Memoria del Winnipeg: luces y sombras del exilio republicano español en Chile

La llegada hace 80 años a Valparaíso del barco que trajo a los refugiados españoles tras la Guerra Civil, sirve al autor de este ensayo para subrayar el deber cívico de la memoria, es decir, ese lugar en el que se hacen comunes las memorias privadas. Y también para subrayar que todo exilio es un fracaso sustantivo y definitivo en el que no importa el qué vaya a pasar después, sino lo que queda incumplido. Un cementerio de promesas o el espacio del futuro interrumpido, como decían Francisco Ayala y María Zambrano.

por Francisco Martín Cabrero I 25 Febrero 2020

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El 4 de agosto de 1939 zarpaba del puerto fluvial de Pauillac, poco distante de la ciudad de Burdeos, un carguero acomodado de urgencia para el transporte de personas con más de dos mil españoles refugiados en Francia como consecuencia de la derrota republicana en la Guerra Civil. Un mes después, al calar del sol del segundo día de septiembre, atracaría en Valparaíso, para, en la mañana siguiente, domingo 3 de septiembre, proceder al desembarco de aquel cargamento de cuerpos desnutridos y almas desoladas. Era el Winnipeg, el barco de la esperanza, como le llamaron aquellos extraños viajeros cuyo ánimo se movía entre las ilusiones perdidas y un intangible fracaso poblado de incertidumbres. Algo, en efecto, había fracasado en sus vidas y quedaba atrás, muy atrás, o tal vez no tanto, en aquella Europa que se disponía a continuar fuera de España la peor de todas las guerras conocidas hasta entonces. Algo también se abría como horizonte: un destino lejano casi al fin del mundo, donde quizás podría plantarse una nueva esperanza.

No fue el Winnipeg el primero ni sería tampoco el último de aquellos barcos que llegaron a Chile repletos de españoles huyendo de España. La imagen de la madre que devora a sus hijos parece apropiada para esa historia poblada siempre de “españoles fuera de España”: judíos sefarditas, moriscos aljamiados, novatores, afrancesados, liberales, masones y un largo etcétera tan constitutivo de lo español –conviene no olvidarlo– como el de los peninsulares. Si algo entendieron pronto los exiliados republicanos fue que su experiencia les hermanaba a todos los exiliados de la historia de España, y que ese mismo hecho, exclusivo y excluyente a la vez, los hacía portadores de una verdad de España que acontecía lejos de su tierra. Del aliento de ese reconocimiento salió siempre lo mejor de aquel exilio (tal vez también lo mejor de España).

No fue el único el Winnipeg, como tampoco lo fue el Sinaia que llegó al puerto de Veracruz poco tiempo antes, pero sus circunstancias –las de ambos– cristalizan la solidaridad latinoamericana con los refugiados españoles confinados en los campos de concentración franceses. La historia es bien conocida: Chile y México establecieron canales institucionales para la acogida de los refugiados españoles. Lázaro Cárdenas y Aguirre Cerda pudieron contar con la colaboración y el compromiso de Alfonso Reyes y Pablo Neruda. Ambos habían vivido en España y a sus movimientos culturales de renovación se habían vinculado de manera esencial y no exenta de cierto protagonismo: Reyes a la Generación de 1914, la de Ortega y Gasset y Américo Castro, y Neruda a la de 1927, la de Lorca y Alberti, entre otros. México y Chile abrieron entonces sus puertas a la diáspora de los republicanos españoles que escapaban de España y de Europa (cabe decir también que a esa generosidad los exiliados españoles intentaron responder entregando en general lo mejor de su profesionalidad).

Conviene también a nuestro recuerdo de hoy hacer memoria de las condiciones en que fueron recibidos en Francia los refugiados españoles que huían de España. No hubo centros de acogida ni ningún tipo de solidaridad institucional, sino la impiedad y la intemperie de los campos de concentración.

Ya cumplidos 80 años de la llegada del Winnipeg, conviene tener presente que el deber cívico de memoria es ese lugar en el que se hacen comunes las memorias privadas y donde el patrimonio de los recuerdos familiares pasa a ser también una posesión que trasciende lo estrictamente personal y se hace civil. La civis mira hacia el pasado para abrir camino hacia el futuro, sin duda, y la historia no tiene mayor cometido que el de contribuir a la creación de un mundo mejor. Del deber cívico de memoria –siempre bajo amenaza– salen algunos de los hilos más resistentes y capaces de dar consistencia al tejido social propio de lo humano.

Hacer memoria es recogerse en el lugar de la memoria, en esa intimidad de lo colectivo que hace del recuerdo el centro y el eje de una temporalidad que nos saca de la repetitiva monotonía del tiempo sucesivo. No todas las horas son iguales, ni tampoco los días se suceden uno tras otro sin mayor distinción, sino que, al contrario, el tiempo de la memoria introduce la variable diferencial que ejecuta luego el acto conmemorativo. Conmemorar es rememorar: es volver a hacer memoria, dar una vuelta más a los recuerdos que acompañan y fundan nuestro linaje ciudadano. Es, pues, hacer memoria con otros o junto a otros, pero siempre en compañía. Y de la compañía, el festejo, porque a la postre conmemorar también es festejar.

