
por Sebastián Duarte Rojas I 17 Septiembre 2026
El resumen suena como una novela superventas: en vez del gran escritor de la Inglaterra isabelina, el hombre llamado William Shakespeare (o, más bien, Shakspere) es un prestamista extorsionador y ambicioso, un arribista con aires de mafioso sin el menor talento literario; el verdadero autor de la obra inmortal es el opacado Christopher Marlowe, escritor y espía anticatólico en la guerra espiritual de la Contrarreforma, quien adopta el nombre de Shake-speare (el Agita-lanza) para publicar sus poemas semipornográficos, como Venus y Adonis y El rapto de Lucrecia, o los muchas veces homoeróticos Sonetos, dedicados a su amado Henry Wriothesley, el joven conde de Southampton; el autor es perseguido por la ley, pero recibe un perdón de la mismísima reina Isabel I a condición de que falsifique su propia muerte con 29 años. Esta puesta en escena marca el inicio de una vida de exilio y retornos encubiertos, durante la cual el poeta-espía de Cambridge continúa escribiendo, estrenando y publicando obras con el apoyo de la Escuela de la Noche, grupo formado por él y otros discípulos del filósofo Giordano Bruno, en un gran proyecto literario dirigido a reemplazar el cristianismo por una nueva religión secular y humanista, con el Primer Folio como su biblia.
Pero esta no es una novela, y en lugar de un producto del mercado editorial anglo, es un ensayo publicado por una editorial chilena. La invención de Shakespeare: Christopher Marlowe y la Escuela de la Noche, de Christian Torres Roje, cantautor conocido por el seudónimo Nutria NN, es un gesto cuya osadía en la relectura del canon europeo desde nuestro contexto es solo comparable a la de esa reinterpretación y restauración filológica de la Eneida que es El milenio según Virgilio (Tácitas, 2019), de Antonio Cussen.
Los cuestionamientos sobre la identidad de Shakespeare, por supuesto, vienen de antaño: se podrían llenar bibliotecas con la rumba de volúmenes que han elucubrado por siglos sobre quién habría escrito realmente aquella obra. De la larga lista de posibles autores fantasma, la opción de Marlowe es una de las pocas que se basa en argumentos literarios: la continuidad estética, temática e intelectual de la innovadora escritura marloviana en la obra atribuida a Shakespeare es indudable, e incluso sin poner en duda la identidad del segundo, es claro que no existiría sin el primero. Pero Torres Roje no se limita a resumir la llamada Teoría Marlowe, sino que aporta abundantes argumentos nuevos y con una coherencia admirable.
Shakespeare es el ejemplo de cabecera para quienes argumentan que un autor puede crear una obra ajena a su experiencia personal (la excepción que confirma la regla sería la influencia de la muerte de su hijo Hamnet en Hamlet). Para La invención de Shakespeare, esta creencia se debe solo a que el portador de ese nombre no sería el autor, por lo que resulta lógico que su biografía no tenga nada que ver con los textos. “Los poemas y dramas adjudicados a Shakespeare resurgen como trozos de la autobiografía silenciosa de Marlowe, donde radica su mayor secreto y su atractivo subliminal: por ellos no accedemos a los recuerdos del hombre de Stratford, sino a la memoria de Marlowe”, afirma Torres Roje, que en este libro va de obra en obra, verso a verso, explicando esos constantes paralelismos vitales, además de los ecos directos de la obra marloviana en la de Shakespeare y la influencia notable de Giordano Bruno en ambas.
Veamos el caso de Romeo y Julieta. Como muchas de las obras shakesperianas tras la desaparición de Marlowe, se ambienta en Italia, uno de los lugares donde el poeta-espía habría pasado sus períodos de exilio. Es también la tierra natal de Bruno, donde la Inquisición lo condenó a la hoguera, y la aparición de los átomos en el discurso de Mercucio respondería a su influjo, atomismo derivado a su vez del epicureísmo que afloró en Europa tras el redescubrimiento del De Rerum Natura de Lucrecio, como explica en El giro Stephen Greenblatt (biógrafo de Shakespeare y, ahora, de Marlowe). Incluso la desaparición forzada de su autor estaría inscrita en esta historia de amor prohibido, suicidio actuado y duelo fatal, como aquel en que se dio por muerto a Marlowe, lo que culminaría en el famoso pasaje “donde Juliet (i. e. Wriothesley, la rosa) le ruega a Romeo (Marlowe) que se cambie el nombre: ‘¡Qué importa el nombre! / La rosa tendría el mismo dulce perfume / Aunque la llamásemos con otro nombre. / Y así también con Romeo: si Romeo no se llamara, / Igual conservaría esa inusual perfección que atesora (…)’”.
