Mundo roto

Escribir sobre lo que América es, a pesar de dos siglos de acciones políticas de repúblicas preocupadas por crearse a sí mismas y separarse de las demás, debe ser comprendido como un ejercicio de anarquismo. Y el anarquista Martín Caparrós lo hace de manera brillante, seductora: las 700 páginas del libro son una elaborada mezcla de pensamiento, historia, idiosincrasia, literatura y crítica política.

por Miguel Saralegui I 20 Octubre 2022

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Escribir sobre un libro tan monumental como Ñamérica exige asumir, de partida, que unas pocas páginas no le harán justicia. Pero en este caso esa conciencia resulta menos decepcionante, porque estas setecientas páginas son tan ricas, se trata de una mezcla tan elaborada de pensamiento, historia, idiosincrasia, literatura, crítica política, un libro total que se inventa el (nombre del) continente que cualquiera de las miradas parciales que se le dediquen, casi inevitablemente, quedarán impregnadas del ímpetu general del libro, de esta brillantez que se reparte por anécdotas, impresiones, experiencias, bromas y hasta poemas.

Y también por muchas ideas políticas, cuyos principales núcleos voy a intentar descifrar. En cualquier caso, el aspecto sui géneris de su pensamiento se comprueba ya en el título, neologismo inventado por el propio Martín Caparrós. Ñamérica es la manera de referirse a los países hispanoparlantes de América, la “ñ” excluye a Brasil, deformador de todas las estadísticas latinoamericanas. El hecho de inventarse un nombre y separarse de la protocolar nominación de Hispanoamérica se conecta con el gran principio de la comprensión política de Caparrós: el anarquismo. Este anarquismo, esta incapacidad de aceptar el tópico, hace a su pensamiento político tan interesante, como, finalmente, imposible de circunscribir a una completa coherencia. La aproximación ácrata sigue siempre dos movimientos. Primero, la reacción irreal, que considera lo político como una quimera, como una fantasía lunática: las fronteras no existen, las banderas, los himnos, los ídolos, las guerras, la historia… todo sería una creación distante. Segundo, la reacción realista, el reconocimiento y, en cierta medida, el lamento por la capacidad de todas esas falsedades de mover lo único real, los individuos, sus deseos, sus ambiciones.

Por esto, escribir sobre Ñamérica, sobre lo que América es, a pesar de dos siglos de acciones políticas de repúblicas preocupadas por crearse a sí mismas y separarse de las demás, debe ser comprendido como un ejercicio de anarquismo. El anarquista Caparrós escribe como si este lapso de acción política grave y disgregadora no hubiera ocurrido. El Caparrós literario parece triunfar: uno puede leer las crónicas de El Alto, de Ciudad de México, de Managua, de Buenos Aires —quizá las mejores páginas del libro— como si fueran ciudades de un mismo país, sociedades con los mismos problemas, por mucho que unos desconozcan casi todo de los otros —el propio autor descubre a los treinta y tantos la fuerza continental del Chavo—, como primos que no se han visto en toda la vida, pero que al conocerse a los 40 descubren que los molestan exactamente los mismos problemas. Este parecido de países que han luchado dos siglos por no parecerse entre sí, por no parecerse tampoco a sí mismos, es una de las mejores demostraciones históricas de la inanidad de lo político. Una victoria del Caparrós anarquista.

Aunque algo más ladeado a la crónica y la autobiografía, el estilo de Caparrós se acerca mucho a los grandes ensayistas latinoamericanos, a esa larga tradición que empieza en el Facundo de Sarmiento y que, posiblemente para el lector culto ñamericano, se acabe en El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Sin embargo, el ansia continental aleja a Caparros de este género, inevitablemente antianárquico, el cual, en su mismo deseo o, más aún, en su misma responsabilidad de haber formado nuevas naciones, no podía relativizar la soberanía, pasión permanente de Caparrós. Esta amplitud del objeto obliga a confrontar la mirada política con la de otro libro, uno de los pocos ensayos con ambición continental que Caparrós recuerda de modo explícito en su texto: Las venas abiertas de América Latina, del uruguayo Galeano.

El hecho de inventarse un nombre y separarse de la protocolar nominación de Hispanoamérica se conecta con el gran principio de la comprensión política de Caparrós: el anarquismo. Este anarquismo, esta incapacidad de aceptar el tópico, hace a su pensamiento político tan interesante, como, finalmente, imposible de circunscribir a una completa coherencia.

Ñamérica se enfrenta a Las venas abiertas de América Latina. Se aparta de su perspectiva moral: Galeano sería un determinista en un sentido más cómodo y plañidero que histórico y marxista, un pensador propenso a atribuir los problemas, el dolor, el desastre institucional a un otro intolerablemente malo: los españoles, los americanos, las élites compinches con las multinacionales. Como los viejos pecadores católicos que justificaban sus faltas por las intervenciones del demonio —fundamentalmente ateo, apenas explora conexiones entre la política latinoamericana y nuestro catolicismo continental—, Galeano suministraría “ese almíbar amargo que te endulza en la desgracia con el relato de injusticias que siempre fueron culpa de otros”. Caparrós se separa de Galeano también por su juicio político. Las aversiones del uruguayo le condenarían a la frivolidad política: a aprobar sociedades precolombinas cuya “teocracia autoritaria explotadora” le parecería insoportable si hubiera sido defendida por un papa, un rey y hasta un presidente occidental. El anarquista coherente que Caparrós es, desconfía de todo poder, tanto del eurocéntrico como del indígena.

