Grandilocuencia moral: estar del lado de los ángeles

¿Estamos haciendo algo bueno con nuestro discurso moral? ¿O estamos tratando de convencer a otros de que somos buenos? ¿Cómo afecta el ponerse en el lugar del justo y puro al debate democrático? ¿Aumenta o disminuye las posibilidades de acuerdo? Estas son las preguntas que plantean los autores de este ensayo, quienes publicarán un libro el próximo año sobre un fenómeno que nos interpela a los chilenos más que nunca: la “grandilocuencia moral”, que no es otra cosa que el uso y abuso de la moralidad para lograr estatus, promoción propia o impresionar a otros.

por Justin Tosi y Brandon Warmke I 17 Diciembre 2019

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Nosotros la hemos practicado. Probablemente usted también. No importa lo que creamos acerca de la moralidad o la política, todos hemos usado el discurso moral para proyectar una imagen impresionante y moralmente respetable de nosotros mismos. Supongamos, por ejemplo, que uno de nosotros, en un esfuerzo por deslumbrar a sus amigos con la excelencia de su carácter, dice: “Durante mucho tiempo he estado del lado de los desfavorecidos y este caso no es una excepción. No toleraré esta injusticia, ni debería hacerlo ninguna persona de bien”. A esto lo llamamos grandilocuencia moral.

La grandilocuencia moral es peor que ser simplemente molesto. Existen fuertes razones morales para evitar la grandilocuencia: ella lleva a las personas a adoptar exigencias extremas y poco plausibles, y devalúa la discusión pública moral. Pero, ¿qué es y qué están intentando hacer los grandilocuentes morales?

Los grandilocuentes quieren que otros consideren que ellos son moralmente respetables o incluso moralmente admirables, y las contribuciones que hacen al discurso público moral están destinadas a satisfacer ese deseo. Ejercer la grandilocuencia, entonces, es usar el discurso moral para la autopromoción. Por supuesto, cuando los grandilocuentes hacen sus ostentosas afirmaciones sobre la justicia o los derechos humanos, ellos pueden ser sinceros. (De hecho, sospechamos que generalmente lo son). A los grandilocuentes menos sinceros podría no importarles una forma u otra de su causa declarada, pero aun así quieren que otros crean que a ellos les importa. La exigencia de un grandilocuente puede incluso ser verdadera o estar respaldada por razones o pruebas. Pero cualesquiera que sean las características incidentales de la grandilocuencia, la preocupación principal del grandilocuente es proyectar una imagen de sí mismo como alguien que está del lado de los ángeles. (Algunos lectores pueden recordar el término recientemente acuñado y con una carga política de “señalización de la virtud”, pero creemos que ese término tiene problemas).

¿Qué tan común es la grandilocuencia moral? Existe una amplia evidencia empírica para demostrar que las personas a menudo se ven motivadas a usar el discurso moral para impresionar a los demás. Los científicos sociales han descubierto que tendemos a juzgarnos a nosotros mismos como superiores a los otros en una gran cantidad de áreas: la inteligencia, la camaradería y la ambición, por ejemplo. Pero cuando se trata de moralidad, nuestro deseo de calificarnos como superiores es aún más pronunciado. Investigaciones recientes muestran que muchos de nosotros nos consideramos moralmente superiores: pensamos que nos preocupamos más por la justicia, o empatizamos más profundamente con las víctimas de las irregularidades, o tenemos una mayor intuición moral que la persona promedio. En términos de moralidad, tendemos a otorgarnos muy buenas valoraciones.

No solo pensamos esto acerca de nosotros mismos, sino que la investigación psicológica reciente sugiere que también queremos que los otros piensen eso respecto nuestro. No es suficiente tener una alta opinión de nosotros mismos; queremos que otros se impresionen también con nuestras credenciales morales. Y por eso, la grandilocuencia.

Investigaciones recientes muestran que muchos de nosotros nos consideramos moralmente superiores: pensamos que nos preocupamos más por la justicia, o empatizamos más profundamente con las víctimas de las irregularidades, o tenemos una mayor intuición moral que la persona promedio. En términos de moralidad, tendemos a otorgarnos muy buenas valoraciones.

La grandilocuencia toma muchas formas. En la búsqueda de impresionar a sus pares, los grandilocuentes imputan cargos morales, los amontonan en casos de vergüenza pública, anuncian que cualquiera que no esté de acuerdo con ellos está obviamente equivocado, o exagera las demostraciones emocionales. Sin embargo, hay una forma particularmente preocupante de grandilocuencia, que llamamos escalada.

Considérese este ejemplo:

Dice Ann: “El comportamiento de la senadora fue incorrecto. Ella debería ser censurada de manera pública”.