Torres Roje no propone una simple ecuación Marlowe igual Shakespeare. Un aspecto que ha despertado dudas sobre la autoría shakesperiana es la publicación originalmente anónima de la mayoría de sus obras, pero aquello, como indica este libro, no era nada especial: los dramas isabelinos solían estrenarse e incluso aparecer por impreso solo con el nombre de la compañía teatral, y no era raro que fueran escritos a cuatro o más manos. En la propuesta de este libro, el principal coautor de Marlowe sería Thomas Nashe, escritor cuya novela The Unfortunate Traveller poco a poco ha recuperado el lugar que le corresponde en el canon inglés, a quien se debería el genio cómico de la obra shakesperiana, ese que convive de manera sorpresivamente armónica con el genio trágico (marloviano).
El ensayista no se adentra en Hamlet sino hasta el penúltimo capítulo, dedicado al problema de sus versiones. Incluso desde las posturas tradicionales se reconoce la existencia del ur-Hamlet, un Hamlet original, de incierta autoría, que estaría totalmente perdido, y del Hamlet alemán, manuscrito descubierto en el siglo XVIII, ambos previos a las versiones atribuidas a Shakespeare, las que también varían entre los Cuartos y el Primer Folio. Lo que sostiene Torres Roje es que el ur-Hamlet no se perdió, sino que corresponde a la versión del Primer Cuarto y habría sido escrita por Marlowe y Nashe mucho antes de lo que se supone que el hombre llamado William Shakespeare lo hizo (y antes de la muerte de su hijo); el Hamlet alemán sería una temprana y reducida traducción del ur-Hamlet; mientras que el extenso Hamlet del Primer Folio habría sido una versión ampliada más tarde, todo lo cual aquí se vincula a eventos históricos del círculo de Marlowe referenciados en las distintas ediciones.
En la historia del príncipe de Dinamarca también se puede ver la huella de Giordano Bruno, que había estado en el centro de una obra marloviana muy emparentada con esta, aquella otra tragedia de conocimiento, como las denomina Torres Roje (quien al final de su libro propone varios subconjuntos como este, que reagrupan las obras canónicamente marlovianas y shakesperianas, recalcando su continuidad): “La íntima conexión de Hamlet con Doctor Faustus —y, en último término, con Marlowe y con Bruno— explica por qué ambas obras se tienen por cofundadoras de su propio género dramático. Y si hubiera que señalar un solo paralelismo para reflejarlo, tenemos el que se da a propósito de la famosa frase en el soliloquio suicida de Hamlet: ‘Ser o no ser’, que no es sino una traducción al inglés de la expresión griega ‘On kai me on’ que los amantes del teatro isabelino conocían por boca de Faustus, otro que había contemplado el suicidio”.
“Es siguiendo a Bruno que Marlowe pensó en crear una ‘nueva religión’, según ‘un método más excelente’ que el del Nuevo Testamento. (…) Y adviértase que el libro que inaugura y sostiene el mito shakesperiano (el First Folio), fue publicado siete años y medio después del deceso del hombre de Stratford, y tres meses después del de su viuda, lo cual resuena con lo dicho por Marlowe (…) sobre cómo Moisés ‘esperó a que quienes estaban al tanto de sus engaños perecieran, para así instalar una eterna superstición en el corazón de la gente’”, argumenta Torres Roje. Este libro no va a cerrar la discusión sobre la autoría del Bardo, pero es una lectura provechosa incluso para escépticos. Partí con lo novelesco de su resumen, pero también se puede leer como novela su escritura: un ensayista-detective —Bolaño se asoma en sus últimas páginas— le sigue la pista a un poeta-espía desaparecido a través de los textos. Y es a su vez un ensayo sobre la autoría misma: haya sido o no obra de Marlowe (y compañía), la invención de Shakespeare es también la invención del autor, al igual que la invención de lo humano, como dijera Harold Bloom, el último sumo sacerdote shakesperiano.

La invención de Shakespeare, Christian Torres Roje, Saposcat, 2025, 392 páginas, $24.000.