Karl Marx como voluntad y representación

por Juan Rodríguez M.

por Juan Rodríguez M. I 12 Febrero 2019

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Nació en 1818, en la Europa que acababa de dejar atrás a Napoleón, pero no las ideas y prácticas de la Ilustración y de la Revolución Francesa. En ellas se formó. Participó de las revoluciones de 1848, apoyó a la comuna de París. Y a la vez, vivió una vida familiar feliz, pero marcada por la pobreza y las desgracias. Ni ángel ni demonio, Marx fue resultado de una época que quiso cambiar y en la que logró dejar huella.

por juan rodríguez m.

Nada menos que todo un hombre: Karl Marx fue un agitador y activista, líder de las primeras ligas y comités comunistas, perseguido por Prusia, apátrida desde 1845; un “dictador democrático”, que gastaba tantas energías en disparar contra los burgueses como contra los “falsos profetas” del socialismo: esos sensibleros, demagogos, ignorantes y superficiales que imaginaban un paraíso comunista en el que todos usarían la misma ropa o comerían en el mismo comedor. Fue un ávido lector y escritor, apasionado por Hegel en su juventud y por Shakespeare toda la vida. Un intelectual que salía a emborracharse con sus amigos. Un periodista y editor de revistas. Un exiliado que pasó buena parte de su vida en Inglaterra. Según algunos, fue un hombre de familia –padre de seis hijos–; según otros, un egoísta que vivió del dinero de su mujer y de su amigo, Friedrich Engels, y que postergó a los suyos en favor de su activismo y de su obra. Sus “hábitos de siempre”, resume Francis Wheen, uno de sus biógrafos, fueron “leer, escribir, conspirar”.

Marx se pasó la vida sobregirado, no solo en lo económico, sino también en lo político y en lo intelectual. Su trabajo como escritor estuvo marcado por entusiasmos sin concreción, obras iniciadas pero inconclusas, y atrasos en las entregas. Muchas veces se interponían la mala salud y la necesidad de ganar dinero, otras veces el activismo político, y también una mente tan imaginativa como poco metódica, y con afanes enciclopédicos. Pero valía la pena esperar.

En 1848 estaba en Bruselas. Tenía 30 años, era un hombre bajo, moreno, de hombros anchos, con la barba y el cabello oscuros, salvo por los primeros mechones grises que se dejaban ver. Trabajaba en un texto para el comité central de la Liga de los Comunistas de Londres. Sus compañeros estaban impacientes, enojados por la demora, pues lo que escribía Marx era la nueva declaración política del movimiento.

Marx se pasó la vida sobregirado, no solo en lo económico, sino también en lo político y en lo intelectual. Su trabajo como escritor estuvo marcado por entusiasmos sin concreción, obras iniciadas pero inconclusas, y atrasos en las entregas.

En febrero de ese año, por fin se publicó el Manifiesto del Partido Comunista. El texto final valió la espera: “Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo”, dice ese inicio tan inquietante y contundente como imperativo es el cierre: “¡Proletarios de todos los países, únanse!”.

“Fue una suerte que Marx se tomara su tiempo, porque el resultado fue una obra maestra literaria: un texto compacto, conciso, elegante, potente y a la vez sarcástico y divertido”, dice Jonathan Sperber en Karl Marx. Una vida decimonónica.

En la ruta de Hegel

Marx nació el 5 de mayo de 1818, en Tréveris, sudeste de Alemania, en una familia burguesa encabezada por Heinrich Marx y Henriette Pressburg. Se dice que el pequeño Marx se sentaba en las piernas de su padre para que este le leyera a Voltaire. Heinrich era un seguidor de las ideas ilustradas y de la Revolución Francesa.

