John Chalcraft: “La política interestatal de Medio Oriente hoy se ha vuelto más negativa y represiva”

Una década después de la Primavera árabe, Medio Oriente y el Norte de África enfrentan una realidad sombría: sangrientas guerras civiles, millones de desplazados y la persistencia de regímenes autoritarios son el triste legado de un levantamiento popular que prometía cambios profundos bajo las banderas de mayor democracia y justicia social. ¿Qué falló? Para el historiador inglés, una de las debilidades fue no preguntarse cuál era el significado del levantamiento popular en términos institucionales, tanto para la sociedad civil como para la élite política.

por Diego Sazo I 22 Julio 2021

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Fue la tarde del 4 de enero de 2011 cuando se reportó la muerte del joven tunecino Mohammed Bouazizi. Pocos días antes, este desconocido vendedor ambulante había llamado la atención de los medios locales por prenderse fuego ante la confiscación de sus frutas y verduras. Como trabajador informal y precarizado, se había negado a pagar un soborno exigido por la policía. Aunque su cuerpo no soportó las quemaduras, ellas fueron el combustible para una inédita ola de revueltas que se propagaría en el Medio Oriente y el Norte de África. La masividad en las calles demostró que la autoinmolación de Bouazizi resonaba simbólicamente en los sectores populares y sus luchas cotidianas: desempleo, marginalización, corrupción, injusticia, represión. Para muchos, este fue el hito que dio inicio a la llamada Primavera árabe.

Una década después, la región enfrenta tiempos difíciles. Sangrientas guerras civiles, millones de desplazados y la persistencia de regímenes autoritarios son el triste legado de un levantamiento popular que prometía cambios profundos bajo las banderas de mayor democracia y justicia social.

Como coyuntura crítica en la historia reciente, la Primavera árabe ha producido tanta literatura como interpretaciones. Entre las más originales se destaca la obra de John Chalcraft, profesor en London School of Economics del Reino Unido. Reconocido como un experto en política del Medio Oriente, Chalcraft ha puesto en perspectiva histórica los levantamientos de 2011. Ellos no serían un simple estallido de indignación, sino el resultado de largas décadas de lucha popular, donde el protagonismo es asumido por los grupos tradicionalmente excluidos. Su último libro, Popular Politics in the Making of the Modern Middle East (Cambridge University Press, 2016), es la narración de este proyecto contrahegemónico desde la mirada de los sujetos comunes.

 

¿Cómo evalúa la situación del Medio Oriente y el Norte de África, una década después de la Primavera árabe?
Mi balance es muy negativo. Uno sin duda puede hacer algunos juicios positivos sobre estos levantamientos como movilizaciones en nombre del “Pan, Dignidad y Libertad”. En un nivel más doméstico, es positiva la construcción de instituciones democráticas liberales en Túnez. También, una hazaña sorprendente fue la autonomía democrática y el feminismo logrados por la “Revolución de Rojava” de los kurdos, en el norte de Siria. Sin embargo, la política interestatal de la región –esa que rara vez ha dado motivos de esperanza– hoy se ha vuelto aún más negativa y represiva. En Siria y Yemen vemos los horrores de la guerra civil. En Libia y Líbano, los severos problemas de la parálisis estatal y el control de las milicias, respectivamente. En Egipto, un autoritarismo recargado, mientras que el conflicto entre Irán y Arabia Saudita se ha intensificado, expandiendo el sectarismo en la región. El colonialismo israelí se ha vuelto más explícitamente etnocrático y la Autoridad Palestina, más represiva internamente. En todas partes persisten agudos problemas socioeconómicos, subdesarrollo, degradación medioambiental, etc. El feminismo y los derechos del colectivo LGBT han luchado mucho por sobrevivir. Por todo esto, el panorama hoy es muy sombrío.

 

¿Cuáles fueron los puntos fuertes de la Primavera árabe?
Como mi enfoque es la historia política “desde abajo”, una de las mayores fortalezas que veo es lo que precisamente ocurrió a nivel de la política popular. Lo que el año 2011 demostró dramáticamente fue la existencia de una especie de autoactivismo popular, una afirmación de autonomía en nombre de un “buen sentido” que rechazaba el amiguismo y la corrupción de los regímenes, especialmente en Bahréin, Siria, Túnez, Egipto, Libia y Yemen. Ese buen sentido tiene que ver, en parte, con los derechos socioeconómicos (“Tengo derecho a un empleo, a un trabajo para poder casarme, educar a mis hijos, para acceder a una casa. Pero el régimen corrupto impide todo esto”). Este tipo de sentido común popular –que no es ni una versión islamista de la lucha popular, ni un populismo militar de derechas, ni una forma abstracta de activismo de las ONG– supuso posibilidades reales para nuevas formas de política popular en el Oriente Medio y el Norte de África.

