Triste, solitario y rural

El rural noir es el género de las historias del Estados Unidos profundo, rudo y cruzado por tragedias y miserias de todo tipo. Entre su amplia variedad de autores, Bonnie Jo Campbell y Leah Hampton son dos cuentistas traducidas al español que logran dibujar con destreza aquellos paisajes donde el progreso no llega y la naturaleza aplasta a hombres y mujeres por igual.

por Patricio Jara I 15 Septiembre 2026

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Fue el editor Bill Buford el primero en hablar de realismo sucio. Lo hizo en junio de 1983 en la presentación del octavo número de la revista Granta: “Se trata de un realismo crudo y sórdido sobre la miseria de la vida contemporánea, pero tan estilizado que hace a las novelas realistas más tradicionales de autores como Updike o Styron parecer recargadas, incluso barrocas”.

Entonces Buford clavó la bandera y dio nombres: Richard Ford y Raymond Carver, quienes “escriben con un lenguaje directo y sin sorpresas, reducido a la simpleza total. Las frases carecen de adornos y mantienen un control absoluto sobre los objetos y acontecimientos sencillos que nos invitan a presenciar; es lo que no se dice —los silencios, las omisiones— lo que parece decir más”.

Con tal definición, bien podría pensarse que Buford estaba hablando de los cuentos que Hemingway escribió 50 años antes, o de alguno de Chéjov a fines del XIX. Pero así es como funcionan las etiquetas y no queda mucho por discutir. Alguien las instala y se quedan para siempre.

De manera que para un lector atento e informado es probable que todo cuanto se diga en adelante del rural noir también le suene a vianda de ayer, a diablo conocido, y más valga quedarse con la idea de que cada cierto tiempo algunas formas de escritura y sensibilidades se revitalizan y vuelven a tener visibilidad, arrastrando consigo el pulso de los tiempos. Tal es el caso de esta narrativa que proviene de zonas rurales del centro de Estados Unidos y que, rótulos mediante, se da a conocer, también, como country noir, hillbilly noir, redneck noir o, un poco más creativos, grit lit.

En todos los casos se advierten los mismos elementos: personajes encallados en pueblos donde el progreso es imposible; precariedad económica, racismo, fabricación y consumo de metanfetamina, trabajos embrutecedores, analfabetismo, abuso de alcohol y, en palabras del crítico Greg Schutz, “el coche viejo, oxidado; la niebla que se eleva de los campos y la violencia repentina e imprevista”.

No son una generación, por suerte. Ni tampoco autores tan jóvenes. Gran parte tiene publicada más de una novela, pero brillan más con el relato breve. De hecho, la hora de hablar de rudeza, paisaje hostil y malas maneras, hombres y mujeres destacan por igual. Tal es el caso de Bonnie Jo Campbell (1962), autora de American Salvage, traducido como Desguace americano, y reúne una larga galería de supervivientes instalados en los rincones menos luminosos de Michigan.

“Robert insiste en que me va a pagar algo de alquiler, tan pronto como le den la ayuda, pero no me hago ilusiones”, dice una de las mujeres que protagoniza sus relatos. “Antes Robert tenía bigote de vaquero, pero ahora no es más que un hombre roto del que tengo que encargarme. No sé lo que va a hacer en invierno. No tengo ganas de compartir con nadie mi diminuta casa rodante y lo último que me faltaba es que se me muera alguien congelado en el hielo porque se resbala cuando salga a mear”.

Son 14 cuentos ambientados en la misma región, donde algunos se dedican a ahorrar combustible esperando el fin de los tiempos, mientras a otros solo les interesa conseguir un lugar donde pasar la noche. “Hay gente que fabrica metanfetamina; no sé si eso es un problema donde vives, pero aquí es un gran problema: gente que roba amoníaco de las máquinas de fertilizantes de los agricultores para fabricarla”, dijo Campbell a The Kenyon Review. “Los relatos de American Salvage plantean la cuestión de que no todos los estadounidenses están en la misma sintonía de cara al siglo XXI. Es como si hubiera ocurrido una especie de Apocalipsis y nadie se da cuenta de que mucha gente vive en los escombros que han quedado”.

