Restos humanos

por Marcela Fuentealba I 19 Febrero 2026

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La escritora Carys Davies creció en Gales, primero en el norte, verde y frondoso, y luego en el sur, cerca de Newport, una zona históricamente dedicada a la minería del carbón. Su abuelo fue minero y murió joven de silicosis, por lo cual su abuela juró que otro sería el destino de sus hijos; la otra abuela se endeudó con el médico del pueblo para mandar a su hijo a la universidad y torcer la maldición minera. “Solo después de muchos años de escritura me he dado cuenta de que los personajes de mis libros suelen escapar de alguna especie de ‘aquí’ hacia otro tipo de ‘allá’, y cuán complejo es ese viaje. En mi propia familia, la sombra de la industria del carbón —sus peligros e injusticias, y la brutal dureza del trabajo— mientras crecí se cernía constantemente en el fondo”, escribió Davies en The Guardian. “Los sucesivos aniversarios de la tragedia de Aberfan (el colapso de una escombrera en 1966 que cubrió al pueblo en minutos y mató a 116 niños de la escuela, además de 24 adultos), y mucho después el trato dado a los mineros bajo el gobierno de Margaret Thatcher, dejaba a mis padres sin palabras, por la pena y la ira”.

Carys Davies escribe sobre viajes complejos, marcados por la incertidumbre, y de un deseo tan difícil de ignorar como de cumplir. En sus novelas anteriores —Oeste (2019) y The Mission House (2020)— los protagonistas salen y encuentran otra vida, mientras alguien los espera y también ve cómo su existencia se transforma. Llegan a una suerte de borde, no son aventuras ni búsquedas exóticas, sino la más básica sobrevivencia. En Despejado, su tercera y aplaudida novela, se trata de un trío de personajes, en un paisaje escocés azotado por hechos históricos del 1843, año en que un tercio de los clérigos de la iglesia de Escocia se rebeló ante una nueva norma que permitía a los terratenientes decidir quién podía ejercer en sus dominios. Por ese entonces, los latifundistas también podían desalojar a los habitantes más pobres de los territorios para que no interfirieran en sus nuevos planes agrícolas y ganaderos. Tras despejar el más productivo sur, avanzaron hasta las desoladas islas del norte. Miles de familias fueron expulsadas de sus casas y forzadas a vivir en terrenos más miserables, o como mano de obra en las ciudades revolucionadas por la maquinaria industrial.

Despejado se encarga de recoger los restos de las devastaciones de la historia en unas vidas precarias, desde la fuerza de su lenguaje. Recoge las palabras del idioma a punto de perderse de ese viejo habitante, el nórico que se hablaba en las Orcadas y en Shetland, hoy desaparecido. La sutileza de esa lengua, con sus muchas palabras para describir vientos, tormentas, musgos y pájaros, se suma a los latidos más fuertes que encarnan la humanidad a pesar de los mandatos del dinero y de la fe.

Ese es el trasfondo de sufrimiento del libro y así lo imagina la protagonista: “En su mente se formó una imagen de esta gran evacuación; una larga, gris, interminable procesión de pequeñas figuras que serpenteaban como un río a través del país. Las veía alejarse con callada resignación, guiando a los animales y a los niños, acarreando sus aperos y sus muebles y bultos de distinto tamaño, y cuando por fin desaparecían, veía las casuchas que habían dejado atrás, ahora hogares sin techo en los que entraba la lluvia y el viento y los fantasmas de los muertos, mientras las ovejas olisqueaban entre las piedras pastando en silencio”.

Con ese ánimo, entre las brumas y los vientos, un clérigo recién casado que no logra llegar a fin de mes se encuentra con un habitante de una recóndita isla de las Orcadas. Ese encuentro, tan accidentado como esencial, muestra lo que hay de humanidad simple y salvaje bajo el supuesto pago de la civilización. Basta una mirada del otro para que esa humanidad escondida florezca, la ternura supere al miedo y el lenguaje a la incomprensión. Y basta un recorrido por el páramo para entender cómo la naturaleza nos da forma y pertenecemos a su fuerza.

Despejado se encarga de recoger los restos de las devastaciones de la historia en unas vidas precarias, desde la fuerza de su lenguaje. Recoge las palabras del idioma a punto de perderse de ese viejo habitante, el nórico que se hablaba en las Orcadas y en Shetland, hoy desaparecido. La sutileza de esa lengua, con sus muchas palabras para describir vientos, tormentas, musgos y pájaros, se suma a los latidos más fuertes que encarnan la humanidad a pesar de los mandatos del dinero y de la fe. Un final hermoso, inolvidable, sella la simple hondura de esta novela finamente narrada, profundamente investigada, que parece pegarse al lector como las flores o las piedras que se recogen en un paseo por el campo.

 


Despejado, Carys Davies, traducción de Gabriel Insausti, Libros del Asteroide, 2025, 200 páginas, $23.200.

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