En la biografía más reciente de Marx –Karl Marx. Ilusión y grandeza, de Gareth Stedman Jones– leemos: “Karl nació en un mundo que aún se recobraba de la Revolución Francesa, el gobierno napoleónico de Renania, la emancipación a medias y prontamente revertida de los judíos, y la atmósfera sofocante del absolutismo prusiano. Era también un mundo en el que había ciertas vías de escape, aunque discurrieran en su mayor parte en el terreno de la imaginación. Coexistían la belleza de la polis griega, la inspiración de los poetas y las obras de Weimar (Goethe), el poderío de la filosofía alemana y las maravillas del amor romántico”. A este escenario que describe Stedman Jones, Jonathan Sperber suma los efectos de la Revolución Industrial, la “influencia perdurable” no solo de las ideas, sino también de “las formas de acción política de la Revolución Francesa de 1789; el papel fundamental que desempeñaba la religión en la interpretación del mundo; el efecto considerable, aunque complejo e intrincado, del nacionalismo, y la relevancia de la vida doméstica”.

De los primeros años de Marx se sabe poco. Según Stedman Jones, la única alusión a su infancia se la debemos a un recuerdo de su hermana Eleanor: “He oído a mis tías decir que, de niño, era un pequeño tirano, horrible con sus hermanas (…) les insistía en que comieran las ‘tartas’ que hacía con una masa asquerosa y sus manos todavía sucias”. Recién a partir de 1830 hay más claridad. Ese año empezó su educación secundaria, centrada en los autores clásicos, cuya lectura nunca abandonó. Allí también conoció la lengua, la cultura y la historia francesas. Y si ya su padre lo había iniciado en la Ilustración, en el colegio se topó con profesores que tenían ideas librepensadoras, republicanas y democráticas. Marx creció “de acuerdo con las ideas de la Ilustración: un acercamiento racionalista al mundo, una religión deísta y la creencia en la igualdad y los derechos fundamentales del hombre”, dice Sperber.

Marx desarrolló un trabajo periodístico que suele desatenderse al lado de su labor teórica, cuando de hecho ocupa más volúmenes en sus obras completas. Fue corresponsal de medios europeos y estadounidenses, incluso de un diario sudafricano.

A partir de 1835, cuando entró a estudiar Derecho en la Universidad de Bonn, Marx profundizó su ruta ilustrada. Fue a clases “diligentemente”, pero se dedicó más a la bohemia, las peleas con los estudiantes prusianos y a debatir sobre cuestiones literarias y estéticas; o sea, era un universitario promedio, que incluso fue castigado por “alboroto y ebriedad por las noches”. Para encausarlo, en 1836 su padre lo envió a la Universidad de Berlín, el centro intelectual de Alemania, donde todavía reinaba Hegel, el filósofo del espíritu absoluto y la realidad racional, quien había muerto apenas cinco años antes. Allí Marx siguió distrayéndose del Derecho con sus aficiones literarias: escribió poemas, intentó crear una obra de teatro y una novela satírica, e hizo crítica teatral. Soñaba con ser poeta. Sin embargo, la mayor distracción era la filosofía de Hegel: conoció conceptos como dialéctica y alienación que, reformulados, llegarían a ser clave en su pensamiento. “Se había caído un telón, mi yo más sagrado se había hecho trizas y había que introducir nuevos dioses”, le contó Karl a su padre.

Gracias a un profesor –Eduard Gans, un hegeliano progresista y liberal– y a sus contactos con los llamados Jóvenes Hegelianos –seguidores de izquierda del maestro–, Marx se convirtió en un crítico decidido del absolutismo prusiano y defensor de las ideas republicanas y democráticas. Dejó el Derecho y se doctoró en Filosofía con una tesis sobre Demócrito y Epicuro. En ese trabajo afirma que la confesión de Prometeo, el antiguo héroe trágico, era también la confesión de la filosofía: “En una palabra, odio a todos y cada uno de los dioses”.

“En Berlín –escribe Stedman Jones–, Karl había entrado en contacto con un nuevo grupo de amigos que empezaban a considerar que la noción humana de Dios –y, en particular, del Dios cristiano–, así como la mistificación de las relaciones sociales que esta traía consigo, habían conducido a la humanidad a su catastrófica situación actual. Y que, una vez que se entendieran las razones de esa situación catastrófica, la humanidad se embarcaría en una época nueva y sin precedentes de absoluta felicidad”. En 1845, Marx escribirá en sus famosas y póstumas Tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Era un llamado, probablemente a sí mismo, a convertir la filosofía y la crítica en práctica.

