Una novela sobre la visión

A primera vista, la nueva novela de Olga Tokarczuk, Tierra de empusas —la primera desde que ganó el Premio Nobel en 2018—, podría parecer una reinterpretación sencilla de la monumental obra de Thomas Mann, La montaña mágica. Sin embargo, mientras el erotismo queer de la novela de Mann queda relegado en su mayor parte a recuerdos borrosos, Tokarczuk lo coloca al frente. El libro se subtitula “Historia de terror balneoterápico”, así que no sorprende que la gente empiece a morir pronto, y no de tuberculosis.

por Susan Bernofsky I 25 Noviembre 2025

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Un joven polaco con una enfermedad pulmonar llega al pueblo silesio de Görbersdorf, en un valle montañoso conocido por su buen aire y su sanatorio para tuberculosos. Es el año 1913 y las personas hablan del robo de la Mona Lisa en el Louvre y de las tensiones políticas en los Balcanes. Él se aloja en una habitación de una pensión para caballeros y pronto se integra en la distendida comunidad que se ha formado allí por los pacientes, todos esperando con ansiedad que haya un cupo disponible en el gran Kurhaus, o que un médico los declare curados o que mueran. Estos hombres son en su mayoría centroeuropeos mayores que disfrutan debatiendo cuestiones filosóficas mientras se sientan por las tardes a tomar un Schwärmerei, el potente digestivo local. Aunque sus interminables pontificaciones pueden resultar tediosas, el protagonista Mieczysław Wojnicz prefiere su compañía a la de la camarilla de tísicos polacos que intentan acercarse a él, lo que requiere maniobras evasivas. Entre los compañeros pacientes, su favorito es un aspirante a historiador del arte de su misma edad, llamado Thilo, que está gravemente enfermo y al parecer moribundo. Wojnicz pasa las horas en la habitación de Thilo escuchándolo hablar de arte y admirando un misterioso cuadro que Thilo robó de la casa de sus aristocráticos padres en Berlín. Pero Wojnicz dedica la mayor parte de su tiempo a los asuntos de su enfermedad: yendo a revisiones en el Kurhaus, atiborrándose de las copiosas comidas prescritas, tomando las obligatorias curas de reposo y paseos reparadores, y sometiéndose a los tratamientos de duchas frías que detesta.

A primera vista, la nueva novela de Olga Tokarczuk, Tierra de empusas —la primera desde que ganó el Premio Nobel en 2018—, podría parecer una reinterpretación bastante sencilla de la monumental obra de Thomas Mann, La montaña mágica, publicada en 1924. (Mann también ganó el Premio Nobel en 1929, aunque la referencia de la Academia lo elogia explícitamente como autor de la novela de 1901, Los Buddenbrook, sugiriendo que La montaña mágica no fue del agrado del jurado sueco). Tokarczuk traslada la historia desde los Alpes suizos a Silesia, pero reproduce características clave de la novela de Mann, con muchos de sus motivos manipulados, reconfigurados o con alguna invención. Al igual que el protagonista de Mann, Hans Castorp, el joven Wojnicz estudia ingeniería. Los caballeros mayores con los que Wojnicz convive en constante debate evocan a los filósofos rivales de Mann, Naphta y Settembrini, y varios personajes secundarios de Tokarczuk utilizan accesorios y prendas de vestuario del universo ficticio de Mann. Incluye una nostálgica escena retrospectiva de deseo sexual adolescente (con un simbólico plumier de madera incluido) y parodia con cariño algunas de las inclinaciones narrativas de Mann, como escribir extensos pasajes de discurso indirecto y presentar personajes mediante extensas listas con sus rasgos físicos. Abundan los chistes internos, como cuando asigna el nombre de Lukas a un personaje basado en un personaje de la novela de Mann, inspirado en el filósofo y crítico György Lukács.

Sin embargo, el escenario principal de Tokarczuk no es un gran sanatorio, como en La montaña mágica, sino una sofocante pensión llena de misteriosas habitaciones con buhardillas, y Wojnicz llega como paciente, no como visitante. Y mientras el erotismo queer de la novela de Mann queda relegado en su mayor parte a recuerdos borrosos, Tokarczuk lo coloca al frente y al centro en tiempo presente.

