Las dificultades del yo

El último libro de Juan Pablo Meneses, Una historia perdida, se vende como una revelación del 11 de septiembre de 1973: además de bombardear con precisión La Moneda y la casa de Allende en Las Condes, uno de los seis Hawker Hunter se desvió y apuntó a un blanco errático, el hospital de la Fuerza Aérea. Cuenta esa historia, muy poco conocida e intrigante, y sobrevuela las políticas del horror, pero más bien, se trata de una novela sobre sí mismo y su vida de desarraigo, una autobiografía que arranca a partir del bombardeo equivocado.

por Marcela Fuentealba I 5 Octubre 2023

Compartir:

El último libro de Juan Pablo Meneses, periodista viajero y de alcance latinoamericano, creador de formas de la crónica como el periodismo portátil y el periodismo cash, se titula Una historia perdida, y se vende como una revelación del 11 de septiembre de 1973: además de bombardear con precisión La Moneda y la casa de Allende en Las Condes, uno de los pilotos de los seis aviones Hawker Hunter se desvió y apuntó a un blanco errático, el hospital de la Fuerza Aérea. Cuenta esa historia, muy poco conocida e intrigante, y sobrevuela las políticas del horror, pero más bien, se trata de una novela sobre sí mismo y su vida de desarraigo, una autobiografía que arranca a partir del bombardeo equivocado. Meneses sabe investigar y contar, y cuenta así su historia personal y también algo de la historia de la dictadura, además de varios pormenores del boom de la no ficción en español del que forma parte, y el común odio al horroroso Chile y no poder salir de él, del verso de Enrique Lihn que ama.

Digo que el libro “se vende” —o se promociona— porque Meneses, que se ha ganado la vida escribiendo y dictando talleres en varios países, tiene claro que la crónica es un producto más en un mundo donde todo es mercancía y transacción. Ha dicho que la crónica puede ser como una start-up o como una incubadora de negocios. Por eso creó primero el periodismo portátil —escribir desde cualquier parte para cualquier parte— y luego el cash, con tres libros que investigan cómo es comprar y ser dueno de algo: una vaca y hablar de la explotación animal; un niño futbolista y ver el deseo grotesco de éxito; un dios portátil, y tratar de la desmesura humana. Sobre Chile por supuesto también ha reporteado: en 2004 publicó el libro Sexo y poder, sobre el caso Spiniak y el extraño destape chileno comparado con otros lugares del mundo; ha entrevistado a cientos de chilenos en el extranjero —como el protagonista de esta novela, llamado Pablo—, a quienes vendía, o le compraban, por ser “exitosos” según la pauta del exitista Chile de las últimas décadas.

El hecho inicial aquí es el hombre, Pablo, o Juan Pablo, que recuerda el ruido y las esquirlas de esa bomba equivocada que cayó cerca de su casa de infancia; él, niño en el bombardeo, a su madre metiéndolo para adentro y él queriendo salir, los vidrios rotos y llorar abrazado y aterrado. Los militares invaden el barrio y el padre instala un vidrio nuevo que no queda bien. Ese estallido, se da cuenta, le dejó un trauma psíquico y físico: se descompone cuando escucha un fuego artificial o un estruendo.

Años después, cuando está instalado como investigador en Nueva York, su madre muere y él vuelve a Chile una vez más. Y se queda para escribir la novela que leemos: se propone saber quién tiró la bomba errada que le dejó prendida la necesidad de saber y de contar (su padre, relata, era contador, y su gran desilusión infantil fue saber que en sus enormes libros no había historias, sino números). La investigación es entretenida y se muestra simplemente: hay cuatro posibilidades que se han dado casi en secreto a lo largo de los años, y que él va buscando obsesivamente: a) que el piloto fuera un extranjero, b) un novato, c) el hijo del general Gustavo Leigh (comandante de la Fuerza Aérea y miembro de la Junta Militar gobernante) y d) un desertor. Estas opciones conforman la estructura del libro, pero, al desplegarla, tiene que contar también su historia de ser chileno, su experiencia de bombardeado y de periodista, y por eso también su vida extranjera y lejana del horroroso Chile.

Aparece entonces la difícil cuestión de la escritura en general y del periodismo narrativo en particular: el lugar del yo. Cuando alguien cuenta sobre la realidad, ¿importa la del cronista o más bien él se interpone entre los hechos y el lector?

Importa lo que pueda decir, su punto de vista —que viene de lo que sabe, lo que investiga, de su inteligencia y persistencia ante una cosa—, pero quizá no interesan sus devaneos íntimos, paralelos a la historia. A veces la escritura y el yo son la misma cosa, como dice Montaigne, pero a veces no. Por supuesto, toda escritura es subjetiva y viene de un punto de vista, de un yo, de lo contrario no sería escritura —es elaboración tipo Chat GPT—, pero cuando se habla de un hecho ajeno y concreto, no es pura subjetividad, como muy bien va revelando Meneses en el libro: lo que él crea y lo real no son lo mismo, y en ese espacio de diferencia se toma libertades, por supuesto, que pueden también alejar al lector de las pasiones que movilizan la historia.

Hacer calzar los datos consigo mismo para lograr lo real es de una dificultad insuperable. La escritura del trauma intenta ajustar la historia general y fatídica con la personal y, por cierto, menos fatídica: la no ficción de sí mismo. “Pasé del periodismo literario a la literatura periodística”, declaró Meneses en una entrevista. Está muy bien borrar las fronteras supuestas entre ficción y no ficción, pasar esa frontera, como lo hizo Eloy Martínez, uno de sus ídolos, y tantos cronistas del nuevo boom latinoamericano. Pero también es un juego que se vuelve peligroso.