Esa novela gótica inmensa

Marx quiso iniciar una carrera académica, pero su posición política lo hizo imposible. Su padre había muerto en 1838, y debido a préstamos que le había hecho su madre, no recibió nada de la herencia. Así es que en 1842 empezó a trabajar como escritor independiente, colaborando en diarios progresistas, sobre todo en la Gaceta Renana, lo que según Sperber marcó “un punto de inflexión en su desarrollo intelectual, personal y político”, pues entró en contacto con las ideas comunistas. Había sido un erudito con una inclinación al activismo, pero desde entonces fue un activista con tendencia a la erudición. De ahí en adelante, Marx desarrolló un trabajo periodístico que suele desatenderse al lado de su labor teórica, cuando de hecho ocupa más volúmenes en sus obras completas. Fue corresponsal de medios europeos y estadounidenses, incluso de un diario sudafricano. Combinó los artículos políticos combativos con reportajes en los que desplegaba sus lecturas, capacidad de análisis y sarcasmo.

Ese estilo personal, de analogías maliciosas y divertidas, a la vez práctico y cínico, lo volcará luego en su mayor obra, El capital. Según Francis Wheen, autor de Karl Marx y de La historia de “El capital” de Karl Marx, dicho texto hay que leerlo como una obra de arte. No sería una hipótesis científica, sino una sátira del capitalismo, “un melodrama victoriano, o una inmensa novela gótica cuyos héroes están esclavizados y consumidos por el monstruo que han creado”. Como en una comedia, Marx expone las diferencias entre “la apariencia heroica y la ignominiosa realidad” de la sociedad capitalista del siglo XIX. De hecho, el autor advirtió a sus lectores que entraban a un mundo ilusorio donde nada es lo que parece: “A primera vista –escribe–, una mercancía parece una cosa obvia, trivial. Su análisis indica que es una cosa complicadamente quisquillosa, llena de sofística metafísica y de humoradas teológicas”.

 

 width= Karl y Jenny.

 

La lectura de Wheen se hace cargo del amor de Marx por la literatura, especialmente por Shakespeare, Esquilo y Goethe (en prosa su favorito era Diderot). En El capital abundan las referencias literarias: además de Shakespeare, están la Biblia, Sófocles y Dante, entre otros. Según Wheen, el “Moro” se veía reflejado en un artista, un personaje de La obra maestra desconocida, de Balzac: el pintor Frenhofer. En la historia, este pintor trabaja en un retrato revolucionario que sería “la más completa representación de la realidad”. Un esfuerzo que, tras una década de pintar, repintar y sobrepintar, resulta “un revoltijo de formas y colores”. Es un fracaso que a uno, ser humano de los siglos XX y XXI, no le parece un chasco, sino un adelanto del arte moderno, abstracto, imposible de comprender para los amigos de Frenhofer.

¿Le pasó lo mismo a Marx? Sí, dice Wheen, Marx es como ese pintor: dedicó más de 20 años a pintar, repintar, sobrepintar El capital, y al final solo publicó, en 1867, un volumen de los seis previstos. Un volumen abierto, enrevesado, inacabado… cual obra moderna. Y no solo en su contenido, también en su forma, pues es un collage literario radical en el que se yuxtaponen voces y citas de la mitología, la literatura, los cuentos de hadas, informes de inspectores de fábricas: “El capital es tan disonante como la música de Schoenberg, tan espeluznante como los relatos de Kafka”, afirma Wheen. “Al igual que Frenhofer, Karl Marx era un modernista avant la lettre”.

