
“A pesar de la última oleada feminista, el panorama del mundo literario sigue estando profundamente marcado por la exclusión patriarcal”, señala Patricia Espinosa en su nuevo libro, Escrituras en resistencia, pasando por alto que muchas mujeres hoy reciben galardones y venden más que sus colegas hombres. Incluso llega a afirmar que “si hay una escritora que contribuyó a limitar la condición de la mujer a la maternidad, esa fue Gabriela Mistral”.
por Rafael Gumucio I 17 Julio 2026
Escrituras en resistencia, de Patricia Espinosa, reúne 21 textos que la crítica de libros Patricia Espinosa le ha consagrado a mujeres poetas o poetas mujeres en distintos medios. La selección no corresponde a una cercanía generacional —abarca desde Soledad Fariña (nacida en 1943) hasta Daniela Catrileo (nacida en 1987)—, ni regional —hay poetas de todo Chile—, ni social —hay poetas de todos los barrios—, sino a un supuesto carácter de resistencia ante el poder patriarcal: “Todo texto de autoría de mujer, biológica o no biológica, que privilegie la emancipación es un texto contrahegemónico”, escribe Espinosa. Lo que le importa, entonces, a la profesora de la Estética de la Universidad Católica no es tanto la forma del texto, su equilibrio o desequilibrio, sino dónde está “situada” su autora, porque la antología solo reúne obras de “mujeres biológicas”.
Que el libro sea difícil de encontrar en librerías, que su portada no contenga ilustración alguna y que esté enteramente escrito en esa prosa burocrática académica donde la cacofonía compite con la coherencia, no son azares del texto sino parte esencial. La presentación del libro, en el Museo Violeta Parra —mujer canónica si las hay—, contó con Diamela Eltit, Carolina Escobar y Fernanda Moraga. No es un libro para ser leído, sino un libro que “existe”, un hito en sí, dos líneas en una bibliografía. No busca llegar a ningún lector casual que quiera saber algo más de algunas de las poetas más vibrantes y necesarias de la literatura chilena: Soledad Fariña, Elvira Hernández, Malú Urriola, todas ellas puestas a la misma altura que debutantes poco inspiradas.
“Este libro no tiene afán jerárquico —nos informa de entrada la autora—, pero sí perspectivista en cuanto a considerar un conjunto de escrituras que enfrentan al canon y con ello desmontan un paisaje literario hegemonizado por las producciones de varones”. Por cierto, poco importa el lugar central que ocupa en dicho canon Gabriela Mistral, contrahegemónica y antisistema por esencia: “Si hay una escritora que contribuyó a limitar la condición de la mujer a la maternidad, esa fue Gabriela Mistral”, leemos en otro apartado. Poco importa tampoco que uno de los textos antologados celebre el Premio Nacional de Elvira Hernández, prueba inequívoca de un cambio en la hegemonía misógina que Espinosa mira también con altivo desprecio. Pasa por alto, quién sabe por qué, a la Premio Pablo Neruda Rosabetty Muñoz. No se atreve uno a pedirle que incluya a Milagros Abalo, quizás la promesa más descollante de la nueva generación de poetas.
A Espinosa le obsesiona “la situación” de quien escribe, mucho más de lo que escribe o no escribe, y pasa por alto permanentemente la suya. “Tanto —dice— la academia como los circuitos legitimantes públicos, entiéndase los premios literarios, la crítica literaria, los medios de comunicación, las redes sociales online y las redes sociales presenciales o lobby cultural, insisten en el gesto de exclusión de las figuraciones autorales y escrituras literarias de mujeres”.
Quien denuncia esta sistemática exclusión es profesora desde hace décadas de una universidad pontificia, además de crítica literaria en distintos medios, en especial de Las Últimas Noticias, de la cadena El Mercurio. En cuanto a las redes sociales, la antologadora es también una usuaria asidua, y tampoco le ha hecho asco a ser jurado de premios, además de ser una figura reverenciada y temida en variados círculos literarios.
