Couve, peregrino

por Vicente Marcos I 17 Abril 2026

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1.

Exigente, quemaba los cuadros cuando no le gustaban. Ansioso, no dormía si tenía que dar una entrevista en dos días. Impaciente, un día iba a llegar tarde a dar clases y dejó su Citroneta en medio del taco camino a Santiago. Neurótico, durante un tiempo pensó que la CNI lo buscaría por su relación con Salvador Allende. Insomne, arrastraba a los demás hasta la madrugada, ya fuera a fuerza de pelambres sutiles o comentarios ácidos. Pero cuando se daba cuenta de que había exprimido al interlocutor más de la cuenta, empezaba a hacer preguntas con una curiosidad casi cortés, y le abría espacio al otro para que también contara lo suyo.

Pero sobre todo, un fiel creyente. Lo único que le apasionaba era el camino religioso y el arte era para Couve una forma de llegar a Dios. Su compromiso con la pintura y la escritura fue total, e intentó traspasárselo a sus alumnos durante años en el discurso de bienvenida a la Facultad de Artes de la Universidad de Chile: “Un artista no puede tener más compromiso que con su arte. El camino es muy difícil, pero una obra medianamente bien hecha es una satisfacción de por vida”.


2.

Dar clases fue algo muy importante para Adolfo Couve; su gran aporte al mundo, dijo alguna vez. Fueron 30 años de clases de Estética, Teoría del Arte y Pintura. Comenzó a dictar el taller de pintura incluso antes de poseer título universitario. Era un profesor malgenio. Sus clases, a las que no se podía llegar tarde, duraban 30 minutos, cada frase que decía era tajante y precisa, no dejaba que sus alumnos preguntaran cosas, nadie osaba interrumpir, pero no le molestaba si las alumnas del fondo se reían y cuchicheaban, porque él también fue así (contaba, con un dejo de orgullo, que siempre se sentaba en las últimas filas y que con frecuencia era expulsado de clase). Si había un alumno con pinta rara, lo echaba: “Yo no puedo hacer clases si hay alguien con pelo verde”. Terminaba las clases con un seco “se van”, partiendo rápido para evitar las preguntas. No tenía paciencia para corregir controles escritos, mandaba a sus alumnos a memorizarse el árbol genealógico de la familia Médici porque sería evaluado oralmente.


3.

Heredero de la escuela realista, y como tal, en contra de la imaginación. Creía que aprender a mirar era más importante que aprender a pintar. Antes de iniciar una tela, miraba atentamente su entorno para seleccionar qué pintar. Cuando ello ocurría, resolvía las obras con poco pigmento, pues solo le interesaba lo fundamental, un fragmento del paisaje, “la belleza es poca cosa”, repetía.

Pensaba que para hacer bien las cosas hay que despojarse de los vaivenes personales, de las pasiones y desobediencias, a la manera de Tiziano. Abandonar la subjetividad, representar lo que aparece y nada más. Este ocultamiento del yo lo llevó incluso a no asistir a sus inauguraciones o sentarse en algún café cercano para observar desde lejos. Su defensa al despojo de las exigencias personales fue también una forma de pararse frente al arte político tan de moda en su época. Una buena obra de arte es siempre una buena obra política, decía, porque la cuestión de la belleza es tan intensa como la política.


4.

En algún momento dejó de pintar. Sintió que no tenía lugar en la pintura, quizás nunca lo tuvo, porque nunca le dolió. Llegó incluso a despreciarla un poco, por lo fácil que se le daba. No le habría costado nada hacer de la pintura su profesión, sus primeros años fueron, de hecho, muy prolíficos, pero era un recreo, no imponía mayor dificultad. En la literatura estaba el dolor, el camino largo, y ahí está el mérito, en el uso del dolor, de probarse a sí mismo una y otra vez, porque la felicidad va en contra del talento. Cada libro era una guerra y un milagro, escribir le costaba enormemente y le resultaba agotador; también implicaba no escoger el camino fácil, elegir eso que nos queda grande, “porque de repente algo se te devuelve y, aunque sean unas migajas, eso es más importante que haberse repetido hasta el cansancio”.

Couve ve que la literatura es la vía por la cual seguir alojando esa belleza que ya no parecía tener lugar en la pintura y se divorcia de ella en una escena dramática un día que, en presencia de Gonzalo Díaz, luego de fallar exageradamente un brochazo, arma una pira con sus telas y atriles en un sitio eriazo que colindaba con su casa de Guardia Vieja, al frente de la del presidente Salvador Allende.