Destino final: Inglaterra

En 1843 Marx se casó con Jenny von Westphalen, con quien tuvo seis hijos. Por entonces, en la práctica, Marx era el combativo e insolente editor de la Gaceta Renana, pero fue despedido ante las amenazas de las autoridades prusianas de cerrar el diario (que de todas formas fue prohibido). Los Marx emigraron a París, donde Karl siguió con sus labores editoriales, amplió sus relaciones con radicales, demócratas y republicanos, profundizó en las ideas socialistas, conoció a activistas de la clase obrera y redactó textos en los que comienza a hablar de economía y trabajo, de establecer un Estado democrático, de la clase obrera como motor de la historia. Marx pregonaba la necesidad de superar las revoluciones anteriores en pos de una más “radical” o universal, que emancipara a los seres humanos, es decir, que pusiera fin al capitalismo.

Los tres biógrafos –Wheen, Sperber y Stedman Jones– coinciden en que la vida familiar de los Marx fue “sólida y feliz”. Aunque no estuvo libre de tensiones y crisis. Especialmente por las miserias económicas, con embargos y desalojos, Marx escondiéndose de los acreedores, y los hijos sin poder ir al colegio porque no tenían zapatos ni abrigo.

En otras palabras, esos 16 meses en París tuvieron como fruto la primera expresión de las ideas comunistas de Marx. Fueron apenas 16, pues en enero de 1845, por presiones de Prusia, Marx fue expulsado de Francia. Se instaló en Bélgica, donde se inició en el activismo revolucionario. Allí vivió las revoluciones liberales y socialistas de 1848, en las que creyó y se involucró a tal punto que, una vez derrotadas, tuvo que emigrar a Londres. En Inglaterra pasó el resto de su vida, continuó con su activismo, trabajó para unir al proletariado y se hizo amigos y enemigos en las filas radicales, especialmente durante la creación y fortalecimiento de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) –la primera Internacional–, donde su máximo rival fue Bakunin.

En ese tiempo Marx comenzó a hablar de las crisis que generaría el capitalismo por su propia lógica expansiva. Y alcanzó fama mundial durante la Comuna de París (1871), una insurrección de pocos meses en la capital de Francia que instaló un gobierno popular, detrás del cual muchos vieron a la AIT y a Marx. No era así, pero de todos modos Karl apoyó el movimiento y escribió sobre él, si bien tenía claro que no era la revolución comunista que esperaba. Si es que la esperaba.

En el Manifiesto comunista Marx elogia la fuerza revolucionaria de la burguesía y el capitalismo. “Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de llegar a osificarse. Todo lo mental y estable se evapora”, escribe.

Por eso Wheen se pregunta cómo es posible que Marx creyera en el colapso de esta “fuerza imponente” tras apenas un par de siglos de aparecida. Quizás no lo creía, responde. Claro, anhelaba ese colapso y el fin de la explotación, pero si se lee en conjunto su obra el augurio se relativiza. Stedman Jones complementa esa lectura. Argumenta que hacia el final de su vida Marx era más cercano a la socialdemocracia del siglo XX europeo que al comunismo clásico. Según el biógrafo, tras el fracaso de las revoluciones de 1848, la idea de un partido revolucionario se desintegró, y 21 años después, en 1867, en una reunión de trabajadores en Hannover, Marx dijo “que los partidos podían ir o venir; lo que importaba mucho más eran los sindicatos, ya que estaban en contacto diario con sus vidas”. “Mi propia interpretación –dice Stedman Jones a través de un correo electrónico– es que en la década de 1860 ya no consideraba la revolución como un evento, sino más bien como un proceso que consistía en un conjunto de eventos políticos, intelectuales y económicos a lo largo de un período prolongado de tiempo, un paralelo a la transición del feudalismo al capitalismo descrita en el primer volumen de El capital”.

No se trata de convertir a Marx en un reformista liberal del siglo XX. Eso le queda mejor a su padre. Él, en cambio, “fue uno de los exponentes más nítidos de una forma nueva y particularmente alemana de radicalismo”, escribe Stedman Jones. Sin embargo, referir sus elogios al capitalismo ayuda a darse cuenta de que la realidad está lejos del blanco o negro de la representación.