Agrega Biff: “Si nos importa la justicia, deberíamos buscar su destitución del cargo. No podemos tolerar ese tipo de comportamiento, y yo no lo consentiré”.

Concluye Cal: “Como alguien que ha luchado por la justicia social desde hace mucho tiempo, yo simpatizo con estas propuestas, pero quiero sugerir que deberíamos presentar cargos penales —¡el mundo está mirando!— ”.

La escalada ocurre cuando los que discuten hacen afirmaciones cada vez más duras para superarse unos a otros. Cada uno quiere mostrar una mayor perspicacia moral y una mayor preocupación por la justicia, y una forma de hacerlo es aventurar exigencias cada vez más extremas. Cuando hay una escalada, la discusión se convierte en una carrera armamentista moral.

Es por eso que la grandilocuencia moral puede ser tan dañina. La escalada contribuye a la polarización grupal, donde los individuos llegan a sostener puntos de vista más extremos después de deliberar con otros, en lugar de avanzar hacia un consenso moderado. El resultado de una carrera armamentista moral es que las personas tenderán a adoptar puntos de vista extremos y poco plausibles, y se negarán a escuchar al del otro lado. La polarización hace que el lograr compromisos sea más difícil. El ganador de la carrera armamentista moral es el justo y el puro. ¿Y por qué debemos hacer compromisos con los moralmente impuros? Esta es una consecuencia especialmente mala en las sociedades democráticas.

La escalada contribuye a la polarización grupal, donde los individuos llegan a sostener puntos de vista más extremos después de deliberar con otros, en lugar de avanzar hacia un consenso moderado. El resultado de una carrera armamentista moral es que las personas tenderán a adoptar puntos de vista extremos y poco plausibles, y se negarán a escuchar al del otro lado.

Otra consecuencia de la grandilocuencia es que muchas personas dejan de tomar en serio las conversaciones morales. Se vuelven cínicos respecto de las exigencias morales que escuchan en el discurso público porque sospechan que el que habla simplemente está tratando de demostrar que su corazón está en el lugar correcto, más que tratando de ayudar a otros a darse cuenta de qué deberíamos hacer o creer. Los observadores incluso pueden llegar a pensar que todas las exigencias morales son casos de grandilocuencia moral. En otras palabras, la grandilocuencia devalúa la moneda social de la conversación moral. La conversación moral llega a ser vista como un negocio sucio: un campo de batalla para las personas que intentan probar que ellas están en el lado correcto de la historia. Al degradar el discurso moral, lo convertimos en una herramienta menos útil para lograr objetivos más importantes que la promoción de la reputación.

Después de leer acerca de la grandilocuencia y por qué es mala, podría ser tentador descubrir cómo identificar positivamente los casos de grandilocuencia e identificar a los grandilocuentes en público. Sin embargo, esta es la reacción incorrecta. Por un lado, emitir condenas públicas de la grandilocuencia refleja malas prioridades, tal como la grandilocuencia misma. El objetivo del discurso moral público no es separar a los moralmente puros de los simuladores. Es para ayudarnos a comprender y abordar problemas morales serios. Identificar a delincuentes individuales puede hacer que el acusador se sienta poderoso, pero es poco probable que realmente haga mucho bien. Lo más probable es que se le devolverá la acusación de grandilocuencia o se desarrollará una discusión pública sin sentido sobre lo que hay en el corazón de alguien.

El problema es que es difícil saber si alguien realmente está haciendo grandilocuencia. Para ver por qué es así, piense en un caso similar: mentir. Es difícil saber si alguien te está mintiendo, en vez de simplemente diciendo algo que es falso, porque mentir implica un engaño intencional. Es difícil saber qué hay en la cabeza de otra persona, incluso si hay indicadores ocasionales. Lo mismo es cierto para la grandilocuencia. Los grandilocuentes quieren ser vistos como moralmente respetables. Pero a menudo es difícil decir si este deseo está realmente en la cabeza de alguien simplemente por señales de comportamiento. Esta es una buena razón para no ir acusando a las personas de grandilocuencia. Probablemente usted no sepa lo suficiente para justificar la acusación.

De manera que pensar acerca de la grandilocuencia es un motivo de autorreflexión, no un llamado a las armas. Un argumento en contra de la grandilocuencia no debe usarse como un garrote para atacar a las personas que dicen cosas que no nos gustan. Más bien, es un estímulo para reevaluar por qué y cómo hablamos unos con otros sobre cuestiones morales y políticas. ¿Estamos haciendo algo bueno con nuestro discurso moral? ¿O estamos tratando de convencer a otros de que somos buenos?

 

Publicado originalmente en la revista Aeon. Traducción de Patricio Tapia.

Imagen: fotograma de El hombre equivocado (1956), de Alfred Hitchcock.