La esquina trágica de Minneapolis

En el cruce de Avenida Chicago y Calle 38 se encontraron una tarde de mayo George Floyd y Derek Chauvin, un descendiente de esclavos africanos y otro de inmigrantes franceses (pobres pero libres), en un episodio que cristaliza lo que han sido cuatro siglos de racismo y que desató una guerra cultural que poco tiene que ver con el estallido social chileno. Entre los políticamente correctos y los conservadores que, bajo el pretexto de la libertad de opinión, mantienen una actitud que alimenta los prejuicios, se halla un tercer grupo, con gente de todas las etnias e ideas progresistas, que insisten en la necesidad de mantener el respeto humano sin amordazar el pensamiento ni tirar por la borda el lenguaje.

por Sebastián Edwards I 1 Septiembre 2020

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Quien haya visto el video sobre la muerte de George Floyd, no lo podrá olvidar jamás. Las imágenes del 25 de mayo del 2020 quedarán clavadas en su retina para siempre. Un policía blanco, de inmaculada camisa celeste, manos enguantadas y anteojos de sol sobre la cabeza, se hinca, con todo su peso, sobre el cuello de un hombre afroamericano. Lo asfixia lentamente; lo está matando. Otros policías miran, sin intervenir.

El que está en el suelo se llama George, y sus facciones indican ancestros de África del Oeste, posiblemente de Nigeria. ¿Cuándo fueron traídos sus antepasados al Nuevo Continente? ¿Cómo se llamaba el barco en el que, engrillados, cruzaron el Atlántico? No lo sé, aunque seguro que la información se encuentra en algún rincón de internet. El nombre del policía es Derek y tiene antecedentes de abusos repetidos. Su hoja de vida dice que es violento e impredecible. Su apellido, Chauvin, insinúa que sus orígenes provienen del norte de Francia, de la Bretaña. No sé cuándo sus parientes habrán llegado a los EE.UU., pero lo que sí sé es que no lo hicieron con grillos en las muñecas. Tampoco hacinados bajo las cubiertas de un barco esclavista que cruzaba, con mercancía humana, lo que Cristóbal Colón llamó el Gran Mar Océano.

Dos hombres con historias diferentes, con dis­tinto color de piel, convergen en esa esquina trágica de Minneapolis. Uno pide por su vida y el otro se la quita. Una escena macabra que enciende la mecha del polvorín racial del país en el que vivo hace más de 40 años. La explosión nos afectará por un largo tiempo. Es posible que nada vuelva a ser como era hasta hace unos meses.

Mi hijo Benjamín y mi nieta Aurelia fueron a las primeras protestas. Aurelia tiene seis años, pero entiende lo que está pasando. Habla de Mr. Floyd en voz queda. Marcharon por las calles de Santa Monica junto a miles de personas que se manifestaban en forma pacífica. Cuando empezó la violencia, ya no estaban ahí. Pero todos vimos los saqueos por la tele e internet. Huestes entraban en las tiendas y salían con mercancía. Casi todos eran locales de artículos de lujo o de vestimentas deportivas. Sentimos el ulular de los carros de bomberos y de la policía. Al día siguiente me uní a una protesta más pequeña, completamente pacífica. Fui en bicicleta, y en el trayecto me encontré con soldados patrullando las calles de los barrios residenciales. Con uniformes de guerra, armados con metralletas y encascados, se veían nerviosos en sus vestimentas de camuflajes. Ahora las tiendas tenían las vitrinas cubiertas con tablones de madera. Los grafitis eran menos originales y más sobrios que los que vi en Chile después del 18 de octubre. Solo “Black Lives Matter”. A veces, tan solo la sigla: BLM.

