Archivo y miseria

En El museo de la bruma, Galo Ghigliotto monta diversos materiales para narrar las diferentes etapas de la matanza de los indígenas selknam de Tierra del Fuego, relacionando el exterminio con la llegada del asesino nazi Walter Rauff a la Patagonia. El autor pareciera decirnos en este ominoso y fundamental libro que Chile y la Alemania nazi comparten íntimamente una especie de cultura de la destrucción.

por Jorge Polanco I 11 Febrero 2020

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El museo de la bruma, de Galo Ghigliotto, no es una novela en el sentido tradicional del término: no apuesta por la sucesión de acontecimientos ni por los diálogos o la exploración sicológica de los personajes. Más bien podría interpretarse como un libro de prácticas archivísticas, visuales y literarias, que se han incrementado en los últimos años como instancia de duelo. Desde las obras de Eugenio Dittborn y Ronald Kay en los 70, hasta los últimos trabajos de Jaime Pinos, Carlos Soto Román y, sobre todo, Luz Sciolla, la articulación del montaje opera como principio constructivo de los textos.

No es un procedimiento nuevo –y tampoco intenta serlo–, aunque se está convirtiendo cada vez más en un recurso habitual. El libro de los pasajes, de Walter Benjamin, conforma el paradigma de este modus operandi en que el montaje sitúa los textos de manera estratégica, con el objeto de establecer una acumulación activa de documentos, sin necesidad aparente de escribir, sino de mostrar. Este procedimiento, extraído del formato cinematográfico, requiere de una ardua investigación previa y un ojo editorial que permita establecer el itinerario de los documentos. La figura del autor se desplaza a la del editor como un productor y, al mismo tiempo, un artista de las ruinas del pasado.

Galo Ghigliotto cumple aquí estas funciones como un experto recolector y creador de escenas revividas; escenarios del pasado que construyen la historia del nocturno de Chile. El libro reúne materiales de las diferentes etapas de la matanza y extinción de los indígenas selknam de Tierra del Fuego, y una inquietante relación con la llegada del asesino nazi Walter Rauff a la Patagonia. Las imbricaciones desde el siglo XIX en la creación del Estado nacional, la llegada a la zona de colonos y expedicionarios como Julio Popper, las familias de empresarios ovejeros, el campo de concentración de la Isla Dawson –ocupada como centro de cuidado y detención de indígenas y, posteriormente, de presos políticos en dictadura–, las misiones de los salesianos, los representantes militares y la protección del Estado chileno a los nazis, muestran un inventario extenso del desastre. Es la dialéctica entre cultura y barbarie la que está a la base de esta correlación ficticia de documentos, como si el lector visitara un museo ominoso, dedicado a la historia de injusticias, latrocinios, violencias e incluso celebraciones gozosas de hecatombes que sedimentan la historia de Chile.

El museo de la bruma no puede leerse como una novela tradicional. La acumulación y repetición solicita otro modo de acceso. Una cierta melancolía va incrementándose a medida que el carácter fantasmal de los selknam aparece como los espectros del Estado–nación.

Siguiendo la idea del recorrido por un museo, el libro permite establecer una composición imaginativa y, paradójicamente, censurada de las imágenes, a diferencia de la sobreabundancia de visualidad a la que propenden las redes sociales. Salvo algunas fotografías incluidas, la edición establece cuadros donde los textos funcionan como pie de imágenes –no incluidas gráficamente– o, a veces, los mismos textos componen el cuadro de la visión. Esta estrategia, parecida a la que empleó la revista Cauce en 1984 al ser censurada por la dictadura, incita a desplazar la imaginación hacia lo no visible; es decir, a la bruma espectral de los desaparecidos. El genocidio de un pueblo completo, la extinción del universo de una cultura, desconocida y silenciada, como si nunca hubiera existido, era precisamente la intención de los nazis con los judíos, graficada como la “solución final”. Sin necesariamente querer establecer una comparación, Ghigliotto pareciera querer decirnos en este ominoso y fundamental libro que Chile y la Alemania nazi comparten íntimamente una especie de cultura de la destrucción. Pero no solo eso: con la incorporación al principio del libro de un mapa del territorio como salas de un museo imaginario, evoca la distribución de las matanzas, del turismo ilusorio y las apropiaciones de los indígenas por los colonialistas, llevados vivos o muertos a Europa como meras piezas antropológicas.

Decía al principio que El museo de la bruma no puede leerse como una novela tradicional. La acumulación y repetición solicita otro modo de acceso. Una cierta melancolía va incrementándose a medida que el carácter fantasmal de los selknam aparece como los espectros del Estado–nación. La usurpación de su territorio y la injusticia chilena se torna consuetudinaria, y el libro se transforma en un abrumador archivo de la devastación, aunque también reúne algunos relatos de resistencia. La conocida tesis de Benjamin sirve como guía de lectura: todo documento de cultura es al mismo tiempo de barbarie. El progreso acarrea una acumulación de ruinas sobre ruinas, mientras que a su vez la literatura investiga y construye los archivos de esta miseria.

 

El museo de la bruma, Galo Ghigliotto, Laurel, 2019, 304 páginas, $14.000.