La fagocitación de la derecha convencional por la ultraderecha

Se tiende a ignorar que la consolidación del Estado de Bienestar y la aceptación de las minorías se debió, en buena medida, a la gradual adaptación de la derecha convencional a sociedades cada vez más liberales en términos morales y que demandaban un piso mínimo de seguridad social. En otras palabras, no fue solo producto del poder de convocatoria de la socialdemocracia. Ahora, en cambio, esa derecha que supo adaptarse está cada vez más arrinconada por fuerzas de ultraderecha tanto en Europa como en el resto del mundo. La enorme cantidad de votantes de Trump y Bolsonaro en las últimas elecciones de EE.UU. y Brasil son ejemplos concretos. Y en Chile la situación no se ve tan distinta de lo que sucede a nivel global: el Partido Republicano chileno debe ser visto como una fuerza de ultraderecha que es una suerte de escisión de la derecha convencional.

por Cristóbal Rovira Kaltwasser I 1 Febrero 2023

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La guerra de Putin contra Ucrania representa un verdadero quiebre para el mundo occidental, el cual ha sido definido por Olaf Scholz, actual canciller alemán proveniente del Partido Socialdemócrata, como una Zeitenwende. Dicho concepto denota un punto sin retorno que marca el final de una época y el comienzo de un nuevo tiempo. Por cierto que el concepto utilizado por Scholz resulta correcto, pero varios lo han criticado por no darse cuenta de que el final de una época y el comienzo de una nueva era se inició antes. Los orígenes de la encrucijada actual en que se encuentra el mundo occidental se remontan a la irrupción de fuerzas de ultraderecha que han demostrado tener la capacidad suficiente como para ganar elecciones y conquistar el poder ejecutivo. En otras palabras, el comienzo de una nueva era se torna particularmente evidente con la aparición de figuras como Donald Trump en los Estados Unidos y Jair Bolsonaro en Brasil, quienes a pesar de haber realizado un manejo catastrófico de la pandemia del covid-19, lograron movilizar una enormidad de votantes y estuvieron muy cerca de ser reelectos. Esto demuestra entonces que se trata de proyectos políticos con un significativo caudal de fieles seguidores, independiente de cuán bien o mal lo haga la ultraderecha en el poder.

Investigaciones empíricas sobre el tema son concluyentes en demostrar que la llegada al poder de la ultraderecha implica un desafío mayúsculo para la democracia, sobre todo para los pilares liberales del régimen democrático, tales como la autonomía de los tribunales de justicia, la independencia de los medios de comunicación y la legalidad en el actuar de la administración pública. No se trata de un ataque súbito y brusco como un golpe de Estado, sino de agresiones sutiles que lentamente ponen en marcha un proceso de erosión democrática y que pueden desembocar en la aparición de regímenes competitivos autoritarios, vale decir, sistemas políticos en donde siguen existiendo las elecciones, pero quienes controlan el poder tienen tal margen de libre albedrío que gobiernan como dictadores antes que como demócratas. Brasil y EE.UU. están por ahora a salvo, porque la ultraderecha no fue reelecta. Pero en aquellos países donde esta logra consolidarse, termina socavando el régimen democrático. Hungría bajo Viktor Orbán es un ejemplo paradigmático al respecto.

Dos son los factores que nos ayudan a comprender por qué el punto sin retorno en que se encuentra el mundo occidental se remonta a la aparición de fuerzas de ultraderecha electoralmente viables. Por un lado, estamos hablando de un desafío a la democracia liberal que viene desde adentro y no desde afuera. Países como China y Rusia siempre han estado a favor del autoritarismo antes que de la democracia, de modo que no hay mucha sorpresa en que Putin decida invadir Ucrania o en la obsesión de China por obtener materias primas sin preocupación alguna por las reglas del juego democrático. Lo nuevo es que en el seno del mundo occidental estamos viendo la irrupción de líderes y partidos con ideas de derecha extrema que movilizan a amplios sectores del electorado, lo suficientemente amplios como para conquistar el poder ejecutivo. Por otro lado, la aparición de la ultraderecha pone en jaque a las fuerzas de derecha convencional, las cuales fueron fundamentales para la consolidación del modelo de democracia liberal que logró asentarse a lo largo del mundo occidental luego de la Segunda Guerra Mundial. Quizás una de las lecciones más importantes del fascismo fue la emergencia de partidos políticos de derecha moderada, que aprendieron a defender sus ideales tanto en temas económicos (libre mercado) como culturales (conservadurismo), respetando el funcionamiento de la democracia liberal. Esto trajo consigo una época de lentos pero grandes avances. Basta pensar en la consolidación del Estado de Bienestar y la gradual aceptación de las así llamadas “minorías”, logros que fueron posibles gracias a la paulatina adaptación de la derecha convencional a sociedades cada vez más liberales en términos morales y que demandan un piso mínimo de seguridad social.

