Romy Hecht en la República de los árboles mal cuidados

Arquitecta y académica, investigó durante 15 años para escribir El alma del verdor de Santiago. A través de cuatro lugares —la Alameda, la Quinta Normal, los cerros Santa Lucía y San Cristóbal— observa la formación y transformación de la ciudad por el poder, las ideas, las acciones y omisiones que la hicieron verde entre 1830 y 1930. En esta conversación las proyecta a un presente mucho más incierto.

por Marcela Fuentealba I 9 Marzo 2026

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En Santiago siempre fue crucial mantener la saludable y bella presencia de los árboles. Desde antes de la Independencia, la incorporación de población exótica y de explotación de ejemplares autóctonos significó resistir el sol y la lluvia en un valle fértil pero complicado, lleno de riquezas a veces difíciles. Los árboles forjaron la ciudad. Esta es una lectura simple para comenzar las infinitas miradas que abre el minucioso y entretenido libro de Romy Hecht: suma historia política, económica, social, cultural, del arte y las ciencias, de la arquitectura, el urbanismo, la botánica, la ecología y las humanidades medioambientales, como se llaman hoy. Desde la necesidad de contener los desbordes del Mapocho hasta la formación del espacio ciudadano institucional, los próceres son O’Higgins y Vicuña Mackenna, Luis Cousiño o Mackenna Subercaseaux, los botánicos extranjeros Sada, Albert, Renner y muchos otros que plantaron cientos de especies y miles de árboles. Sus historias se cruzan y marcan la consolidación de un verdor siempre en peligro, por la desidia o la ignorancia. Hoy, como cuenta al inicio, la ley les da prioridad a los cables en vez de a los árboles. Incluso las empresas los han culpado por los cortes de luz.

Romy Hecht es arquitecta y doctora en historia y teoría de la arquitectura de la Universidad de Princeton. Investiga y enseña sobre el paisaje en la Pontificia Universidad Católica, donde también es decana del programa de College. Ha indagado en temas como el sur de Chile vuelto laboratorio natural para agendas científicas e imaginarios globales; los jardines japoneses y el intercambio cultural o las prácticas botánicas en el Chile poscolonial. A comienzos de año tuvo que cancelar un proyecto con Pablo Chiuminatto (pensador de ecología, filosofía, historia y arte, repentinamente fallecido) sobre los discursos en torno a la crisis medioambiental titulado “Otro fin de mundo es posible”. Y publicó El alma del verdor de Santiago en la editorial que él dirigía junto a Soledad Sairafi, libro enorme que explica por qué Santiago es verde.

Partes en una visita a la Quinta Normal junto al equipo encargado de la remodelación del Bicentenario, un pequeño resumen de la historia de Chile.
Metafóricamente, las plantas siempre hablan del renacer, del esfuerzo de germinar, de crecer y llegar a tener momentos de esplendor. No es gratuito que ya las autoridades coloniales pensaran que no era suficiente construir cosas con materiales artificiales, sino que había que demostrarle la importancia del espacio público a una ciudadanía medio errática. Ese ideal no era propio de Chile, sino de todos los países latinoamericanos independientes de la época, y también global: la construcción del paisaje urbano se guía por un ideal de belleza, de limpieza y de esplendor, de poderío a veces y de resistencia en cierta forma. La Quinta Normal comenzó en 1841, y dimensioné su magnitud al visitarla en 2010, junto al arquitecto Teo Fernández y el equipo que la iba a remodelar (solo se hizo el acceso, típico en Chile). Habla del espíritu republicano y por supuesto de la pena de ver algo que está perdiéndose, destruido, sin cariño. Fue una obsesión entender qué fue este lugar, y descubres que no eran las 30 hectáreas de ahora, sino 130. Empiezas a entender su atomización, las distintas instituciones comprometidas; a ver un borde mascado, como digo, en el lado de la Gruta de Lourdes, concesiones que el Estado fue dando a distintas personas: uno es el Toni Caluga, su casa es una de esas mascadas. Ves estas decisiones complicadas para crear espacios despejados.

