Una historia de horror en colores pasteles

Sabrina, la obra con la que el veinteañero Nick Drnaso se convirtió en el primer nominado al Man Booker por una novela gráfica, es un relato de aterradora actualidad sobre las noticias en internet dentro de una sociedad tan hiperconectada como apática. Algunos críticos la han llamado “el gran relato norteamericano del siglo XXI”, reavivando las discusiones en torno al cómic y sus alcances.

por Andrea Guzmán I 24 Septiembre 2019

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“El mejor libro que haya leído sobre el momento actual. Es una obra maestra, hermosamente escrita y dibujada, que posee el poder de la polémica política a la vez que la delicadeza del verdadero gran arte. Me ha aterrorizado. Me ha encantado”. Eso asegura la escritora Zadie Smith en la contratapa de Sabrina, una imponente novela gráfica de 200 páginas, color apastelado, línea minimalista y estoicismo inquietante que, desde hace pocos meses, se puede encontrar en español. La cita resulta más que precisa. No tanto por la discusión sobre el contenido del libro –un callado devaneo sobre la deformación de las tragedias personales en la vitrina pública de las redes sociales y sobre ese sueño americano que parece tantas veces destrozado de forma diferente por cada generación–, sino por su interés en discutir el medio como tal. El año pasado, Sabrina se convirtió en la primera novela gráfica en ser nominada a un Man Booker, uno de los grandes premios de la literatura angloparlante. Y su autor, Nick Drnaso, un joven dibujante de 28 años nacido en Illinois, que hasta entonces se dedicaba a limpiar vidrios en un museo de Chicago –tan tímido que prefiere responder exclusivamente por mail esas preguntas que ahora se amontonan por la gran atención recibida con la nominación–, en el epicentro de algunas conversaciones sobre los alcances de la historieta como medio, sobre la novela como gran fagocitadora de géneros, y los cambios de los soportes de la ficción y sus lugares de reconocimiento público.

Como muchas otras, la segunda novela gráfica de Nick Drnaso comienza con una chica muerta. Y es ese horror seminal el gatillo de la historia. Pero no se detiene en la chica, ni en su asesino, ni siquiera en el video que viraliza su muerte como un espectáculo en internet, sino en ese desastre lento, callado y virulento que avanza como una ola sobre los que le sobreviven al horror, un horror que, ahora, conectado a las nuevas tecnologías, parece extenderse y renovarse en un tiempo que resulta confuso, casi indeterminado. Con sus personajes minimalistas de gestos inexpresivos y sus colores desteñidos, casi inofensivos, Sabrina parece no interesarse en encarnar la pirotecnia de la tragedia, ni su violencia, ni su injusticia. Tampoco conjeturar razones para el horror, ni encontrarlas en esa –mil veces declamada– putrefacción de la sociedad norteamericana. Más bien da por sentada esa putrefacción y ahí libera a sus protagonistas abúlicos y desconcertados: un novio, una hermana, un militar cuya familia se desmorona, un pueblo pequeño donde todo se sabe, y una troupe de usuarios anónimos dispuestos a estirar, deformar y abusar de la tragedia hasta el estallido de la próxima noticia.

 

 

“Sabrina vino de un cuadro de ansiedad muy intensa que estaba atravesando en mi vida personal”, cuenta Nick Drnaso, que ya es conocido por ser un autor solitario y poco accesible, que ha salido de Estados Unidos apenas una vez, a pesar de las invitaciones, y que dice haberse interesado en los cómics cuando descubrió que no tenían que ser necesariamente divertidos: obra y gracia de la taciturna tradición de la historieta independiente de su país. En 2016, Drnaso ya había ganado el premio literario de L.A Times por su primera novela gráfica, Beverly, uno de los más entusiastas debuts en el medio, con su serie de relatos bucólicos, a la vez cómicos y desesperanzadores, digno intento de su propia generación por retratar a la clase media suburbana y sus transformaciones en el tiempo. Pero justo él, un millennial al final de sus 20 años, criado y acostumbrado a la sobrecarga de información, el sobreestímulo y la espectacularización de la violencia online, había empezado a tener pensamientos paranoides cada vez más tóxicos, tantos, que durante un tiempo tuvo problemas para salir de casa, lugar donde se recluyó a dibujar su segundo trabajo. “No disfrutaba del mundo exterior y tenía un constante pensamiento obsesivo sobre el peligro, sobre escenarios hipotéticos, hasta los más extremos. Pensaba que algo muy violento me podía pasar a mí o a mi mujer, y no podía salir de la casa aunque me lo propusiera. Era bastante poco saludable y creo que esa cosmovisión quedó muy plasmada en la novela”, rememora Drnaso, que reconoce haber usado la historieta como exorcismo y, quizás, por ese trauma personal y a falta de ambición manifiesta, se convirtió en una obra con la intensidad de la novela, con la potencia expansiva del lenguaje de la historieta y con los rasgos autoconscientes de su propia época, lo que lo ha elevado a una especie de voz generacional. “Yo absorbí diferentes tipos de medios cuando era más joven, pero no produje nada ni elegí el cómic como medio hasta después de salir de la escuela, ahí leí y estudié bastante mientras decidía lo que me gustaba. Pero creo que ahora leo mucho más literatura y no ficción que cómic. Creo que más que asentarme en el oficio, ha sido un viaje de prueba y error constante”, asegura Drnaso, que bien podría enmarcarse en la tendencia experimental de la historieta, atravesada por varias disciplinas y medios aledaños que la exceden, como la literatura y el arte contemporáneo.

