Eva Illouz: “El virus ha sido tanto un evento biológico como político”

La socióloga franco-israelí plantea que, después de cuatro décadas de permanente desprestigio hacia el Estado por parte del neoliberalismo, la política ha vuelto con toda su fuerza. Pero no podrá ser como antes, sino que deberá centrarse en la naturaleza, pues resulta evidente que en los próximos años la calidad de la vida dependerá de la forma en que enfrentemos los conflictos medioambientales, climáticos y biológicos. Aquí habla también del aumento de la violencia intrafamiliar durante el confinamiento y de cómo el coronavirus ha modificado radicalmente un componente esencial de la cultura humana: los funerales y la muerte.

por Juan Íñigo Ibáñez I 8 Septiembre 2020

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Al comienzo de la película Melancholia, del director danés Lars Von Trier, la prota­gonista, Justine, descubre con asombro un pequeño punto azul titilando en el cielo estrellado. En la ficción, el extraño astro ha permanecido millones de años escondido detrás del sol hasta que, emergiendo súbitamente de su órbita, emprende una fatídica “danza de la muerte” que culminará en una inevitable colisión con el planeta. Mientras la enorme esfera se aproxima a la Tierra, los protagonistas se sumen en un estado de angustia y frustración ante un evento para el cual carecen de marcos de referencia, y que acabará para siempre con el mundo tal y como lo conocían.

Fue durante la segunda semana de enero cuando la socióloga franco-israelí Eva Illouz (Fez, Marruecos, 1961) leyó por primera vez sobre un extraño virus surgido en la ciudad de Wuhan, en momentos en que su hijo estaba por viajar a China. Pese a que la enfermedad todavía parecía una posibilidad remota, “como el disco lejano de un planeta amenazador”, dice, su inquietud aumentaba ante un virus que se propagaba con rapidez inédita y que cada día cobraba más muertos. Aunque finalmente su hijo decidió cancelar el viaje a Asia, “el disco continuó su curso inexorable, chocando lenta­mente contra nosotros en Europa y Oriente Medio”.

Durante meses la vida se ha paralizado. Mientras la pandemia aceleraba su expansión en América, Sudeste Asiático y Oriente Próximo, en Europa los sistemas de salud de los países más desarrollados del mundo colapsaron, mientras la cotidianidad de millones de personas se ha visto repentinamente alterada por un evento cuyos alcances aún desconocemos y que nos ha obligado a reflexionar de forma abrupta sobre la enfermedad, el trato que merecen las personas mayores y la posibilidad de la muerte. La crisis también reveló el omnívoro poder de gobiernos democráticos que, por motivos de emergencia sanitaria, suspendieron las libertades básicas de sus ciudadanos, así como las falencias del modelo neoliberal, que en algo más de cuatro décadas ha desmantelado los sistemas públicos de salud y precarizado la fuerza laboral.

¿Cómo seguir después de esto?, ¿cómo descifrar el presente? Desde Jerusalén, Illouz propone una serie de lecciones para el mundo que se avecina: augura el surgimiento de una “nueva política” y advierte sobre los peligros para la democracia si los Estados abordan la crisis económica por la vía del “rescate a los ricos”.

Judía y de orientación marxista, la vida de esta socióloga ha estado marcada por la inmigración: a los 10 años arribó desde el norte de África a París, capital que conformaría su identidad intelectual y donde se beneficiaría de la excelencia educativa del republicanismo francés. Doctorada en Comunicación y Estudios Culturales por la Universidad de Pensilvania, en la actualidad alterna su vida entre Israel –donde es académica de la Universidad Hebrea de Jerusalén– y París, ciudad en la que es directora de estudios de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales (EHESS).

Especialista en teoría crítica y en el impacto del mercado en la esfera cotidiana, sus planteamientos en torno a los efectos del capitalismo constituyen uno de los aportes más frescos y sugerentes en el campo de la sociología de las emociones. En más de una decena de obras ha abordado cómo el mercado moldea las relaciones amorosas (Intimidades congela­das), criticado el sicoanálisis y analizado los vínculos afectivos (Por qué duele el amor). Incluso examinó la importancia de la cultura pop en fenómenos de masas como El show de Oprah Winfrey o el bestseller Cincuenta sombras de Grey.

