La filosofía también estuvo en peligro

por Cristóbal Carrasco I 13 Noviembre 2025

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A pocos se les escapa que la Universidad de Oxford, fundada a fines del siglo XI, casa de John Locke, Thomas Hobbes y T. S. Eliot, es, además de un centro de estudios, un símbolo de poder. La pregunta, entonces, es a quién le importa ese poder. Para dimensionarlo, quizás sea mejor un ejemplo. Se dice que durante la Segunda Guerra Mundial la universidad no fue bombardeada porque el propio Hitler quiso reservársela para él: quería que pareciera el Oxford de siempre cuando viniera a buscar su título honorífico. Durante la época de los bombardeos de la Segunda Guerra en Inglaterra, de racionamiento y ciudades a oscuras para no ser vistas por la Luftwaffe, Oxford era un símbolo vacío. Sin la mayoría de sus profesores y estudiantes hombres (incluso profesores como Isaiah Berlin y A. J. Ayer dejaron la casa de estudios y dedicaron los años de la guerra a servir a la inteligencia militar británica), la universidad estaba conformada solo por las mujeres que estudiaban, además de algunos “objetores de conciencia y tullidos”, como señalan Clare Mac Cumhaill y Rachael Wiseman en Animales metafísicos. En cuanto empezó la guerra, les dijeron a las mujeres que “podían ser mucho más útiles terminando la carrera que alistándose”, anotan las autoras en este libro que reconstruye la historia de cuatro filósofas que estudiaron en Oxford a fines de los años 30, y que para ellas hicieron “renacer” la filosofía.

Las filósofas son Iris Murdoch, más conocida en habla hispana por su labor como novelista, Elizabeth Anscombe, Phillipa Foot y Mary Midgley. El origen intelectual de cada una de ellas no podía ser más disímil. Mientras Elizabeth Anscombe se convirtió al catolicismo en 1938, en su primer año en la carrera, lo primero que hizo Iris Murdoch cuando entró a la universidad fue afiliarse al Partido Comunista. En esa época pensaba que “la historia de la civilización no es solo una sucesión interesante de enredos inconexos, sino un desarrollo inteligible hacia el estado más elevado de la sociedad, el Estado soviético mundial”. Tampoco es que catolicismo y comunismo fueran opuestos. Para Simone Weil, afirman las autoras, el comunismo y el cristianismo comparten la misma verdad fundamental: el alma humana llega a conocer la realidad gracias al amor. Algo parecido pensaba Mary Midgley, la tercera de las filósofas estudiadas, que, sin la deriva comunista de Iris, se había sumado al Club Laborista de Oxford en 1936. En la época de la preguerra casi todo en el medio universitario era un campo de batalla político. Un grupo de estudiantes había quemado sus medias de seda para protestar contra la agresión japonesa a China, y la presencia de Hitler llegaba hasta las elecciones de las federaciones estudiantiles.

Pero aquel no era el único contexto. Si bien todo parecía pensarse en términos de guerra, nazismo y Estado soviético, las estudiantes no dejaron de filosofar. En esa época en Oxford comenzaron a predominar las ideas de A. J. Ayer. Antes, a comienzos del siglo XX, en Oxford mandaban los metafísicos idealistas, que postulaban que el conocimiento humano no se agotaba en la aprehensión meramente sensorial de las cosas, y por ello los métodos científico y empírico “solo podían desempeñar un papel modesto”.

Sin embargo, la irrupción de Wittgenstein en Cambridge con su Tractatus supuso un giro radical en la forma de ver la filosofía en Inglaterra. A. J. Ayer, quien había frecuentado el Círculo de Viena y tomado ciertas ideas de Wittgenstein, propuso un ataque hacia la misma noción de filosofía moral, “entusiasmado con los nuevos métodos de la lógica”. Generalmente, los realistas e idealistas, sugieren las autoras, “nunca dudaron que juicios como ‘la amistad es buena’ tuvieran sentido. Nunca dudaron tampoco de que los seres humanos estuviesen dotados de una capacidad para descubrir la verdad moral ni de que tal descubrimiento tiene una gran importancia para la vida humana”. A. J. Ayer calificaba todo aquello de nonsense. Por ello, Lenguaje, verdad y lógica, el libro que este publicó en 1936, fue calificado en sus propias palabras como el momento en que “la filosofía había llegado a su fin”.

Contra ese fin se rebelaron las protagonistas de Animales metafísicos. Y cada una lo hizo a su manera, de forma independiente, aunque conectadas con el espíritu de su tiempo.