Explicas que Santiago originalmente era árido, aunque en el cerro San Cristóbal los bosques esclerófilos se explotaron sin parar en la Colonia. ¿Conviven la naturaleza para explotar y la naturaleza como ideal?
Siempre está ese péndulo entre el páramo a restaurar y la destrucción. Y siempre la queja también, que la gente no cuida los árboles, que no hay un sentido. Pero siempre es un “otro”. A mí me motivó ponerles nombre a las cosas: decir, sí, se tomaron decisiones. Se plantaron miles y miles de árboles. Es bien fácil criticar desde el conocimiento que tenemos hoy, hay que ponerse en el contexto y buscar cuál es la lógica de esas decisiones. El cerro se explotó desde la Colonia hasta el siglo XX con las canteras; no sabemos la magnitud de ese bosque, pero el relato de un botánico alemán sobre los cerros de Chena, que debieron ser parecidos, describe praderas bajas, matorrales y bosques de espinos. En el contrapunto, la explotación también lleva a reparar, incluso no en el mismo lugar. Hubo personajes como Federico Albert, que se encargó de forestar la cadena de cerros del actual Parque Metropolitano. Lo habían contratado para analizar la erosión en la costa al sur, en Chanco, por la formación de grandes dunas. Él entendió el problema de Chile con más amplitud, no solo del lugar donde lo mandaron; en Santiago los suelos eran más bien áridos, lo que significaba invertir en mejorarlos, pero recursos no había, o escoger aquellas especies que permitían cierto éxito. Lo entretenido es encontrar estos personajes que no solo cumplieron con un encargo, sino que buscaron experimentar en el proceso y aprender.

Vicuna Mackenna, padre del Santa Lucía, dice que va a plantar falsas acacias, olmos, encinas, porque la gente los prefiere a los árboles nativos, que él defendió. Dices que hoy el 90 % de los árboles de Santiago son exóticos. ¿Cómo ponderas esa proliferación?
Por un lado, es una necesidad buscar lo que crece rápido, que se adapte y probar. La Quinta Normal tiene esa gracia, es el laboratorio de experimentación literal, gente que llegaba con semillas en los bolsillos y las tiraba para ver qué se daba. Y en función de eso llegaban otros que decían, ya, esto lo podemos continuar reproduciendo. La ciudad tenía espacios públicos, pero tampoco tantos: la experimentación se hacía más bien en los parques privados y las haciendas. Ahí hay una historia sociocultural y política. El conocimiento actual dice que uno debiese restaurar los ecosistemas originales, pero sería brutal cortar todo lo exótico. En la medida que los árboles, que son seres vivos, mueren, se reemplazan por aquellos idóneos para el clima que tenemos. Pero eso también es una decisión política, porque significa generar y buscar ese cambio cultural. Entonces, no es llegar y decir, sí, viva la flora nativa. Tenemos que culturizarnos.

En la historia se ve una cúpula, prohombres que son protagonistas, no al pueblo participando ni valorando especialmente.
Andrea Repetto, que presentó el libro, me preguntó cómo no hay ninguna mujer. No hay, o yo no la encontré. Sí hay grupos femeninos, como las monjas, y también grupos masculinos que pertenecen a ese pueblo que tú llamas: los presidiarios fueron la mano de obra de los adoquines, los tajamares, construyeron buena parte de Santiago. Por otro lado, ¿cómo se logra la valoración? Es la discusión que tenemos hoy con el valor del espacio público y lo que simboliza. ¿Cómo valorar una escultura, una estatua de un prócer de la Independencia? Es una pregunta difícil, y yo sostengo que ambas realidades pueden coexistir. Pero eso determina que tomemos una decisión en torno a la renovación de estos espacios. En Santiago no se vela por mantener el simbolismo histórico de ciertos lugares, ni tampoco por transformar esos lugares en función de realidades actuales. Entonces, evidentemente, si no tenemos claridad de lo uno ni de lo otro, y no conocemos nuestra historia, los ciudadanos tenemos una visión momentánea de los espacios disponibles para la congregación de personas.

Culturalmente exigimos el verde, pero quizás debiésemos empezar a convivir con los ocres. Voy a ser más radical y decir que a lo mejor no necesitamos nuevos parques construidos y diseñados, sino buenos accesos a un recurso que está al lado, la cordillera, a la que llegas en 40 minutos y bajas en el verano 10 grados de temperatura.

Ahí está tu análisis sobre la Alameda, que sigue hoy. El último cambio propone otro monumento a Gabriela Mistral (a dos cuadras está el centro cultural que lleva su nombre, a tres el monumento en el cerro).
Para la Alameda hubo un concurso internacional, había un proyecto súper bueno que, antes del estallido, replanteaba Plaza Italia, movía la estatua de Baquedano a un lado. Claro, es una sociedad que cambió su paradigma, ya no es tan simple llegar y poner un militar en la mitad de una plaza. Lo importante es que el proyecto logre estructurar un eje hoy totalmente fragmentado, generar un espacio para lograr resonancia en la población, volver a verlo como un todo. Si repetimos eso de colocar cosas porque hay espacio, estamos mal. La autoridad de turno, que admira a Gabriel Mistral, decide. Hablamos de los prohombres, ahora podemos hablar de las proinstituciones que toman estas decisiones. Entonces, a mí lo que me aterra es la fragmentación del espacio. Y me aterra, en segundo término, la poca valoración de los procesos públicos con personas expertas tomando decisiones. Hay un temor a la provocación de mantener a Baquedano en ese espacio, que es infundado. No hay nada peor cuando uno toma decisiones desde el miedo.

