Abrazar los brazos idos: la poesía de Ximena Rivera

La obra de Ximena Rivera Órdenes (1959-2013) tiene algo de gesto y de delirio, de designio. También hay notas del más alto lirismo, todo lo cual permite pensar que esta poesía representa una aurora u horizonte nuevo, que así como la palabra primigenia de Mistral, la palabra sanguínea de Violeta Parra o la palabra quebrada y recompuesta de Elvira Hernández, la palabra iluminada de Rivera señala direcciones inauditas para la poesía chilena.

por Vicente Undurraga I 10 Agosto 2023

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Ante cierta excepcional poesía se tiene la sostenida impresión de lo inmenso, por no decir de lo absoluto. Es la inmensidad de un arte del vislumbre, de un entendimiento directo y maravillado de cada cosa. Una poesía que en vez de reflejar el mundo, lo pone de revés —como quien da vuelta un guante—, para dejar expuesto su funcionamiento, sus uniones secretas, sus alcances desatendidos.

Es el caso de la obra de Ximena Rivera Órdenes (Viña del Mar, 1959 – Valparaíso, 2013), una poesía que impone su gramática, su modo de alzarse y caer con la energía y la decisión del agua corriendo abajo en un estero crecido. Tiene algo de gesto y de delirio, de designio.

Yo no veo muy claro las cosas, pero las pienso mucho. Veo detalles con profundidad… No veo el cuerpo completo de algo y creo que eso me ha hecho una relativamente buena poeta”, dijo Rivera poco antes de morir. En Delirios o el gesto de responder, un largo poema de 2001 (su primer libro publicado), están estos versos en los que puede tal vez encontrarse una clave de su escritura:

Dicen, abuela, que el Hades
es la tierra de los muertos
y que ahí no podemos hablar ni dialogar
porque nos falta la sangre necesaria,
yo supongo que esto es un error
los maliciosos, sin pensar
ni dialogar estas palabras
indiscretamente dirán:
“Pobre mujer obscura
estará enferma
de abrazar los brazos idos”.

Asumir lo indecible como error y combatirlo y ser la mujer obscura (así escrito, con la b que densifica la palabra), ser la enferma de abrazar los brazos idos. A los muertos, los caídos, los que ya no siguen.

Estará enferma”; dicen eso de ella, otros, “maliciosos”, en el poema, y ese “estará” no sabemos bien si es a modo de predicción o a título de mera suposición, como quien dice que alguien estará de suerte o estará cansado o estará enamorado. ¿Estará enferma? Sus poemas conmocionan por lo que dicen, por lo que callan, por lo que tocan o intuyen. Jorge Polanco se ha referido a ellos como “iluminados por la historia de un secreto silencioso, tejido de bondad y dolor”.

Es una voz muy singular la de Rivera, “una invitación oscura y misteriosa”, como si su habla fuera a la vez exposición filosófica (“cerrar los ojos es restaurarse por dentro antes de caer”), intercambio de tono cotidiano, cláusulas de pura subjetividad (“yo supongo que esto es un error”) y surtidor de imágenes metafísicas y fantásticas. Escribe en distintos registros (del poema en prosa al poema mínimo, vecino del haiku), con una versatilidad llamativa para las pocas páginas que suma su obra. En las mejores, se impone una palabra que despeja el entendimiento de tal manera que nos adentra en eso que Roberto Calasso llamó el “exaltante vacío en el que solo puede moverse el pensamiento”.

Leída entera, de corrido, cuestión tan desafiante como placentera, se puede adivinar en ella, junto al discurrir de un pensar fuerte, una historia difusa, elusiva, pero en la cual no faltan los personajes y refulgen los acontecimientos, como el de ese pequeño gato que aparece muerto entre la ropa sin doblar o el de una hormiga comprensiva que trepa por su cara.

Tanto como las líneas misteriosas o los fraseos que parecen quedar inconclusos, en sus poemas llaman la atención ciertos versos expositivos, casi como lenguajes de funcionario. Pero no es que la autora trabaje reutilizando lenguajes corrientes, antipoéticos, sino que intercala enunciados que parecen bajar el poema a tierra, basarlo, acercándolo mágicamente al sentido común o a un entendimiento general, a una especie de lógica tan común como nueva.

Impresiona en ella el raudo tránsito entre lo apelativo y lo herido, el magnético cruzarse de los tonos de una época y una risa de total lucidez, “ese sarcasmo vagamente higiénico”, que la lleva, en un poema donde se lanzan temerarias sentencias sobre el tiempo, a matizarse: “podría decir cualquier cosa sobre él / y sería igualmente irrelevante”. Así, la obra de Rivera parece cumplir ese anhelo que tenía María Zambrano de reunir, de cruzar el “pasmo extático” de la visión poética con la violencia del pensar filosófico.

Es una voz muy singular la de Rivera, ‘una invitación oscura y misteriosa’ (…). Escribe en distintos registros (…), con una versatilidad llamativa para las pocas páginas que suma su obra. En las mejores, se impone una palabra que despeja el entendimiento de tal manera que nos adentra en eso que Roberto Calasso llamó el ‘exaltante vacío en el que solo puede moverse el pensamiento’.

