Julieta Venegas: “Da miedo crear, da miedo decir algo de ti mismo”

De su familia, de la profesora que le enseñó a tocar piano, de las bandas por las que pasó y su relación cambiante con la soledad, de sus tentativas en el mundo del teatro y la llegada al acordeón, instrumento que la impulsó a desempolvar las canciones que había ido acumulando y escribir otras nuevas: de todo eso habla la cantante mexicana en su primer libro, Norteña. Memorias del comienzo, presentado hace unos días en la Biblioteca Nicanor Parra de la UDP y varios países del continente.

por Sebastián Duarte Rojas I 19 Agosto 2026

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“A mí en realidad la literatura siempre me ha acompañado mucho, o sea, yo siempre digo que yo me convertí en compositora cuando empecé a hacerme lectora”, dijo Julieta Venegas al inicio de su charla en la Cátedra Abierta en Homenaje a Roberto Bolaño en la Biblioteca Nicanor Parra UDP, donde presentó su primer libro, Norteña, subtitulado Memorias del comienzo, publicado por La Pollera en Chile y por otras cuatro editoriales independientes en el resto de Hispanoamérica.

Venegas contó que, aunque había tomado talleres de escritura de ensayo personal mientras vivía en Buenos Aires, postergó el proyecto de escribir sus recuerdos hasta que concibió el disco también titulado Norteña: “Cuando empecé ese proyecto, yo quería hacer un homenaje a la música norteña, porque yo soy de Tijuana y crecimos escuchando mucha música popular en mi casa”, pero aunque las canciones de esta nueva entrega están impregnadas de aquella sonoridad, su foco se volcó hacia lo personal, ya que “con el tiempo me di cuenta de que más bien era un proyecto de memoria”. Entonces revisitó los fragmentos que tenía guardados y empezó a darle forma al libro que apareció junto al disco.

‘¿Por qué hago música? ¿Por qué no otra cosa? Esa es la pregunta que atraviesa el libro, porque todo está conectado a la música, lo que me fue llevando a dedicarme a la música de lleno. También hablo del proceso creativo, hablo de las temáticas que me gusta tocar, de otras cosas que no tienen que ver con la carrera. A mí me gustaría que la gente se lleve eso: más que nada, que hay procesos que nos llevan a ser quien somos’.

“Que vuelvan los tiempos dorados, / los dulces futuros que tanto soñamos. / Que vuelva el misterio y el aburrimiento, / el no saber nada, el no saber nada”, canta al inicio del álbum, una evocación del recuerdo que es aún más marcada en los fragmentos que componen el libro. Entre las fotos intercaladas (su padre y su hermana gemela son fotógrafos), habla de su madre, que en un momento le confesó que hubiera querido ser cantante, de la profesora que le enseñó a tocar piano —“mi lugar seguro”, lo llama en el capítulo sobre este instrumento, “mi refugio”—, de las bandas por las que pasó y su relación cambiante con la soledad, de sus tentativas en el mundo del teatro y la llegada al acordeón, instrumento que la impulsó a desempolvar las canciones que había ido acumulando y escribir otras nuevas, hasta desembocar en su primer disco.

Este relato autobiográfico, que empieza y termina en el presente y luego devanea en orden no cronológico por el pasado, no tiene un tema fijo, aunque en la cátedra Venegas definió el que considera su eje: “¿Por qué hago música? ¿Por qué no otra cosa? Esa es la pregunta que atraviesa el libro, porque todo está conectado a la música, lo que me fue llevando a dedicarme a la música de lleno. También hablo del proceso creativo, hablo de las temáticas que me gusta tocar, de otras cosas que no tienen que ver con la carrera. A mí me gustaría que la gente se lleve eso: más que nada, que hay procesos que nos llevan a ser quien somos”.

“Yo estaba escribiéndolos al mismo tiempo”, dijo al responder una pregunta sobre una de las canciones del álbum que se entrelaza de manera más explícita con el libro, “Terca”, en que reúne dos momentos relatados en extenso y por separado en sus memorias, conversaciones cruciales con su padre, que cuestionó sus razones al momento de irse de Tijuana, y con su madre un tiempo después, que la apoyó diciéndole que no volviera. Sobre esta ciudad limítrofe, escribe: “En sus rincones están mis caminatas eternas y la frustración de sentirme atrapada. También está el descubrimiento, el deseo, la búsqueda, la intuición. Las visitas a sus pocas librerías, mis primeros besos, mis primeros novios. Las peleas con mi padre, el anhelo de ser libre”, y varias páginas después: “Me fui muy chica de la frontera, pero siento que la llevé conmigo”.

Tras hablar de su amor por la lectura y su deseo juvenil de ser profesora de literatura por una maestra que la inspiró, dio algunas recomendaciones para alguien que empieza a escribir: ‘(…) La escritura diaria, aunque sea un párrafo, aunque sea 15 minutos, aunque sea 20 minutos, para un proceso creativo me parece importantísima. Yo creo que te ayuda mucho, porque se empieza por lo chiquito, no se empieza por lo grande’.

Tras hablar de su amor por la lectura y su deseo juvenil de ser profesora de literatura por una maestra que la inspiró, dio algunas recomendaciones para alguien que empieza a escribir: “Da miedo crear, da miedo decir algo de ti mismo. Pero yo creo que es la práctica lo que te va llamando a encontrar lo que quieres decir y cómo lo quieres decir. (…) La escritura diaria, aunque sea un párrafo, aunque sea 15 minutos, aunque sea 20 minutos, para un proceso creativo me parece importantísima. Yo creo que te ayuda mucho, porque se empieza por lo chiquito, no se empieza por lo grande”. También habla del proceso escritura en el libro Norteña, pero de canciones, como en este pasaje sobresaliente:

Es como hacer un tejido. Dos hilos que se juntan: letra y melodía, una lana peluda que se va apretando; que va tomando la forma para hacer algo pequeño que empezará a crecer lentamente. Es porosa pero firme. La masa que se mueve y, poco a poco, va creciendo. Sale el verso, sale el coro; después, si tengo suerte, sale el puente y la termino en un par de sentadas. Cuando llego al centro, algo resuena, porque esto que quiero contar va formándose en las palabras y tomando sentido. No la puedo apresurar, a veces es fácil, otras toma varios días. Probar y soltar: una melodía me persigue y, tal vez, intento resolverla en mi cabeza. Un punto que voy moviendo de un lugar a otro hasta que llego al final. A veces tengo que levantarme del piano, ir a caminar, cocinar un rato, lo que sea. Y entonces cuando vuelvo sale más fácil. El nudo se deshace.

Las canciones son de piel, necesito sentirlas.

 


Norteña, Julieta Venegas, La Pollera, 2026, 160 páginas, $18.000.

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