Cabos sueltos

“Durante el recorrido hay zonas ambiguas, espacios donde la visita no es clara sobre la dirección que se debe seguir. Los textos se diluyen en los últimos días de Ibáñez y da la sensación de que la historia de Carabineros termina justamente cuando comienza, omitiendo (o aceptando) cualquier interpretación posterior”.

por Matías Celedón I 26 Septiembre 2023

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Hasta hace un mes pasaba todos los días por la entrada del Museo Histórico de Carabineros. Recortando camino por calle Vasconia, caminaba cada mañana por la vereda del Parque Inés de Suárez preguntándome qué clase de historia encontraría adentro.

Desde afuera es poco lo que se intuye. La fachada solo muestra una gran casa antigua que pareciera siempre recién pintada. Las cortinas hacia el poniente están cerradas. Lo único que se ve desde la calle es una serie de vehículos de carabineros, donde entre carros blindados y aviones, destaca Juan Pablo II en el Papa Móvil.

Desde niño me han gustado los museos. Más allá de la temática, me divierte la manera en que una historia es comprendida. Cada detalle de la presentación y su lógica, la selección de los objetos y sus textos informativos, pero sobre todo, por la narrativa implícita del recorrido, es decir, el sentido de la visita que propone la museografía.

Si hubiera un curador, podríamos encontrar algunas de sus claves en el texto curatorial, pero en el caso del museo de Carabineros, el curador, o más bien la curadora, es la propia institución, y los textos museográficos que nos permiten leer y entender la exposición están basados en su historia. En este sentido, la lectura que sugiere el recorrido es un trabajo de edición institucional, con textos referidos a temporalidades de objetos, emblemas, próceres, herramientas, armas y uniformes.

La función policial es antigua como el garrote. La palabra proviene del vocablo griego politeia, con el que se entendía el ordenamiento y el buen gobierno de la ciudad. El concepto moderno se instituyó en Francia, cuando el rey Luis XIV separa totalmente la función policial de la judicial, y luego, en la Revolución francesa, cuando se asignó a la policía la misión que ha desempeñado hasta hoy: garantizar los derechos de los ciudadanos y ciudadanas reconocidos constitucionalmente.

La muestra del Museo Histórico de Carabineros narra la historia de esa función y su arraigo en Chile desde la llegada de los españoles. “Plantea una exhibición museográfica moderna, didáctica y educativa, mediante un recorrido cronológico y secuencial que abarca desde 1541 a 2012”, se lee en la entrada.

La primera actuación policial que consigna corresponde al capitán Juan Gómez de Almagro, alguacil mayor, quien desbarató un complot contra Pedro de Valdivia y le salvó la vida, al interceptar una hogaza de pan enviada a uno de los conspiradores con un mensaje en su interior: “No confeséis, porque no se sabe nada”.

En dos plantas se cuentan las formas que adoptó la función policial y la historia moderna de la institución, que comienza con los gendarmes de la Colonia, liderada por el capitán Hernán Trizano, en el segundo piso. Una hermosa y plácida maqueta de la vida en La Araucanía, entonces, abre a la historia de la primera mitad del siglo XX, donde destaca el nacimiento de la Policía Fiscal y sus labores de alfabetización de niños pobres, la creación del Cuerpo de Carabineros (“El desarrollo agrícola e industrial que había alcanzado el país, hacía sentir en forma imperiosa la necesidad de crear un organismo que diera garantías al libre ejercicio de la industria naciente, y prestara protección a la vida y la propiedad de los ciudadanos en las zonas rurales y centro del país”, dice la museografía); también, los logros del Club Atlético Brigada Central y el Stadium Policial, la unificación de las policías fiscales y la creación de la Escuela Policial de Chile, más unas palabras enmarcadas de Gabriela Mistral.

Cabe preguntarse qué clase de historia se cuenta a sí misma la propia institución acerca de, por ejemplo, la dictadura de Pinochet. Sobre qué relatos se articula su identidad actual. Cómo preserva y actualiza su historia. No se trata de imponer una revisión, sino de intentar una reflexión institucional que contribuya a integrar los hechos sin omisiones ni victimizaciones.

En los hechos, Carabineros se funda sobre la historia de muchos otros cuerpos y estamentos policiales que han surgido en respuesta a las necesidades de determinadas coyunturas. Es su capacidad de adaptación o reacción a nuevas demandas, reorganizándose y conformando nuevos cuerpos frente a las nuevas necesidades, lo que destaca este museo; son estos precisamente los hitos que recoge la museografía, que habla de una institución que, al menos hasta Ibáñez, reconoce con claridad y orgullo sus progresos.

En la última sala del segundo piso está recreado el despacho de Carlos Ibáñez del Campo, se exhibe su uniforme y otras pertenencias personales, se destaca su vida y obra, marcando el cierre de los textos con una cronología gráfica de la institución hasta 1958.

Un túnel del tiempo con placas de los retenes y cuarteles de distintas épocas y estilos me devuelve al presente. Durante el recorrido hay zonas ambiguas, espacios donde la visita no es clara sobre la dirección que se debe seguir. Los textos se diluyen en los últimos días de Ibáñez y da la sensación de que la historia de Carabineros termina justamente cuando comienza, omitiendo (o aceptando) cualquier interpretación posterior.

Pero una colección de radiopatrullas y vehículos policiales en miniatura evidencian que la cronología avanza y la muestra sigue. Una serie de uniformes de las especialidades actuales escoltan al visitante hasta la escalera que conecta el museo con el sofisticado teatro del Centro Cultural. Una vitrina sobre el pasamanos también da cuenta del paso del tiempo en la evolución de sus armas. Hasta allí, el recorrido es neutro, no deliberante. Sin embargo, en el foyer del teatro, junto a los retratos de todos los generales directores de carabineros hasta la fecha, persisten en su sitio los de César Mendoza y Rodolfo Stange.

Para Eric Hobsbawm, la tarea de los historiadores es recordar la historia que otros olvidan: “La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven”, escribe en Historia del siglo XX.

Hay una serie de vacíos que surgen a partir de lo que se exhibe. Y esto abre espacio para cualquier interpretación. Sobre el final, al no haber más que objetos fechados, desprovistos de cualquier relato o contexto, cabe preguntarse qué clase de historia se cuenta a sí misma la propia institución acerca de, por ejemplo, la dictadura de Pinochet. Sobre qué relatos se articula su identidad actual. Cómo preserva y actualiza su historia. No se trata de imponer una revisión, sino de intentar una reflexión institucional que contribuya a integrar los hechos sin omisiones ni victimizaciones.

La narrativa no es la historia. Es la historia que nos contamos.

A la salida del museo, la figura de cera a escala real de Juan Pablo II convive con dos Mowag antidisturbios, usados en los 70 y 80; más atrás, se exhibe una barrera de hormigón grafiteada presumiblemente en el estallido. La última pieza de la muestra es un parabrisas baleado en 2021, en la macrozona sur. ¿Qué valor histórico dan a esos elementos? ¿Por qué están ahí?

 

Imagen: César Mendoza (debajo al centro) y Rodolfo Stange (debajo a la derecha) entre los directores generales retratados en el Museo Histórico de Carabineros.

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