Se cumplen 10 años de su muerte, del fin de una vida que tuvo mucho de extrema, como puede inferirse leyendo su último poema —en prosa y póstumo—, Casa de reposo. Es una suerte de diario descarnado de una estancia terminal hecha de “horarios, deberes, esperas y abusos”, cuestión en todo caso no inesperada, “ya que busqué un lugar que representara una madre maligna, una madre abusadora desde el primer día, para poder vivir. ¿Lo crees?”. Es un texto alucinante, una especie de casa Usher contada por su propio extraviado, un escrito que recuerda a la más alta Pizarnik (“por lo cual hablo sola, arañando una sombra”) y que describe un ámbito donde la demencia, bajo la forma de “un psicópata a punto de estallar”, ronda todo el tiempo.

Como si fuera “un ancho ojo fosfórico”, vislumbra Ximena Rivera con su escritura quebrada y tenaz, clara y misteriosa a la vez, otro orden de cosas, otras relaciones. A veces parece un Juan Luis Martínez llevado a un nuevo límite, otras una Teresa de Jesús devastada: “¿Es que Dios no se conmueve / del tremendo temor a Dios / en el que vivo? / Estoy condenada a muerte, / y mi herida es la única luz / en cárcel tan tenebrosa”.

Su temprano y crucial encuentro con Eduardo Anguita está referido por Víctor Rojas en el prólogo de Delirios en los siguientes términos: “Y descubrió la pólvora”. Anguita, entonces, y la lectura de Hölderlin y de Rimbaud y otros poetas franceses dieron el tiro para que cuajara la escritura de Rivera. A menudo parece una larga conversación, una amistad asomándose, un amor, una cercanía; siempre le hablan a alguien sus poemas y cualquier verso puede ser una iluminación, una lanza patafísica, una composición hiriente:

Perfecto: el novio protege con sus brazos fuertes a la novia
Esto puede ser contradictorio en tiempos de pobreza y convulsión
Pero es el sueño de ellos
El sueño muy viejo, feliz, de una puerta cerrada
Una necesidad nupcial de quietud
Y de opaco olvido sobre el mundo.

También hay notas del más alto lirismo, todo lo cual permite pensar que esta poesía representa una aurora u horizonte nuevo, que así como la palabra primigenia de Mistral, la palabra sanguínea de Violeta Parra o la palabra quebrada y recompuesta de Elvira Hernández, la palabra iluminada de Rivera señala direcciones inauditas para la poesía chilena.

Los datos sobre su vida bien podrían concentrar toda la atención, pero son insoslayables dos o tres. Nació en Viña y vivió entre esa ciudad, Valparaíso, donde tuvo una vida cultural activa, y Quilpué, en la que pasó sus últimos años. Vivió precariamente, tuvo un largo amor al que le dedicaría o le hablaría directamente en más de un texto poético, “Pepe”; en algún momento estacionó autos en Valparaíso, publicó poco, en revistas y pequeñas ediciones hoy inencontrables, pero que están reunidas en la edición de su Obra completa publicada en 2016. Gladys González, quien trabajó en esa y una edición anterior con Felipe Moncada para el sello Inubicalistas, escribió que “la poesía de Ximena es Ximena. Ella no muere. Es solo un estado más que ha cruzado por ella”.

Leyendo su poesía —sobre la que no faltan lecturas y discusiones, crecientemente— se accede al espectáculo de una nueva intimidad de lo sagrado con lo mundano, y es como si al calor de esa intimidad aparecieran cosas, formas, posibilidades y nexos que intuíamos, pero no atinábamos a llamar presentes o, dicho una vez más con palabras de Zambrano, es como si la poesía de Rivera fuera una “ocasión tendida hacia lo que no logró ser, para que al fin sea”.

Al cierre de su Obra completa, que recoge lo publicado durante dos décadas, se incorporan tres cartas que la poeta envió a su amiga Lucy Oporto, en 1988. Las primeras dos, firmadas en Viña, hablan de esa ciudad, del estero y su belleza, aunque es consciente de que “Viña se asemeja a un viejo y cansado pavo real que luce un montón de sucias ramitas en la rabadilla”. Pero qué más da si en la segunda carta le escribe a Oporto que “la morada del hombre no está en la tierra ni en el cielo sino en el aire, en pleno vuelo: Nuestro único nido son las alas”.

Ya en la última carta, fechada en Quilpué en agosto de 1988, Rivera habla de tiempos no felices, de una conciencia incapaz de asirse a nada, de túneles, y le envía a la amiga su “último” poema (que en rigor es el más antiguo de los reunidos), donde señala la escritura como una defensa de la vida, un “arrancar chispas a la piedra, provocar la lluvia, ahuyentar a los fantasmas del miedo, el poder y la mentira”. No se pierde una obra así.

 


Obra completa, Ximena Rivera, Libros del Cardo, 2016, 156 páginas, $12.000.


Casa de reposo, Ximena Rivera, Cuadro de Tiza, 2019, 22 páginas, $2.000.

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