Jardín primitivo

por Matías Celedón I 13 Mayo 2026

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Sin contar las miles de páginas fotocopiadas y algunos préstamos pendientes que devolveré, la única vez que me vi en la disyuntiva real de robar un libro fue hace muchos años en México, en la casa del excéntrico Edward James.

¿Fue un deseo incontenible, una necesidad urgente? ¿Algo de fondo contra la fortuna ajena? ¿Una merma simbólica o un mero capricho? ¿Cuál era el sentido oculto, verdadero de la transgresión? ¿Una simple moda literaria? Por supuesto, había leído a Bolaño. No fue en calle Donceles, pero sí en Xilitla, a los veintitantos. Xilitla es un pueblo en la cima de una sierra cafetera, de árboles frondosos y aves coloridas que entonces alegraban sus calles de adoquines. Yo era el único huésped de El Castillo, un hotel en donde todavía habitaba el fantasma del poeta inglés.

Guardo fotografías de esa casona, construida como su base de operaciones en la huasteca potosina. Pensé que todo el pueblo estaría bajo el influjo de Las Pozas, un extraño jardín exótico a 10 minutos caminando desde donde estaba. Una especie única de parque escultórico que construyó sir Edward James durante décadas, cuando llegó a la zona en busca de orquídeas, pero fundamentalmente siguiendo los pasos de Plutarco Gastélum, “un indio guapísimo” de quien se enamoró a primera vista al verlo dormido encima de una montaña de cartas, en la Oficina de Correos y Telégrafos de Cuernavaca.

El mejor retrato de este inglés es la pintura Prohibida su reproducción, de René Magritte, que el propio James le encargó al belga. En ella se ve a un hombre de pelo negro y chaqueta negra, que enfrenta un espejo que le devuelve el reflejo de su espalda. No hay otros elementos además de un marco y un libro: Las aventuras de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe.

La marca de un rostro sin nombre, o más bien de un nombre sin rostro, se repite en la vida de James. Aparece como mecenas de Salvador Dalí y del propio Magritte, como amigo íntimo de Leonora Carrington, pero sus propios poemas son invisibles entre los personajes trascendentes del movimiento surrealista. Sus libros eran autoediciones que generaron escaso entusiasmo y conveniente adhesión. Tuvo mucho menos suerte que fortuna, hasta que en Xilitla sucumbió a un sueño, a una visión extática: vio las ruinas de una civilización mestiza inexistente, donde el misticismo romántico de la tradición inglesa de autores como William Blake se fusionaba sensualmente con las formas vegetales y animales del imaginario náhuatl.

Al menos cuando fui, Xilitla era una especie de secreto a voces, como el romance entre Edward James y Plutarco Gastélum. Por más que se veían cada tanto y este último acabó casándose y heredando El Castillo, sostenían una profusa correspondencia de cartas y postales en donde se trazó el plan maestro del parque. El gringo esbozaba y remitía desde el mundo sus delirios escultóricos y el carpintero José Aguilar se las ingeniaba para concretarlas en moldes de madera. En ellos fraguaba el cemento entre los fierros, creando artefactos que son obras en sí mismas. La construcción de Las Pozas comenzó en 1947 y la naturaleza cada día las sigue transformando.

Las Pozas constituyen una de las principales obras arquitectónicas del surrealismo. Mi única referencia de un lugar así eran las imágenes monstruosas de Bomarzo o las prisiones imaginarias de Piranesi. Por lo demás, en la huasteca potosina hay evidencia antropológica del uso habitual y ritual de plantas alucinógenas. Me esperaba algo así como la ciudad abierta de Ritoque, pero verdaderamente abierta. Eso pensaba al desayuno cuando miré el comedor y frente a un espejo vi un hermoso gabinete de madera con libros. No eran cuidadas ediciones de libros antiguos. Eran libros viejos y usados, leídos probablemente por James. Cabía la posibilidad de encontrar alguna marca de lectura, una página doblada o subrayada, o al menos echar un vistazo a su bibliografía.

La mesa estaba servida. En los cuadros de Hieronimus Bosch, la virtud se pesa muchas veces con un anzuelo. Más estimulante que robar un libro, es robar de los libros. Eso no pasa de moda. En los estantes había novelas clásicas mexicanas, como Al filo del agua, de Agustín Yáñez. Entre otros títulos, como una imagen subliminal, apareció el cáliz medieval de la portada ilustrada por Edward Gorey del libro From Ritual to Romance, de Jesse L. Weston. Caí en cuenta del hallazgo y me transpiraron las manos.