La editorial española Dirty Works ha sido una de las más entusiastas en traducir a este grupo de escritores, varios de los cuales, antes de escribir, se dedicaron a otros oficios. Brad Watson, que antes de lograr una licenciatura en lenguas y publicar Los últimos días de los hombres perro fue chofer del camión de la basura, o bien como Donald Ray Pollock, acaso el más internacional, autor del implacable libro de cuentos Knockemstiff (Random House) y que trabajó en una fábrica de papel por 30 años, para luego tomar un taller de escritura universitario.

La editorial española Dirty Works ha sido una de las más entusiastas en traducir a este grupo de escritores, varios de los cuales, antes de escribir, se dedicaron a otros oficios. Brad Watson, que antes de lograr una licenciatura en lenguas y publicar Los últimos días de los hombres perro fue chofer del camión de la basura, o bien como Donald Ray Pollock, acaso el más internacional, autor del implacable libro de cuentos Knockemstiff (Random House) y que trabajó en una fábrica de papel por 30 años, para luego tomar un taller de escritura universitario. Historia distinta es la de Alan Heathcock, quien no tuvo ningún trabajo demasiado extravagante pero sí fue capaz de escribir Volt, un libro de cuentos que el mismo Pollock reseñó en The New York Times: “Aquí no hay glamur, ni angustia ni frivolidad contemporáneas; de hecho, salvo algún que otro móvil, apenas se aprecia nada del mundo moderno. Las historias podrían estar ambientadas en otro siglo; los personajes parecen miembros de una secta ancestral que se debaten entre el amor, la fe, el perdón y el castigo”.

Uno de los últimos nombres que se suma a la lista es Leah Hampton (1973), autora de Fuckface, una colección de cuentos que alguien decidió traducir como Cabronazo. Es su primer libro y está situado en la zona de los Apalaches, con toda su exuberancia natural y también las consecuencias de la explotación minera en el ecosistema. “Quería escribir historias que complejizaran y feminizaran la región de los Apalaches que conozco, y que pusieran de relieve los problemas ambientales de la zona”, dijo a la revista Bomb.

Tal como en los libros de Bonnie Jo Campbell y Donald Ray Pollock, Fuckface gana por su totalidad, por su carácter expansivo dentro de un mismo paisaje. No son pocos los que piensan que más bien se trata de novelas modulares.

“No hay forma de que arreglen nada en este pueblo, pero al menos podrían retirar el oso muerto del estacionamiento del Food Country”. Así comienza el relato que abre el libro y deja claro hacía dónde van los tiros. La prosa de Hampton es firme, sin adornos y hace avanzar la historia sin guardarse sorpresas: los personajes que trabajan en la tienda de comestibles intentan hacer su vida mientras pasan los días y nadie tiene ganas de mover el cadáver del animal, hasta que Fuckface, el personaje que nadie quiere, intenta hacer algo: “Me quedé allí un buen rato, preguntándome dónde Fuckface dejaría al osezno”, dice la protagonista. “Quizás debí ofrecerme para ayudarlo a encontrar un lugar apacible, pero no fui capaz de salvar la distancia que nos separaba”.

De seguro que los autores del rural noir ofrecen más matices, y de seguro también a más de alguno no le gustará estar bajo esa etiqueta, pero que traen de regreso una forma de contar y un paisaje, de eso no hay duda.

 


Desguace americano, Bonnie Jo Campbell, traducción de Tomás Cobos, Dirty Works, 236 páginas, $33.000.


Los últimos días de los hombres perro, Brad Watson, traducción de Tomás Cobos, Dirty Works, 152 páginas, $12.000.


Knockemstiff, Donald Ray Pollock, traducción de Javier Calvo, Literatura Random House, 224 páginas, $29.000.


Cabronazo, Leah Hampton, traducción de Javier Lucini, Dirty Works, 256 páginas, $36.000.

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