 

Aprender de protestas como esta –de su destino y fortuna, de sus fortalezas y debilidades– implica tanto pasión como distancia. La pasión por transformar las cosas y el pesimismo del intelecto. Es un doble proceso de aprendizaje. Esto es absolutamente vital para la expansión de la lucha popular en general.

 

¿Y qué hay de las debilidades?
Una debilidad ha sido la incapacidad de este tipo de autoactivismo popular para expandirse y desplegarse. En otras palabras, desarrollar el significado de las consignas de “Pan, Dignidad y Libertad” en términos de organización, ideología y programas. También le faltó preguntarse: ¿Qué significa esto institucionalmente en la sociedad civil y en la sociedad política? ¿Qué significa para las relaciones regionales e interestatales? ¿Para la economía y las minorías? Pensando en la historia y la política desde abajo, eso es lo que veo como una de las principales debilidades.

 

En sus investigaciones no utiliza el concepto de Primavera árabe. ¿Por qué?
Yo hablo de “levantamientos populares”. Hay una comparación real que se puede hacer entre la Europa de 1848, a la que se suele llamar la “Primavera de los pueblos”, y la de 2011 en Oriente Medio y el Norte de África. Aunque estas comparaciones históricas sean ricas y apasionantes, no me importan. Estamos hablando de acontecimientos que afectan a toda una región. El problema esencial de la terminología de la “primavera” es que crea la idea de un brote aislado en un campo de miseria. Sin embargo, las luchas cotidianas y populares que fueron tan relevantes en 2011 siguen vigentes. ¿Qué pasa con los levantamientos en Argelia, Irak, Marruecos, Sudán en los últimos tres años? Estas protestas son continuas. Por eso prefiero la terminología de levantamiento y lucha popular.

 

Como la mayoría de los levantamientos fracasaron después de 2011, ciertas perspectivas orientalistas reforzaron la idea de que el mundo árabe “simplemente no puede convivir con la democracia”. ¿Cómo explicar el fracaso del orden democrático en la región, más allá de los prejuicios?
Los factores que explican este patrón envuelven cuestiones problemáticas en la región durante los últimos 50 años. En primer lugar, una forma particular de reestructuración neoliberal, rentismo, “capitalismo de amigos” y redes de clientelismo. En segundo lugar, el desarrollo de un Estado de seguridad (“securitocracia”) con un aparato de represión interna muy avanzado. En tercer lugar, el rol de los militares en política, especialmente en lugares como Egipto. Cuarto, la expansión de las fuerzas sectarias del islamismo y el sionismo. Por último, las ampliamente difundidas opiniones esencialistas de que los árabes y los musulmanes no pueden hacer posible la democracia. Todos esos factores juntos son poderosamente antidemocráticos.

 

Sin embargo, la región también alberga casos donde la democracia sí ha florecido después de 2011. Por ejemplo, Túnez.
Las formas organizativas y culturales de lucha de la sociedad civil, conectadas con las formas de autoactivismo popular, han pesado mucho en la balanza. Si comparas Túnez y Egipto, encuentras cómo los principales actores se comportan de forma diferente. En Túnez, hubo un comportamiento más democrático en el poder judicial, los sindicatos, el ejército y los partidos políticos. Incluso si se observan las formas de autoactivismo popular, las demandas por democracia en Túnez han sido más articuladas que en el caso de Egipto. Por lo tanto, si se quiere entender cuándo se avanza hacia instituciones democráticas en el Oriente Medio y el Norte de África, es útil fijarse en los factores organizativos y culturales de las luchas populares. Ellas tienen que articularse en un entorno muy hostil.

