Lucila

por Milagros Abalo I 26 Diciembre 2025

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Al tercer día entró como si entrara por la ventana un viento. Brisa fresca. Claridad, como su nombre, Lucila. La sangre se agolpó a los pies al verla y saber que era ella. Qué podía hacer, decir… Toda torpe me acerqué con impulso de fan, aunque rápidamente me alejé con cuidado de no tropezar y espantarla, no fuera a ser cosa que desapareciera en la noche de las madres. Moverse por lo invisible es tan delicado, delgado como un haz de luz, Lucila.

Pase, por favor, pasa, no supe si tratarla de usted o de tú. Nada supe, como en el primer amor todo es torpe y nervioso. La traté de usted. Quise tocarla. No había escoltas alrededor, estaba ella y yo, como si leyera por primera vez sus poemas —“sedimento de la infancia sumergida”— y una impresión, un viento golpeara el pecho. No logré ver la ropa que usaba, si acaso traía y no era todo un blanco de otro mundo, o nieve recién caída de los Andes.

Qué hace aquí, mi casa, su casa, sus libros, de dónde… la lengua se pega al paladar, a los dientes. Mira muda, tan pájara, tan blanca, tan familiar, y luego un gesto en sonrisa que viene de paso, de un largo viaje, de la lírica, del Poema de Chile. Viene niña, viene cierva, viene sola su alma. Le ofrezco un vaso de agua, una silla, un ramito de albaca para que pueda mirar y oler lo que tanto le gusta.

Hablan de usted, siempre, ahora más. Célebre como el viento. Escultura de Plaza principal. Fuente inagotable, Lucila de todos y de todas, en todos los lugares del mundo. Le cuento que una vez me atacó una jauría reclamando propiedad. Sonríe pícara. De la cocina traigo un recado, caldo de mujer, y una copa de un vino de Cauquenes, con sabor a poleo y tierra, y un color reluciente como la sangre; hecho por un campesino a la vera del camino, pasa como agua por la garganta y embriaga con dulzura.

Suenan en la memoria las grabaciones de su voz, dan ganas de escuchar, de seguir escuchándola en compañía. Una amiga le dijo una vez que leía como si leyera los versos de sus enemigos: se rio Lucila. Voz del valle, Vicuña y Montegrande, acentuada, de materia criolla y universal. Única su voz, su cara también: señorial y digna en la que se reconocen todos los rasgos y ninguno, los azotes de un dolor sin nombre, Lucila, sin fronteras, que mueve el eje de la tierra y golpea a lo Vallejo, su poeta hermano.

Sacar una foto del momento sería como fotografiar un atardecer, nada se asemeja a lo visto. Pongo música sin despegar la mirada por miedo a perderla. Una suite, la guitarra del Chuma Fierro o esa colección de discos mexicanos que Lucila tanto quiso tener. Nada con voz, nada con canto, nada en realidad que interrumpa una conversación sin palabras. Amistad de años. Suenan en la memoria las grabaciones de su voz, dan ganas de escuchar, de seguir escuchándola en compañía. Una amiga le dijo una vez que leía como si leyera los versos de sus enemigos: se rio Lucila. Voz del valle, Vicuña y Montegrande, acentuada, de materia criolla y universal. Única su voz, su cara también: señorial y digna en la que se reconocen todos los rasgos y ninguno, los azotes de un dolor sin nombre, Lucila, sin fronteras, que mueve el eje de la tierra y golpea a lo Vallejo, su poeta hermano.

Sus ojos pardos escuchan, sonríen sin sonido, como sonríe una flor. Escuchadora y escuchada. Conversadora de árboles. Me gustaría tocarla para decir que una vez toqué lo sagrado, y no quema, ilumina. Un consejo bastará para navegar los días, Lucila, loo-SEE-lah, tu nombre detrás de tu nombre, cristiana non santa, supiste amar y gozar. Otras reinas vistieron santos.

No volverás, como un verso que aparece una vez, en su fuerza fugaz, en su música irrepetible. O volverás en forma de sueños de sábanas al sol. Lucila, nombre de poeta, de emperatriz. Reina de altura brillante. Habrías manejado con justicia un reino, qué duda cabe, uno de flora y de fauna, de mujeres; el reino de tu poesía lo llevaste con humanidad. Maestra, gramática, madre, patria, todas y tantas son tú.

El mismo viento que movió la cortina y cerró la puerta despacio, se echó a volar en todas direcciones, un breakdance salvaje hacia adentro y hacia afuera, a 50, 60 nudos, “desenredado el nudo que la hizo cantar”, como escribió Lihn en su “Elegía a Gabriela Mistral”. Sopla fuerte el viento de cara al mar. Irresistible. No había que tratar de seguirlo. Había que dejar la ventana abierta, que la noche se pixeleara en los ojos. Y quedarse con su paso, su dicha, con su muda “palabra en la garganta”.

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