Gobernados por la insensatez

En La marcha de la locura, de la historiadora Barbara Tuchman se plantea que en cuestiones de gobierno, el hombre ha mostrado peor desempeño que en casi cualquier otra actividad humana. “¿Por qué quienes ocupan altos puestos actúan, tan a menudo, en contra de los dictados de la razón y del autointerés ilustrado?”, se pregunta en este libro que recorre cuatro períodos históricos y una serie de ejemplos para ilustrar su tesis, pero que se detiene fundamentalmente en la Guerra de Vietnam, donde la insensatez por parte de los norteamericanos alcanzó una cima nunca antes vista.

por Matías Hinojosa I 18 Octubre 2019

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En 1519 Hernán Cortés, al mando de un reducido grupo de españoles, atracó en la costa del Golfo de México. Enterado del arribo de los extranjeros, Moctezuma reunió de inmediato a sus consejeros. ¿Quiénes eran estos hombres de rostros tan inusuales, que se presentaban como embajadores de un reino lejano? ¿De dónde habían sacado esas enormes y complejas embarcaciones? Evidentemente, reflexionaba el emperador, si llevaban puestos esos imponentes trajes hechos de “piedra”, no podía tratarse de gente cualquiera.

Frente a las dudas, los aztecas actuaron con cautela, pasando por alto su enorme ventaja en hombres y armamento. Detrás de esta actitud, estaba su cosmovisión religiosa, la cual auguraba una sucesión de hechos fantásticos como anunciación del regreso de Quetzalcóatl, dios fundador del Estado. Confundidos y temerosos como estaban, Moctezuma tomó la peor decisión posible: envió fastuosos regalos a los invasores -los que alimentaron su codicia- y un mensaje en el que expresaba su miedo, y les solicitó no seguir avanzando. Ninguna estrategia pensada por Cortés pudo haber sido más eficaz y, con apenas unos pocos hombres, logró doblegar a los guerreros aztecas.

Moctezuma fue presa de sus creencias religiosas, sin poder ver la realidad cuando esta se le presentaba con claridad. ¿O acaso podían ser enviados de Quetzalcóatl estos hombres que rezaban a una cruz, desprestigiaban a sus dioses y clamaban por robar el oro? Según la historiadora Barbara Tuchman, la testarudez de Moctezuma, quien se mantuvo en su creencia incluso después de que sus súbditos se revelaran contra los españoles, funciona como ejemplo del gobernante irracional, cuyas decisiones atentan contra el interés propio y el de sus gobernados. Pese a lo pretérito del caso, la irracionalidad que condenó a Moctezuma y su imperio, como plantea la autora en su libro La marcha de la locura, parece ser una característica predominante a lo largo de la Historia.

“Al parecer, en cuestiones de gobierno la humanidad ha mostrado peor desempeño que casi en cualquiera otra actividad humana”, escribe Tuchman en el arranque de su estudio. “En esta esfera, la sabiduría –que podríamos definir como el ejercicio del juicio actuando a base de experiencia, sentido común e información disponible-, ha resultado menos activa y más frustrada de lo que debiera ser. ¿Por qué quienes ocupan altos puestos actúan, tan a menudo, en contra de los dictados de la razón y del autointerés ilustrado? ¿Por qué tan a menudo parece no funcionar el proceso mental inteligente?”.

Para ilustrar su tesis, Tuchman selecciona cuatro momentos históricos, comprendiendo un extenso recorrido, que comienza por el mítico relato del Caballo de Troya y termina en la Guerra de Vietnam, de la cual hace una pormenorizada reconstrucción, siendo la parte del libro que más páginas abarca. Entre estos dos capítulos, la investigadora también expone la situación de los papas renacentistas y su displicencia respecto de la asunción de los movimientos protestantes, y la pérdida por parte de los ingleses de sus colonias en Estados Unidos.

Para la selección de estos casos, Tuchman reconoce la existencia de cuatro características que definen a los malos gobiernos, las que, por otro lado, también pueden darse de forma combinada. Estas son, “la tiranía u opresión”, “la ambición excesiva”, “la incompetencia y decadencia” y “la insensatez o perversidad”. En este último modo la autora concentra su atención, de manera que los cuatro momentos históricos tratados comparten el haber tenido un gobierno insensato o perverso.