El libro de Tokarczuk se subtitula “Historia de terror balneoterápico”, así que no sorprende que la gente empiece a morir pronto, y no de tuberculosis. La primera en morir es la esposa del dueño de la pensión, una mujer de cuya existencia Wojnicz apenas se percató (se la describe como un zapato, un delantal, una bandeja de comida). Pero pronto se descubre que la muerte de una mujer y una residente (no un visitante) constituye una anomalía; este valle montañoso lleva mucho tiempo asolado por una implacable plaga de asesinatos horripilantes, todos ellos protagonizados por hombres.

Al igual que esta última novela, que nos invita a imaginar a los animales de un bosque polaco luchando contra los humanos que los cazan por deporte y destruyen su entorno por dinero, Tierra de empusas se preocupa profundamente por el desastre natural que representa el Antropoceno. Incluso Tokarczuk va más allá, identificando ese daño como específicamente masculino y sugiriendo que la Madre Tierra podría desplegar sorprendentes formas de resistencia.

En una visita al cementerio del pueblo, Wojnicz se sorprende al descubrir que las víctimas siempre mueren en noviembre, un mes que se acerca rápidamente. “El asesino es el paisaje”, anuncia Thilo. Para cuando uno de los personajes secundarios se revela como un policía encubierto que sigue la pista del asesino, queda claro que el libro es, al menos en parte, una novela de misterio, un género que Tokarczuk exploró en una novela anterior, Sobre los huesos de los muertos.

Al igual que esta última novela, que nos invita a imaginar a los animales de un bosque polaco luchando contra los humanos que los cazan por deporte y destruyen su entorno por dinero, Tierra de empusas se preocupa profundamente por el desastre natural que representa el Antropoceno. Incluso Tokarczuk va más allá, identificando ese daño como específicamente masculino y sugiriendo que la Madre Tierra podría desplegar sorprendentes formas de resistencia. Los bosques que rodean Görbersdorf son escenario de curiosos sucesos dignos de una obra de Shakespeare, que combinan la vida cotidiana (la fabricación de carbón) con la ocasional insinuación de fuerzas sobrenaturales. Según la leyenda local, mujeres acusadas de brujería huyeron a estos bosques, viviendo en los telúricos “agujeros de viento”, que los residentes de la pensión visitan durante una excursión. El bosque también contiene efigies femeninas, figuras “tuntschi” de tamaño natural, construidas con ramas y musgo, al parecer hechas por carboneros con fines sexuales. Estas historias de mujeres perseguidas y objetos que representan la agresión sexual masculina se superponen de manera inquietante con los propios recuerdos de Wojnicz, quien fue atormentado por sus compañeros de colegio cuando era un niño cuya “diferencia” (una que estamos invitados a creer que tiene que ver con el género y su expresión) era angustiosamente evidente.

Los “filósofos” más viejos de esta novela tienen mucho que decir sobre las deficiencias de la humanidad femenina. Ya sea informando alegremente que en la Edad Media no todos creían que las mujeres tuvieran alma, o planteando la idea de que “el cuerpo de la mujer le pertenece no solo a ella, sino también a la humanidad”, o que las madres inevitablemente causan enfermedades en sus hijos, estos personajes expresan una gran cantidad de opiniones absolutamente espeluznantes. Y la “Nota de la autora” de Tokarczuk ofrece una larga lista de los escritores masculinos que cita sigilosamente en estos diálogos: docenas de ellos, desde Hesíodo hasta Schopenhauer y Burroughs (con Shakespeare, Nietzsche y Freud entre medio). Todas estas citas, por cierto, están estrechamente vinculadas con la tradición de Thomas Mann, quien tomó prestadas ideas y frases de la obra de filósofos, científicos y eruditos. En Mann, estos préstamos alimentan los extensos debates de los personajes. En Tierra de empusas, las citas acumuladas crean una densa atmósfera de masculinidad tóxica.

En cuanto a Wojnicz, para él la masculinidad —algo que le cuesta mucho manejar— significa “aprender a ignorar lo que molesta” y atiborrarse de todo tipo de repulsivas comidas masculinas, como sopa de sangre de pato o un guiso con corazones de conejos bañados en sangre, a los que se ha dado intencionalmente un susto que los mata. Al final, lo vomita todo.

Tierra de empusas, en definitiva, es una obra ferozmente feminista, una que critica duramente el destructivo principio masculino, ejemplificado en ese sexismo despreocupado y en la crueldad despiadada de muchos de los personajes. El libro también declara y denuncia diversas formas de discriminación y violencia de género. Profundizar en todas las maneras en que las identidades LGBTQIA+ intervienen en esta novela nos adentraría en el terreno del espóiler.