El caso chileno es bastante similar a otras experiencias de la ultraderecha a nivel global. Al igual que VOX en España o el Partido de la Libertad en Holanda, el Partido Republicano chileno debe ser visto como una suerte de escisión de la derecha convencional (Kast era diputado de la UDI y Rojo Edwards era diputado de RN), que adopta un tono muy crítico hacia la clase política en general y hacia la centroizquierda en particular.

Hoy en día esta derecha convencional está cada vez más desdibujada y en serio peligro de extinción. El Partido Republicano en los Estados Unidos tiene poco o nada de moderado y quienes intentan imponer algo de sensatez son vistos como traidores, mientras que en Francia la derecha convencional está prácticamente difunta y la ultraderecha ha venido creciendo con fuerza. Por su parte, el Partido Conservador en el Reino Unido sigue inmerso en un proceso de caos interno luego del Brexit, ya que las facciones radicales no pueden ser aplacadas por las facciones moderadas y todo indica que resulta prácticamente imposible encontrar una paz interna. Uno de los pocos casos de supervivencia de la derecha convencional se puede encontrar en el Partido Demócrata Cristiano en Alemania, pero el costo de seguir adhiriendo a los valores de la democracia liberal ha implicado marcar una nítida diferencia con la ultraderecha. Producto de ello, el electorado de la derecha convencional se reduce y esta última se ve obligada a gobernar en coalición con formaciones que se distancian de la ultraderecha, vale decir, fuerzas políticas con agendas más bien progresistas, como los partidos liberales, socialdemócratas y/o verdes.

Si Angela Merkel en Alemania fue ampliamente respetada tanto adentro como afuera de su país fue justamente por plantearse como alguien decididamente contraria a figuras como Bolsonaro o Trump y, al mismo tiempo, como una líder que siempre defendió sus ideas en el marco de las reglas del juego democrático, aunque ello implique tener que adaptarse y ceder poder. Pese a ser contraria al matrimonio igualitario, no puso problema para que una parte de su partido votara a favor de esta medida, en conjunto con la gran mayoría de los parlamentarios de centroizquierda. Aun cuando ella defendió la perduración de la energía nuclear, el desastre de Fukushima en Japón la obligó a enmendar el rumbo y promulgar una legislación que establece tiempos concretos al desmantelamiento de las centrales atómicas en Alemania. Y cuando la crisis de inmigración producto de la Guerra en Siria se hizo insostenible, su gobierno optó por abrir las fronteras de manera temporal y recibir una gran cantidad de refugiados. En resumen, Merkel prosiguió una senda marcada por la moderación antes que claudicar hacia la ultraderecha.

Hasta hace poco tiempo atrás, el punto sin retorno del que hablamos acá se veía desde Chile como algo lejano; una suerte de excentricismo que acontecía en Europa y Estados Unidos. La aparición de Bolsonaro en Brasil fue vista en su momento como algo peculiar que difícilmente podría replicarse en nuestras tierras. Sin embargo, las elecciones de fines del año pasado demuestran que la ultraderecha aterrizó en nuestro país y todo indica que llegó para quedarse. La formación del Partido Republicano liderado por José Antonio Kast representa, de hecho, la versión criolla de las fuerzas de derecha extrema que han venido ganando terreno a lo largo y ancho del planeta. Cabe recordar que Kast no tuvo tapujos en azuzar los sentimientos antiinmigración (el video de la zanja), en proclamarse como defensor de la familia tradicional (la idea de clausurar el Ministerio de la Mujer) y en etiquetar al mundo progresista como quienes atentan contra la libertad (las constantes referencias al marxismo cultural).

En efecto, el caso chileno es bastante similar a otras experiencias de la ultraderecha a nivel global. Al igual que VOX en España o el Partido de la Libertad en Holanda, el Partido Republicano chileno debe ser visto como una suerte de escisión de la derecha convencional (Kast era diputado de la UDI y Rojo Edwards era diputado de RN), que adopta un tono muy crítico hacia la clase política en general y hacia la centroizquierda en particular. A su vez, para situar mejor el caso chileno en perspectiva comparada, resulta útil recurrir al refrán “dime con quién andas y te diré quién eres”. Kast defendió sin tapujos la candidatura de Bolsonaro en Brasil, durante su campaña presidencial viajó a Estados Unidos, donde se reunió con el senador republicano Marco Rubio, y mantiene una relación de gran cordialidad con Santiago Abascal, del partido VOX, en España. En otras palabras, todos los referentes internacionales de Kast son miembros de la ultraderecha y no tiene vínculo alguno con quienes representan a la derecha convencional.

