El placer de excluir

Un grupo de escritores apoya a través de una carta que se cancele la participación de Ariana Harwicz en un festival literario en Granada por no condenar la política del Estado de Israel. Para el autor de esta columna, jamás habría que permitir la postura de “que mis muertos sean los únicos que me importan”, que es lo que estarían haciendo Lina Meruane, Gabriela Wiener y Rita Segato, por dar tres nombres. Voltaire, recuerda Gumucio, no creía que “la tolerancia se limitara a tolerar lo que te parece bien, sino que consiste en entender que para los gigantes somos enanos y para los negros somos rosados y para los musulmanes los cristianos son infieles”. Y más adelante agrega: “La complejidad insalvable de la región es de cualquier manera simplificada, como ayer se simplificó la guerra de Vietnam y se santificó la revolución cultural de Mao. Aquí hay gente que tiene el corazón donde hay que tenerlo, a la izquierda, pero al cerbero le falta visiblemente todo un hemisferio”.

por Rafael Gumucio I 22 Septiembre 2026

Compartir:

La carta en que una serie de invitados a un festival de escritores en Granada felicitan a la dirección de este por haber excluido a una de ellas es un hito sin precedente en la historia de la censura. Antes habíamos visto escritores negarse a sentarse o a ser parte de carteles donde pudiera sentarse algún representante del mal en la tierra, pero nunca se había hasta hoy leído una carta (firmada por Rita Laura Segato, Lina Meruane, Sabina Urraca, Gabriela Wiener, María Fernanda Ampuero, Ángelo Néstore y Brenda Navarro) que incluso le reprocha a la organización del evento no haberle explicado a la escritora argentina “con la debida honestidad y debido coraje” los motivos de su exclusión.

“Sus opiniones me resultan abominables pero daría la vida para que pudiera expresarlas”, es la célebre frase que se le atribuye Voltaire, quien no dijo eso pero abogó toda su vida por la tolerancia, aunque no estuvo ajeno al placer de excluir: intentó, bajo tretas más o menos legales, que se censurara o incluso apresara a Jean-Jacques Rousseau, su némesis. Porque quizás lo que Voltaire olvidó alegar, incansablemente, por la tolerancia, es el placer —que une a Tánatos con Eros— que se siente al excluir a otro, más aún cuando ese otro, y es lo primero que resalta la carta, tiene un indudable talento. O peor aún, cuando ese otro tiene más talento que tú y, en el caso de Ariana Harwicz, también más éxito. No otra cosa fue lo que llevó a Voltaire a perseguir a Rousseau, aunque el destino los haya juntado en la misma tumba del Panteón francés.

La exclusión de un otro que uno concibe como talentoso, es decir digno de ser parte del mismo festival literario del que se participa, no necesita razones, aunque siempre se las busque. En este caso tendría que ver con el apoyo o la no condena de Ariana Harwicz a la política asesina y despiadada, injustificable bajo cualquier punto de vista, del Estado de Israel en Gaza. Esa opinión, que no comparto ni en el fondo ni en la forma, está sin embargo lejos de ser injuriosa o calumniosa, o una incitación al odio, como alega la carta, que sostiene que “la libertad de expresión es un valor central de la vida en sociedad, pero dicha libertad tiene límites”. Voltaire no creía que la tolerancia se limitara a tolerar lo que te parece bien, sino que consiste en entender que para los gigantes somos enanos, y para los negros somos rosados, y para los musulmanes los cristianos son infieles. Ante la imposibilidad de saber quién tiene la razón, sería esencial aceptar la de todos.

¿Y los sentimientos? ¿El horror ante los niños y los adultos muertos en Gaza? ¿El horror ante los niños y los adultos muertos justo al sur de Gaza el 7 de octubre? Ante el horror, ese del que ninguna idea, ningún partido, ninguna religión ni profesión se libra, debemos, más aún que en las ideas, levantar un embargo y no permitir que mis muertos sean los únicos que me importan. Eso es lo único que se le puede reprochar a Harwicz, pero lo mismo se le puede reprochar a las firmantes de la carta. Su causa les permite lo que estas personas no le permitirían a nadie más: acallar no solo al que no piensa lo mismo que tú, sino, por motivos que tienen que ver con toda una historia personal que no es solo personal, al que no siente lo mismo que tú.