Tierra de empusas, en definitiva, es una obra ferozmente feminista, una que critica duramente el destructivo principio masculino, ejemplificado en ese sexismo despreocupado y en la crueldad despiadada de muchos de los personajes. El libro también declara y denuncia diversas formas de discriminación y violencia de género. Profundizar en todas las maneras en que las identidades LGBTQIA+ intervienen en esta novela nos adentraría en el terreno del espóiler, dado el grado en que la identidad de género influye en la trama. Basta decir que la política de la novela concuerda plenamente con una carta abierta que Tokarczuk firmó en 2020, junto con otras 74 celebridades internacionales, solicitando a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que interviniera para proteger los “valores europeos fundamentales” en Polonia, tras una detención masiva, particularmente brutal, de activistas queer. Tokarczuk ha enfrentado duras críticas en su país natal debido a su activismo; incluso fue acusada de “promover el ecoterrorismo” y de ser “antipolaca”, por sus opiniones sobre el derecho al aborto y la igualdad de género.

Tokarczuk se opone a la monumentalidad patriarcal de La montaña mágica: hace estallar de manera astuta la perspectiva narrativa del libro, claramente masculina, a pesar de esconderse tras la ironía y el “nosotros” mayestático. Mientras que el narrador de Mann se pavonea como un comentarista paternal, interviniendo con la única intención de que el lector se sienta en buenas manos, las narradoras enfáticamente plurales de Tokarczuk son arpías inquietantes que disfrutan haciendo notar su presencia. Ya en el primer capítulo, sus intervenciones van desde las relativamente discretas (“Tenemos que mirar por debajo [de las fumaradas de vapor]”) hasta las extrañamente llamativas (“Nos fascina ese movimiento, nos gusta”) y directamente intrusivas (“Nos atraen las rendijas entre los tablones del suelo y ahí desaparecemos”). Y aunque el lector olvide su presencia durante decenas de páginas, estas narradoras y su “ultravisión” nos acompañan, asegurándose de que entendamos —como haremos, de forma escalofriante, al final del libro— lo que significa que hayan estado allí todo el tiempo, espiando. Cambian de forma como la “empusa” a la que se refiere el título: un misterioso demonio o espíritu femenino devorador de hombres de la mitología griega, asociado con la diosa Hécate. Al final nos invitan a compartir una visión poderosa, pero también juguetona, de un entorno natural controlado por fuerzas femeninas.

La cautivadora voz narrativa de Tokarczuk en esta novela —a ratos amenazante y en otros aduladora, e invariablemente extraña— queda plasmada de manera brillante en la traducción. La versión está siempre dispuesta a ofrecer una ironía divertida, como cuando las narradoras comentan, antes de lanzarse a una compleja descripción del calzado recién adquirido por Wojnicz: “Nos gusta ver botas”. También ofrece pasajes de sereno lirismo: “Frente a ellos una repentina ráfaga de viento levantó un montoncito de hojas, dándole la forma de un pequeño tornado, de un torbellino, un remolino apenas”. En un libro que oscila constantemente entre el lenguaje de la violenta opinión masculina y las formas de resistencia a ella, es clave la capacidad de producir los cambios de tono necesarios.

Al final, prácticamente todo lo que hemos conocido se revela distinto de lo que parecía al principio, lo que convierte a Tierra de empusas en una novela sobre la visión y el aprendizaje de cómo ver. Bajo la instrucción del apasionado Thilo, Wojnicz estudia el arte de la “mirada transparente” que “va más allá del detalle, que conduce… a los cimientos de la imagen en cuestión, a la idea fundamental”. Wojnicz demuestra ser un alumno muy hábil. Y la erudita, subversiva y deliciosamente disparatada novela de Tokarczuk nos desafía también a observar con atención lo que se dice y ocurre a nuestro alrededor, sobre todo aquello de lo preferiríamos no ser testigos.

 

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Artículo aparecido originalmente en la revista Bookforum. Traducción de Patricio Tapia.

 


Tierra de empusas, Olga Tokarczuk, traducción de Katarzyna Mołoniewicz y Abel Murcia, Anagrama, 2025, 286 páginas, $27.000.

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