Robert Frank, la muerte del último maestro

No resulta exagerado afirmar que el autor de Los americanos –fallecido el martes pasado– ocupa un lugar junto a Henri Cartier Bresson como figura tutelar de la fotografía en el siglo XX. Su principal libro de fotografías trata sobre Estados Unidos, pero tuvo que publicarlo en Francia, porque su imagen del país era totalmente distinta a la postal hollywoodense: en vez de prosperidad, felicidad y homogeneidad racial, Frank evidenció la desigualdad, el racismo, la marginalidad sexual y económica, el dolor y el abandono.

por José Pablo Concha Lagos I 13 Septiembre 2019

Compartir:

Relacionados

Robert Frank, fotógrafo suizo norteamericano, renovó el lenguaje fotográfico documental en los años 50 del siglo pasado, a partir de su obra Los americanos. Esta información es la que en general sabemos de este fotógrafo, esto es efectivamente así, pero su impacto llega hasta nuestros días en que las posibilidades expresivas y subjetivas, iniciadas por Frank, son las estrategias fundamentales de la fotografía contemporánea.

Sus inicios como fotógrafo se dan en Suiza, como ayudante de un vecino fotógrafo. Dirá después que necesitó salir del país para darle mayor intensidad a sus fotografías, por esta razón viajó a Francia, Sudamérica y Estados Unidos.

Su obra más conocida e influyente (Los americanos) fue publicada el año 1958 en París por el editor Robert Delpire. Que haya sido publicado en Europa primero, a pesar de que el tema es Estados Unidos, es muy decidor. El retrato que hace Frank de este país es completamente contrario a lo que se promovía en la posguerra, especialmente a través de la gran industria cultural (los musicales de Hollywood, principalmente) que buscaba construir una imagen de prosperidad, felicidad, homogeneidad racial. Lo que hizo Frank fue revelar críticamente la desigualdad, el racismo, la marginalidad sexual, la marginalidad económica, el dolor, el abandono, etc. Asuntos que los editores norteamericanos no estuvieron dispuestos a mostrar como rostro americano en esa época. Frank intentó publicar su trabajo en Estados Unidos y frente a la negativa lo edita con Delpire, quien le hace muy pocos cambios a la selección de fotografías propuesta por él.

La particularidad de esta obra es que no aspira a ser objetivo en su descripción del país, pero en esta subjetividad levanta una descripción cruda de aspectos ocultos de esta sociedad.

Algunas de las imágenes más impresionantes de este libro son, por ejemplo, aquella en que aparece en un primer plano una niñera afroamericana de perfil a la cámara, sosteniendo en sus brazos a una guagua blanca. Esta foto, que podría ser vista como la práctica de integración racial, en rigor viene a confirmar la larga tradición de subordinación de los negros respecto de los blancos. La cara de resignación de la mujer se opone al rostro del niño, quien aparece con un gesto duro, incluso áspero y violento, insólito para una guagua de pocos meses, como si supiera la posición subordinada de su niñera.

O esa otra fotografía en la que se muestran a los pasajeros de un tranvía claramente ordenados según su pertenencia racial. Lo sorprendente de esta imagen son, nuevamente, los rostros: en la parte de adelante del transporte los blancos, uno de ellos una mujer de rostro seco y de mirada inquisidora; luego los niños como espacio mediador, y atrás una mujer y un hombre negros. El rostro del hombre, sí, nuevamente, lleno de resignación o casi dolor…

 

Otra foto, en la que aparecen un grupo de jóvenes de origen latino y negros, pero travestis, viene a revelar la existencia de marginalidades sociales muy distantes del “sueño americano”.

El mismo Frank dirá en una entrevista en el año 1994, con ocasión de una gran retrospectiva en París, que Los americanos es una obra fundamental dentro de su producción, porque marca el giro subjetivo en su trabajo. Podríamos agregar que no solo en su trabajo, sino también en la fotografía documental de todo el mundo. La particularidad de esta obra es que no aspira a ser objetivo en su descripción del país, pero en esta subjetividad levanta una descripción cruda de aspectos ocultos de esta sociedad. Frank dirá que durante ese año en que estuvo viajando con su familia, debe haber sido el lapso tiempo en que menos habló. Esta afirmación contraviene la expectativa que el fotógrafo documental debe acercarse casi antropológicamente a sus sujetos fotografiados, ganándose la confianza para estar más cerca de la verdad. Lo que nos muestra es que la verdad está en el fotógrafo y no en lo que fotografía; en la mirada aguda, en la observación crítica, en la capacidad expresiva de la imagen. Un ejemplo de esto es la fotografía tomada en un bar en la que vemos a un sujeto que suponemos peligroso, basta el encuadre, fuera de todo academicismo, para hacernos sentir el miedo que pudo haber experimentado en el momento de apretar el obturador. De este modo, Frank muestra la elocuencia de la subjetividad en la fotografía, muy alejada de la voluntad descriptiva y referencial de mediados del siglo XX. Tan íntimo es su trabajo, que en la segunda edición de Los americanos incorpora imágenes en las que aparecen su mujer e hijos en el auto en que realizó el viaje.

