
por Marcelo Ortiz Lara I 5 Febrero 2026
La historia transcurre entre 1969 y 1973, en Chile, Santiago. Son años álgidos para el país, lo sabemos: la inminencia de un gobierno marxista acecha a las fuerzas oficialistas y opositoras, a la clase media y la oligarquía, a moderados y conservadores, a nacionales y extranjeros. Ese “fantasma” que se avecina no deja a nadie indiferente. La ciudad se altera y retuerce. Se oyen cánticos, consignas, rumores. El país se encuentra en un estado de crispación permanente.
Y, sin embargo, en medio de todo eso, una ciudad paralela late por debajo del frenesí político. Es la ciudad de la bohemia, de los bares y los cabarés. En estos espacios, la potencia de la palabra cede su espacio al predominio de las miradas y los gestos. La dialéctica, el materialismo, las conflagraciones y la táctica descansan, se quedan fuera. Y lo que domina es la regencia de los humores y el deseo, el imperio de todo aquello que es prohibido para los grandes y pequeños hombres de poder.
La historia de esta ciudad paralela lleva por título Serpiente, y es la primera novela de Alfredo Andonie. Las fechas son importantes aquí: permiten explicar una serie de relaciones y comportamientos, vínculos y dinámicas sociales de los personajes. Pero también permiten indagar, de forma indirecta, lo que simbólicamente puede ser traducido como la muerte del deseo, de las utopías y de la esperanza.
Aunque la trama transcurre entre 1969 y 1973, Serpiente no es una novela sobre la Unidad Popular, sobre la articulación política de izquierda ni tampoco sobre la lucha armada. Ninguno de esos temas se aborda directamente, pues el texto funciona mediante la forma del desplazamiento: comienza con los inexorables vientos de cambio que implica el gobierno de Salvador Allende (lo que genera, en otros, miedo y desesperación) y luego emprende un salto de tres años para mostrar a los personajes en los últimos meses de esa transformación truncada. Es así como conocemos a Baltazar, en 1969, un joven homosexual que ejerce la prostitución junto a la Pedra y la Chichi, entre otros personajes tan extravagantes como únicos. Joven lozano y seductor, Baltazar posee una inocencia vital que genera en los demás una atracción insostenible y un deseo desenfrenado. Conocemos a Carlos, hijo de un político de derecha y de una mujer cuyo pasado se relaciona con el Partido Comunista y la bohemia capitalina. Conocemos a Pedro, exmilitar del Ejército de Chile, expulsado de sus filas por sus vínculos con el MIR e instructor, en Cuba, de militantes de izquierda que se preparan para una lucha armada que nunca llega.
Es alrededor de estos tres personajes que la novela se desarrolla y se expande. Carlos conoce a Baltazar en un cine, de manera fugaz, entre la oscuridad de las butacas y la luminosidad tenue de las escenas. El encuentro fortuito queda en la memoria de Carlos y emprende una búsqueda que lo lleva a encontrar a Baltazar en la noche santiaguina. Este primer acercamiento, que da inicio a una serie de encuentros entre ambos, se contrapone a la forma en que Pedro y Baltazar se conocen: parsimoniosamente, llena de gestos y rodeos, cerca de los Juegos Diana. Es un vínculo que avanza de lo transaccional hacia lo emocional, hasta el momento en que Pedro debe viajar a Cuba. La forma en que Baltazar se relaciona con ambos muta radicalmente a medida que avanza la novela, develando su intrincada personalidad.
Serpiente presenta una estructura inusual desde el punto de vista de las tradiciones poéticas de este lado del mundo. En términos formales, al igual que ciertas obras del Boom latinoamericano (como La ciudad y los perros o La región más transparente), se emparenta con las producciones del realismo de la segunda mitad del siglo XIX, con personajes que funcionan como representantes de un sector social o una idea. En este sentido, resulta claro lo que se quiere lograr: perfilar una ciudad que en los 70 sigue de cerca la estela de la modernización de las grandes metrópolis. El mundo de la bohemia es esencial en esa ciudad, como lo demostró ya Baudelaire, por lo que describir las dinámicas de ese espacio de socialización es fundamental para entender cómo se relacionan los personajes.
