
La falsa modestia, la ilusoria ignorancia, el autodidactismo, la obediencia esquiva, los silencios elocuentes: todo ello se encuentra en la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz. En sus versos, como lo demuestra una reciente antología publicada en nuestro país, el pensamiento irrumpe como una auténtica aventura. No resulta exagerado afirmar que ella funda la ironía moderna en nuestro continente.
por Vicente Undurraga I 4 Septiembre 2026
Las obras más radicales, las que abren paso, las que se juegan en los límites de la escritura, renovando el ámbito de lo decible y las formas de la lectura, contienen siempre las palabras, las expresiones para sus mejores críticas, e invitan a multiplicarlas. Incluyen, dicho de otro modo, espejos plausibles, convexos, no planos, que permiten calibrarlas, pensarlas y proyectarlas.
“Alto impulso el espíritu encendía, / donde el ánimo halla / más que el temor, ejemplos de escarmiento, / abiertas sendas al atrevimiento”, se lee hacia la segunda mitad de “Primero sueño”, de Sor Juana Inés de la Cruz, y no se me ocurre mejor definición que ese último verso para su poética, en general, y en particular para ese largo, laberíntico y detonadísimo poema que ha sido leído, en clave de la tradición, como el viaje del alma durante el sueño hacia el saber universal, algo así, pero que acepta, como todo gran poema, lecturas divergentes. Por ejemplo, desasidos del esquema religioso, puede leerse como la aventura del poema por ser poema, un viaje de nacimiento que emprende una lengua nueva a través de una lengua conocida. Bajo las normas de la métrica, echando mano a los recursos retóricos de rigor (especialmente la metáfora y el hiperbatón, que en sus sinuosidades descoloca siglos después al autocorrector de Word, que no cabe en sí ante versos como “en los del monte senos escondidos”), Sor Juana reinventa, con las reglas del juego, el juego completo. “Mansión sombría”, dice en otro momento, y eso es el texto mismo, “un mar de asombros”, una “centrífica oficina” donde se acomete “la empresa / de investigar la Naturaleza”, “linterna mágica” que alumbra “la sombra fugitiva” y que, aunque acorralada por un “ejército de sombras”, completa al final su operación, “quedando a luz más cierta / el Mundo iluminado”.
Ese poema, hecho a la manera de las Soledades de Góngora, como siempre se dice, pero en realidad de forma inaudita para entonces y para hoy también, es el centro de la obra de Sor Juana, posiblemente en intensa relación con su “Respuesta a sor Filotea”, la carta o tratado inconfeso que escribe al obispo de Puebla (que se hace pasar por sor Filotea por un enredo cuya descripción daría para culebrón o teleserie vertical). En esa misiva despliega una inteligencia que, estando por encima de su época, se manifiesta con todas las formas atribuibles al género, revirtiéndolas —en modos que recuerdan las cartas y recados que escribiera abriéndose paso doscientos cincuenta años después Gabriela Mistral, que sobre Juana dejó escrito: “Quiso ir a Dios por el conocimiento. No tuvo delante de lo creado el estupor, y tampoco el recogimiento; sino la delectación de gozarlo matiz a matiz y perfil a perfil. Del lucero tembloroso, ella quería saber”.
La falsa modestia, la ilusoria ignorancia, el autodidactismo, la obediencia esquiva, los silencios elocuentes, el atrevimiento sigiloso… Todas notables “tretas del débil”, como dijera Josefina Ludmer, que le permiten a sor Juana defender lo que no cabía defender pero ella no podía sino defender: el pensamiento en todo lo que tiene de aventura de los límites, fundando de paso la ironía moderna en nuestro continente.
La emoción, indirecta, intermediada, atenazada, nunca queda fuera en su poesía. Por el contrario, contrabandeada en barrocas paradojas, toca una y otra vez las teclas centrales del corazón humano:
A estos peñascos rudos,
mudos testigos del dolor que siento,
que solo siendo mudos
pudiera yo fiarles mi tormento,
si acaso de mis penas lo terrible
no infunde lengua y voz en lo insensible,quiero contar mis males,
si es que yo sé los males de que muero;
pues son mis penas tales,
que si contarlas por alivio quiero,
le son, una con otra atropellada,
dogal a la garganta, al pecho espada.
En los intertantos de esas piezas mayores, es Sor Juana autora de una buena cantidad de sonetos de celebrada perfección, por la factura de sus endecasílabos (“En perseguirme, mundo, ¿qué interesas?”) y por la sagacísima investigación y exposición de las extravagancias del amor que realizan. También por la interrogación que arroja sobre el mundo y sus relaciones, las de esa época, pero también las de hoy: “Si los riesgos del mar considerara / ninguno se embarcara, si antes viera / bien su peligro, nadie se atreviera, / ni al bravo toro osado provocara”. En las más de 500 páginas de poesía que escribió, hay pasajes de difícil seguimiento, paseos a los que no sumarse, pero más que nada lo que hay es materia verbal de alto voltaje, como un largo ovillejo en que la poeta piensa tan lúcidamente la escritura misma y sus confines y potencias, dejando caer su humor corrosivo, abridor de risas y épocas, o ese romance donde lanza preguntas que son las flechas de un hondo saber: “Qué culpa tiene el acero / del mal uso de la mano”.
Acaba de aparecer en Chile un cuidado volumen que reúne toda su obra poética: Esos versos, lector mío. Suma lírica. Pero además de reunir, lo que hace esta edición a cargo de Miguel Naranjo es reorganizar la poesía personal de la autora. Dejando de lado villancicos, obras de teatro y otras composiciones menores, el volumen dispone esta poesía según apareciera en los dos libros de la poeta que se publicaron durante su vida, en España, en 1689 y 1692. Al final se incluyen poemas dispersos o póstumos; especial interés tienen los “Enigmas”, breves versos, casi juegos o adivinanzas, el último de los cuales deja rodar una pregunta que es un abismo: “¿Cuál es el desasosiego / que, traidoramente aleve, / siendo su origen la nieve / es su descendencia el fuego?”.
Romper con la habitual ordenación por asuntos y estilos o formas (sonetos, redondillas, romances) mezclándolos o, literalmente, remezclándolos, deja leer en estas páginas a una Sor Juana aún más movediza, astuta, delicada y desafiante.

Esos versos, lector mío. Suma lírica, Sor Juana Inés de la Cruz, Ediciones UCM, 2025, 598 páginas, $20.000.