Es como si el enfermo estuviera cuidado por astronautas y perdiendo todo contacto humano durante los días en los que percibe que la muerte se le aproxima. Los religiosos o la familia ya no pueden acercarse a la cabecera de los moribundos, lo que representa una fractura abismal en la forma de morir.

En sus esfuerzos por develar cómo el mercado ha permeado diversos ámbitos de la vida privada, Illouz ha criticado “desde adentro” a un sector del feminismo que, al poner el foco en incorporar a las mujeres a la esfera productiva, en su opinión ha reforzado un modelo de “autonomía, autosuficien­cia y racionalidad” propiamente masculino. Para la socióloga, en vez de convertir a las mujeres en las “fuerzas laborales del capitalismo”, el foco del femi­nismo debería ser otro: hacer de la esfera pública “un espacio de ardiente preocupación para las mujeres”.

¿Cuáles son los sentimientos predominantes en este momento?
La crisis del coronavirus ha sido particularmente inaudita y es respecto de ese estado de estupor sobre el que quiero reflexionar. El estupor es, en general, un estado muy raro. Es un estado que nos abruma, pero para el cual no tenemos una rutina o categoría previa con la que lidiar. En este estado de estupor, dos o tres emociones han sido predominantes: miedo, compasión e ira. Miedo a un desastre humanitario, compasión por los médicos y enfermeras de todo el mundo que trabajan para ayudar a los enfermos sin equipo ade­cuado, y enojo con países que, como Turquía, Israel, Hungría y Estados Unidos, utilizaron cínicamente la crisis para obtener más poder, cerrar los tribunales y gobernar por decreto.

En los primeros días de encierro, el discurso im­perante en redes sociales instaba a “aprovechar el tiempo” y a no dejar de hacer “cosas útiles”. ¿Qué le parecen estos discursos que imponen productividad en momentos de confusión?
En el siglo XVII, el filósofo y matemático Blaise Pascal dijo que “la única causa de la infelicidad del hombre es que no sabe cómo mantenerse callado en su habitación”. Sentarse en silencio en la habitación de cada uno, que es la enseñanza de la mayoría de las sabidurías mundiales, resulta una forma de tortura silenciosa. Si eso era algo difícil de implementar en los tiempos de Pascal, es casi imposible de hacer en los nuestros, con nuestra identidad tan vinculada a la esfera pública del ocio. Pero confieso que tengo dos tipos de sospecha: una es la que llama al individuo a retirarse dentro de su espacio interior. Es una forma de renunciar a la esfera política y pública para las personas hambrientas de poder, que lo querrán más que los que se repliegan dentro de sí mismos. Pero también hay una segunda sospecha, hacia aquellos que nos llaman a convertirnos en una unidad productiva, como si fuéramos una máquina que nunca deja de producir los signos de su propia salud y productividad.

¿Qué le revela la condición de absoluta soledad en que muchas personas están muriendo?
La muerte es el acontecimiento más codificado y de mayor carga simbólica de las culturas humanas. Pero ¿qué sucede con esta crisis? A las familias se les prohíben las visitas. Incluso, tienen prohibido par­ticipar en los funerales. Se ha hablado de entierros en Instagram. Como decía el historiador francés Stéphane Audoin-Rouzeau, se trata de una ruptura muy profunda con lo que constituye un componente fundamental de las culturas humanas y de los ritos funerarios. Piense también en el paciente en la cama de un hospital, ¿qué es lo que ve? No tiene contacto con su familia, no está acompañado por la gente que lo ama, no tiene contacto humano alguno en el sentido más pleno del término, ya que los médicos y los enfermeros están protegidos por un equipo de seguridad que no permite, con frecuencia, ni siquiera ver sus ojos. Es como si el enfermo estuviera cuidado por astronautas y perdiendo todo contacto humano durante los días en los que percibe que la muerte se le aproxima. Los religiosos o la familia ya no pueden acercarse a la cabecera de los moribundos, lo que re­presenta una fractura abismal en la forma de morir. Añadido esto al hecho de que la enfermedad aterroriza a los pacientes, pero también aterroriza a los médicos y al personal que los cuida (en tiempos normales, el médico supone un puerto seguro). De ahí el carácter insostenible de la muerte por covid-19, una muerte que destruye las estructuras simbólicas fundamen­tales de sí misma.