En noviembre pasado estuve durante una semana en las marchas y protestas de Santiago. Me paseé por el centro con mi amigo Felipe Gana. Cuando llegamos a la Plaza Italia, la batahola se estaba armando. Compartimos con dueñas de casa, con estudiantes iracundos y con poetas esperanzados (recuerdo a Juan Carreño, con sus profundos ojos verdes). Aguantamos hasta que el ambiente se hizo insoportable. Arrancamos de los chorros de agua y de las bombas lacrimógenas, y las emprendimos por Providencia hacia arriba. Al llegar a Seminario, apareció caminando contra nuestra dirección (lo que es lo mismo que hacia los disturbios) un hombre alto y mayor, que avanzaba con un leve bamboleo, como si estuviera sobre la cubierta de un barco. Le dije a Gana: “Mira, es Rolf Lüders, el Chicago boy, exministro de la dictadura”. Felipe no podía dar crédito a sus ojos. Cuando Lüders llegó a nuestro lado le preguntamos para dónde iba. Nos dijo que tenía que dictar una clase en la casa central de la Universidad Católica, y que como el tráfico estaba cortado, había decidido caminar. Le informamos sobre los líos, sobre el agua y el humo, la asfixia y los piedrazos; le hablamos de los policías cargando sin piedad contra la muchedumbre. Rolf sonrió con una cierta melancolía, y dijo: “Nadie me avisó si la clase está suspendida, así que voy a tener que ir nomás”. Y siguió su camino.

La similitud entre las protestas en Estados Unidos y Chile es enteramente superficial. Son dos mundos diferentes, dos realidades que no comparten casi nada de fondo. Desde luego, en ambos lugares ha habido marchas y consignas, enfrentamientos y destrozos, abusos policiales y detenidos. Pero eso no es más que un barniz. Quien se queda en eso no entiende a Chile ni a los EE.UU.

Si hubiera que ponerlo en términos simples, em­pezaría por las causas, y diría que 402 años de racismo (según los historiadores, el primer cargamento de esclavos llegó a Plymouth en 1619), no es lo mismo que 30 pesos de alza en el costo del transporte público. Claro, yo sé que en Chile se dijo que la rebelión no era por 30 pesos sino por 30 años de neoliberalismo (en realidad eran 46, así que ese “creativo” le hizo un gran favor a los Chicago boys y al pinochetismo). Como sea, esa aclaración hace que el contraste sea aún más patente. Cuando en Chile se intentan encontrar las raíces históricas del conflicto y el estallido, se retrocede tan solo unas décadas. En Estados Unidos son cuatro siglos.

Uno de los mayores contrastes entre Chile y EE.UU. tiene que ver con la violencia. En EE.UU. fue de corta duración; rápidamente contenida. Fue rechazada y denunciada por políticos de todos los sectores, con unanimidad y sin ambigüedades. No hubo ‘primera línea’ ni se vio a manifestantes dirigiendo el tráfico o cobrando peaje a ciudadanos comunes y corrientes. Las protestas pacíficas y masivas han persistido.

En Chile las protestas tienen que ver con la desigual­dad, con la precariedad de muchos, con los abusos reales y percibidos. Desde luego que en EE.UU. el tema étnico está íntimamente relacionado con el económico (los afroamericanos son mucho más pobres, en promedio, que los blancos), pero no es lo mismo. El racismo trasciende las clases sociales. Entre los más afectados se encuentran los afroamericanos educados, los profesionales, los doctores y abogados. Hablan de lo que significa ser mirados con desconfianza por clientes y pacientes, quienes creen que por el color de su piel son menos capaces y poco competentes. Es algo generalizado, que mencionan afroamericanos de todas las tendencias políticas e ideológicas. En un documental reciente sobre su vida, el juez de la Corte Suprema Clarence Thomas, un afroamericano extremadamente conservador, habla de esa sensación permanente de estar dando examen, de tener que probarse, de dar explicaciones por el color de la piel. No importa que se haya graduado en Yale o que haya tenido puestos de gran responsabilidad; es afroamericano, y eso, a los ojos de muchos, lo hace sospechoso. Mis amigos de color hablan de las dificultades que encuentran cuando van al banco, cuando suben a un avión y se sientan en la clase ejecutiva. Los miran como si no pertenecieran a ese lugar: “Eres oscuro”, parecen decirles, “este no es tu sitio”.

Uno de los mayores contrastes entre Chile y EE.UU. tiene que ver con la violencia. En EE.UU. fue de corta duración; rápidamente contenida. Fue rechazada y denunciada por políticos de todos los sectores, con unanimidad y sin ambigüedades. No hubo “primera línea” ni se vio a manifestantes dirigiendo el tráfico o cobrando peaje a ciudadanos comunes y corrientes. Las protestas pacíficas y masivas han persistido.

