Utopías de Latinoamérica

Desde el territorio canadiense hasta la Patagonia, y desde mediados del siglo XIX hasta hoy, las utopías expresadas en formas de convivencia social, en métodos de trabajo comunitario y especialmente en diseños urbanos en medio del desarrollo industrial, encontraron en el continente americano un locus apropiado y acompañaron la esperanza de las grandes corrientes migratorias europeas, deseosas de encontrar en estas tierras, aparentemente vírgenes, un nuevo mundo. Siguiendo al sociólogo Krishan Kumar, la utopía nació en la modernidad y el urbanismo en sí es utópico. Sin embargo, advierte Kumar, “Brasilia, como tantas otras utopías, no es inmune a devenir en distopía”.

por Alberto Sato I 23 Marzo 2026

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La aspiración de aquello que “podría llegar a ser” ha recorrido toda la historia de nuestro continente. América fue una utopía para los colonizadores españoles, portugueses, ingleses. Pero el carácter utópico al que me referiré atiende no tanto al lugar, al espacio, sino a su carácter crítico, por momentos tratados de forma alegre y atolondrada, ingenua pero provocativa, acerca de algo que no está bien, algo que molesta, algo que no resultó como lo imaginábamos.

En los orígenes de las repúblicas americanas, una de las figuras que manifestó un destino esperanzador fue el tutor de Simón Bolívar, el maestro Simón Rodríguez, quien, como su vecino y amigo Andrés Bello, residió en Chile. Hombre extravagante, enseñaba anatomía en Valparaíso totalmente desnudo, llevando de algún modo la lógica al extremo. Por supuesto que estas y otras excentricidades le valieron críticas y condenas en el medio chileno, pero fue aquí donde arrojó una idea que siguió resonando a lo largo del pensamiento continental: “No es sueño ni delirio, sino filosofía (…) ni el lugar donde esto se haga será imaginario, como el que se figuró el canciller Tomás Moro; su utopía será, en realidad, la América. ¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original. Original han de ser sus instituciones y su gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otro: o inventamos o erramos”.

Su manifiesto de “inventar” fue suficiente estímulo para emprender la tarea como acción liberadora y como posibilidad de salir de la pobreza y el anonimato. Desde mediados del siglo XIX hasta bien avanzado el siglo XX, diversas corrientes migratorias europeas buscaron en el continente americano —desde el territorio canadiense hasta la Patagonia— un locus adecuado para ensayar utopías, ya fuese bajo formas de convivencia social, métodos de trabajo comunitario o, especialmente, diseños urbanísticos insertos en medio de la explotación capitalista, mercantil o industrial. En estas tierras aparentemente vírgenes quisieron encontrar la isla de Amauroto, un nuevo topos, un nuevo mundo. Siguiendo al sociólogo Krishan Kumar, la utopía nació en la modernidad y el urbanismo en sí es utópico. Sin embargo, advierte en relación con una ciudad que se planificó al detalle, “Brasilia, como tantas otras utopías, no es inmune a devenir en distopía”.

El suelo de la conciliación social recorrió el continente como el lugar de la esperanza ante los estragos sociales del proceso de industrialización europeo. Desde la estructura comunal de la Sociedad Amana, la New Harmony de Robert Owen en Indiana, hasta los falangistas de Fourier, se ha intentado la realización de un mundo de justicia y armonía que el viejo continente negaba. Así, con el pensamiento precursor de Flora Tristán en Perú, Albert Kinsey Owen en México y Giovanni Rossi en Brasil, Latinoamérica se sumó a los ensayos del socialismo utópico de manos de los intelectuales europeos trasladados al continente.

Lamentablemente, la obsesión por el orden y la planificación se desplegó sin humor ni creatividad, y los resultados estuvieron lejos de los esperados: la ciudad continúa desordenada y el imperio del caos prima en el ambiente.

Con todo, existieron notables ejemplos de planificación urbana en Latinoamérica, y quizás el de mayor envergadura es la mencionada Brasilia pero sobre la cual, si bien hay sobrados motivos para extenderse, solo sería suficiente recordar a Celândia, la población periférica con miles de obreros que trabajaron en la construcción de esa ciudad: ellos fueron los primeros en quedar excluidos de la urbe. Alrededor de la ciudad más planificada de América Latina se fueron acumulando favelas y barrios que le proporcionaron ese “sabor natural” a la ciudad. Frente a esta expansión, las autoridades se vieron en el apremio de dotar esas áreas de nuevos servicios e infraestructura. Algo similar ocurrió y sigue ocurriendo en la mayoría de las grandes ciudades latinoamericanas.