No hay que olvidar que, para la segunda vuelta electoral, la derecha convencional se plegó en masa y prácticamente sin condición alguna a la candidatura de Kast. Hoy en día, aquellos líderes de la derecha establecida que son críticos de la ultraderecha son muy cuidadosos y parecen tener temor de marcar diferencias tanto hacia Kast como con el Partido Republicano. Atrás parecen haber quedado los intentos por construir una suerte de ‘derecha social’.

Ahora bien, la ultraderecha chilena tiene quizás dos particularidades importantes en comparación a la gran mayoría de los demás casos a nivel global. Por un lado, Kast es un miembro emblemático de la élite del país. Se trata de una persona de alto nivel socioeconómico, gran experiencia política y con llegada directa a los sectores más conservadores de la sociedad chilena. Esto lo diferencia de líderes como Bolsonaro y Trump, quienes gracias a sus biografías pueden presentarse a sí mismos como fieles representantes de “un pueblo puro” que lucha en contra de “la élite corrupta”. Para Kast es difícil hacer uso de este maniqueísmo propio del discurso populista, ya que él es un fiel exponente de la élite del país. No obstante, hay momentos en los cuales recurre a este lenguaje como, por ejemplo, cuando criticó duramente a la clase política por el acuerdo constitucional firmado con el objetivo de aplacar el estallido social. De manera particularmente provocadora, publicó el 9 de diciembre del 2019 el siguiente tweet: “¿No les parece curioso que la mayoría de los políticos, desde el Partido Comunista hasta la UDI y los gremios empresariales, estén todos de acuerdo con el cambio constitucional?”.

Por otro lado, aun cuando Kast constantemente se presenta a sí mismo como alguien moderado, se trata de un líder que proviene de una tradición autoritaria que muchos pensábamos en vías de extinción en el país: el pinochetismo. Su obsesión con la izquierda chavista es comparable al anticomunismo de la dictadura de Pinochet. La defensa irrestricta al modelo neoliberal y los valores tradicionales también muestran una similitud importante del proyecto de Kast con la ideología pinochetista. Del mismo modo, la promoción de políticas de mano dura sin tapujos contra la delincuencia, las protestas y el conflicto mapuche, refleja una concordancia con muchas de las prácticas del régimen autoritario de Pinochet. Visto así, la aparición del Partido Republicano y José Antonio Kast viene a poner fin a un largo y difícil proceso de moderación programática que la derecha chilena experimentó desde fines de los años 90, sobre todo gracias a figuras como Joaquín Lavín y Sebastián Piñera. La pregunta de fondo es qué hará la derecha convencional ahora: ¿le pondrá coto a la ultraderecha o establecerá una relación simbiótica con ella?

Es pronto para dar una respuesta definitiva a esta pregunta, pero muchos indicios dan para pensar en un desenlace muy negativo para el país y nuestra democracia. No hay que olvidar que, para la segunda vuelta electoral, la derecha convencional se plegó en masa y prácticamente sin condición alguna a la candidatura de Kast. Hoy en día, aquellos líderes de la derecha establecida que son críticos de la ultraderecha son muy cuidadosos y parecen tener temor de marcar diferencias tanto hacia Kast como con el Partido Republicano. Atrás parecen haber quedado los intentos por construir una suerte de “derecha social” y también las declaraciones a favor de un liderazgo como el de Angela Merkel en Alemania, vale decir, un ejemplo emblemático de establecimiento de un verdadero cordón sanitario hacia la extrema derecha.

De proseguir este camino, la derecha convencional terminará siendo fagocitada por la ultraderecha. Esta última es quien está poniendo la agenda, de modo que aun cuando los partidos de derecha establecida tengan mayor peso en el congreso, se ven cada vez más empujados a tomar las banderas que son levantadas por la derecha extrema. Mientras más se demore la derecha convencional en reaccionar y marcar un límite con Kast y el Partido Republicano, más difícil terminará siendo su capacidad de levantar un proyecto propio, compatible con las reglas del juego de la democracia liberal. El fondo del tema es que tiene que entender que estamos experimentando un punto sin retorno, que marca el final de una época y el comienzo de un nuevo tiempo. ¿De qué lado de la historia quieren estar los actores de la derecha convencional? ¿Del lado de los que marcaron una frontera con la ultraderecha o del lado de quienes se alían con ella? El futuro de nuestra democracia depende de esta decisión.

 

Imagen: arriba: Donald Trump (EE.UU.) y Jair Bolsonaro (Brasil); abajo: Giorgia Meloni (Italia) y José Antonio Kast (Chile).

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