A comienzos de los años 2000 viví en Estados Unidos. En ese entonces, defender la intifada o el derecho de Palestina a tener su propio Estado era lo que se excluía. No lo hacían solo las autoridades: el video que circula profusamente de Norman Finkelstein enfrentando a una alumna en lágrimas, recordándole que él es también descendiente de víctimas del Holocausto, prueba perfectamente cuál era el estado de la cuestión en esa época. Bastaba con ser acusado de antisemita, como hoy basta con ser acusado de sionista, para que tu nombre se borrara de todas las listas. A Edward Said, que era un caballero, se le perdonaba opinar lo que opinaba, aunque ni a los judíos ni a los palestinos les resultara simpática su amistad creativa con Daniel Barenboim.

Esta pequeña historia reciente de la exclusión como sistema debería alertar a las firmantes de uno de los peligros de los que nos advertía justamente Voltaire. El hereje de hoy puede ser el Torquemada de mañana. La fe que todos defienden puede ser la que te mate mañana. Ariana Harwicz fue criada en la conciencia del Holocausto y en todo lo que este produjo intelectualmente, partiendo justamente del concepto de genocidio como crimen contra la humanidad. No se movió lo suficientemente rápido para saber que las ideas que la criaron, entre las que está el sionismo de izquierda, ya eran anatema.

Netanyahu ya era el ladrón y el asesino que siempre será, y tenía tanto o más poder que Ariel Sharon, pero ISIS y Al Qaeda eran aún el enemigo preferido, y nadie olvidaba que muchos de sus atentados tenían a “Palestina del río hasta el mar” como inmunda excusa. El Me Too y el caso de J. K. Rowling fueron un formidable ensayo. La transfobia se transformó en ese crimen que involucra no solo el pensamiento del que piensa mal, sino todo su ser, su cuerpo, su alma, su pasado y su futuro. Todos los crímenes centenarios de quemas de brujas fueron vengados en hogueras virtuales. En una perfecta sincronía se usaron las mismas armas, los mismos adjetivos, las mismas palabras innegables de la exclusión de hoy. Los antisemitas de ayer son los sionistas de hoy, los nazis de ayer los israelíes de hoy, todos los genocidios del pasado son este único y definitivo genocidio. Los noticieros americanos que cubrían el Medio Oriente solo del lado de la frontera israelí son reemplazados por noticieros que hacen lo contrario. La complejidad insalvable de la región es de cualquier manera simplificada, como ayer se simplificó la guerra de Vietnam y se santificó la revolución cultural de Mao. Aquí hay gente que tiene el corazón donde hay que tenerlo, a la izquierda, pero al cerbero le falta visiblemente todo un hemisferio.

Esta pequeña historia reciente de la exclusión como sistema debería alertar a las firmantes de uno de los peligros de los que nos advertía justamente Voltaire. El hereje de hoy puede ser el Torquemada de mañana. La fe que todos defienden puede ser la que te mate mañana. Ariana Harwicz fue criada en la conciencia del Holocausto y en todo lo que este produjo intelectualmente, partiendo justamente del concepto de genocidio como crimen contra la humanidad. No se movió lo suficientemente rápido para saber que las ideas que la criaron, entre las que está el sionismo de izquierda, ya eran anatema.

¿Pero se moverán suficientemente rápido los abajo firmantes cuando sean sus convicciones, más bien baratas, las que se vuelvan inconcebibles? J. K. Rowling sigue publicando sus libros; los de Rita Segato —una de las firmantes de esta misma carta— han envejecido tristemente en un mundo en que la peor de las masculinidades ha vuelto, desde el resentimiento, a tomar el poder. La sociedad israelí está enferma, su tumor se llama Netanyahu, pero es una peste distinta a la que está matando a Estados Unidos o a Argentina. Antes de señalar la paja en el ojo ajeno, dice Cristo, no está mal ver la del ojo propio: los abajo firmantes, antes de elegir el chivo expiatorio más simple, la judía que molesta, podrían repasar sus propias responsabilidades en el ascenso de sus propios monstruos gobernantes, perfectos colaboradores de Netanyahu, apoyados por no pocos de los financistas de universidades y marcas comerciales que descuentan impuestos en esos festivales literarios donde se ha vuelto de buen tono no asistir.

Por último, ya que opinan exactamente lo mismo, podrían ahorrarle el precio del pasaje y el hotel a los organizadores e ir uno solo por todos. Los asistentes podrían ahorrarse también un flujo considerable de palabras y emociones que ya conocen antes de que empiece el simposio. No creo que nada de eso ayude a que el dolor de Gaza sea menor, pero creo que el singular mundo de las letras se vería singularmente aliviado. El placer de excluir incluye, nunca mejor dicho, el placer de excluirse. Espero que los firmantes puedan experimentarlo en toda su amplitud.

Relacionados