
Jack London comprándose una lancha para salir a trabajar de pirata, robando ostras de embarcaciones pesqueras; Eliot desempeñándose feliz en la banca, Carlo Emilio Gadda brindando servicios técnicos en la central eléctrica del Vaticano; Céline traficando caucho en Camerún; Orwell pituteando en una moto que a su metro noventa le quedaba enana… En De sol a sol. Cómo se ganaron la vida los grandes escritores, Daria Galateria no escatima aventuras ni momentos penosos; tampoco ardides de notable astucia, maniobras nada edificantes pero sí rendidoras en lo financiero.
por Vicente Undurraga I 5 Junio 2026
“El verdadero problema de la filosofía / es quién lava los platos”, dice un recurrido poema de Nicanor Parra: “Nada del otro mundo / Dios / la verdad / el transcurso del tiempo / claro que sí / pero primero quién lava los platos / el que quiera lavarlos que los lave / chao pescao / y tan enemigos como antes”. El antipoeta ponía en la mesa la perspectiva materialista. Lavar los platos, servir los platos, preparar los platos, proveer los platos. Solucionado lo material, atendidas las necesidades corporales, puede dársele atención a las inquietudes intelectuales y espirituales. Primero se come y de ahí se piensa.
Aunque el mismísimo Cervantes podría salir a contrariar el punto, si se atiende a las páginas preliminares del Quijote, cuando en un cameo inolvidable Babieca, el caballo del Cid, le espeta a Rocinante que anda metafísico, y el caballo del Quijote responde: “Es que no como”. O sea que, siguiendo a Cervantes, el hambre, y no el saciarla, nos pone transcendentales. Como sea, hambre, comida, platos servidos…: de gestionar eso se trata. Después, figuraciones, representaciones, críticas, Dios, la verdad, el transcurso del tiempo.
Esa prioridad, esa urgencia nunca sosegada es probablemente la que llevó a la escritora italiana Daria Galateria (Roma, 1950) a adentrarse en la vida de 24 escritores del último siglo y medio para indagar cómo se las arreglaron, o no, para ganarse la vida, el sueldo.
Le resulta muy bien a la autora hacer miniaturas biográficas poniendo un asunto específico común que hilvane las pesquisas. Hacer foco en qué hacían para ganarse la plata mes a mes autores tan disimiles como Gorki, Eliot, Lawrence de Arabia, Malraux o Bruce Chatwin revela, en esencia, lo que no cabía sino suponer: cada cual se rasca como puede y nadie —salvo excepciones— se gana el sustento escribiendo. Pero ese rascarse como sea posible toma, en algunos casos, ribetes fabulosos. Y Galateria se muestra como una sagaz cazadora de momentos: Jack London comprándose una lancha para salir a trabajar de pirata, robando ostras de embarcaciones pesqueras; Kafka atornillándole olímpicamente al revés a los intereses de la compañía de seguros para la que trabajaba; Eliot desempeñándose feliz en la banca (“La poesía no me ha sido de gran ayuda en mi carrera bancaria; en cambio, mi trabajo en la banca me ha permitido escribir mis poemas”, dijo); Carlo Emilio Gadda brindando servicios técnicos en la central eléctrica del Vaticano; Céline traficando caucho en Camerún; Jacques Prévert durando nada en cada nuevo trabajo que consigue; Orwell pituteando en una moto que a su metro noventa le quedaba enana; Boris Vian comparando los méritos técnicos de distintos tipos de botellas de vidrio para proveer de información a la compañía para la cual trabajaba. No faltan aventuras ni momentos penosos, tampoco ardides de notable astucia, maniobras nada edificantes pero sí rendidoras en lo financiero, chascarros, ambigüedades, pésimos negocios.
Algunas de estas figuras (Jean Giono o Bohumil Hrabal) consiguen hacia el final de sus vidas una estabilidad, por distintas vías, que les permite dedicarse a tiempo completo a la literatura. Hay casos en que esto conviene a la literatura y casos en que no; potencia algunas obras, desinfla el impulso de otras. No hay fórmulas, ni mapas, pero la larga precariedad es el común denominador de quienes han decidido dedicarse a la escritura; al menos, aclara en su prólogo la autora, “antes de que el Estado mecenas comenzara a ofrecer a los intelectuales variadas prebendas”, por lo cual el pan se ganaba hasta entrado el siglo XX con “trabajos que podían ser de los más extravagantes y, a veces, rozaban lo extremo”.
Es muy astuto lo que hace Galateria al mezclar autores de vidas famosas (como Bukowski, el cartero, o Antoine de Saint-Exupéry, el aviador tenaz, de cuyos días logra traer renovadas señas) con escritores de pasares menos conocidos. Le da dinamismo al conjunto. Pocos poetas figuran en la lista y quizás se deba, más que a un sesgo (como podría ser la falta de autores latinoamericanos; siendo la autora italiana eso se explica fácil; o que apenas haya una mujer, Colette, de existencia en todo caso tan notable que vale triple en su ingenio para ganarse la vida creando y promoviendo perfumes con su nombre), a una razón más de fondo: la poesía, dicho sea sin romanticismo ni malditismo alguno, es un arte que, por su radicalidad, brinda menos chances de pactar tratos sustentables con el mundo, de coordinar palabras y monedas.
W. B. Yeats, en “La elección”, un poema que no acepta reducciones, escribió: “El intelecto del hombre se ve obligado a elegir / la perfección de la vida o de la obra, / y si elige la segunda, debe rechazar / una mansión celestial, rugiendo en la oscuridad”. A bastante más que a una mansión celeste es a lo que debe renunciar quien se afana en crear una obra literaria, sugiere esta investigación de Daria Galateria.

De sol a sol. Cómo se ganaron la vida los grandes escritores, Daria Galateria, traducción de Félix Romeo, Ediciones UACh, 2025, 228 páginas, $14.900.