Ahora bien, desde un punto de vista del lenguaje, la novela presenta una escritura barroca cercana al registro culto de Néstor Perlongher. Se podría decir que Alfredo Andonie se aleja conscientemente de la lengua oral porque necesita merodear lo prohibido, lo indecible; elaborar una frecuencia que se distancie de lo compartido (el habla cotidiana) y de la comunicabilidad (la política como discurso) para construir, con el lenguaje, una zona que funcione de la misma manera como se despliega la homosexualidad en una sociedad latinoamericana del siglo XX: clandestinamente. Tal como diría Roland Barthes, en eso consiste su libertad escritural, su decisión última, la de ceñirse a una tradición (en este caso, la barroca latinoamericana) con sus propias innovaciones estéticas, sus propias decisiones de política lingüística.
Aunque el lenguaje se muestra por momentos excesivamente límpido e ilustrado en su barroco, propio de los posgrados de escritura creativa que tan exitosamente funcionan hoy en las universidades, Andonie sabe calibrar esa escritura. En Serpiente (nombre que no solo alude al animal que en la Biblia invita a lo prohibido, sino también al título Cobra de Severo Sarduy), más allá de una historia atrapante y un buen retrato de la bohemia homosexual capitalina de inicios de los 70, lo que prima es el protagonismo absoluto del lenguaje. Lenguaje otro, escritura que construye una zona aparte, inalcanzable y susurrante, en la que abundan las anáforas y las aliteraciones (“Crápula cruenta de madre y amantes en un pacto de traición”; “El follaje fálico hace de Agustín un fauno efélide”), en perfecta sintonía con una historia bien pensada y construida. Se puede leer, por ejemplo: “Atiborrado de espectro, pintura y pigmento, arma su alrededor, atrapa y capta fragmentos de haces. Distingue rostros y márgenes, personas. Suspendida en la fluorescencia, las manos diamantinas de una loca rutilan con elegancia entre una comitiva de efebos andróginos, semidesnudos”.
Pero volvamos a la trama: es 1973 y Baltazar, Pedro y Carlos han cambiado. Todos los personajes han cambiado y el país también. Carlos es un militante activo e importante del grupo Patria y Libertad; su amor por Baltazar y su homosexualidad, aparentemente, ya son parte del pasado. Pedro vuelve circunspecto de Cuba, una revolución que representa lo mejor y lo peor de la izquierda latinoamericana del siglo XX. Y Baltazar, marchito sin Pedro, frecuenta las mismas calles, las mismas esquinas que hace tres años le permitieron conocer a Carlos y a tantos otros. La dinámica que se configura alrededor de estos personajes es la cifra no solo de lo que ha ocurrido en el país en lo político, sino también de lo que implica ser homosexual en una sociedad como la chilena de esa época. Independientemente de la clase social, la postura política o cualquier otra circunstancia, la homosexualidad es lo marginal absoluto.
El gran logro de Andonie es trabajar con la homosexualidad no únicamente desde su posición periférica, sino también desde una suerte de naturalidad. Para el lector de hoy sería esperable encontrarse con una reivindicación de los derechos homosexuales, considerando, sobre todo, el tratamiento vejatorio que le dio la izquierda durante el siglo XX (conocidos son los casos de Cuba por vía de Reinaldo Arenas o Virgilio Piñera) y la repulsión que generó (y genera) en sectores conservadores del país. Pero Andonie va contra del sentido común: en Serpiente la homosexualidad está presente en cualquier familia, en cualquier espacio, en militantes de todos los partidos políticos y en adherentes de cualquier horizonte utópico; no hace bueno ni malo a nadie, no exculpa de responsabilidad alguna ni justifica nada. Solo está ahí, como una fuerza espiritual y corporal que muestra lo verdadero de cada uno, aquello que permite dar rienda suelta a las pulsiones que la moral de una época sanciona y reprime, incluso al interior de organizaciones que se instalan con discursos emancipatorios, las fuerzas revolucionarias de izquierda.

Serpiente, Alfredo Andonie, Alfaguara, 2025, 408 páginas, $22.000.