En general, los blancos de bajos ingresos no sienten simpatía alguna por las minorías de color. Al contrario, están llenos de resentimiento, y culpan a afroamericanos y latinos de sus infortunios. Son estos blancos pobres los que apoyan a Trump, y celebran cada uno de sus tuits racistas, los que armados hasta los dientes han empezado a defender los monumentos de héroes del derrotado ejército confederado durante la Guerra Civil. Son los que se regocijan cuando Trump dice que todos los mexicanos son unos violadores.

Hay, desde luego, otras diferencias. En los Estados Unidos, la gran mayoría de los blancos con educa­ción universitaria son aliados de la gente de color. Simpatizan con su cau­sa (Black Lives Matter) y sienten culpa por el racismo de la sociedad. Este sentimiento de culpabilidad se ha traducido en una conver­sación explosiva sobre “privilegios”. Más y más blancos, especialmente jóvenes, empiezan a ha­blar de sus “privilegios de raza”, de las ventajas que han tenido en la vida, de cómo el color de su piel les ha permitido to­mar la delantera. Como consecuencia, lo “políticamente correcto” ha ido ganando más y más espacio. Grupos de in­telectuales de izquierda están presionando para que las universidades, las salas de prensa, los conjuntos musicales, las compañías teatrales y las cortes de justicia tengan mayor diversidad étnica y de género. Los periódi­cos del “establishment” (New York Times, Washington Post, Chicago Tribune, Los Angeles Times) se han unido al movimiento, llenan­do sus páginas de historias sobre racismo, abusos policiales y “privilegios blancos”. Las fundaciones progresistas, incluyendo las asociadas a George Soros, están proporcionando enormes sumas de dinero (cientos de millones de dólares) a los grupos antirracistas y a los movimientos progresistas.

Pero junto con la mayor conciencia sobre el ra­cismo, han llegado la intolerancia y la censura, las presiones por un discurso uniforme, una suerte de dictadura del pensamiento. En empresas, universidades y reparticiones públicas empezaron a proliferar los “talleres sobre racismo”. Algunos son genuinamente útiles y buscan cicatrizar heridas antiguas; cons­truir puentes. Pero otros se han transformado en verdaderas instancias de “reeducación” obligatoria, de procesos de autocrítica, de situaciones que re­cuerdan los juicios de los países comunistas, donde intelectuales, académicos y escritores confesaban sus faltas. Leo lo que está pasando y recuerdo a Heberto Padilla, el gran poeta cubano, autor de Fuera del juego, obligado a humillarse en una autocrítica legendaria, donde reconoció sus errores y pidió perdón, donde se disculpó ante el pueblo cubano por tener alma de pequeño burgués y com­portamientos de contra­rrevolucionario. También pienso en las purgas del estalinismo, duros procesos narrados con maestría por Vasili Grossman en su gran novela Vida y destino.

La “guerra cultural” está lanzada. Por ahora hay tres bandos. En un extremo se encuentran los “política­mente correctos”, con su creciente intolerancia y su actitud de “buenistas” mesiánicos, y en el otro los conservadores que, bajo el pretexto de la libertad de opinión, mantienen una actitud que alimenta prejuicios y racismo. Lo interesante y alentador es el surgimiento de un grupo en el medio, de un conjunto de intelectuales de todas las etnias y, mayormente, de ideas progresistas, que insisten en la necesidad de mantener el respeto y el trato digno, sin amordazar el pensamiento, sin tirar por la borda el lenguaje, sin claudicar en el proceso eterno de hacer preguntas difíciles, de ser curioso, de escarbar en los anales de la historia, de hilvanar una multitud de singularidades hasta armar una narrativa persuasiva y coherente. Hace unas semanas un grupo de pensadores, humanistas, lingüistas y filósofos escribió una carta pública en la que argumentaban que la “policía del lenguaje” estaba llegando dema­siado lejos, y que los excesos de lo “políticamente correcto” podían terminar coartando la libertad de pensamiento. Entre los signatarios había importantes autores de color y luminarias de la izquierda, como el lingüista Noam Chomsky. Es este grupo el que nos indica el camino correcto.