Del actual interés renovado por el lenguaje del cómic –en parte, porque los superhéroes nacidos en el cómic, ahora llevados al cine, amasan las más grandes cantidades de dinero de la cultura popular– parece haberse reactivado esa antigua discusión acerca de si la historieta como medio debe o tiene la capacidad de referirse a los grandes asuntos de su contemporaneidad. Lo hizo Art Spiegelman –el primer autor en ganar un Pulitzer con una novela gráfica– ,cuando revisitó el Holocausto desde la historia personal de su padre, convirtiendo a los nazis en gatos, y a los judíos en ratones. Lo hizo Chris Ware con Jimmy Corrigan, lo hicieron Harvey Pekar y Robert Crumb con American Splendor o el canadiense Seth con sus novelas sobre personajes desfasados en el tiempo.

Nick Drnaso con su gata Olive.

 

Y lo hicieron expandiendo esas historietas con el sabor amargo de la sociedad norteamericana, su abulia y su desencanto, a espacios en la academia, en las estanterías de librerías tradicionales y en los medios de comunicación masiva. De ahí, quizás, que al cómic como medio se le exijan ciertos logros elefantiásicos para ser tomado en serio, siempre relegado a la categoría de arte menor, siempre celebrado cuando logra traspasar esa grieta a la validación en otros medios. Y de ahí también, que algunos nuevos autores hagan visible nuevamente la pregunta: ¿Deberían los cómics ser comparados con la literatura? Nick Drnaso también se lo pregunta: “¿Pero por qué deberían?”, piensa él. “Si se trata de un lenguaje propio. Los cómics son lo suficientemente distintos de la literatura como para tener su propia categoría, así que ¿por qué no la tienen? Algunas personas se sintieron insultadas con mi nominación al Man Booker. Las entiendo. Lo del Nobel a Bob Dylan también fue muy raro”.

Drnaso retrata la desesperanza de su generación desdramatizada en el minimalismo sintético que elige para sus dibujos: los personajes genéricos, inexpresivos, sus emociones imposibles de leer sobre ese dibujo de la línea simple, despojado, casi infantil. El color pastel, amable, que enrarece la violencia. Sin engolosinarse en el rococó, jamás aspirando al realismo, ni a la sobreacción o la sobreexpresividad, usando sus personajes de ojos vacíos, que hablan de nada, que callan la tragedia o que la hacen explotar, y sometiendo a esas personas dibujadas en línea inexpresiva a grandes dosis de dolor. Recuerda en su minimalismo a la literatura de Carver o de Yates, y abraza ese sentir generacional callado, pero siempre al borde del desborde, como si los grandes traumas de las generaciones americanas anteriores y sus problemas ahora tuviesen conexión a internet.

Dicen algunos que este es el gran relato norteamericano contemporáneo. O así lo aseguraron el año pasado, con la sorpresa de esa nominación. No es que sea algo necesariamente sorprendente. Muchos han sido el gran relato norteamericano del año anterior y del anterior y del anterior…. Pero esta vez, parecen agregar: la gran novela americana no es una novela, es un cómic (y es más: casi podría ser un posteo, un filtro de Instagram o una frase en 140 caracteres).

 

Sabrina, Nick Drnaso, Salamandra Graphic, 2018, 208 páginas, $22.200.