La insistencia de la memoria

Carne de perra, novela de Fatima Sime publicada originalmente en 2009, fue recibida con entusiasmo por la crítica. Merecidamente. Lleva un título doloroso y afortunado que apunta tanto a la dureza que permite sobrevivir a la protagonista como a la “domesticación” del cuerpo de una mujer mediante el alternado uso de vejaciones e incentivos amorosos.

por Rodrigo Olavarría I 4 Octubre 2023

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La historia de un país bien puede ser narrada como la historia de una mansión que deviene lugar de fiestas y luego recinto de torturas, o como la historia de un cuerpo torturado y vaciado de voluntad que se busca en cualquiera que reconozca su existencia. Esa es una forma de leer lo que hacen Germán Marín en El Palacio de la Risa (1995) y Fátima Sime en Carne de perra. Es decir, como dos novelas que, al relatar la visita de un hombre a las ruinas del sitio donde los aparatos del Estado ejercieron toda su violencia y la otra, el reencuentro de una víctima de tortura con su victimario, se plantean cómo convivir con el recuerdo de la violencia política. Una violencia que no solo es demasiado reciente, sino parte inextricable del légamo que nos constituye como sociedad, aunque haya quienes insistan tercamente en negarlo.

Carne de perra apareció originalmente en agosto del 2009 y fue recibida con entusiasmo por la crítica. Merecidamente. Esta novela de Fátima Sime se ganó su sitio junto al documental La flaca Alejandra (1994), de Carmen Castillo, como obra ineludible, que trata la abyección de la tortura. Carne de perra lleva un título doloroso y afortunado que apunta tanto a la dureza que permite sobrevivir a la protagonista como a la “domesticación” del cuerpo de una mujer mediante el alternado uso de vejaciones e incentivos amorosos. Es importante no confundir esta reprogramación con el “síndrome de Estocolmo”, pues este no describe la relación de la protagonista y su torturador, más ajustada al “vínculo afectivo traumático”, descrito por la psicóloga Shirley Spitz, en The Psychology of Torture (1989).

Para Spitz, la tortura es el máximo acto de intimidad pervertida, una forma de posesión donde la víctima desarrolla un vínculo con el victimario usando primitivos métodos de defensa, como la disociación, la identificación proyectiva, la introyección y la disonancia cognitiva. Es notorio que Fátima Sime conoce el suelo que pisa al narrar cómo la personalidad de su protagonista es reestructurada, cómo la intimidad y el afecto que busca en los torcidos escarceos sexuales y amorosos a los que la somete el Príncipe, pasan a convertirse en el relleno de su voluntad vaciada.

La novela presenta dos episodios en la vida de María Rosa Santiago López, una enfermera que un día descubre a su extorturador, Krank, el Príncipe, agonizando en una cama de la UCI. (…) Sime da forma a su libro echando mano a esta estructura aparentemente sencilla, un tinglado que al ser considerado con atención revela un modo sutil e inteligente de hablar del pasado.

La novela presenta dos episodios en la vida de María Rosa Santiago López, una enfermera que un día descubre a su extorturador, Krank, el Príncipe, agonizando en una cama de la UCI. Alternadamente leemos capítulos breves situados en dos tiempos: unos en los años 70, que narran la prisión política, la tortura y la colaboración de María Rosa, y otros, unos 20 años más tarde, cuando está trabajando en la Posta Central, es alcohólica, no tiene amigos, se entrega al sexo mecánicamente, casi no se alimenta y evita el contacto con su familia tras volver del exilio. Sime da forma a su libro echando mano a esta estructura aparentemente sencilla, un tinglado que al ser considerado con atención revela un modo sutil e inteligente de hablar del pasado.

La autora elige narrar los episodios de los años 70 en tercera persona, de forma tal que parecen estar ocurriendo momento a momento en el presente, casi como en un guion, y nos sitúan vívidamente en la casa cercana a la iglesia San Francisco, donde María Rosa está siendo torturada: “Nuevas costras que le pican empiezan a cubrir las heridas donde el hombre escarbó. Al menos no duelen. Excepto por las personas que le traen las comidas, no ha visto a nadie. No sabe qué le pasa. No sabe qué pretenden”.

A su vez, los episodios que creemos situados en el presente son narrados en primera persona y en un pasado perfecto que parece insistir en la transitoriedad de cada instante: “No me importó. El pisco con Martini me raspó la garganta y el esófago. No había tomado desayuno. Fue como un sedante a la vena que agradecí con una sonrisa, una sonrisa idiota, pero que al cantinero le gustó”.

Esta delicada elección estilística de Sime sugiere que el presente es un caudal de instantes al que es inútil aferrarse, mientras que el pasado es un bloque omnipresente que nunca deja de ocurrir, un bloque ante el cual la única respuesta moral es la insistencia en la memoria.

 


Carne de perra, Fátima Sime, Cuneta, 2022, 154 páginas, $14.900.

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