
Compartimos un adelanto del primer capítulo de Un planeta llamado depresión: reflexiones sobre salud mental, de la directora de la Escuela de Psicología de la Universidad Diego Portales. El libro se presentará mañana jueves 13 de agosto al mediodía, en la Sala Archivos UDP de la Biblioteca Nicanor Parra.
por Alemka Tomicic I 12 Agosto 2026
Es curioso cómo incluso aquello que nos resulta de lo más inocuo da forma a la manera en que comprendemos nuestras experiencias emocionales. Creo no equivocarme al decir que todas y todos recibimos, alguna vez, premios o reprimendas con dibujos o calcomanías de caritas felices o tristes. Su origen se remonta a muchos años antes que los emoticones que enviamos por mensajes de texto y que han ampliado el arco emocional posible de ser expresado con un círculo, dos puntos y una raya que se curva hacia arriba o hacia abajo.
En la década de los cincuenta, B. F. Skinner dio un paso más allá de los planteamientos del conductismo clásico —ese del perro de Pavlov—, creando una técnica del modelamiento del comportamiento revolucionaria para la época, y, aunque no lo notemos, vigente hasta la actualidad: el conductismo operante. En términos sencillos, este es una manera en que podemos dar forma a patrones de conducta —algunos también dirán que es un tipo de aprendizaje—. Ante la presencia de un comportamiento deseado, se ofrece una recompensa —un refuerzo positivo— que hará más probable que el comportamiento en cuestión vuelva a ocurrir. En su versión más radical, si el momento de la recompensa es impredecible —si el refuerzo es aleatorio—, las probabilidades de fijar el comportamiento se incrementarán, así como ocurre con las probabilidades de deslizar la palanca en una máquina tragamonedas.
¿Y qué hay de las caritas? Bueno, las caritas felices y las caritas tristes que las profesoras pegaban en los informes escolares o en los tableros de la sala de clases son una versión simplificada de lo que se conoce como “economía de fichas”, un derivado del conductismo operante. En su versión más sofisticada, los comportamientos deseados se refuerzan con caritas felices que el niño o la niña puede canjear luego por un refuerzo llamado primario. De ahí que la felicidad en estos términos adquiere un valor adicional: tiempo de juego, dulces, algún privilegio.
Con todo, las populares caritas felices y caritas tristes han contribuido, sin duda, a una suerte de ética de las emociones y los sentimientos, en la que las valencias positivas y negativas nos llevan a preferir las unas y tratar de evitar las otras. Pero más allá de esta concepción cotidiana, alimentada por la psicología popular, las valencias indican el sentido y valor adaptativo de las emociones y los afectos, muy lejos de un juicio de orden moral. Así, las emociones positivas suelen asociarse con sensaciones de bienestar, alegría, gratitud, satisfacción o entusiasmo. Su valor adaptativo es el de motivar comportamientos de acercamiento y exploración, relacionados con experiencias que nos generan placer o apertura. Por el otro lado, las emociones negativas incluyen estados afectivos como miedo, tristeza, ira, disgusto o ansiedad. Estas nos preparan en general para responder a amenazas, pérdidas o molestias, promoviendo comportamientos de evitación, resguardo o confrontación. Además, tanto las emociones positivas como negativas se construyen a partir de las mismas redes cerebrales y procesos corporales. Sus diferencias se hallan, entonces, en cómo se combinan las sensaciones corporales que las conforman, las interpretaciones que de ellas hacemos y las respuestas regulatorias que en su presencia desplegamos.
Robert Zaborowski, investigador polaco, cansado de esto de lo negativo y lo positivo, sugirió que las emociones son fenómenos neutros, y que su valencia negativa o positiva solo responde a una percepción dependiente del contexto y de la persona. Lo central es que las emociones en sí mismas no poseen un valor inherente. De ahí que el miedo o la ira, consideradas tradicionalmente negativas, dependiendo del contexto y su función, pueden ser beneficiosas, es decir, positivas, por ejemplo, para evitar un peligro o establecer límites interpersonales. En este punto cabe preguntarse si es posible concebir una emoción neutra, algo así como una emoción independiente del cuerpo que habita o que la habita. Valga, entonces, dar un paso atrás y retomar tratando de entender qué es una emoción después de todo.
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En una oportunidad mi hija menor, por entonces de tres años, camino al jardín infantil, de pronto y al parecer sin razón alguna, comenzó a sollozar. Mientras conducía, preocupada, la miré por el espejo retrovisor revisando si se había lastimado. “Valentina”, la llamé, “¿qué pasó?”. Con lágrimas en sus ojos, suspiró profundo y dijo: “Es que el sol me hace triste”. Conteniendo una carcajada y tratando de tomarla en serio, le pregunté: “¿Cómo así?”. Y esto fue lo que, sorprendentemente, me respondió: “Es que los rayos del sol hacen que mis ojos lloren y eso me hace triste”.
Por supuesto Valentina no estudiaba teatro y ni de cerca había escuchado del método de Mijaíl Chéjov, pero ya a esa temprana edad comprendía, a su manera, lo que era la emoción de la tristeza, o al menos una vía para llegar a ella.
