
Tras releer la obra de Roberto Merino, el autor de este ensayo constata que se encuentra ante un ensayista hábil, culto y sagaz, y un novelista sensible y elegante. Es también un poeta difícil de definir, y un autor cuyos intereses se despliegan en múltiples zonas, desde el arte chileno (Puentes levadizos) y las accidentadas vidas de nuestros escritores y escritoras (Luces de reconocimiento. Ensayos sobre escritores chilenos; Lihn. Ensayos biográficos), hasta la crónica que le ha dado renombre en nuestro medio y también en el extranjero. Debido a esta heterogeneidad y a la prolífica producción de su obra, Simón Soto indaga en lo que ya podemos denominar lo meriniano: su estilo, su forma de escribir y de percibir sensiblemente el mundo.
por Simón Soto I 21 Agosto 2026
¿Qué es una literatura? ¿Qué es una obra? ¿Qué es el estilo de un escritor? ¿Cuándo la acumulación de publicaciones, de libros autónomos, trasciende el simple número y pasa a conformar una obra? La idea de una obra se funda en una persistencia. No temática, o no únicamente temática. Mundos, evocaciones. Música, el sonido que produce una cierta manera de elucubrar y de describir el mundo. Una relación entre artefactos y las palabras con las cuales alguien —un escritor— decide referirse a ellos. El ojo narrativo, la moral del escribiente, ¿dónde se construyen, de qué manera?
Anoto estas interrogantes para esbozar algunas reflexiones sobre el trabajo de un escritor que hoy es candidato al Premio Nacional de Literatura. Son estas preguntas y no otras, a través de las cuales quisiera subrayar la densidad que este escritor ha alcanzado en sus más de 30 años de oficio. Quisiera explorar la multiplicidad de géneros de esa obra, desviar el trayecto habitual y recurrente por el cual se lee y se piensa su literatura. Es que se ha escrito sobre Roberto Merino como cronista de Santiago hasta el hartazgo. Ese afán de comentaristas, críticos y lectores entusiastas tiene, por supuesto, asidero. Pero la obra de Merino es mucho más que sus crónicas, aunque estas representen —por cantidad, por popularidad, por excelencia— la parte de su obra más visible. La obra de Roberto Merino consiste no solo en un enorme corpus que se pasea por géneros canónicos e híbridos, sino también en un estilo. Una forma de sintaxis, una respiración emocional o intelectual —según venga el caso— que dibuja con la prosa un estadio estético, un reconocible trazo de palabras y puntuaciones que solo le pertenecen a él. Sin embargo, el estilo es más que esa enumeración de características. Más que ritmo. Más que la sola sintaxis. El estilo de un escritor es un proceder cuyo ciclo concluye en la materialidad textual que el lector enfrenta al abrir las páginas del libro. Cito a Roland Barthes:
El estilo es propiamente un fenómeno de orden germinativo, la transmutación de un Humor. De este modo, las alusiones del estilo están distribuidas en profundidad; la palabra tiene una estructura horizontal, sus secretos están en la misma línea que sus palabras y lo que esconde se desanuda en la duración de su continuo; en la palabra todo está ofrecido, destinado a un inmediato desgaste, y el verbo, el silencio y su movimiento son lanzados hacia un sentido abolido: es una transferencia sin huella ni atraso. Por el contrario, el estilo solo tiene una dimensión vertical, se hunde en el recuerdo cerrado de la persona, compone su opacidad a partir de cierta experiencia de la materia.
El estilo, entonces, sería una profundidad arraigada, incrustada en las palabras. Un eco que hace reverberar al autor en sus varias dimensiones. Ese sonido metafísico y a la vez concreto es lo que constituye esa multiplicidad coherente que identificamos en los textos de Merino. Su estilo, como todo estilo en su perfecto límite entre madurez y continuo descubrimiento, no está paralizado, no es una forma gélida que se repite como un virus o un molde; es materia dúctil, se abre o se retrae según lo que convoque al autor. Por este motivo me parece que la obra de Roberto Merino es una totalidad, un gran cuerpo narrativo, poético y ensayístico que posee diversos miembros. No es posible pensar cada libro de manera aislada, aunque, por supuesto, cada pieza resiste lecturas críticas y la sencilla lectura individual, que se realiza en la intimidad silenciosa que ocurre en una habitación del hogar o en un tren del metro.
Se puede acceder a Roberto Merino por cualquiera de sus libros, incluso por aquellos que representan el límite o la frontera de su estilo, y llegar al mismo lugar. Trayectos distintos para concluir en el mismo y único parque central. Pienso en sus dos libros de poesía, Transmigración y Melancolía artificial, y en sus ensayos literarios compilados en Combustión espontánea, donde las imágenes, la reflexión y el sonido de las palabras se tensan para dar cuenta de la esencia sobre la cual el autor sobrevuela. Estos versos de Melancolía artificial representan un ejemplo de lo que deseo expresar:
No se divisan los techos ulteriores
de una víspera por lo demás perdida,
ni las ramas inmóviles, perpetuas.
Soda cáustica en el agua del olvido
quemando va su médula y su orilla.