¿Qué piensa acerca de la forma en que los gobiernos liderados por mujeres han manejado la pandemia?
El liderazgo político ha resultado crucial para salvar cuerpos y para rescatar economías e instituciones políticas en otra dimensión: la de género. Las mujeres que lideran gobiernos en países como Taiwán, Nueva Zelanda, Islandia, Noruega, Finlandia, Alemania y Dinamarca han manejado la crisis mucho mejor que la mayoría de sus homólogos masculinos, mostrando compasión, hablando en forma directa y frecuente a los ciudadanos de manera transparente, tomando los peligros en serio y con anticipación. Al hacer todo esto, evitaron una importante crisis sanitaria y económica. Muchos de los gobernantes varones se jactaban tanto como podían. Este estilo de liderazgo femenino es el resultado del hecho de que las mujeres están socializadas para ocuparse del bienestar de los demás y parecen estar mucho mejor preparadas para cuidar una política de la vida misma, una política cuyo objetivo es preservar las condiciones de vida.

Esta intimidad forzada también ha producido un aumento global de la violencia doméstica contra las mujeres y niñas, particularmente en los países más pobres. ¿Cómo contribuye este escenario a exacerbar la violencia masculina?
El hogar está implícitamente estructurado so­bre la posibilidad de que hombres y mujeres tengan vidas separadas, es decir, la posibilidad de tener y seguir caminos diferentes durante el día. Agregue a esto el hecho de que los hombres que han perdido su trabajo pierden una parte importante de su sentido del valor y pue­den convertirse en una amenaza para sí mismos y para las mujeres de su hogar. La cantidad récord de violencia contra las mujeres durante las epide­mias es un recordatorio, si necesitáramos alguno, de que el hogar es habitable para muchos solo si se basa en la presencia de un mundo exterior en el que los dos sexos pueden llevar vidas separadas y del cual puedan obtener un sentido de valor. Después de salir del encierro, en Hubei hubo un número récord de personas que solicitaron el divorcio: descubrieron que el hogar no era el lugar para casarse, al menos no el exclusivo. Para ellas (y muchas otras) el hogar no era tan dulce, después de todo.

La cantidad récord de violencia contra las mujeres durante las epide­mias es un recordatorio, si necesitáramos alguno, de que el hogar es habitable para muchos solo si se basa en la presencia de un mundo exterior en el que los dos sexos pueden llevar vidas separadas y del cual puedan obtener un sentido de valor. Después de salir del encierro, en Hubei hubo un número récord de personas que solicitaron el divorcio.

Muchos predicen que aumentará la digitalización de nuestra vida cotidiana. ¿Podría esto tener algún efecto en nuestras relaciones, produciendo una especie de despersonalización del deseo?
No lo puedo decir aún. Pero lo que es seguro es que nos hemos trasladado de la noche a la mañana a un mundo virtual, lo hemos hecho en todas las esferas, ocio y trabajo al mismo tiempo, y en muchas partes del mundo. Hicimos en un mes lo que podría habernos tomado 10 años. El mundo virtual está aquí para quedarse porque, de repente, descubrimos que podemos celebrar fiestas de cumpleaños, presenta­ciones de ballet y óperas a través de Zoom. Eso se mantendrá, hasta cierto punto.

Algunas democracias semiliberales e iliberales han aprovechado esta crisis para restringir aún más los derechos de sus ciudadanos. ¿Cree que este peligro pueda extenderse a las democracias consolidadas, con un fortalecimiento de la tecno vigilancia, por ejemplo?
Existe el riesgo de que los Estados piensen en la “emergencia” como un modo de gobernanza, lo que daría demasiado poder al ejecutivo y a los organismos que, normalmente, se en­cuentran en el trasfondo de los asuntos cotidianos, como es el caso de las agencias de inteligencia. Eso es precisamente lo que ha sucedido en Israel, donde las dos agencias más poderosas –espionaje e inteligencia– tomaron un papel muy activo y frontal en el manejo de la crisis.