Hacer calzar los datos consigo mismo para lograr lo real es de una dificultad insuperable. (…) Está muy bien borrar las fronteras supuestas entre ficción y no ficción, pasar esa frontera, como lo hizo Eloy Martínez, uno de sus ídolos, y tantos cronistas del nuevo boom latinoamericano. Pero también es un juego que se vuelve peligroso.

Este juego entre la ficción y lo real, algo que se estudia en las universidades, es más divertido en las fiestas, como dice Meneses en el libro. En el más apoteósico de estos eventos internacionales, en un taquillero hotel de la Ciudad de México, el protagonista especula irónicamente sobre cómo explicarle a la mujer que lo acompaña —su futura novia— una tipología o quién es quién de los avezados periodistas presentes: el cronista miseria, que vive de fondos y premios ONG y ejecuta la pornomiseria; el cronista tecnócrata, frío tratante de datos; el cronista traductor, que lee lo último del inglés y copia; el cronista invisible, que siempre está en los eventos y es amigo de todos, pero no se le conoce obra; el cronista activista, sin punto de vista propio sino redactor de causas bienpensantes. Entre estas caricaturas, él sería el cronista herido, que descree de todo y debe ir solo por el mundo para purgar un dolor difícil de comprender, que es de algún modo lo que intenta en esta novela donde a veces el lector no sabe dónde ubicarse: leemos, por ejemplo, de su crianza durante la dictadura, que incluye lecturas de periodismo casi heroico, activismo juvenil y un amigo muerto, pero al final no sabemos si es cierto.

Esto porque hay varios, demasiados cabos sueltos. Por ejemplo, un poco más adelante, cuando habla de la famosa frivolidad noventera y de las posibilidades del periodismo de investigación en el Chile de la Transición, denosta a la revista Nervio (claramente, un nombre supuesto para la revista Fibra) por ejercer “la crónica como maquillaje: tenían todos los recursos a disposición para no tocar ningún tema relevante”. Inventa entonces un personaje que dirige esta revista, para reírse y odiarlo, lidiando con una cuenta que no sabemos bien cuál es. En lo que respecta a su trabajo, en todo caso, las cosas están claras: él no ejercerá el heroísmo político ni develará las grandes oscuridades económicas del poder, sino simplemente podrá “publicar mensajes entre líneas en una revista de viajes”.

En la investigación, unas páginas más adelante, cuenta que Pablo entrevista a Patricio Manns para obtener información, porque es el único autor que publicó en un libro la tesis de que los pilotos de los aviones eran gringos con gran experiencia previa, quizá en la guerra de Vietnam —pues ningún chileno tenía esos niveles de puntería—, cuestión que le habría corroborado un historiador mexicano. ¿Podemos creerle o es un invento? ¿Son las palabras de Manns o es una recreación?

Está bien, seguimos leyendo, como leemos una novela que habla de la historia, como tantas otras, pero aparecen cada tanto los puntos extraños en que la convención y acuerdo tácito entre autor y lector parecen desarmarse.

Lo más interesante de la novela, precisamente, es cómo reconstruye el hecho perdido: la búsqueda de materiales, el contacto con las fuentes (en la supuesta entrevista con Patricio Manns, por ejemplo, el escritor le explica fehacientemente que la bomba fue un error: ningún piloto bombardearía un hospital, ni en la peor guerra), las formas en que la disciplina de investigación se cruza con el azar. En este sentido, es fascinante cómo un encuentro aparentemente trivial con alguien que debe entrevistar en sus viajes por el mundo, un expiloto de la Fuerza Aérea, ahora comandante comercial en el sudeste asiático, se transforma en la fuente clave para resolver el enigma del bombardeo (pero, de nuevo, ¿es verdad o invento?). La relación con ese entrevistado, además, señala las grietas posibles en la construcción de una historia periodística, la posibilidad de creer, cómo valorar la información. Es un tipo que a cada palabra se vuelve más oscuro e intrincado, y no sabemos —con suspenso, más allá de la duda por la verosimilitud— si es un torturador, un traidor o un pobre tipejo sin ética (o las tres cosas). Hasta que llega el punto en que la única manera de resolver quién bombardeó el hospital es inventar una escena a partir de unos datos inciertos, pero posibles. Imagina, supone, que el piloto “se bajó del avión con los brazos en alto. No hubo ninguna broma, como dice la mayoría de los libros de investigación que han registrado el hecho. No fue un error, fue una causa”.

Paralelamente a ese logro —hacer real su punto de vista, investigación y análisis, pasándolo por las formas de la novela—, nos deja saber las experiencias infructuosas de su asistente en el periodismo chileno, las violencias machistas sufridas por su elegante agente colombiana, su odio a la ciudad de Barcelona por ser demasiado Gaudí, su trabajo psicoanalítico abandonado en Buenos Aires o los devaneos existenciales de su expolola mexicana. Su propio proceso, la pérdida de la madre, y de la patria, están cerca, pero permanecen en la zona más oscura del yo (a la que se llega vía inconsciente o psicoanálisis, mediante la poesía o la creación). Fuera de ahí, la historia común, que es difícil y oscura, se puede perder. Y ese es el riesgo ante el cual hay que estar en guardia.

 


Una historia perdida, Juan Pablo Meneses, Tusquets, 2022, 260 páginas, $18.500.

Relacionados

La memoria de Austria

por Pablo Riquelme

Una comedia humana en miniatura

por Rodrigo Olavarría

Fascinación

por Álvaro Bisama