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Contrario a lo que podría sugerir el sentido común, el estudio científico de las emociones en sus orígenes no fue exclusivo del campo de la psicología. En sus trabajos a fines del siglo XIX, que condujeron a la teoría de la evolución, Charles Darwin estableció tres principios que explicaban las emociones y las maneras como las expresamos: el de los hábitos útiles, el de la antítesis y el de la excitación del sistema nervioso por medio del cuerpo. Los dos primeros sostenían el carácter adaptativo y evolutivo de la expresión emocional, que se habría vuelto habitual y hereditaria por su utilidad para la supervivencia. Por ejemplo, debido a la estructura de sus hocicos, al ladrar, los perros muestran los dientes, un comportamiento que evolucionó como una señal de agresión o ira; un rasgo que no es exclusivo de mamíferos no humanos, por cierto. Aunque a menudo no lo notamos ni lo hacemos de forma intencionada, al discutir o atacar de manera verbal, tendemos a “afilar” los labios y no solo agudizar nuestra voz, sino también a exhibir nuestra dentadura, reconocible rictus, por ejemplo, en las comunicaciones habituales del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
De modo que las emociones son comportamientos expresivos y con base en la fisiología que tienen raíces evolutivas, es decir, una función de supervivencia, que pueden ser heredadas a la vez que desarrollarse por hábito. Pero, además, son sistemas de respuestas que involucran a todo nuestro cuerpo y que, en el caso de los humanos, son acompañadas por una narración, una asignación de sentido que llamamos “subjetividad”.
Los neurocientíficos Mark Solms y Oliver Turnbull sostienen que las emociones son una modalidad sensorial —un sexto sentido— que aporta información sobre el estado del cuerpo y la vida interna de las personas, a diferencia de los clásicos cinco sentidos —vista, oído, olfato, gusto y tacto— orientados a percibir el estado del mundo externo. Pero no solo se diferencian en su orientación, sino también en su efecto perceptual. Las emociones, una vez sentidas, de manera consciente o no, conllevan siempre un mandato: hacer algo.
El Universo Marvel nos enseñó esto de las emociones como un sexto sentido y como un mandato a la acción de manera notable. En la serie televisiva El increíble Hulk, el atormentado científico Bruce Banner vagaba de pueblo en pueblo al ritmo melancólico de su inconfundible banda sonora. Cada tarde, esas de la década de 1980, con una taza de leche con chocolate en mano, mis hermanos y yo esperábamos el momento en que Banner percibía un peligro o una injusticia, y en un arrebato de ira se transformaba en el verde y terrorífico, pero tan humano, Hulk. Su sexto sentido, el de la emoción, siempre era más veloz que el del control racional; la ira leía los cambios de su fisiología y activaba una respuesta que revelaba su superpoder. En la ira, paradójicamente, se expresaba su bondad.
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Jaak Panksepp, un neurocientífico estonio que en 1998 fundó las bases del estudio neurobiológico de las emociones —las neurociencias afectivas—, dedicó su trabajo académico a demostrar que los sistemas afectivos subcorticales preceden y dan fundamentos a los procesos cognitivos corticales. Siguiendo la tradición evolutiva, Panksepp conceptualizó las emociones como procesos primarios localizados en sistemas cerebrales que son heredados y universales. Señaló que estos procesos son luego modulados y moldeados por el aprendizaje, el desarrollo y, agregaría yo, la cultura. En su trabajo identificó seis sistemas afectivos básicos: cuidado, juego, búsqueda, tristeza, miedo e ira.
El sistema afectivo del juego, relacionado con comportamientos lúdicos, sociales y de afiliación, cumple una función central para el desarrollo de habilidades sociales, la construcción de vínculos y la exploración emocional segura. Además, es un afecto que estimula la diversión, la risa y el compañerismo. Su base neurobiológica se ubica en los circuitos subcorticales asociados con lo que ha sido llamado el sistema de motivación y recompensa.
Si el sistema afectivo de juego estimula experiencias placenteras, de exploración y vínculo, el sistema de tristeza —o de ansiedad por separación— levanta una alerta ante la posibilidad de pérdida y estimula la retracción. De ahí que este sistema afectivo no solo produzca sentimientos de tristeza como tal, sino de angustia, búsqueda de contacto y orientación hacia la restauración de la cercanía y la protección. Es por esto que sus bases neurobiológicas son los circuitos cerebrales relacionados con el dolor y el apego.
Los sistemas afectivos son necesarios todos ellos para el desarrollo emocional sano y no son excluyentes entre sí, sino que pueden estar presentes en nuestra vida afectiva de manera complementaria y con intensidades variables. Como en la canción de los cantautores brasileños Tom Jobim y Vinícius de Moraes, A Felicidade, a diferencia de la felicidad, la tristeza no tiene fin. ¿Qué puede significar esto? Lo que nos hace escuchar esta bossa nova es que la tristeza puede ser una presencia constante, similar a un bajo, ya que la espera de la pérdida es casi continua. En contraste, la felicidad, el juego y el carnaval obtienen su valor porque de vez en cuando se silencian. Su permanencia constante los vuelve compulsivos, adictivos y, paradójicamente, les quita su naturaleza placentera.
Fotografía de portada: Alemka Tomicic © Lorena Palavecino / Penguin Random House.

Un planeta llamado depresión, Alemka Tomicic, Debate, 2026, 284 páginas, $20.000.