La reputación del maestro

Stedman Jones dice que el mito de Marx se comenzó a construir muy temprano. A partir de 1878, cuando Karl todavía vivía, Engels publicó los libros y panfletos que en buena medida crearon lo que luego se conocerá como “marxismo”. Además, ya muerto su amigo, recopiló y editó los apuntes para el segundo y tercer volúmenes de El capital. A partir de ahí, pero especialmente de 1914, con la socialdemocracia alemana, y de 1917, con la URSS, el marxismo se separó cada vez más de Marx. Los líderes socialdemócratas no solo lo promovieron como “el fundador revolucionario de una ciencia de la historia”; también velaron por la reputación personal del maestro. Por ejemplo, su correspondencia con Engels fue censurada, entre otras cosas, por los “comentarios despectivos y racistas” que solían hacer los amigos.

La vida de Marx tuvo y sigue teniendo tanto de voluntad como de representación. En 1880, un periodista le preguntó cuál era la suprema ley de la vida, y él contestó: “¡Lucha!”.

Lejos de toda leyenda, la vida privada de Marx fue convencional: “Era patriarcal, puritano burgués, trabajador e independiente (o lo intentaba); culto, respetable y alemán, con una clara pátina de origen judío”, cuenta Sperber. Lo menos convencional, tal vez, fue el “indiscutible afecto” por sus hijos y nietos, sus hábitos de trabajo nocturnos, “su respaldo del libre pensamiento, incluso para las mujeres de su entorno”. Los tres biógrafos –Wheen, Sperber y Stedman Jones– coinciden en que la vida familiar de los Marx fue “sólida y feliz”. Aunque no estuvo libre de tensiones y crisis. Especialmente por las miserias económicas, con embargos y desalojos, Marx escondiéndose de los acreedores, y los hijos sin poder ir al colegio porque no tenían zapatos ni abrigo. En La gran búsqueda. Una historia de la economía, Sylvia Nasar se refiere a Marx como un “despilfarrador” que agotó “varias herencias familiares”. Sin embargo, el hábito era compartido con su mujer, pues había que guardar las apariencias burguesas.

Además de ser pobres, los Marx tenían una mala salud crónica, en parte debido a las penurias materiales. Cuatro de los seis hijos, incluyendo un nonato, murieron. El relato que hace Stedman Jones de una de esas muertes conmueve: a principios de 1854, Edgard o Munsch, como lo llamaban, enfermó; tenía 10 años. En 1853 había muerto Guido, de un año. Su esposa estaba por los suelos. “Estoy rendido por las largas noches de vigilia, visto que ahora soy la enfermera de Munsch”, le dijo Marx a Engels, en marzo de 1854. Y, luego, en abril: “El pobre Munsch ya no está más. Hoy entre las cinco y seis de la mañana, se quedó dormido (en un sentido literal) en mis brazos”.

La vida de Marx tuvo y sigue teniendo tanto de voluntad como de representación. En 1880, un periodista le preguntó cuál era la suprema ley de la vida, y él contestó: “¡Lucha!”. Fue la respuesta de un hombre que llegaría a ser santo y demonio, pero también podría ser la de cualquiera. Jenny, su mujer, murió en 1882. Y Marx lo hizo al año siguiente, el 17 de marzo, probablemente de tuberculosis. No tenía su barba ni su cabellera características, se las había recortado poco antes, con la precaución de no dejarse fotografiar. De las dos hijas que llegaron a adultas, una murió en 1883, meses antes que su padre, y la otra se suicidó en 1911. Hubo un séptimo hijo, que Marx tuvo con su criada, y al que Engels dio su apellido para salvar el matrimonio de su amigo. Ese hijo murió en 1929, con 77 años, sin saber que su padre ya era mito.

 

Karl Marx. Ilusión y grandeza, Gareth Stedman Jones, Debate, 2018, 890 páginas, $25.000.

 

Karl Marx. Una vida decimonónica, Jonathan Sperber, Galaxia Gutenberg, 2013, 624 páginas, $24.000.

 

Karl Marx, Francis Wheen, Debate, 2015, 368 páginas, $19.000.

 

La historia de El capital de Karl Marx, Francis Wheen, Debate, 2007, $16.140.

 

La gran búsqueda. Una historia de la economía, Sylvia Nasar, Debate, 2013, 610 páginas, $22.000.

 

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