Era un cuadro, una imagen de Apocalypse Now. Hacia el final de la película, como último reservorio moral, Kurtz solo tiene dos libros junto a su litera en la penumbra donde pronuncia sus palabras memorables: “El horror. El horror”. Uno de ellos es La rama dorada, el tratado antropológico de sir James Frazer, y el otro, From Ritual to Romance, en la exacta primera edición que estaba en el comedor.

Las Pozas constituyen una de las principales obras arquitectónicas del surrealismo. Mi única referencia de un lugar así eran las imágenes monstruosas de Bomarzo o las prisiones imaginarias de Piranesi. Por lo demás, en la huasteca potosina hay evidencia antropológica del uso habitual y ritual de plantas alucinógenas. Me esperaba algo así como la ciudad abierta de Ritoque, pero verdaderamente abierta.

No fue un acto premeditado ni una pulsión cleptómana irrefrenable. Simplemente se alinearon una serie de símbolos que cualquier mente despierta podría interpretar como señales. Para algunos, el acontecer objetivo es un correlato del acontecer subjetivo. Si vemos lo que queremos o proyectamos lo que podemos ver, la sincronía de ciertos hechos propone una cadena improbable de causalidad que hace razonable pensar que existe una profundidad en la superficie. Una imagen cifra elementos simbólicos y dramáticos que cargan de un sentido oculto aquello que figura.

Nunca olvido, por ejemplo, el mensaje interceptado por radio a Kurtz, evidencia de un caso perdido: “Vi a un caracol arrastrarse por el filo de una navaja de afeitar. Ese es mi sueño; esa es mi pesadilla. Arrastrarse, deslizarse por el filo de una navaja de afeitar… y sobrevivir”.

¿Habría cámaras en El Castillo? ¿O alguien observando? La vitrina estaba abierta y sucedió algo extraño: ya lo tenía en mis manos. De algún modo paranormal, pude entrar en esa guarida arrastrándome sigilosamente hasta el velador de Kurtz y guardarme el último libro que pudo leer.

Volví a la mesa con él y lo protegí con la servilleta, para que no cayeran migas en sus páginas. De pronto, me di cuenta de que estaba solo, que había estado todo el día solo, al igual que la noche anterior y durante la tarde después de llegar, cuando al registrarme en El Castillo me dieron la llave y luego no vi a mucha gente más.

Algo había o hay en el pueblo mágico de Xilitla, en lo poco que ocurre y lo mucho que, se intuye, sucede subterráneamente. A la hora de la siesta, las taquerías y locales parecían cerrados o vacíos, aunque la música venía desde algún lugar, como si los corridos se escucharan antes de que se encendiera la luz violeta de la tarde.

En un momento de Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, Marco Polo le describe a Kublai Kan un puente, piedra por piedra: “¿Por qué me hablas de las piedras? —le dice Kublai— Lo único que me importa es el arco”. Polo responde: “Sin piedras no hay arco”.

En la visión de James hay escaleras que no llegan a ninguna planta y edificios con menos pisos de los que se cuentan. Estructuras recursivas y librescas, formas que por dentro son más grandes que por fuera. Las cascadas naturales fueron transformadas en una especie de balneario surreal cuya vegetación de por sí es alucinante. Más que un parque escultórico, son senderos que conducen por un bosque sembrado con las ruinas de una civilización extinta. Algo similar se siente en ciudades antiguas, como Machu Picchu o en Éfeso, sitios arqueológicos sorprendentemente bien conservados. Después de un rato, da la sensación de estar inmerso en un espacio ajeno al tiempo, donde aquello que falta, lo que la ruina sugiere, es el vacío que sostiene lo que existe.

Me preparé unas tortas de jamón para la excursión a Las Pozas. Todos esos elementos confluían bajo una servilleta de género. Más allá de la película, pensaba, los dos libros citados por Francis Ford Coppola son sustratos esenciales de La tierra baldía y donde arraiga el simbolismo de T. S. Eliot. Decidí echar todo en mi bolso.

Hasta el check out hay presunción de inocencia. Me convencí de que el libro era una especie de amuleto. Caminé cerro abajo por el camino principal hasta llegar al final del pavimento. La ruta sinuosa descendía por la montaña buscando la sombra de los grandes árboles que hacían respirable la intensa humedad que empezaba a sofocarme desde el monte.

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