Tuchman justifica su investigación argumentando que la irracionalidad, pese a estar en la esencia del hombre, es claramente más grave, por el alcance de sus daños, cuando se expresa a nivel de gobierno, de modo que los gobernantes tienen el deber de la racionalidad.

La historiadora además establece tres criterios más: las políticas adoptadas por los gobernadores, en estos cuatro episodios, se consideraron insensatas en el momento en que ocurrieron y no solo en retrospectiva; estos gobernadores, además, tuvieron dentro de sus posibilidades otros caminos de acción y, por último, con la finalidad de aislar el problema de la personalidad, estas medidas debieron ser tomadas no por una sola persona, sino que por un grupo. “El mal gobierno por un solo soberano o un tirano es demasiado frecuente y demasiado individual para que valga la pena hacer una investigación generalizada”, escribe. “El gobierno colectivo o una sucesión de gobernantes en el mismo cargo, como en el caso de los papas renacentistas, plantea un problema más importante”.

Pero, si se considera la naturaleza insensata del hombre, ¿por qué debería esperarse otra cosa de sus formas de gobierno? La transversalidad de los líderes irracionales es inapelable: han estado en todas las épocas, lugares y formas de gobierno: tanto la monarquía, como la oligarquía y la democracia los padecieron por igual. Sin embargo, Tuchman justifica su investigación argumentando que la irracionalidad, pese a estar en la esencia del hombre, es claramente más grave, por el alcance de sus daños, cuando se expresa a nivel de gobierno, de modo que los gobernantes tienen el deber de la racionalidad.

Anclados en Vietnam

La marcha de la locura es principalmente un libro sobre la Guerra de Vietnam. Tanto la nacionalidad de la autora, como la cercanía de los acontecimientos y el ejemplar grado de insensatez reflejado en este caso, quizás determinaron el espacio de análisis destinado a este conflicto. Echando mano a su amena y detallista prosa, Tuchman hace un recorrido completo de este enfrentamiento: abarca desde los antecedentes más remotos hasta las batallas, pasando por las reacciones sociales e intrigas gubernamentales.

A lo largo de cinco períodos presidenciales Estados Unidos mantuvo políticas de intervención en Indochina, alargando hasta el absurdo un enfrentamiento que desde temprano se supo inviable por las autoridades. Los norteamericanos, pese al desconocimiento que demostraron tener sobre la cultura de esa región, contaron con el tiempo y las oportunidades suficientes para retroceder en sus acciones; sin embargo, la testarudez de sus gobernantes los llevó a persistir en la empresa.

El primer error fue apoyar a Francia en la restitución colonial de Vietnam. Aunque Roosevelt apenas terminada la Segunda Guerra Mundial se opuso a esto, al proponer una administración fiduciaria internacional, no consideraba en su plan los anhelos de independencia que bullían en la sociedad vietnamita. Luego de años de sometimiento colonial, estos se comprometerían de una manera decidida en la liberación nacional, obedeciendo a una cultura del sacrificio que los norteamericanos subestimaron y que tan bien representarían las fuerzas del Viet-Mihn y más tarde tarde del Viet-Cong.

Con una Francia arruinada tras la guerra, De Gaulle usó esta situación de vulnerabilidad para conseguir el apoyo norteamericano en Indochina. Su embajador en París les hizo saber a las autoridades estadounidenses que, de no recibir su ayuda, habría “una terrible decepción” por parte de los franceses, lo que podría derivar en un vuelco hacia el bloque soviético. Frente a la amenaza comunista que se cernía sobre Europa y Vietnam, Estados Unidos, una vez muerto Roosevelt, pondría maquinaria y equipamiento militar a disposición de Francia, pasando por alto el sentimiento nacionalista de los vietnamitas, quienes estaban dispuestos a no retroceder hasta obtener su completa independencia.