Mientras trabajaba sus novelas, se sumía en un profundo estado de malestar. Sufría, como Flaubert, de la imposibilidad de terminar un párrafo en días. Pasaba siete u ocho horas escribiendo y cuando no le gustaba el resultado lo quemaba. Corregía, corregía las correcciones. Tenía que llegar a un punto de perfección. Siempre buscó aferrarse a eso, a la construcción de una fe mediante un párrafo o una descripción bien hecha, una frase lograda, un instante de belleza, ese logro para Couve era una cosa inamovible en la cual se puede creer.

5.

Escribía sobre la cama con un cuaderno y lápiz pasta. Odiaba a esos escritores profesionales que se sientan todos los días de dos a cinco a llenar páginas para después ir a tomar el té con pasteles, porque ahí nacen esas novelas asquerosas y repugnantes hechas con una paciencia que después nadie comparte a la hora de leerlas.

Adhería a la novela corta, género que apreciaba por obligar al escritor a jugársela por la síntesis, a trabajar con el lenguaje, a poner bien las palabras. Mientras trabajaba sus novelas, se sumía en un profundo estado de malestar. Sufría, como Flaubert, de la imposibilidad de terminar un párrafo en días. Pasaba siete u ocho horas escribiendo y cuando no le gustaba el resultado lo quemaba. Corregía, corregía las correcciones. Tenía que llegar a un punto de perfección. Siempre buscó aferrarse a eso, a la construcción de una fe mediante un párrafo o una descripción bien hecha, una frase lograda, un instante de belleza, ese logro para Couve era una cosa inamovible en la cual se puede creer.

Esa condensación de sus libros él la identificaba con la poesía, con la capacidad de sintetizar el lenguaje, cargándolo de sentido: “Yo soy un poeta frustrado porque me gusta mucho trabajar con el lenguaje. Mi incapacidad de llegar a una síntesis mayor me ha hecho adecuarme a la novela corta”.


6.

A fines de los 80, ya separado y viviendo solo, se fue a Cartagena. “Yo me replegué aquí porque tenía que salvarme”, explicó una vez. Su casa, que miraba hacia el mar, era muy helada. Cuando iban visitas mandaba a Carlos —su compañero durante sus últimos años— a comprar parafina en una botella pequeña de Coca-Cola. Temía la soledad. Hagamos hogar, le decía a Claudia Donoso cuando ella lo visitaba, y partían a comprar paltas para luego sentarse a ver la teleserie del momento. Otra amiga suya fue Natalia Babarovic, con quien veía Sábado Gigante cada vez que lo visitaba.


7.

El paso a la literatura le habría servido para mantener viva esa fe que ya no tenía en la pintura. Esa fe se mantuvo hasta La comedia del arte, obra que lo desorienta del mundo, de su mundo. No es solo la alegoría de un artista que pierde a su modelo por la seducción de la fotografía, es la imposibilidad de volver a casa, de confiar en ese engranaje que eran sus novelas anteriores, porque ahora necesitaba representar su trauma.

A pesar de que La comedia narra un trauma —la ruina de la pintura realista por la llegada de la fotografía—, cuando se publicó lo pasó bien. Tuvo bastante éxito de ventas y la crítica lo celebró, sintió el reconocimiento: “Siempre creí que me gustaba ser anónimo, pero ahora me doy cuenta que ser rey de Inglaterra es bien entretenido también”, le comentó a Claudia Donoso. Quizás siempre deseó triunfar y ser reconocido en la literatura, estirar la cuerda del éxito hasta el límite, que sus textos fueran traducidos al francés y al inglés. Su falso deseo por ser anónimo era más bien miedo, temía las consecuencias que acarreaba la popularidad y la exposición, por lo que procedía a replegarse, suprimiendo cualquier iniciativa que supusiera la materialización de sus anhelos. Amaba intensamente la vida y, sin embargo, no la disfrutaba.


8.

Su mente le jugaba en contra, renegaba de los medicamentos porque no dejaban ver la belleza que había en lo feo. Su último año había dejado sus clases, por teléfono comunicó que no volvería a la Facultad de Artes. Un 11 de marzo del 98, Adolfo Couve se suicidó. “Cuando ya las cosas me salgan feas, cuando ya no me resulten, entonces me va a llevar la muerte”, dijo alguna vez. Dos semanas antes de morir, terminó su obra póstuma, Cuando pienso en mi falta de cabeza, ganadora en 2001, junto con Epifanía de una sombra de Mauricio Wacquez, del Premio Municipal de Literatura de Santiago. Ninguno de los autores supo de este premio. Ninguno seguía vivo. Al momento de su muerte, había vuelto a pintar. En su casa de Cartagena se encontraron, además del manuscrito de su última novela, sus últimos cuadros.

 

Imagen de portada: La playa (1965), de Adolfo Couve.

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