Por desgracia o fortuna, los planes urbanísticos en el continente prosperaron solo en forma parcial y accidentada, como la Cidade dos motores en Brasil, para el desarrollo de la producción de automóviles, o Ciudad Guayana en Venezuela, para la producción primaria de acero y aluminio.

De este modo, y retomando su frescura y optimismo, la utopía y la invención fueron catalizadores de creatividad y esperanza para una América que no quería “errar”, como declaró Simón Rodríguez. Pero veamos con más detalle qué sucedió…

Le Corbusier en Argentina

Una de las primeras manifestaciones de la imaginación socio-técnica en el siglo XX fue la novela Eugenia, de Eduardo Urzaiz Rodríguez, en el contexto de la Revolución mexicana de 1910: “Ya en la calle, no quisieron tomar el tranvía aéreo. Ni de ello tenían necesidad, pues la calle en que se encontraba el Círculo Juvenil, como todas las céntricas de la ciudad, se hallaba provista de aceras giratorias. Subieron a ellas y pronto estuvieron frente al gran arco que daba acceso al Parque Occidental en que dicha calle terminaba. Era el parque más extenso y concurrido de Villautopia y a aquella hora, en la serena quietud de la tarde, ofrecía un aspecto encantador”.

Simultáneamente, Manuel Maples Arce lanzaba, junto con un nutrido grupo de intelectuales mexicanos, el “Manifiesto estridentista”, muy vinculado con el futurismo de Marinetti. Y en su poema Urbe. Superpoema bolchevique en cinco cantos, Maples Arce dice que la ciudad es la máxima expresión de la electricidad, del acero, de las grúas, del tranvía y los ritmos mecánicos. Esta exacerbación de la técnica era el escenario de un México que comenzaba a industrializarse y rendía culto a un devenir que apostaba al desarrollo de sus fuerzas productivas.

Existieron notables ejemplos de planificación urbana en Latinoamérica, y quizás el de mayor envergadura es la mencionada Brasilia pero sobre la cual, si bien hay sobrados motivos para extenderse, solo sería suficiente recordar a Celândia, la población periférica con miles de obreros que trabajaron en la construcción de esa ciudad: ellos fueron los primeros en quedar excluidos de la urbe. Alrededor de la ciudad más planificada de América Latina se fueron acumulando favelas.

A lo largo del siglo XX, aparecieron múltiples derivadas del tecno-utopismo: el grupo argentino Martín Fierro, que adhería a rajatabla a cualquier señal de vanguardismo europeo, invitó a Le Corbusier para sacar provecho de sus enseñanzas y conocimientos. El maestro estuvo casi tres meses recorriendo Buenos Aires, sobrevoló el río Paraná y llegó hasta Asunción, Paraguay; visitó Montevideo y Río de Janeiro, y en pocos días, además de dar 10 conferencias (era una repetición de la primera, obvio), esbozó planes urbanos para estas ciudades, salvo Asunción. En estas tierras formuló su “teoría del meandro”, incorporando las sinuosidades de los ríos del delta y reconociendo un camino “dinámico y fluido, orgánico” de la planificación, ante la hegemonía moderna de la rigidez ortogonal. Asimismo, reconoció las siluetas curvilíneas de la mujer brasileña. A su regreso a Europa, el maestro introdujo cambios sustantivos en su arquitectura. No es descabellado postular que, de pronto, Le Corbusier aprendió mucho más de América que nosotros del racionalismo europeo.

En las pinturas del argentino Xul Solar de fines de los 30 y principios de los 40, vemos rascacielos amontonados, carabelas flotantes con globos y hélices, edificios zigzagueantes y paisajes urbanos surrealistas. Algo similar se aprecia en la obra de Roberto Arlt, que dramatizaba la vida urbana en Los lanzallamas (1931) y, antes, en Los siete locos (1929), donde aventuró a través del personaje del Astrólogo: “No sé si nuestra sociedad será bolchevique o fascista. A veces me inclino a creer que lo mejor que se puede hacer es preparar una ensalada rusa que ni Dios la entienda”. En su lucha por salir de la pobreza y el anonimato, Arlt, al igual que algunos de sus personajes, fue inventor: patentó un sistema de galvanización de medias en 1934, para que no se les corriera el punto; además de idear un señalador automático de estrellas fugaces, una máquina de escribir que registraba voces y dictados, una tintorería para perros.