Festejar como se debe, en disposición moral y recogimiento íntimo ante la verdad de lo conmemorado. Ante todas las voces de aquella verdad que desde atrás nos invita a la reflexión y a la meditación. Porque a veces, sobre todo en nuestro tiempo, tan propenso a dejarse deslizar por el terreno fácil de los lugares comunes, la fiesta conmemorativa tiende a cubrir y silenciar algunas de aquellas voces del pasado en el arrastre natural que supone el desarrollo consolidado del discurso histórico. Aquí –que quede claro– no se habla aún de ninguna verdad histórica, que tiene otro estatuto y otro lugar de disquisición, sino de esos recuerdos personales transmitidos de padres a hijos que fueron tejiendo un espacio colectivo en el que convergían una experiencia española y una esperanza chilena.

Quizá por ello, hoy no estaría de más recordar algunas de las verdades incómodas que acompañan como una sombra los relatos de la Guerra Civil y del éxodo republicano. Y acaso la primera de esas verdades incómodas deba ser la debida deconstrucción de las narrativas y de los discursos que ven dos bandos enfrentados (nacionales vs. republicanos) y el predominio final, tras tres largos años de encarnizada guerra, de uno sobre otro. No es que sea falso, pero es una verdad a medias (y todos sabemos ya que de las medias verdades han salido y siguen saliendo las peores mentiras). Aquella guerra no la ganaron los ejércitos franquistas, sino que, en propiedad, acaso haya que decir sin mayores ambages que la perdió la República. Y la perdió porque en el seno de las fuerzas republicanas se desencadenó una suerte de guerra civil dentro de la otra Guerra Civil. Los episodios de mayo de 1937 en Barcelona hablan claro respecto a qué fue lo que debilitó definitivamente a la República: fue esa lucha fratricida entre comunistas y anarquistas la que abrió las puertas al ejército franquista para hacerse con el control del país, sin duda, pero fue también, sobre todo, la que sentenció la derrota republicana (ver Tierra y libertad, de Ken Loach).

 

Llegada de refugiados españoles a bordo del Winnipeg en 1939. Toda la serie de fotografías corresponde a Miguel Rubio Feliz. Colección Museo Histórico Nacional.

 

Es obvio que aquel enfrentamiento entre anarquistas y comunistas no era un fenómeno simplemente nacional. Era la contrapartida a la ayuda militar soviética: Stalin trasladaba a la Guerra de España la exigencia de su lucha personal y política contra anarquistas y trotskistas. En aquel tablero de ajedrez que era la política europea de entonces, aquella guerra entre españoles –pero donde participaban activamente Alemania e Italia en apoyo de los militares sublevados, la Unión Soviética en ayuda de la República, Francia e Inglaterra con más miedo que vergüenza, negando su apoyo a la República– constituyó una distracción para operaciones y jugadas que se pensaron más importantes y de mayor envergadura. Una suerte de sacrificio (políticamente) asumible en aras de una estrategia (moralmente) equivocada. No fue el único infierno de la República española, pero sí el más amargo y difícil de digerir desde el otro lado de la historia.

Conviene también a nuestro recuerdo de hoy hacer memoria de las condiciones en que fueron recibidos en Francia los refugiados españoles que huían de España. No hubo centros de acogida ni ningún tipo de solidaridad institucional, sino la impiedad y la intemperie de los campos de concentración. De ellos se salía para ser devueltos a la España franquista, lo que significaba una muerte segura o la prisión en el mejor de los casos, o para seguir combatiendo esa otra guerra que era la misma guerra y hoy llamamos Segunda Guerra Mundial, o reclamados por el Servicio de Evacuación de los Refugiados Españoles para ser trasladados fuera de Francia.

Ahí –en ese punto crucial en que la derrota se hace condena– se inscribe la acción de Pablo Neruda como cónsul especial para la inmigración española en la Embajada de Chile en París. El cometido de Neruda, más allá de toda leyenda, lo describe Julio Gálvez Barrada: “Rescatar españoles republicanos de los campos de concentración en Francia”. No se trataba solo, pues, de salvar de la derrota de una guerra, de la persecución y represión franquistas, que es lo que suele pensarse y repetirse, sino también del destino inhumano que Francia y Europa habían reservado a los republicanos españoles. Neruda, al contrario de tantos otros, no miró para otro lado y supo encarar la tragedia que se abatía sobre el pueblo español. El suyo fue un gesto de humanidad en un tiempo en que no se veía mucha. Pero, a decir verdad, no fue un gesto privado, del ciudadano y del poeta que sin duda era Neruda, sino de Chile entero, pues actuaba institucionalmente en representación del gobierno chileno.