En esta época en la que el exceso de imágenes adormece la mirada, vale la pena volver a Frank, volver a la imagen que reflexiona sobre el estado actual de las cosas. La obra de Robert Frank fue siempre de la mano de su propia vida, sin concesiones, soportando el dolor, la muerte y el desarraigo.

Frank tendrá clara conciencia desde muy temprano de lo que significa la fotografía como herramienta expresiva, aun cuando posteriormente se dedique al cine. Esta certeza la podemos reconocer al mirar las tiras de contacto anteriores a Los americanos, material que dará forma a un libro, en mi opinión, tanto o más importante que Los americanos. Me refiero a Black, White and Things, del año 1952. Esta obra tiene un origen singular, pero que exterioriza la conciencia de la que hablábamos. Frank hizo solo tres ejemplares de manera manual, siguiendo el diseño realizado por su amigo Werner Zryd. Estos libros, elaborados con copias originales, tuvieron destinos muy distintos. Uno se lo regaló a Edward Steichen, el gran fotógrafo; otro a sus padres y el tercero se lo guardó, pero en el año 1990 lo entrega a la National Gallery of Art en Washington DC. Las fotografías que podemos ver en los contactos son extremadamente elocuentes de su sistema de trabajo, tanto en términos temáticos como técnicos. En la combinación de estas dos variables se puede comenzar e entender el enorme giro que significa su obra. Lo primero que llama la atención es la “desprolijidad” en el manejo técnico, que se aprecia en lo irregular de las exposiciones; algunas fotos sobreexpuestas, otras subexpuestas, lo que hace muy difícil que los contactos sean parejos, asunto que está contra el “dogma” fotográfico de la época. Esta irregularidad deja ver la intensidad de su despliegue por las calles, de su ojo atento y especialmente certero: generalmente no hay fotografías alternativas a la que es elegida, todo lo resuelve en una toma.

Otro aspecto importante es el modo en que Frank articula su narración fotográfica. No se trata de aplicar ningún modelo estético o guía para que la lectura de las imágenes sea más explícita o coherente, muy por el contrario, en Black, White and Thing, como en Las líneas de mi mano (otro de sus grandes libros), el ordenamiento de las imágenes estará definido más por intensidades que por continuidades. Si bien Black, White and Thing está dividido en capítulos, la selección tiene que ver con el título: blanco, negro y cosas, y las fotografías en que predominan estas variables. La amplitud temática es enorme, pero finalmente la coherencia es total.

 

 

Esta intensidad de la experiencia fotográfica, de alguna manera lo acerca en términos casi éticos a la otra figura tutelar de esta disciplina en el siglo XX, Henri Cartier Bresson. Estética y temáticamente están en mundos diametralmente opuestos; el francés desde la pulcritud de la geometría al servicio de la composición; y Frank desde la suciedad y desprolijidad en el encuadre. Pero lo que los aúna es la necesidad de vivir y luego fotografiar; que la fotografía sea la consecuencia de vivir y no al contrario. Esto se reconoce en la sospecha que manifiesta Frank respecto de la “fotografía conceptual” o de la irrupción del mercado en la fotografía. Decía en la entrevista del año 90 que “cuando yo empecé hacía lo que amaba, libremente, sin más recompensa que la satisfacción de hacer una cosa en la que uno cree y porque uno cree en ella. (…) Hoy día el ojo del fotógrafo es obligadamente diferente, porque puede ganarse la vida comercializando su arte. Esto no es deshonroso, pero el idealismo ha desaparecido”.

Este romanticismo no se debe confundir con una pura subjetividad arbitraria. Frank fue un autor muy consciente de su proyecto artístico y por esto muy celoso de su legado, tanto así que dejó expresamente indicado a la National Gallery la prohibición del uso de sus imágenes para ediciones que revisitaran sus libros. Los americanos es lo que él determinó y no una reinterpretación posterior. En este sentido, Frank fue muy claro en que el fotógrafo debe saber lo que quiere decir y no dejarse llevar por corrientes de moda o por curadores que estén más al tanto de lo que el mercado define.

La influencia de Robert Frank ha sido inmensa, así lo manifiestan grandes fotógrafos contemporáneos, chilenos y del resto del mundo. Con su muerte se comienza a cerrar la época de los grandes maestros, de aquellos que establecieron bases estéticas y éticas en la práctica fotográfica. Se podrá estar o no de acuerdo en estos caminos, pero está clara la influencia que ejercieron. En esta época en la que el exceso de imágenes adormece la mirada, vale la pena volver a Frank, volver a la imagen que reflexiona sobre el estado actual de las cosas. La obra de Robert Frank fue siempre de la mano de su propia vida, sin concesiones, soportando el dolor, la muerte y el desarraigo.