Aquí pareciera cohesionarse el estilo meriniano entero. No solo en la sobria elegancia de la composición, en la elección precisa de palabras, en el desvío justo que provocan en el devenir textual comas y puntos; también está en la evocación de las imágenes. Techos, ramas secas y esa poción efervescente abandonada, tal vez, en un patio viejo, bajo un delgado y viejo ciruelo en flor, una tarde olvidada de primavera. Esas remembranzas de antiguos y amplios espacios familiares, de objetos comunes olvidados para que el tiempo los constituya en piezas arqueológicas de la emoción, vienen, para mí, directo de la única novela que ha publicado nuestro autor, y en la que a mi juicio, críticos y lectores se han detenido poco. En Mundos habitados, publicada en 2022, los que en otros resultan ejercicios fallidos y lamentables de la memoria personal —vano trasvasijo de recuerdos—, en esta obra trascienden al simple sujeto en cuestión —el referente Roberto Merino como persona—, y extienden sus redes de sentido hacia los ancestros, torciendo las voces narrativas para alcanzar esas sombras pesadas de vida y recuerdos. Dice el narrador en un momento:
La existencia de un hombre puede ser comprimida en un caos de imágenes superpuestas. Las calles perdidas de Santiago, las de los barrios apartados, cubiertas de adoquines o de huevillo, con esporádicos faroles que apenas alumbraban su propia presencia, tuvieron para mi abuelo la perplejidad de lo nuevo y el vértigo de las promesas. Olió el aire azumagado de los prostíbulos, se miró en los espejos penumbrosos de sus salones, los tules falsos pasaron de la realidad a sus sueños.
Este diáfano espesor emocional tiene su revés en el libro Diario de hospital, volumen constituido por las entradas anotadas por Merino entre fines de 1994 y comienzos de 1995, cuando se encontraba hospitalizado debido al trasplante de un riñón. El momento específico del encierro convaleciente plasma la instantánea en su más rigurosa desnudez. Consiste, podríamos elucubrar, en el otro límite del estilo meriniano. Esto registra el narrador, a las 13:10, del lunes 19 de diciembre: “Este tipo está a punto de enloquecerme con su radio Colo-Colo (rancheras, avisos gritados y vulgaridades). ¡Toda la mañana! No puedo concentrarme en nada, además exhibe sus patas”. La temperatura de calurosa humedad de la sala común, los avances médicos —a cuentagotas— con respecto a la intervención del paciente, los compañeros que van y vienen según sus padecimientos, la espera agobiante, en fin, todas las variables propias del encierro obligado en un hospital. Sobre la superficie de estos acontecimientos, aparece el estilo meriniano como las raíces profundas de un árbol que se niega al cemento de la vereda. Estaba allí, en lo profundo de esas anotaciones diarísticas, la germinación que iría produciéndose en los siguientes 30 años aproximados de oficio narrativo.
Comencé este texto desviando la atención del Merino cronista, por la recurrencia para hablar de esta faceta del autor, lo que produce naturalmente que el resto de los géneros que ha practicado se ensombrezcan. Pero esto ocurre porque Merino ha empujado esa práctica, la crónica literaria, hacia un lugar soberbio. Hay allí un corpus enjundioso, que se abre hacia toda clase de derroteros estéticos. La crónica autónoma, cerrada, cada una de las que ha publicado en estas décadas, trascienden esa condición acotada para transformarse, concatenadas, en otra cosa. Hay que mirar lo que ocurre con Todo Santiago, volumen publicado originalmente por Hueders y reeditado (y ampliado) este 2026 por Fondo de Cultura Económica. El registro de la ciudad entera y sus rincones establece nexos emotivos, históricos, filosóficos, reflexivos. Habría que pensar sus crónicas como centro y génesis, y a la vez como la atmósfera del estilo meriniano. Su obra nace de este universo, lo trasciende, lo multiplica, lo profundiza, pero permanece delimitada por los recursos de los que el autor hace gala y ha perfeccionado en ellas, al modo de un éter transparente que cohesiona la totalidad.
¿La de Merino es una obra que ha ido creciendo y robusteciéndose en silencio? Sí y no. Gracias a sus columnas-crónicas publicadas en LUN, Merino llegó a un amplio público lector. Las compilaciones de estos textos han sido publicadas en editoriales de prestigio, nacionales y extranjeras. Intuyo, eso sí, que incluso lectores serios y persistentes lo vinculan solo a esta disciplina. Como he expresado antes, Merino es un ensayista hábil, culto y sagaz, y un novelista sensible y elegante. Es también un poeta difícil de definir, y un autor cuyos intereses se despliegan en múltiples zonas, desde el arte chileno (Puentes levadizos) hasta las accidentadas vidas de nuestros escritores y escritoras (Luces de reconocimiento. Ensayos sobre escritores chilenos; Lihn. Ensayos biográficos). Creo que es debido a esta heterogeneidad y a la prolífica producción de su obra, que Roberto Merino ha llegado a constituir lo meriniano, su estilo, su forma de escribir y de percibir sensiblemente el mundo. Son razones suficientes para que este año se le otorgue el Premio Nacional de Literatura. Es, pienso, el escritor del presente que más lo merece. Sería una forma de volverle a proveer grandeza, justicia y nobleza a nuestro más importante galardón literario.
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Publicaciones más recientes del autor:

Todo Santiago, Roberto Merino, Fondo de Cultura Económica, 2026, 462 páginas, $19.900.

Ciudad del olvido, Roberto Merino, Random House, 2026, 212 páginas, $18.000.