
Como Kant, el filósofo alemán fallecido el sábado pasado, creía en la capacidad liberadora de la razón, es decir, que su propósito es ayudarnos a encontrar mejores formas de vivir juntos. Cuando las personas dialogan unas con otras, en condiciones libres de dominación, se parte de la premisa de que es posible alcanzar un consenso mediante lo que Habermas llamó “la presión sin presión del mejor argumento”. Con motivo de su muerte, publicamos el texto que apareció en la revista The New Statesman cuando el autor de Teoría de la acción comunicativa cumplió 90 años.
por Thomas Meaney I 17 Marzo 2026
En un país donde los aniversarios se celebran durante largos periodos, el cumpleaños número 90 del eminente filósofo alemán Jürgen Habermas no iba a pasar desapercibido. El periódico Die Zeit le dedicó un suplemento; los ministros de cultura repasaron su obra. Su conferencia en la Universidad Goethe de Fráncfort, en junio de 2019, se impartió ante unas tres mil personas. Para los asistentes de mayor edad, trajo a la memoria recuerdos: el filósofo se labró su reputación allí como asistente de Theodor Adorno, elaborando sus argumentos ante estudiantes que habían perdido cualquier compromiso utópico tras la Segunda Guerra Mundial o, más tarde, ante estudiantes que llevaban sus visiones utópicas más allá de lo que él pensaba que era necesario.
Aún ágil en el podio, con sus zapatillas negras moviéndose de un lado a otro, alternando entre dos pares de anteojos, Habermas no defraudó a su público. ¿Su público lo defraudó a él? Tal vez. En lugar de los torrentes de aplausos, se sentía que él habría preferido que algún estudiante brillante se hubiera levantado y formulado una pregunta. Puede que el regalo de cumpleaños más apropiado lo haya entregado la editorial de Habermas, Suhrkamp Verlag, que publicó un estudio copiosamente detallado de su pensamiento temprano, escrito por un joven historiador nacido en la RDA.
Como Kant, Habermas cree en la capacidad liberadora de la razón; que su propósito es ayudarnos a encontrar mejores formas de vivir juntos. Cuando las personas dialogan unas con otras, en condiciones libres de dominación, se parte de la premisa de que es posible alcanzar un consenso mediante lo que Habermas llama “la presión sin presión del mejor argumento”. Que casi ningún debate en la vida real sea en verdad semejante a esto es parte del argumento de Habermas: sabemos que algunas conversaciones se acercan más a estas condiciones que otras, y solamente en conversaciones más o menos libres de coerción es posible algún verdadero acuerdo.
Como Hegel, Habermas posee una “filosofía de la historia” inusualmente elaborada para un liberal. Él cree que la historia, a través del uso que hacemos de la razón dentro de ella, se mueve en una dirección determinada, aunque carece de un punto final que podamos definir. La dirección es posnacional, hacia una economía mundial caracterizada por valores socialdemócratas. La manera de pensar de Habermas sobre la racionalidad tanto como agente causal en los asuntos mundiales, así como forma de interpretar los cambios causales, le ha parecido insostenible a algunos de sus lectores.
Finalmente, como Marx, Habermas cree que los principales obstáculos para nuestro libre uso de la razón son las fuerzas de dominación asociadas a la última versión del capitalismo, que cierra la brecha entre el discurso y el poder, y hace impensable la idea misma del “interés general”.
Fuera de Alemania, Habermas ha encontrado su audiencia más comprensiva y afable en los Estados Unidos, donde muchos de sus más creativos intérpretes, que incluyen a Seyla Benhabib, Nancy Fraser y Richard Rorty, han vivido y enseñado. En Gran Bretaña, en cambio, parece existir un constante sorteo por ver quién escribe el artículo más insustancial sobre él. Se suelen arrojar dos afirmaciones: que su prosa es ilegiblemente abstracta y que su trayectoria ha reflejado fielmente la evolución de Alemania Occidental y, ahora, de la República Federal unificada.