La participación cada vez más activa de los norteamericanos pronto se justificaría como un esfuerzo por detener el avance comunista, como si en Vietnam se jugara el destino de la libertad en Occidente. Esta lógica, en parte, se debía a la ignorancia de los norteamericanos respecto de Oriente, que veían a todos los países de ese lado del mundo en un mismo bloque, sin detenerse a considerar la historia y las circunstancias coyunturales de cada nación.

La participación cada vez más activa de los norteamericanos pronto se justificaría como un esfuerzo por detener el avance comunista, como si en Vietnam se jugara el destino de la libertad en Occidente. Esta lógica, en parte, se debía a la ignorancia de los norteamericanos respecto de Oriente, que veían a todos los países de ese lado del mundo en un mismo bloque, sin detenerse a considerar la historia y las circunstancias coyunturales de cada nación. “Los norteamericanos siempre estaban hablando de la liberación del comunismo”, escribe Tuchman, “mientras que la libertad que la masa de los vietnamitas deseaba era la liberación de sus explotadores, fuesen franceses o indígenas. La suposición de que la humanidad en general compartía la idea occidental democrática de libertad era un engaño norteamericano”.

Por otra parte, estaba comprometida la imagen de Estados Unidos ante el mundo, asunto sobre el que advirtieron los jefes del Pentágono al poder Ejecutivo, antes de que enviaran soldados a luchar. “Una vez comprometidos fuerzas y prestigio de los Estados Unidos”, apuntaron, “no será posible retirarse sin haber alcanzado la victoria”.

En cuanto a las tensiones internas, podía percibirse la influencia del macartismo en el ambiente anticomunista: “El gobierno norteamericano no reaccionó al levantamiento chino ni al nacionalismo vietnamita per se”, opina la autora, “sino a la intimidación de la más estruendosa derecha en el interior y al temor del público al comunismo que aquella aprovechó y reflejó”.

Estas perspectivas nublaron a los gobernantes, pasando por alto las señales que sugerían la retirada. En otras palabras, se dejó de actuar de acuerdo a los hechos. Esto quedó graficado, por ejemplo, en los cientos de informes encargados por los norteamericanos respecto de sus posibilidades de triunfo en Asia que fueron sistemáticamente ignorados. ¿La razón? Pues porque eran mínimas.

En 1954, cuando Estados Unidos todavía no comprometía hombres en Indochina, Eisenhower pidió al senador Mike Mansfield viajar a la zona de conflicto para elaborar un reporte. El congresista, además de consignar el deterioro de la situación respecto a años anteriores, advirtió: “A menos que haya esperanzas razonables de alcanzar nuestros objetivos, el continuo gasto de los recursos de los ciudadanos de los Estados Unidos es injustificado e inexcusable”. Poco tiempo más tarde, el general J. Lawton Collins, enviado con el mismo objetivo, reafirmaría esta apreciación, sugiriendo “el gradual retiro del apoyo de Vietnam”.

“¿Por qué, a la luz de todas estas dudas y negativas, EE.UU. no aprovechó la oportunidad para retirarse?”, se pregunta Tuchman. “No lo hicieron porque siempre surgía el argumento de que, si se retiraba el apoyo norteamericano, Vietnam del Sur se desintegraría, y el frente contra el comunismo cedería en Indochina”. Este fue el pensamiento circular que terminaría detonando los acontecimientos ya conocidos.

La marcha de la locura es sin duda un libro inquietante, pues plantea que la experiencia de la Historia no se ha traducido en un mejoramiento de los gobernantes. En el contexto de cambio climático, por ejemplo, se esperaría una reacción más sensata ante la evidencia científica que alerta sobre la gravedad del problema. Pero, ¿algún país ha pensado realmente en un modelo de crecimiento que prescinda de los combustibles fósiles? Entonces la tesis de Tuchman trasciende el escenario bélico o se traslada a las nuevas batallas, y conviene tener presente sus palabras: “Entre chispazos de buen gobierno, la insensatez reina soberana”.

 

La marcha de la locura. La sinrazón desde Troya hasta Vietnam, Barbara W. Tuchman, Fondo de Cultura Económica, 2018, 370 páginas.

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