Esta crisis ha revelado repentinamente los pro­blemas de los países más desarrollados del mundo. ¿Qué lecciones podemos aprender de ello?
Los neoliberales han estado anunciando durante los últimos 40 años que el Estado era demasiado fuerte, inflado y superfluo, pero esa misma gente cambió abruptamente de opinión de la noche a la mañana. Después de décadas en las que el crecimiento económi­co sin fin aparecía como la condición ineludible de los seres humanos, la política volvió con toda su fuerza al frente de nuestras sociedades. Pero la política que ha llegado es nueva y lo ha hecho para quedarse: será una política de la naturaleza, que tendrá que enfrentarse cada vez más a catástrofes naturales, ecológicas y biológicas. El coronavirus supone una vista previa de lo que será la política de la naturaleza (ecológica) cuando el medio ambiente y el clima se hundan. Esta política no solo tratará de mejorar vidas, sino también las condiciones de vida. Pero, y esta es la lección nú­mero dos, no todos los Estados han ejercido su poder de la misma manera. La crisis del coronavirus mostró a las naciones y a los países en todas las fortalezas y disfunciones de sus regímenes políticos. Israel demostró ser lo que siempre supimos: un Estado en que los problemas civiles se consideran problemas de seguridad. Los servicios secretos no utilizaron tecnología antiterrorista para rastrear a los ciudada­nos solo porque el gobierno no pudo proporcionar al Comité de Defensa de la Knéset (Parlamento) datos sobre la cantidad de personas que han violado sus órdenes de aislamiento y sobre cómo se mantiene la base de datos. Estados Unidos mostró lo absurdo de su libertad religiosa radical: algunos estados (como Kansas) rechazaron las órdenes de encierro en nombre de su derecho a reunirse en iglesias, mientras que otros estadounidenses exigieron insistentemente su derecho a comprar. El virus ha sido tanto un evento político como biológico.

¿Cómo podría surgir una política de la natura­leza, considerando que la administración Trump ha aprovechado la actual crisis para bajar los estándares de las reglas que protegen el medio ambiente y la salud pública?
Trump sabe que morirá, y probablemente sea relativamente pronto, dada su edad. Entonces, simplemente no le importa. “Después de mí, el diluvio”, o más bien “después de mí, el calor insoportable” es la filosofía que lo guía. No le importa hacer cosas que afecten a la humanidad, siempre y cuando él y sus amigos puedan seguir profitando. Él encarna todo lo que está roto y corrupto respecto de la política con­temporánea. Bolsonaro es otro ejemplo de político que pasará a la historia por haber contribuido al colapso del sistema ecológico. Habrá un tribunal de la historia en algún momento. No excluyo que, en tales tribunales, Trump o Bolsonaro aparezcan como monstruos que voluntariamente tomaron decisiones que llevaron al planeta a una profunda crisis. No quiero decir que habrá una gestión exitosa de desastres naturales –yo misma escribí sobre Trump recortando presupuestos para la lucha contra las pandemias–, simplemente dije que si eres o no un político corrupto, tendrás que lidiar con este tipo de crisis. Cada vez más tendrán que lidiar con desastres naturales. Esperemos que poco a poco sea más claro para los ciudadanos que tales líderes están unidos en acelerar el proceso por el cual el mundo se volverá un lugar imposible de habitar.

¿Cómo afectará esta pandemia al sistema capitalista?
Tenemos dos modelos de intervención masiva del Estado en una gran crisis económica: el New Deal (ayuda que llega a todas las clases sociales) o el rescate de 2008. Si los paquetes de estímulo se des­tinan principalmente a ayudar a los ricos, en forma de exenciones fiscales y una mayor desregulación y explotación de la crisis, habrá disturbios masivos y la democracia estará en peligro. Si queremos mantener la democracia, tendremos que hacer que los ricos sean solidarios.

Como ocurre cada tanto, ya hay quienes auguran el fin del neoliberalismo frente a un nuevo “retorno del Estado”. ¿Vaticina usted lo mismo?
Habrá cambios pero, una vez más, es difícil decir quién sabrá mejor cómo explotar la falta de confianza en los líderes y políticos en muchos o la mayoría de los países del mundo. También, como dije, dependerá de la forma que tome la ayuda que irá a los trabajadores, desempleados y pequeñas empresas. Si es bajo la forma de un New Deal o, por el contrario, un rescate a los ricos, como sucedió en 2008: eso hará una gran diferencia. Creo que esta crisis empoderará a los partidos verdes y, sobre todo, a los jóvenes de la generación covid que habrán llegado a presenciar cómo se ve el colapso del mundo.

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