 

Si la pobreza, la opresión y la injusticia social eran condiciones estructurales en los países de la región, ¿qué explica que dichos malestares pasivos se convirtieran en movilizaciones activas en 2011?
Lo que he argumentado en mis investigaciones es que estos levantamientos populares se entienden mejor en función del protagonismo, el activismo y las iniciativas de quienes se movilizaron. Hay que estudiar los nuevos modos organizativos y culturales de las personas que estuvieron en el origen de estos levantamientos. En 2011, tienes un estado tambaleante del orden antiguo (lo que he llamado “contracción hegemónica”): la incapacidad de los antiguos regímenes corruptos de ganar el consentimiento de las personas. Pero eso es solo una condición facilitadora, no explica por qué la gente tomó la iniciativa. Por lo tanto, tenemos que mirar a los que salieron a la calle y se organizaron en relación con sus circunstancias. Tanto en el hogar y en el trabajo, en la política y en la sociedad civil. Hay que observar a aquellos que estuvieron dispuestos a arriesgar sus cuerpos para desafiar el statu quo y lograr algo nuevo. Tenemos que estudiar ese tipo de protagonismo histórico, cómo se constituye y cómo se teje. Así es como –basándome en Gramsci– me gusta explicarlo, sin explicarlo.

 

Manifestación en la Plaza de los Mártires de Beirut durante la Primavera árabe en 2011.

 

Las movilizaciones de 2011 no fueron lideradas por partidos políticos ni por un movimiento social. No hubo un liderazgo claro.
Sí, estos fueron levantamientos de gente común, de grupos de la población de muy diversa índole: desempleados, trabajadores del sector público y de la industria, mujeres, coptos (minoría cristiana), musulmanes. Gente de los barrios populares y de las zonas periféricas. Gente que veía la televisión o habían vivido la violencia policial y que se movilizaron con esta historia en su mente. Por mis investigaciones me tocó entrevistar a hombres jóvenes que decían: “Mira, yo luché contra la policía. Lo hice por mis hijos, por su futuro. He trabajado toda mi vida y no tengo dinero”. Esto es claramente un fenómeno de autoactivismo popular, más que el resultado de una dirección ideológica organizada, ya sea islamista, liberal o socialista. Sin estos sectores movilizados, no hay levantamiento popular de 2011.

 

¿Qué innovaciones ves en estos movimientos en términos de acción colectiva?
En primer lugar, la ocupación masiva y continua del espacio urbano. No se trataba solo de manifestaciones: las multitudes declararon que no se irían a casa hasta que se cumplieran sus exigencias. Esa fue una forma muy dramática de innovación y resonó en todo el mundo. La gente hizo suya esa idea de ocupación, y de repente la palabra “ocupación” se convirtió en una palabra positiva. No debemos olvidar tampoco las batallas campales que se generaron contra la policía, y los modos de organización horizontales sin líderes sobresalientes. Estas también fueron innovaciones importantes.

 

¿Qué lecciones pueden recoger los activistas de todo el mundo a partir de la experiencia árabe?
Aprender de protestas como esta –de su destino y fortuna, de sus fortalezas y debilidades– implica tanto pasión como distancia. La pasión por transformar las cosas y el pesimismo del intelecto. Es un doble proceso de aprendizaje. Esto es absolutamente vital para la expansión de la lucha popular en general. Sin ese aprendizaje, parece inconcebible saber cómo reconstituir el mundo. ¿Pero qué aprendizaje? Si estás sentado en Chile o en Inglaterra, esa es una pregunta muy compleja y que la gente aprenderá a responder en función de sus historias.

 

¿Y en términos de distancia? En Chile, después del estallido de octubre de 2019, sectores de izquierda han mostrado excesivo optimismo por la masividad de las movilizaciones. Como si la energía de las calles bastara para avanzar en transformaciones profundas.
Como nos recuerda Gramsci, la crisis de autoridad –que implica el autoactivismo popular– es un momento potencialmente transformador, pero a la vez peligroso. En parte porque los grupos gobernantes, las clases dominantes, se organizan más rápidamente. Ellos tienen experiencia y disponen de recursos. Comenzamos esta entrevista con un panorama muy sombrío sobre la situación actual en la región. Parte de ello tiene que ver con la forma en que los grupos gobernantes han tratado de reorganizarse a raíz de algo que perciben, con razón, como un desafío fundamental: la emergencia de un nuevo tipo de política popular. Así se entiende la brutal respuesta represiva de los gobiernos en Medio Oriente y el Norte de África.