Se trata de un curioso libro de izquierda escrito contra la izquierda. No solo contra la militarota y castrista, contra la que encarnó Galeano y su determinismo político-moral de los 70. Tampoco aplaude a una izquierda preocupada de salvar las selvas, como si se tratara de “una especie de dinosaurio que habría que salvar a toda costa”. Ni se identifica con la relación de la izquierda americana con lo originario, con el pasado: nosotros cambiamos, nosotros dejamos de usar “miriñaques y bastones”, pero ellos, los indígenas, no deberían hacerlo y así nosotros tendríamos la oportunidad de contemplar lo originario en su pureza desde la comodidad de nuestra artificialidad. Su alejamiento del discurso de la izquierda contemporánea se debe a la perspectiva: Caparrós no entiende la preocupación por la minucia como el primer paso para resolver las grandes injusticias, sino como el narcótico que retrasa enfrentarse a los verdaderos problemas. Las injusticias que existen en las sociedades latinoamericanas no necesitan formularse en la neolengua inventada en las cátedras posmo y fancy de Emory y la UCLA, sino en la terminología del anarquismo y marxismo: el problema no es quién es indio y quién no, el problema es que “unos son dominadores y otros dominados, explotadores y explotados”, el problema no es “la legitimidad de haber llegado antes, sino el lugar que cada quien ocupa en la pirámide social”. El problema, para un anarquista, es la pirámide social. Por supuesto, este izquierdismo originario es el resultado de uno de los problemas fundamentales para la perspectiva de Caparrós: un mundo sin futuro, lo que resulta dramático, totalmente desorientador para cualquier ideología de izquierda, para cualquier ideología moderna, cuya existencia y fortaleza se debió a esta obsesión por el futuro.

Hay un punto nostálgico fácilmente desmentible, pues los errores de la izquierda contemporánea no parecen mucho más graves que los de la precedente. Pero el aspecto más interesante de este anarquismo tiene que ver con su falta de límites, con la posibilidad de volverse contra sí mismo, de lo que creo que es más responsable el Caparrós cronista que el pensador político. A lo largo de Ñamérica se narran diferentes historias en las que se muestra la permanente limitación de la acción política, donde se sugiere que la búsqueda de esa ficción perfecta, de esa ficción menos indigna que Caparrós reclama como objetivo de la política, está casi predestinada al fracaso, no por mala voluntad, sino por la dificultad con que la realidad se pliega a nuestros deseos. Todas estas experiencias —el aspecto teórico más interesante del libro— las agrupo bajo la categoría de “mundo roto”. Pienso que este sería el núcleo fundamental, quizá involuntario, de lo que se podría llamar el pensamiento político de Ñamérica.

A lo largo de Ñamérica se narran diferentes historias en las que se muestra la permanente limitación de la acción política, donde se sugiere que la búsqueda de esa ficción perfecta, de esa ficción menos indigna que Caparrós reclama como objetivo de la política, está casi predestinada al fracaso, no por mala voluntad, sino por la dificultad con que la realidad se pliega a nuestros deseos. Todas estas experiencias —el aspecto teórico más interesante del libro— las agrupo bajo la categoría de “mundo roto”.

Teóricamente, Caparrós descubre, gracias a la escritura y la observación, que el problema no es que la izquierda se haya despreocupado de los pobres y de los débiles, el problema es más bien que todos los discursos centrados en la reducción de la pobreza son tan poco efectivos para que ella desaparezca como los que le conceden un papel secundario. Así se puede entender la siguiente cita sobre la corrección de la desigualdad en los primeros años del siglo XXI: “El Gini de Ñamérica bajó seis puntos entre 2000 y 2017. […] Y no bajó menos en los países con gobiernos de izquierda que en otros con gobiernos de derecha. […] En Venezuela […] por ejemplo bajó 4 puntos, en Nicaragua 7, en Guatemala o Salvador más de 12, en Perú 10, en Paraguay 8. O, dicho de otra manera, países con gobiernos de discurso progresista-estatista y países con gobiernos de discurso liberal privatista”.

El mundo roto, la imposibilidad de conciliar las diferentes exigencias del ser humano, aparece en otros testimonios, más morales y antropológicos, menos politológicos, como el de la persona que rebusca comida en un vertedero de Buenos Aires y prefiere hacerlo todos los días, pues considera que, si no tuviera que rebuscar diariamente comida, no tendría el amor de sus hijos. Esta incompatibilidad de nuestros deseos se conecta con la permanente incapacidad de lo político para conceder una solución mayor al problema que crea. De un modo involuntariamente rousseauniano se describe en este libro el tránsito de una de las últimas tribus ñamericanas a la civilización occidental, los achuar: “Y han tenido que encontrar formas de organización política y elegir jefes, que antes no necesitaban, y preocuparse porque esos jefes se quedan con la plata de los subsidios y alegrarse porque se pueden curar de las gripes que antes no tenían”.

El mundo roto también está roto para un anarquista que no deja de protestar contra nuestra sociedad, que no deja de considerarla indigna. De repente, en el capítulo sobre La Habana, cuando desea un nuevo bautismo para el socialismo, Bakunin toma la voz de Marx y nos dice que solo la autoridad generará igualdad, que solo la sujeción es el origen de la libertad, que la masa es inerte y que solo la acción de unos pocos mejora las cosas: «Hay algo de monstruoso, de terrible en todo eso pero, sin esos pocos, sin los intentos tantas veces fracasado de esos pocos, ¿todo seguiría siempre igual? ¿Seríamos, digamos, siervos de la gleba?”. No hay modo más doloroso y sincero para un anarquista de constatar que el mundo está roto, que para solucionar algo, ese poquito que la política puede arreglar, el anarquista deberá renunciar a su convicción fundamental y aceptar en la bondad de un poderoso nivelador.

 


Ñamérica, Martín Caparrós, Literatura Random House, 2021, 676 páginas, $39.500.