El museo perdido

Días después del final de la II Guerra Mundial, dos incendios destruyeron gran parte de las colecciones de los principales museos de Berlín. En Historia natural de la destrucción, W. G. Sebald no solo recuerda la extraordinaria eficiencia y rapidez con que se retiraron los escombros y comenzó la reconstrucción en Alemania, sino también la amnesia protectora que se instaló después de los bombardeos. Cuesta creer que muchos parques y colinas que dan forma al diseño urbano de Berlín, sean la cicatriz visible de un siglo que se resiste a quedar atrás.

por Matías Celedón I 9 Marzo 2021

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Días después del final de la II Guerra Mundial, dos incendios destruyeron gran parte de las colecciones de los principales museos de Berlín. Almacenadas en las torres an­tiaéreas del parque Friedrichshain, invaluables obras de la Gemäldegalerie y el Kaiser-Friedrich-Museum desaparecieron con el fuego o quedaron dañadas irre­mediablemente. Entre cientos de pinturas y esculturas, cuadros de Caravaggio, Durero, Rubens, Goya y Van Dyck terminaron convertidos en cenizas.

Por el estado de algunas piezas rescatadas entre los escombros, es posible constatar la intensidad del fuego. Salvo fragmentos y una reducida parte de las piezas originales recuperadas en todo este tiempo, se trata de una especie de fantasma, la imagen de un museo perdido. Las circunstancias particulares de los incendios nunca han sido aclaradas. Aunque los restos, desfigurados, hayan perdido su valor artístico, hoy son parte de nuestra memoria material; son nues­tras ruinas.

Escucho una conferencia que transcurre en el Ins­tituto Warburg y que está a cargo de Neville Rowley, uno de los curadores que participó en la muestra. Hace cinco años, en los salones del Bode-Museum (como fue rebautizado el Kaiser-Friedrich-Museum) se intentó, con documentos y fotos de archivo, ré­plicas de yeso y parte de lo que queda, reconstruir el valor de aquello que no existe y el significado que constituye esa ausencia.

El cruce con el Instituto Warburg no es casual. La extraña disciplina que intuyó Aby Warburg como historiador, deriva de las supervivencias y las asocia­ciones. Buscando en las ruinas de la memoria cultural, el trabajo de Warburg ha adquirido un estatus mítico como sistema de referencia visual para el estudio del arte y de la cultura. En palabras de Giorgio Agamben, su interpretación trasciende la iconografía, la historia del arte y la historia de la cultura, llegando al nivel más amplio “de la ‘ciencia sin nombre’ a la que War­burg dedicó su vida y que apuntaba a diagnosticar al hombre Occidental a través de una consideración de sus fantasmas”. En La imagen superviviente, Georges Didi-Huberman profundiza en el síntoma de su tras­torno: “Si la memoria es inconsciente, ¿cómo constituir entonces su archivo?”.

Para Georg Simmel, las ruinas constituyen la forma presente del pasado. En ellas, “el pasado con todos sus destinos y mutaciones se concentra en un punto del presente susceptible de intuición estética”.

La imagen de una estructura que colapsa tiene un alcance simbólico profundo. En representaciones de San Jerónimo, como en distintas escenas de la adora­ción de los Reyes Magos, de fondo suelen verse pare­des desmoronadas o la cúpula caída y maltrecha de un templo antiguo siendo superado por la naturaleza. T. S. Eliot, en su “Travesía de los Reyes Magos”, muestra una evocadora imagen del pasado que se pierde de cara a un momento inaugural: “Hubo/ un Nacimiento, sí. Tu­vimos prueba de ello/ y no quedaron dudas. Yo había visto antes/ nacimientos y muertes, pero entonces / me habían parecido diferentes;/ para nosotros este Nacimiento/ fue como una agonía amarga y dolorosa,/ como la Muerte, nuestra muerte”.

Para Simmel, el impacto de una ruina es más trági­co cuando el origen de la degradación no viene de afue­ra, sino como la realización de una tendencia inherente a las capas más profundas de lo que se destruye. “Este equilibrio se quiebra en el momento en que el edificio se degrada y se desmorona, cuando las fuerzas natura­les inclinan la balanza hacia su irremediable destruc­ción”, escribe en su ensayo “Las ruinas”.

***

De las 2,5 millones de piezas perdidas en los incendios de las torres antiaéreas del parque Friedrichshain, 1.5 millones retornaron en 300 vagones de tren desde la Unión Soviética a la RDA, en septiembre de 1958. En Estados Unidos, las obras de la Gemäldegalerie confis­cadas por el ejército norteamericano fueron exhibidas en 14 ciudades antes de ser devueltas, convirtiéndose en la primera muestra considerada un éxito de taquilla. La historia de las ruinas es también la historia de la domi­nación y de los saqueos.

