Goce vital

Breves, sencillos y directos, se podría decir que en los poemas de Omar Jayam, desde su escepticismo y conciencia de la mortalidad, la voz es afirmativa y apela a lo voluptuoso en imágenes intensamente concentradas. Poemas como recordatorios que habría que tener en el refrigerador cuando abrimos su puerta con la cara hacia abajo.

por Milagros Abalo I 12 Junio 2026

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Cuando terminé de leer las Rubayatas, de Omar Jayam, versionadas por Adán Méndez y recién publicadas por Ediciones UDP, me dieron ganas de tomar vino, y como Pedro Picapiedra cuando salía del trabajo, decir en la hermandad sonora de un mundo antiguo Yabadabadú. Así como en las películas de Kaurismäki se fuma tanto que dan ganas de fumar, aquí se convoca al vino de manera constante y sonante como signo del disfrute, pues son poemas que exaltan la necesidad del goce vital, y al mismo tiempo son un recordatorio de nuestra finitud. Escribe Omar Jayam: “Somos los peones con que juega el Cielo. / No es ninguna metáfora: es así. / Nos movemos un tiempo en la cuadrícula / y a final caemos al vacío”. Breves, sencillos y directos, se podría decir que, desde su escepticismo y conciencia de mortalidad, la voz es afirmativa y apela a lo voluptuoso en imágenes intensamente concentradas. Poemas como recordatorios que habría que tener en el refrigerador cuando abrimos su puerta con la cara para abajo, como dice mi hijo cuando observa a la gente triste.

Omar Jayam (Nishapur, 1048-1131) además de matemático y científico, era astrónomo, por eso las alusiones al cielo, las estrellas o al sol son recurrentes en sus versos: “Pasan soles y lunas por el cielo / y con eso medimos nuestras vidas”. La medida está dada por lo que está fuera del alcance, aquello que no se puede controlar, como los astros o los fenómenos de la naturaleza; entonces la mirada entra en órbita con el arriba y, claro, en esa perspectiva somos insignificantes como “una mota de polvo”.

En el prefacio que escribe Adán Méndez cuenta que hay muchas especulaciones en torno a Omar Jayam, una de ellas es que, según Juan Cole, otro estudioso de la literatura persa, la figura de Jayam vendría a tener un halo medio shakesperiano en la conjetura de lo indefinido o colectivo de su autoría, pues según él “la lengua de las Rubayatas es la lengua de las calles, tabernas y lugares peores: no es la obra de un genio, es una contracultura”.

Rubai significa cuarteta, y en este caso esos cuatro versos dejan testimonio de lo real, ponen en línea vida y poesía, y de paso nombran lo colectivo. Son para tenerlas al alcance de la mano en un almuerzo con amigos, por ejemplo, y a esa hora regada, gozosa y sentimental en que sale al ruedo la guitarra y el canto, largarse en cambio a leer un rubai como este: ‘Levántate, amor mío, que amanece. / Escancia el vino y pulsa tu laúd. / Los que están no se quedan mucho rato; / los que se van no vuelven nunca más’.

Esta edición nos acerca no solo a los poemas, por cierto los más posibles y plausibles de ser de Omar Jayam por tiempo y cercanía a su vida, sino que también nos sumerge en el complejo y fascinante entramado que rodea a las Rubayatas, sistematizando con precisión y gracia tanto en el prefacio como en sus apéndices toda la teleserie o “escándalos filológicos” asociados al caso: desde la falsificación de los manuscritos hechos por los mejores artesanos (de tan buenos, vueltos industria) hasta el engaño a muchos traductores.

El caso de Robert Graves es cumbre en la trama persa, pues él habría sido engañado por un manuscrito que nunca vio y cuando sale al juego de las publicaciones ataca con demasiada vehemencia a Edward FitzGerald, su mayor enemigo y principal difusor y traductor de las Rubayatas en Occidente. De hecho, Adán Méndez especula que la razón de tanto encono era mucho más profunda, pues Graves le tenía tirria a T. S. Eliot, el poeta predilecto de FitzGerald. De entre todos los editores destaca a Hedayat, quien ve en la claridad e ironía de las Rubayatas algo cercano a los aforismos filosóficos de Schopenhauer, Lucrecio y Goethe.

Además del inmenso valor literario, recomiendo leer estas Rubayatas por su modo desprejuiciado y libre al momento de pensar nuestra disposición hacia el presente, no tanto hacia el mañana, menos sufrir por el pasado. Rubai significa cuarteta, y en este caso esos cuatro versos dejan testimonio de lo real, ponen en línea vida y poesía, y de paso nombran lo colectivo. Son para tenerlas al alcance de la mano en un almuerzo con amigos, por ejemplo, y a esa hora regada, gozosa y sentimental en que sale al ruedo la guitarra y el canto, largarse en cambio a leer un rubai como este: “Levántate, amor mío, que amanece. / Escancia el vino y pulsa tu laúd. / Los que están no se quedan mucho rato; / los que se van no vuelven nunca más”.

 


Rubayatas, Omar Jayam, edición y versiones de Adán Méndez, Ediciones UDP, 2026, 100 páginas, $13.000.

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