También en Chile soplaban vientos contrarios a aquella magnífica cadena de solidaridad hacia los refugiados españoles (las fuerzas de la derecha y la jerarquía eclesiástica jugaron a confundir a la opinión pública con argumentos contrarios a la llegada de los refugiados españoles), y aunque no fueron suficientes para impedirla, sí lo fueron para condicionarla poderosamente. Se ha hablado mucho –y en general mal– de la “selección” llevada a cabo por Neruda para configurar el cupo de pasajeros del Winnipeg. La selección, en verdad, estuvo ya marcada desde el inicio por el gobierno de Pedro Aguirre Cerda: para contrarrestar la campaña de la derecha se insistió en el beneficio que recibiría la economía chilena con los trabajadores españoles, pues aportarían innovación en amplios sectores del mundo laboral (pesca, agricultura, minería, industria textil y maderera, entre otros). Es por este motivo que el exilio español en Chile es el que presenta un menor número de artistas e intelectuales, en comparación, por ejemplo, con el exilio mexicano. La política es el ámbito de lo posible, claro está, pero lo posible de entonces fue una rebaja de aquel gesto extraordinario de humanidad. No bastaba ser un simple ser humano en dificultad, sin tierra y sin casa, sin aliento casi, sino que tenía que ser útil a los criterios de productividad de la nación.

El exilio español en Chile es el que presenta un menor número de artistas e intelectuales. (…) No bastaba ser un simple ser humano en dificultad, sin tierra y sin casa, sin aliento casi, sino que tenía que ser útil a los criterios de productividad de la nación.

De la “selección” de Neruda también se ha dicho que cerraba el paso a los anarquistas y promovía a los comunistas, lo cual tal vez no sea del todo cierto en lo que refiere a la promoción de los últimos, pero sí en las dificultades que encontraron los anarquistas para embarcarse en el Winnipeg. En este sentido, tal vez ha llegado el momento de tomar en seria consideración –sin descalificarlo a priori– el libro de Fernando Solano Palacio, El éxodo (Valparaíso, 1939), a la sazón el primer libro publicado en Chile por un exiliado de la guerra de España. Solano Palacio fue pasajero del Winnipeg, pero pasajero no oficial, pues viajó como polizón: su condición de anarquista le jugó en desventaja frente a otros que, con carnet de partido o sin él, tuvieron menos dificultades para poder entrar en la lista oficial de pasajeros. En su libro, verdadera crónica de los últimos meses de la guerra, del paso atroz por los campos de concentración franceses y del viaje ultramarino hasta el desembarco en Valparaíso, Solano denuncia con contundencia la campaña contra los anarquistas españoles que se llevó a cabo desde el Servicio de Evacuación de los Refugiados Españoles, órgano del gobierno republicano en el exilio, campaña en la que también habría jugado –acaso sin querer– el propio Neruda. No para juzgar nada o condenar a nadie, pues no puede ser esa nuestra tarea de hoy, sino simplemente para entender el efectivo acontecer de todo aquello. Porque entender y comprender la verdad que subyace a cada una de las voces del exilio debería ser la base de todo acto conmemorativo de nuestro tiempo.

O recordar también el papel que jugaron las mujeres –hijas, compañeras, madres, esposas– en la inserción familiar de aquel exilio español en la vida chilena, sin reducir el relato a quienes alcanzaron algún tipo de éxito y reconocimiento público, que a la postre es lo más fácil y lo que interesadamente sirve para encubrir una verdad más profunda, más dura y dolorosa, sino intentando llegar un poco más allá de donde quedó parada la investigación, que ha hecho mucho, sin duda, pero debe seguir haciendo más, quizá para sacar a la luz ese sacrificio femenino que se oculta detrás de uno que otro éxito y reconocimiento masculino. Pero sin jugar al ataque de nada, pues en efecto no se trata de eso. Porque era otro tiempo y la dinámica de las relaciones entre hombres y mujeres era también muy distinta de la nuestra, pero que ello no sirva para dejar las cosas como están, en cierto modo tapadas, sino para desocultar un sacrificio que fue efectivo y quedó harto tiempo desatendido e inobservado, sin la debida y justa consideración.

O recordar lo anónimo, lo que ni brilló ni tuvo éxito ni antes ni después de aquel viaje terrible, sino que a la postre acabó siendo marginal incluso dentro del mismo margen del exilio. Recordar el fracaso, porque el exilio es eso: un fracaso sustantivo y definitivo en el que no importa el qué vaya a pasar después, sino lo que queda incumplido. Un cementerio de promesas, o el espacio del futuro interrumpido, decían Francisco Ayala y María Zambrano que era el exilio. Algo que se aloja en la persona como una falta, como una radical ausencia que ya nada ni nadie va a poder colmar jamás. Tal vez ello nos ponga en la cuenta de que no se puede hacer memoria del exilio desde ningún éxito. Tal vez porque hay en ello un punto insospechado de inmoralidad e injusticia.

O recordar también el “segundo exilio” que se abrió en 1973 para muchos de aquellos republicanos españoles ya establecidos en Chile y que se sentían en Chile como en su casa, porque era su casa, en algo que debió de parecerles como la repetición de un destino funesto, tal vez la broma de un dios aburrido que sí se entretenía en jugar a los dados.

Tal vez tenía razón Borges y la memoria no sea más que un montón de espejos rotos, pero en ello cabe la responsabilidad moral de que puedan estar todos los fragmentos. No cabe duda.