Por paradójico que parezca, quizá esta sea una de las debilidades del libro: intentar otorgarles una unidad filosófica a pensadoras distintas, más allá de que compartieron una época, un campus… o una identidad, si lo vemos con los ojos de hoy.

Pese a ello, el punto de inflexión de este renacimiento de la filosofía ocurrió en 1956, cuando la Universidad de Oxford decidió otorgarle el título honorífico que había fantaseado Hitler a Harry Truman. La idea, apoyada por una mayoría importante del claustro, tuvo como opositora a Elizabeth Anscombe, seguida por Phillipa Foot.

En cuanto empezó la guerra, les dijeron a las mujeres que ‘podían ser mucho más útiles terminando la carrera que alistándose’, anotan las autoras en este libro que reconstruye la historia de cuatro filósofas que estudiaron en Oxford a fines de los años 30, y que para ellas hicieron ‘renacer’ la filosofía.

En el momento en que se sometió a votación, Anscombe se dirigió al atril y dijo: “Si le conceden este título, ¿qué Nerón, qué Gengis Kan, qué Hitler o qué Stalin no será premiado en el futuro?”. Anscombe siguió: “Las protestas de personas que no tienen poder son una pérdida de tiempo (…) no estoy aprovechando la oportunidad de hacer un ‘gesto de protesta’ contra las bombas atómicas; protesto enérgicamente contra nuestra acción de ofrecer honores al señor Truman, porque con el elogio y la adulación se puede compartir la culpa derivada de una mala acción”.

El discurso de Anscombe no cambió la decisión. Truman obtuvo su honoris causa y la filósofa fue tildada como una “oponente solitaria”. Aunque en los años posteriores Anscombe se dedicaría a ser la asistente más cercana de Wittgenstein y traductora de sus Investigaciones filosóficas, su discurso mostraba el espíritu de una teoría. Esa teoría, en gran parte, nacía de la oposición a las ideas de Ayer, pero también de la experiencia de la guerra. Las autoras anotan con frecuencia que en la isla la Segunda Guerra Mundial tuvo aspectos singulares. A diferencia de Francia, que había sufrido una experiencia traumática sin igual, los ingleses volvieron a sus aulas y encontraron todo como lo habían dejado. Quizás esa misma sensación de normalidad los obligó a observar los horrores con mayor profundidad, con una perplejidad que las ideas de Ayer no podían resolver.

A eso se dedicó Phillipa Foot, a quien le repugnaba pensar que si la moral era subjetiva, en el sentido que lo pensaba Ayer, “no hay manera de que uno se imagine diciéndole a un nazi: ‘pero nosotros estamos en lo cierto, usted no’”. Para Foot, gran parte del asunto estribaba en encontrar una filosofía secular que permitiera entender que los humanos tenían normas internas sobre lo que era bueno o malo. “No se trata de la idea protagórica de que el hombre es la medida de todas las cosas. Lejos de que cada hombre, individualmente, sea la medida de lo que es dulce o amargo, cálido o frío, bueno o malo, Philippa argumentó que sí existe algo así como una bondad natural”, frase que inspiró uno de sus libros: Natural Goodness.

En un sentido más abstracto que su decisión de desaprobar el homenaje a Truman, Intention, de Elizabeth Anscombe, es un libro heredero de su cercanía con Wittgenstein, pero también un intento de hacer renacer la filosofía de la “muerte” que le había provocado Ayer. En Intention, ella se pregunta qué significa hacer las cosas “intencionalmente” (una cuestión que tenía reminiscencias de los horrores de la guerra), y en el que demostraría que “cuando nos interesan las razones, la validez y los motivos del pensamiento y la acción humana, no buscamos cadenas causales, sino patrones que se ubican dentro de un orden racional”. Así, Anscombe se negaba a aceptar que la pregunta sobre la acción humana ya no tenía sentido, que era lo postulado por Ayer.

No obstante hay esbozos de estas teorías, en Animales metafísicos se llena al lector con anécdotas y descripciones del mobiliario de los departamentos y las personas que frecuentaban. Así enfrentado, el libro fracasa en el sentido de mostrarnos con claridad una etapa central de la filosofía escrita por mujeres, la del renacimiento que las propias autoras sugieren, pero logra mostrarnos un trozo de sus vidas y de su intención de pensar sobre las conductas humanas.

 


Animales metafísicos, Clare Mac Cumhaill y Rachael Wiseman, Anagrama, 2025, 472 páginas, $28.000.

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