Maldito periodista, hipócrita lector

El periodista y editor peruano Diego Salazar ha dedicado sus últimos años a comprender qué pasó con su profesión y a rastrear el origen de noticias falsas, para averiguar cómo consiguieron dar la vuelta al mundo. En No hemos entendido nada, libro basado en los artículos que ha publicado en su blog homónimo, Salazar reflexiona sobre el rol que debiera cumplir el periodismo en los tiempos de la posverdad.

por Daniel Hopenhayn I 4 Julio 2019

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Crédulos y mentirosos desde tiempos inmemoriales, los humanos tuvimos que esperar hasta la presente década para descubrir el milagro de la red so­cial: un engranaje capaz de fraccionar en mil pedazos el espacio público y hacernos creer, a cada uno por separa­do, lo que queremos creer. A esa mez­cla de engaño y autoengaño le hemos llamado posverdad: “Sepultados por la avalancha de información sin con­texto que corre en redes sociales (…) a casi nadie parece interesarle la verdad si esta no encaja con sus prejuicios y/o cuesta más de un par de tuits o un titular leído al vuelo en Facebook”.

Así lo explica el periodista y editor peruano Diego Salazar en No hemos entendido nada, libro basado en los ar­tículos del blog homónimo que creó en 2017. Nacido en 1981, pero ya de largo recorrido en medios de Améri­ca Latina, Europa y Estados Unidos, Salazar ha dedicado los últimos años a comprender qué pasó con su profe­sión y a rastrear el origen de noticias falsas, para averiguar cómo consi­guieron dar la vuelta al mundo.

Su primera advertencia es que nun­ca hubo tanto periodismo de calidad como hoy. “No es, créanme, un pro­blema de oferta, sino de demanda”. Lo que no han entendido los periodistas –orgullosos, por tradición, de ignorar cómo cuadran la caja sus empleado­res− es que su negocio no se mudó a la web: simplemente, se acabó. Ni el público necesita ya a los medios para orientarse, ni los anunciantes para lle­gar a sus clientes.

Al no entender esto, tampoco en­tendieron lo demás. Así fue que las redes sociales, junto con arrebatarles la publicidad digital, los pusieron a competir con “millones de fotos de bebés y videos de gatitos”. Y en vez de diferenciarse de esa oferta, se mime­tizaron con ella. Aceptaron que “hoy, gracias a Facebook, TODO es conteni­do”, como también hicieron suyas “las estrategias de manipulación emocio­nal que Facebook ha perfeccionado” (el titular engañoso, la agotadora hi­pérbole). Elegir otro camino, concede el autor, tampoco era sencillo: ¿cómo tratar a un público que no busca noti­cias para informarse, sino para reac­cionar a ellas?

Lo que no han entendido los periodistas –orgullosos, por tradición, de ignorar cómo cuadran la caja sus empleado­res− es que su negocio no se mudó a la web: simplemente, se acabó. Ni el público necesita ya a los medios para orientarse, ni los anunciantes para lle­gar a sus clientes.

Además de introducir al lector en los debates de avanzada sobre la crisis de la industria, Salazar reconstruye con impecable rigor –no sin exce­derse en detalles que el blog tolera mejor que el libro− los itinerarios de fake news que alguna vez pasaron por nuestra pantalla. Muchas de ellas pa­recen inocuas (la actriz porno mor­dida por un tiburón, la adolescente que lloraba sangre), pero la apuesta es mostrar cómo esa intrascendencia le ha servido de pretexto a un cinismo editorial que ya se “puede ver, oír, oler, palpar, en casi cualquier redacción”. Incluso, como documenta un capítulo del libro, en oficinas de la BBC.

Si todo contenido es una potencial noticia, y si todos producimos conte­nido, la pregunta es obvia: ¿a qué le llamamos periodismo?

A verificar hechos y darles contexto, contesta Salazar repetidas veces. Por ello emprende un saludable ataque al “periodismo en directo”, expresión que juzga casi un oxímoron y cuyo presti­gio se explicaría por el culto posmo­derno a la ausencia de mediación, a lo “no contaminado por la subjetividad humana”. ¿El resultado? Casos como el de Frida Sofía, la niña que tuvo en vilo a los mexicanos durante las 30 horas que duró su rescate luego del terremoto de 2017. Vale decir, durante las 30 horas tardó la prensa en advertir que Frida Sofía no se hallaba bajo los escombros, ni en ninguna otra parte, pues ni siquiera existía.

La pregunta que no le toca contes­tar al libro, sino al lector, es si en este juego le cabe asumir el rol de víctima o de cómplice. “El mismo público que busca esos contenidos (superficiales) castiga a los medios por ofrecerlos”, apunta Salazar, pero los ránkings de lectoría de los medios acreditan que el castigo es apenas retórico. Tampo­co los lectores estamos honrando las intenciones que declaramos. Vaya uno a saber a quién queremos engañar.

 

No hemos entendido nada, Diego Salazar, Debate, 2019, 245 páginas, $14.000.