Para Georg Simmel, las ruinas constituyen la forma presente del pasado. En ellas, ‘el pasado con todos sus destinos y mutaciones se concentra en un punto del presente susceptible de intuición estética’.

En estos tiempos, los remanentes de esos procesos tienen que ver con guerras y catástrofes sociales, en las que subyacen los conflictos surgidos de la industriali­zación global. La lógica neoliberal ha sometido material y mentalmente el sistema productivo, legitimando un proceso de destrucción de los recursos presentes y fu­turos. Los efectos son visibles. Nuestras ruinas son recientes. De un año a esta parte, los accesos permanecen restringidos y las fachadas siguen tapiadas con planchas de zinc y láminas de acero grafiteadas con indignación; las ciudades, abandonadas durante meses de cuaren­tenas sanitarias, siguen vacías de noche por el toque de queda, casi habituados a un Estado permanente de emergencia. Debemos reconocernos en una cultura que se desvanece, mientras la calle es categórica: “Podrán borrar la ciudad entera pero nuestra memoria nunca”.

A propósito de las obras inacabadas de Aby War­burg y Walter Benjamin, Adriana Valdés escribe en su ensayo “De ángeles y ninfas”: “La acumulación de materiales no puede menos que evocar una especie de búsqueda angustiosa, de fragmento en fragmento, de esa estructura subyacente. Es decir, de un sentido”. Pero, aclara, no cualquier sentido: “Un sentido siem­pre inminente, que se escapa, y nunca se deja captu­rar por completo”.

En Historia natural de la destrucción, W. G. Sebald no solo recuerda la extraordinaria eficiencia y rapidez con que se retiraron los escombros y comenzó la recons­trucción en Alemania, sino también la amnesia pro­tectora que se instaló después de los bombardeos. Los restos de las torres antiaéreas del parque Friedrichshain fueron enterrados junto a toneladas de escombros, formando Mont Klamott, dos colinas de casi 80 metros que se pueden recorrer. Algunos muros de hormigón aso­man como si fueran rocas de un macizo natural. Cuesta creer que muchos parques y colinas que dan forma al diseño urbano de Berlín, sean la cicatriz visible de un siglo que se resiste a quedar atrás.

Nuestras ruinas, en cambio, son estructuras en­quistadas, abscesos urbanos visibles, paisajes monta­dos, como las pinturas que acumula el pintor Álvaro Oyazún: “El proyecto El Autodidacta es un relato de ficción que me he inventado para creer que viajo”, ha dicho. Su lectura anticipada de nuestros escombros, lejos de la nostalgia moderna, reacciona de forma iró­nica contra un paisaje abyecto, banal y sin tradición. Un buen ejemplo es su paisaje En Mejillones yo tuve un amor, una pintura de la Plaza Cultural Pablo Neruda que está ornamentada con un Hawker Hunter (“como si se tratara de una escultura”), lo que para el artista “es do­blemente infame, por la memoria que esta invoca y su presente”.

La aparición de una realidad histórica y social sub­yacente reemplazará a otra de manera inevitable. Limi­tados a la velocidad de conexión, visitamos interiores y libreros, confinados al encuadre doméstico. Las fron­teras internacionales siguen prácticamente cerradas. El turismo es un factor de riesgo y una de las principales causas de propagación del coronavirus. Por razones sanitarias, la conferencia en el Instituto Warburg es a puertas cerradas. Transcurre entre Berlín y Londres, por Zoom. El nuevo distanciamiento irá a acercarnos al mundo de otro modo. Mientras, como un fantasma, puedo asistir sin estar ahí.

Una de las imágenes de Caravaggio que se quema­ron en el búnker –el retrato de San Mateo escribiendo su Evangelio– muestra a un hombre de la calle impre­sionado con las palabras que ha escrito el ángel que guía su mano. Para el curador, el mensaje subversivo de Ca­ravaggio apunta a la naturaleza irónica del milagro: el texto sagrado pudo ser escrito por un analfabeto.

Curiosamente, los objetos de menos valor se sal­varon de los incendios olvidados en los museos. De cara a un nuevo punto de inflexión, conviene distinguir aquellos elementos que constituyen una nueva fase de la cultura dominante de los que se oponen a ella. Las ruinas son transitadas, colapsan, se desmoronan y son sometidas a las fuerzas naturales, pero sobre todo, cam­bian de acuerdo a cómo las vemos.

Svetlana Boym observaba dos pulsiones contra­dictorias inherentes a la humanidad: trascender el día a día en alguna especie de sueño colectivo, y habitar las ruinas más inhabitables, sobreviviendo para preservar nuestros recuerdos. Esa ambigua añoranza del pasado, se vincula a la experiencia individual de la historia.