía de las personas para formarse sus propias ideas acerca de qué es una vida buena y qué debería hacerse para realizarla, sin que esa autonomía excluya el diálogo con otros. El liberalismo, que no tiene por qué ser individualista ni tampoco egoísta, es celoso de la individualidad, de la singularidad, de la mismidad, de ser cada cual el que es. Como doctrina económica ahora, el liberalismo se declara partidario de la libertad de iniciativa económica en beneficio de quienes la emprenden, y sin que por ello deba soslayarse la regulación de los mercados.
Además, “liberal” se dice de alguien que tiene un determinado temple o talante: abierto, comunicativo, directo, transparente, franco, despreocupado, dadivoso. Así de alta pone la vara este significado de “liberal”, del que el mejor ejemplo que he conocido fue Ernesto Rodríguez Serra: vital, expansivo, espontáneo, sin cálculo, y siempre con humor.
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Según mi parecer, “iliberal” es todo aquel que no solo quiere decir “no liberal”, como por lo demás resulta obvio, sino “antiliberal”. Y si utilizo el adjetivo iliberal y no el sustantivo “iliberalismo”, es porque el iliberalismo no pasa por encima de algunas libertades, sino que lentamente, poco a poco, insidiosamente, las va corrompiendo a todas. Sin ser propiamente una doctrina, lo que se llama iliberalismo se caracteriza por determinadas prácticas; la principal sería la de respetar las convocatorias y resultados de las elecciones periódicas, olvidándose después de la división y separación de poderes, coaccionando a jueces y periodistas, además de hacerlo con cualquiera que se presente como disidente y se atreva a protestar. El “iliberalismo” estigmatiza las diferencias (o sea, la pluralidad), como también hace con el reconocimiento y aceptación de aquellas (es decir, el pluralismo), despreciando la virtud de la tolerancia.
Del iliberalismo se ha dicho también que es solo una “dinámica”, si bien siempre muy acelerada, pero sin que constituya un “sistema”. Se trata más bien de un conjunto de prácticas de las que sus líderes se ufanan por su pragmatismo, de una receta, de un manual de instrucciones que casi siempre incluye al antifeminismo y la aprobación de la pena de muerte, de un determinado modo de gobernar, de un instrumento para hacerse con el poder mediante elecciones, aunque sin delegar el poder en los electores más que en forma aparente. Es de esa manera que la democracia, como hemos visto otras veces, se transforma solo en un medio para ganar el poder, dejando de lado las reglas que dividen, limitan y controlan el ejercicio del poder, la conservación de este, su eventual incremento, y la recuperación del poder cuando se lo hubiere perdido. Es por eso que se habla también de una “democracia iliberal”, lo cual, al menos en nuestro tiempo, constituye toda una contradicción. El iliberalismo trata de crear un movimiento o partido único, o de ponerse detrás de un líder igualmente único, lo cual es claramente contrario a la democracia representativa de los liberales contemporáneos.
Se denuncia como un déficit de las democracias liberales la así llamada polarización, en circunstancias de que lo que hay es pluralidad, tolerancia y unas libertades y reglas que la democracia se abstiene de infringir. El iliberalismo no pasa de ser una tendencia (con todo, una tendencia en expansión) que es reconocible hoy en regímenes como el polaco, el húngaro, el de Turquía, y el fujimorismo en su momento. Además de que el liberalismo pueda mutar en iliberalismo, este último, clamorosamente autoritario y nacionalista, puede derivar luego en una dictadura, es decir, en algo peor y sin vuelta atrás, lo cual quiere decir que si los iliberales se desencantan de la doctrina liberal, es posible que transiten más tarde hacia el infierno de una dictadura.
Liberales e iliberales sí que están polarizados, pero no los demócratas liberales. En las sociedades que forman estos últimos hay siempre relaciones de intercambio y también de colaboración, de solidaridad e igualmente de competencia, desacuerdo y conflicto, sin que ninguna de estas tres últimas pueda ser tenida por una patología de la que hubiera que sanarse. La democracia liberal también es discusión, y mantenerla abierta, lejos de dañar a esta forma de gobierno, la pone en movimiento.
No cerremos los ojos ante la embestida iliberal, porque está ganando fuerza y haciéndolo agazapada tras una palabra débil y hasta aparentemente imprecisa o inocua (iliberal), como si se quisiera evitar la expresión más adecuada y exacta: antiliberal. Es seguro que un iliberal no volverá a ser liberal, si es que alguna vez lo fue antes, y lo más probable es que transite hacia algo cada vez más parecido a una dictadura o a cualquier forma de poder absoluto.