Los momentos de Andrea Camilleri

Con la muerte de Andrea Camilleri, a los 93 años, desaparece uno de los autores más populares y queridos de Italia, creador de la serie del Inspector Montalbano. Pero también escribió libros no policiales, uno de los últimos, es un homenaje a ciertos encuentros en su vida.

por Silvia Truzzi I 22 Julio 2019

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Se llama Mis momentos, el libro de Andrea Camilleri. Pero también podría llamarse Gracias, porque es un homenaje a los encuentros que “así duraran un momento o casi toda una vida, determinaron en mí una especie de cortocircuito”. En otras palabras, esos encuentros “provocaron una primera y momentánea sensación de desapego y más tarde una suerte de mayor iluminación en mi interior”. Agrega que “los hombres, las mujeres y los libros de los que hablo en este breve libro han representado para mí destellos, relámpagos, momentos de mayor nitidez, y por eso he querido darles las gracias”.

Las evocaciones son muchas, y a veces sorprenden. Porque si se piensa que se puede dar por descontado encontrarse con grandes escritores, como Carlo Emilio Gadda, Antonio Tabucchi, Pier Paolo Pasolini, Elio Vittorini o Primo Levi, es mucho menos obvio el retrato de un pastor cantahistorias o de una desconcertante “Federala”, secretaria federal o jefa provincial fascista, que arengaba a las mujeres con propaganda para el duce, pero que le regala una publicación clandestina del movimiento antifascista Justicia y Libertad al joven Andrea.

Entre las páginas más intensas está su confesión —que duró tres horas— con el obispo de Livorno, antes de hacer la confirmación para poder casarse por la iglesia. Al final, dice que las horas que pasó hablando con el obispo “quedaron marcadas para siempre, no solo en mi memoria, sino también, y sobre todo, en mi corazón”.

 

¿Cuál es su relación con la religión?

Declaro que las poquísimas relaciones que tengo con la religión pasan y han pasado por la relación que he tenido con los hombres. Ese obispo, incluso antes de ser un hombre de fe, era sobre todo un señor anciano, muy sutil, muy culto y muy sabio. Tenía la inteligencia para hablarme con las palabras de la experiencia, palabras terrenales pero elevadas, las que justamente se grabaron en mí. Hoy, a los 90 años, continúo considerándome un no creyente con gran envidia hacia aquellos que tienen fe, sea la que sea.

 

De todos los encuentros del libro, uno particularmente conmovedor es aquel con Pippo Perna, compañero hebreo de la escuela, alejado después por las leyes raciales. Más allá de las circunstancias, verdaderamente literarias, de su encuentro fortuito con él en la década de los años 80, sorprende el hecho de que usted haya continuado soñando con su amigo durante años.

No es que haya soñado con él durante los años inmediatamente después de su alejamiento, sino que regresó poderosamente a mi memoria y lo evoqué tan pronto como empezaron a filtrarse las noticias del Holocausto. Ha sido algo natural, entonces, el que comenzara para mí la pregunta sobre el destino de mi amigo. Si se las había arreglado para escaparse de todo eso o si de él ya no quedaban ni siquiera las cenizas…

 

Declaro que las poquísimas relaciones que tengo con la religión pasan y han pasado por la relación que he tenido con los hombres. Ese obispo, incluso antes de ser un hombre de fe, era sobre todo un señor anciano, muy sutil, muy culto y muy sabio.

 

Hace pocas semanas fue el aniversario de la muerte de Pier Paolo Pasolini, con quien —nos cuenta usted— de inmediato y recíprocamente no se cayeron simpáticos, desde la primera cena en la casa de Laura Betti. De Pasolini se valora sobre todo los Escritos corsarios: ¿por qué, como literato, ha sido sustancialmente olvidado?

Yo tengo una idea mía, muy personal, que puede ser extremadamente criticable sobre el Pasolini literato. Y es que Pasolini ha sido uno de los más grandes poetas italianos de la segunda mitad del siglo XX, pero que el escritor de Muchachos de la calle estaba bastante lejos de la altura alcanzada con sus versos. Creo, sin embargo, que es absolutamente poco equilibrado centrarse solo en los Escritos corsarios y mantener en la sombra los poemas que, en cambio, tuvieron una fuerza de impacto, un valor, igual, si no superior, al de los Escritos.

 

Usted estuvo en la cárcel una noche, a los 18 años, por haber publicado —dos meses después del desembarco aliado en Sicilia—, un periódico que “sería el primero de la Italia democrática”. El capítulo está dedicado a su compañero de celda, a su ángel guardián. En esas páginas también cuenta que “A sus pies”, título del primer número, fue dedicado “a los fascistas locales que estaban tratando de limpiar su reputación ante los estadounidenses”. ¿Es “darse vuelta la chaqueta” una enfermedad italiana?

¡Es una enfermedad secular! El “darse vuelta la chaqueta” comienza ya en el primer Parlamento italiano. Basta con ver la evolución de un personaje como el político del siglo XIX Francesco Crispi, para tener inmediatamente la visión de lo que habría sucedido a través de toda Italia, en nuestra política. Una vez, al menos, el darse vuelta la chaqueta causó sensación y escándalo, hoy se dan vuelta la chaqueta en apretados pelotones y esto parece entrar en la normalidad de todos los días. Ahora el darse vuelta la chaqueta, como quien dice, nos ha hecho salir callos.

 

Relata que el editor Livio Garzanti se enojó con usted cuando publicó con Sellerio un libro prometido a él. Ha publicado con numerosos editores: desde Mondadori hasta Sellerio, pero también Laterza, Rizzoli y Chiarelettere. Según muchos, la posibilidad de publicar con más de un editor es una garantía de libertad. ¿Qué le parece la concentración de Mondadori y Rizzoli, el llamado affaire Mondazzoli?

Por el momento no me parece nada, pero me da mucho miedo imaginar quién, en algunos años, podrá comprar este gran polo editorial, tan atractivo, y hacer algo con él.

 

De Arthur Adamov —maestro del teatro del absurdo, que se suicidó a los 62 años— escribe que ha sido injustamente olvidado. Con él mantuvo una correspondencia que se interrumpió en 1968: “Mientras soñó en solitario, escribió textos teatrales de enorme e incomparable fascinación. Pero quiso compartir un sueño común y cuando este sueño se quebró no fue capaz de resistir a la profunda depresión en la que había caído”. ¿Por qué?

Adamov era un hombre difícil de enmarcar políticamente. Incapaz de someterse a ninguna disciplina de partido. Era un hombre demasiado “libre”. En el Mayo francés, en esa enorme explosión de libertad, incluso creativa, él creía que podía encontrar esa posibilidad de libertad absoluta en un mundo abierto a la fantasía, la creatividad y la innovación que nunca pudo encontrar. Y cuando este sueño se hizo pedazos, él, que verdaderamente creía en la fantasía, en la creatividad, en la innovación, nunca más logró encontrar los fragmentos para recomponerse a sí mismo.

 

Esta entrevista apareció en el diario Il Fatto Quotidiano y luego fue recogida en el libro de Silvia Truzzi Un paese ci vuole. Traducción de Patricio Tapia.

 

Mis momentos, Andrea Camilleri, Editorial Duomo/Océano, 2017, 216 páginas, $16.350.