Nada de esto es cierto. Habermas ha escrito algunas de las mejores obras de prosa polémica de la Alemania de posguerra (la reivindicación solamente llegará cuando se traduzcan los 12 volúmenes de sus Kleine Politische Schriften). La familiaridad que cualquier graduado mínimamente avispado de un liceo alemán tiene sobre los conceptos políticos de Habermas —desde el “patriotismo constitucional” hasta la “situación ideal del discurso”— hace que su posición en las letras europeas se vislumbre mucho más considerable que la de una figura circunscrita al ámbito académico, como el filósofo estadounidense John Rawls.
Habermas nació en Düsseldorf en 1929, el año del crack bursátil de Wall Street. Su padre era miembro del partido nazi y, al igual que Günter Grass y muchos de su generación, Habermas formó parte de las Juventudes Hitlerianas. No era de la generación de 1968, sino de la de 1945, y fue uno de los primeros jóvenes alemanes para quienes la guerra supuso una experiencia transformadora que los alejó del nacionalismo. Más tarde, creyó que este proceso de reeducación había hecho de Alemania un país singularmente adecuado para desempeñar un papel de vanguardia en un proyecto político posnacionalista.
Hoy en día, resulta difícil apreciar cuán valiente fue Habermas en aquel entonces. Él vio alrededor suyo señales de supervivencia y resurgimiento derechista: en el rearme estadounidense de Alemania y en la purga anticomunista de las universidades. Su primer escrito público condenaba el cinismo de la poesía expresionista de Gottfried Benn. Aún con 22 años, atacó a Heidegger por reeditar una obra del período nazi sin tener en cuenta su contribución e implicación en la guerra. En la guerra cultural contra el nazismo atávico, Habermas se convirtió en un héroe del movimiento estudiantil antes de que este se radicalizara hasta un punto que superaba su disposición.
Con el paso de los años, algunas de sus posiciones han estado más abiertas al cuestionamiento: él se opuso a la fundación de un Partido Verde en Alemania Occidental (pensaba que si tanto el ala reformista como el ala fundamentalista se imponían, se neutralizaría el valor social del partido) y se mostraba tibio respecto de la reunificación (pensaba que Alemania Occidental aprovecharía la oportunidad para consolidar su modelo político-económico, no para someterlo a una introspección).
En la actualidad, Habermas ha apostado todas sus fichas histórico-mundiales a la Unión Europea. En una reciente serie de debates con Wolfgang Streeck, Habermas realizó algunos pronunciamientos cuestionables. Se refirió a la unión monetaria europea como la “astucia de la razón económica”, para proporcionar la base tecnológica necesaria para una sociedad global. Describió a Emmanuel Macron como alguien que “destaca entre los líderes europeos porque evalúa cada problema actual desde una perspectiva más amplia y, por lo tanto, no es simplemente reactivo”. Si esa perspectiva es la del mirador del capital global o la del futuro de la humanidad parece, cuanto menos, una pregunta abierta.
Pero Habermas tiene razón al pensar que cualquier repliegue de la izquierda a la fortaleza del Estado-nación probablemente resultará decepcionante: no únicamente por parte de la derecha populista, para quien la nación siempre ha sido un garrote para usar contra los demás, sino también por parte de la capacidad de la clase capitalista para adaptarse al nuevo nacionalismo.
En la fiesta posterior, en la azotea de uno de los edificios de la Universidad de Fráncfort, era difícil pasar por alto el simbolismo. El Bundesbank flanqueaba un lado del edificio a lo lejos, y el edificio de Goldman Sachs el otro. Entremedio, Habermas estaba sentado, apretujado en una silla, con su esposa, recibiendo a convidados de todo el mundo.
Marx, tomando prestada la expresión del Hamlet, tenía al “viejo topo” de la revolución; Hegel, al búho de Minerva, que solo levanta el vuelo en el crepúsculo. En el podio, Habermas concluyó su discurso con una imagen que instantáneamente pareció canónica. “El topo de la razón”, dijo, “es ciego solamente en el sentido de que puede detectar la resistencia de un problema sin resolver, sin saber si habrá una solución; pero es lo suficientemente obstinado como para seguir adelante en los pasadizos subterráneos”.
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Artículo aparecido originalmente en New Statesman el 26 de junio de 2019 por los 90 años de Habermas y vuelto a publicar, por su muerte, el sábado 14 de marzo de 2026. Traducción de Patricio Tapia