Dolce vita

por Aïcha Liviana Messina I 14 Junio 2023

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Existe un bar en una playa cerca de Roma. Al principio era bien chico. Yo también al principio era bien chica. A veces bajaba con mi madrastra y le pedía si podía poner una moneda en la wurlitzer para escuchar a Prince. No puedo saber cuántas veces escuchamos a Prince allí, pero es como si hubiese sido toda mi infancia. Uno de los varios todo de mi infancia.

Luego el bar comenzó a ampliarse, se tomó más espacio. Usó un pasillo del condominio de edificios donde nosotros vivíamos. Yo estaba orgullosa porque, si el bar se agrandaba, los sueños también. El bar lucía. Los chicos trabajando ahí también, bastante. De hecho, siguen ahí, todos, ¡con varios años más! Yo sé que esta ampliación del bar creó descontento. Quién sabe cómo la financiaron. Tienen harto territorio, playas privadas. Pero el bar, con sus luces, su jukebox, sus helados, era el sueño de nosotros, niños, niñas, jóvenes. El bar lucía, y nosotros frente al bar (porque tampoco podíamos comprar seguido o poner una moneda todos los días), éramos como sus guardianes.

Hoy todos mis amigos se fueron de ese lugar. Creo que se fueron del condominio a casas privadas, de otros barrios. Pero yo siempre vuelvo al bar, a mi sueño, a Prince, aunque ya no se toque en una jukebox, a esa infancia donde soñamos y guardamos los sueños.

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