Solo el temor a los espejos que profesaba Borges puede explicar que Patricia Espinosa no se mire en uno y se dé cuenta de que es, a su manera, un poder legitimante más. Podría hacerlo sin falsa modestia, incluso para sentirse parte de los premios, las traducciones y la legitimidad internacional que ha recibido, por ejemplo, una de sus antologadas, Daniela Catrileo: beca de la Fundación Pablo Neruda, beca de creación literaria del CNCA en dos ocasiones, Premio Jóvenes Talentos de Mustakis y Balmaceda, dos Premios Municipales de Literatura de Santiago (uno por Guerra florida, otro por Chilco), el Premio Mejores Obras Literarias por Piñén, y este año el Anna Seghers, en Alemania. De ella justamente rescata no el talento, sino su “lugar invisibilizado en el patriarcal mundo de los poetas chilenos, qué decir de la poesía escrita por mujeres y mapuches, doblemente subordinada, marginada e ignorada”.
Lo que organiza la obra de estas mujeres biológicas antologadas en el volumen es la resistencia: “La poesía, por lo mismo, sin demostrar una militancia, se convierte en un terreno de sobrevivencia de la utopía”. ¿Utopía de qué? No recuerdo haber leído en ninguna parte la palabra socialismo, ni mucho menos la palabra revolución. Sí, en varias partes del texto se reivindica “la revuelta” del 2019 como una expresión política válida y necesaria de esa resistencia que no espera una victoria de los aliados para salir de la clandestinidad, porque su esencia es la clandestinidad misma. La misma Espinosa, sin embargo, mira la ola feminista de 2018 apenas como una anécdota: “Sin embargo, y a pesar de la última oleada feminista, el panorama del mundo literario sigue estando profundamente marcado por la exclusión patriarcal”. Afirmación que por supuesto no se da el tiempo de probar. Tendría para hacerlo pasar por alto a Lina Meruane con el Anna Seghers, el Sor Juana Inés de la Cruz y el José Donoso (premio, este último, cuyo jurado integró en 2023 la misma Patricia Espinosa). O Alejandra Costamagna con el Altazor y otro Anna Seghers; o Nona Fernández, finalista del National Book Award; y Romina Pistolas y Francisca Solar, sin premios de esa estirpe, vendiendo mucho más que todos sus colegas hombres juntos.
Confieso haber pensado muchas veces en Patricia Espinosa cuando la Plaza Italia se llenó de gente primero… y de fuego después. En sus reseñas, tantas veces ponzoñosas y descalibradas, reconocí algo del tono de la revuelta. Como la obra crítica de Espinosa, la revuelta no sabía qué quería, pero sabía lo que no quería. De reconocerse en algo, se reconocía en la clandestinidad de los 80, cuando el país dividido y cercado se permitía el tipo de audacia que da miedo cuando nada lo ataja. Como Humberto Peñaloza en El obsceno pájaro de la noche, quien reclamaba el poder de ser una vieja, un cabezudo, un semental, un perro amarillo, sin dejar de ser el secretario del patrón. Un mudito que habla por la herida que es quizás el único orificio por el cual le está permitido hablar. La revuelta no bajó de Plaza Italia. No se tomó La Moneda ni incendió el Costanera Center. Reclamó la plaza como su lugar y, como buenos propietarios, cobraron peaje para pasar por ella. Fue el famoso “baila y pasa”. La Plaza Italia o Dignidad de Patricia Espinosa es la literatura chilena, y no son pocos los que bailan para pasar. Pero en este triste caso el adentro es peor que el afuera.
Es lo que reafirma en cada página esta antología: no hay asalto al Palacio de Invierno ni tierra prometida después del desierto. Aquí está la resistencia sola y sin dirección, “la estética de la pérdida” que destaca en la poeta Gladys González. Podría pensar que hay valor en rescatar las pérdidas, en leer lo que nadie más lee, en rescatar del olvido lo que ha sido publicado en editoriales autogestionadas, en sacar del secreto lo que merece ser visto por más lectores. Pero ese es justamente el ejercicio que este volumen impugna como patriarcal y hegemónico, celebrando finalmente que la marginalidad se mantenga en el margen. Que el gueto sepa que es gueto y que no corra el peligro de salir del lugar que le fue asignado. Pero esta vez, distraída, la guardiana del gueto no supo ver cuando sus protegidas salían del muro y ganaban premios, lectores y cargos de toda suerte. La guardiana, después de todo, nunca ha necesitado respaldar con hechos la serie de lugares comunes que justifican sus tesis.

Escrituras en resistencia, Patricia Espinosa, Libros del Cardo, 2025, 146 páginas, $12.000.