En Brasil sobresale la “La ciudad del mañana” (1932), utopía del paulista antropofagista Flávio da Carvalho, quien además diseñó un vestido masculino con falda para soportar el calor del verano. Y en Venezuela está Ramiro Nava con su proyecto “La Venecia de Caracas”, de 1936, que proponía abrir un canal que atravesara la cordillera de la costa desde el valle de Caracas hasta el mar Caribe. En Chile es conocida la experiencia de Amereida, de la Universidad Católica de Valparaíso, que se nutría tanto del creacionismo de Vicente Huidobro como del invencionismo vinculado al movimiento argentino Arte Concreto-Invención, para realizar ejercicios que integraban arte, diseño y poesía. Amereida, iniciada en 1965, alcanzó su grado de máxima invención en la década siguiente, encabezada por el poeta Godofredo Iommi y el arquitecto Alberto Cruz Covarrubias. Fue una propuesta única en el continente, con notables construcciones, como la Torre de Agua o la Hospedería del Errante, cuyo ciclo concluye afirmando que la arquitectura no se inventa, sino que se renueva, se mejora, se enriquece a partir de los tipos arquitectónicos, es decir, de su propia historia.

Inventar versus mejorar

El continente fue objeto constante de utopías, más allá de cualquier invención futurista, desbocada o poética de los proyectos mencionados. Sobresalen, en un sentido más concreto, dos propuestas planificadoras de interés: la “Calculadora del desarrollo”, realizada por el arquitecto e investigador Carlos Gómez Gavazzo, profesor de la Universidad de la República, en Uruguay, quien diseñó en 1960 un tablero con trazas metálicas que permitía analizar “el uso del suelo, la población, el trabajo, las formas jurídicas, la producción o capacidad de inversión y calidad de vida”, con el fin de “determinar el nivel de desarrollo existente en una región determinada, lo que a su vez podría orientar las políticas y el diseño”.

En los años 60, plena época del desarrollismo, la “planificación” era el mecanismo para impulsar el despegue económico-social. Poco después, en el Chile de la Unidad Popular se desarrolló el proyecto de planificación económica y territorial Synco, a cargo de Stafford Beer, Fernando Flores y el diseñador Gui Bonsiepe. Tras el golpe militar fue abortado y destruido. En 1971, Flores y Beer habían desarrollado el Cybersyn, un modelo que prefiguraba la Internet y que hizo que Allende nombrara a Flores director de la Corfo con apenas 26 años. Con esta herramienta cibernética, el equipo se propuso gestionar el programa de nacionalizaciones del gobierno, además de planificar a economía. Se diseñó una sala centralizada (la Opsroom) con siete comandos o butacas similares al diseño de los muebles blancos de pedestal en fibra de vidrio del finlandés Eero Saarinen, pero con portavasos, ceniceros y pizarras a su alrededor: desde esa sala de operaciones se buscó controlar la economía y producción chilena.

Por una u otra razón, la vida social —el principal rasgo de una ciudad— quedó desplazada por la obsesión latinoamericana de un Plan, con mayúscula. El arquitecto argentino Amancio Williams propuso la “Primera ciudad en la Antártida” (1980) y el arquitecto Jorge Rigamonti, entusiasta seguidor del diseñador Buckminster Fuller y del futurólogo John MacHale, compartió sus notables proyectos arquitectónicos en Venezuela. Sus ideas atiborraron las cabezas de quienes aspiraban a torcer la realidad hacia un destino placentero y feliz.

El llamado al pragmatismo con cierta dosis de resignación condujo a la arquitectura y al urbanismo hacia un ejercicio profesional sin utopías, no porque los padecimientos hayan desaparecido en la sociedad global híper tecnológica y abundante, ni mucho menos porque las utopías no dan dinero ni de comer. Las utopías desaparecieron porque las ilusiones del gran relato, como decía el historiador y crítico Manfredo Tafuri, deflagraron: el dramático realismo estableció límites a la creatividad, que ya no se usa para divagar, para imaginar cómo vivir en un mundo mejor, sino para vivir mejor en el mundo.

No obstante, la utopía es una necesidad del pensamiento proyectual, ayer y hoy: las ciudades no podrían prescindir de ellas, porque proveen de una esperanza de vivir mejor. Porque no se trata de resolver problemas, como presumen muchos tecnólogos, sino de proponer nuevos mundos.

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