No se privilegia la continuidad de los parques, sino los monumentos.
Siempre existió la continuidad, como aparece en el libro, por ejemplo con el Parque Forestal y el cerro Santa Lucía, no definitivamente con la Estación Mapocho. Si miras la foto aérea, hoy es real hasta el Bicentenario de Vitacura. El problema es que no hay claridad. El proyecto del Mapocho 42K buscó articularlo a través de la bicicleta, y hay una percepción de que ocurre, pero empieza a cortarse en Mapocho… También se habla del transporte, los colectivos, las ciclovías. ¿Y dónde quedan los peatones que circulan constantemente y se mueven intermodalmente? La fragmentación es nuestro pecado, también la fragmentación de las decisiones. Y el miedo.

El libro muestra que en 200 años la historia se repite, se decide una cosa, luego otra, no hay mucha planificación.
Totalmente, pero hubo un momento histórico en el cual se entendió que para que el verde existiera había que mantenerlo. Aparece la figura del director de jardines; Buenos Aires, con Carlos Thays y otros, es un ejemplo emblemático. En Chile se eliminó de un día para otro y se transformó finalmente en esta figura institucional del ornato, un menjunje entre limpieza y mantención. ¿Y cómo mantiene uno la belleza de estas especies que tanto les ha costado existir? Hoy la ley protege a los cables de la luz de los árboles, no al revés. Los organismos que están a cargo de la arborización urbana no tienen expertos; cada cierto tiempo hacen consultorías para ver la salud de las especies. Siempre son soluciones parche y nadie decide con perspectiva. Después del Centenario nos transformamos en ciudades de infraestructuras: de transporte, de electricidad, de movilidad, de hidráulica. Y se nos olvidó la infraestructura verde. La pregunta es para dónde va lo que tiene que ver con el rediseño de la ciudad desde la perspectiva de los espacios públicos.

¿El árbol podría transformarse en una cuestión de justicia social? ¿Cómo fue históricamente?
Fue un emblema de resistencia climática, y también de posibilidad de equidad social, cuando el concepto no existía. Y en ese sentido esos prohombres, que muchas veces criticamos por otros motivos, se dieron cuenta de eso. El famoso Campo de la Libertad Civil dio la oportunidad de encontrar a las élites con el pueblo, como se ve en los grabados. Pero si uno mira hacia atrás, el presupuesto público para los espacios que no sea pavimentación, históricamente es mínimo. Y es difícil que eso cambie, porque el árbol no se ve rápido. Los parques que ha habido se deben a prohombres como Luis Cousiño, millonario que entendió que la ciudad necesitaba un parque para adquirir valor. Ha sido así: damos plata, luego la retiramos. Por otro lado, culturalmente exigimos el verde, pero quizás debiésemos empezar a convivir con los ocres. Voy a ser más radical y decir que a lo mejor no necesitamos nuevos parques construidos y diseñados, sino buenos accesos a un recurso que está al lado, la cordillera, a la que llegas en 40 minutos y bajas en el verano 10 grados de temperatura. Es un lujo con cero viabilidad social, porque el acceso sin vehículo es imposible. Y es un recurso que miramos todos los días y no pasa nada, en un valle como el nuestro. Ahí no hay verdor necesariamente; hay coloridos, pero no existen grandes árboles. La sombra la dan los peñones.

Un candidato presidencial propuso que cerca de una estación de metro siempre se puedan construir torres. ¿Cómo salimos del criterio economicista?
Lo que hemos hecho históricamente es alimentar aquellos lugares que son “sandía calada”, no hay mejor expresión en Chile. Vuelvo al punto del miedo: lo que nos detiene es la aversión al riesgo. No nos arriesgamos si la plata no es segura, aunque históricamente fueron privados los que invirtieron en el desarrollo de la ciudad: en esos momentos se entendía que esa inversión, plata para mi bolsillo, era a la vez un bien común. Eso es notable. La pregunta es por qué no podemos hacer lo mismo hoy. Por ejemplo, pensar en otros modos de habitar los edificios, con otros espacios comunes. Habría que cambiar el foco y arriesgarse. Todo lo que tenemos es porque se corrieron riesgos: O’Higgins, la Sociedad Nacional de Agricultura, Vicuña Mackenna, luego Mackenna Subercaseaux, el propulsor del San Cristóbal, que entendía las lógicas y apelaba a los grupos de poder; es un personaje olvidado, brillante. El proyecto Nueva Alameda, por ejemplo, tuvo un momento de riesgo y ahora vuelve a media máquina, a mi modo de ver. La historia se repite, por eso soy pesimista.

 


El alma del verdor de Santiago, Romy Hecht, Orjikh Editores, 2025, 480 páginas, $30.000.

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