Fascismo: en busca del significado perdido

Cada vez es más frecuente escuchar hablar de un retorno del fascismo, al mismo tiempo que la palabra se ocupa como sinónimo de las más diversas manifestaciones políticas. Aquí en Chile, por ejemplo, vemos que en las redes sociales se cataloga de “fachos” a quienes defienden ideas liberales o de derecha. Frente a este escenario de confusión, el historiador italiano Emilio Gentile publica Quién es fascista, libro que intenta aclarar un término cuya propia historia ha contribuido a su difícil diagnóstico: ¿se trata, después de todo, de una ideología revolucionaria, moderna y anticristiana? ¿O muy por el contrario, de un fenómeno reaccionario, tradicionalista y beato?

por Matías Hinojosa I 14 Abril 2020

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En abril de 1995, Umberto Eco dictó la conferencia “El fascismo eterno” para un grupo de estudiantes de la Universidad de Columbia, con la cual intentaba llamar la atención sobre los supuestos rebrotes de fascismo en el mundo, ofreciendo a su auditorio –y después a sus lectores, una vez su charla fue transcrita y publicada– una lista de 14 características típicas para identificarlo. Esta labor de síntesis, sin embargo, presentaba una particularidad: al no poseer una filosofía precisa, era imposible integrar en un solo sistema todas las características del fascismo. Incluso, advierte Eco, “muchas se contradicen mutuamente, y son típicas de otras formas de despotismo o fanatismo, pero basta con que una de ellas esté presente para hacer coagular una nebulosa fascista”.

Para el pensador italiano el fascismo es una fuerza siempre latente, por eso acuña los términos “fascismo eterno” o “ur-fascismo”, como una forma de catalogar aquellas manifestaciones que, sin coincidir al pie de la letra con el fascismo mussoliniano, merecen de todos modos el apelativo de fascistas. De manera que, bajo esta perspectiva, no hay una sola forma de fascismo, sino que este puede presentarse en todo momento y en cualquier lugar bajo los más diversos ropajes. Esta capacidad adaptativa descansa precisamente en su desarticulación teórica, pero sobre todo en la ausencia de un elemento esencial que lo haga perfectamente identificable. “Se puede jugar al fascismo de muchas maneras y el nombre del juego no cambia”, dice Eco. “El término ‘fascismo’ se adapta a todo porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos y siempre podremos reconocerlo como fascista”.

Esta visión ha sido la dominante desde que el fascismo apareció en escena, por sobre la mirada de quienes reconocen en él una entidad concreta e irreplicable. De otro modo no se explican las sucesivas alarmas sobre un retorno del fascismo, que actualmente en redes sociales y en los medios de comunicación reaparecen cada vez con mayor frecuencia.

Frente a este escenario, donde por otro lado todos se arrogan la clave para identificar quién es fascista –cayendo incluso en una distorsión total de la palabra (hay personas que califican a otras de fascistas, o “fachas”, por defender ideas liberales o de derecha)–, el académico Emilio Gentile en su libro Quién es fascista intenta demostrar que hablar de un retorno del fascismo, o de un “fascismo eterno”, carece de fundamento histórico.

Los fascistas de 1919 no eran antidemocráticos (aunque sí antiparlamentarios), de hecho impulsaban el sufragio universal masculino y femenino, y la política de rebajar la edad de voto a los 18 años. Estaban, por otro lado, contra el Estado centralizado y apoyaban el aligeramiento del aparato burocrático.

Gentile es profesor emérito de la Universidad de Roma La Sapienza y uno de los principales historiadores del fascismo italiano en el mundo. Ha publicado los libros Mussolini contra Lenin, Fascismo y El fascismo y la marcha sobre Roma, entre otros títulos, donde ha desarrollado puntos de vista no siempre coincidentes con las corrientes mayoritarias de la historiografía. Por ejemplo, en 1975 se le acusó de apologista tras publicar una investigación en la que intentaba acreditar la existencia de una ideología fascista, en circunstancias en que el grueso de los estudiosos negaban dicha característica. También ha entrado en controversias por recuperar la noción del fascismo como régimen totalitario, contradiciendo la tesis de Hannah Arendt desarrollada en Los orígenes del totalitarismo. Y la misma suerte ha corrido al analizar el fascismo como una ideología revolucionaria, moderna y anticristiana, negando la idea de que se trataba, por el contrario, de un fenómeno reaccionario, tradicionalista y beato.

“Introducir la eternidad en la historia humana, atribuir la eternidad a un fenómeno histórico, aun con las mejores intenciones, implica una grave distorsión del conocimiento histórico”, escribe el autor al inicio de Quién es fascista. El empobrecimiento del concepto fascismo, hasta llegar a significar prácticamente nada, se debería según él a una “desfascistización del fascismo”, proceso por el cual se ha desprovisto de sus características identitarias al fenómeno. Por un lado, están los que, como Umberto Eco, frente a cualquier manifestación que comparta una o más similitudes con el fascismo, creen acertado tachar aquella manifestación como “fascista”; y por el otro, los que reducen el fascismo solamente al mussolinismo, reconociendo la figura del Duce como su único elemento identificable. “Que Mussolini ha sido un componente originario, fundamental, dominante en la historia del fascismo es una evidencia innegable. Pero la relación entre Mussolini y el fascismo nunca se ha caracterizado por una especie de identificación, en la que Mussolini reabsorbía en sí mismo todo el fascismo”, escribe el historiador. “El fascismo fue un movimiento, partido y régimen muy complejos en su desarrollo histórico. Desde el punto de vista organizativo, cultural e institucional, el fascismo era la resultante de muchos componentes, que en Mussolini tenían, por así decir, su síntesis, pero sin agotarse en su persona”.

El fascismo antes del fascismo

Pese a las duras críticas profesadas por Gentile a lo largo de su libro a quienes hablan de un retorno del fascismo, el investigador italiano reconoce que el término es problemático y que su propia historia ha colaborado en sembrar la confusión. Una mirada retrospectiva encaminada a examinar los sentidos que ha tenido la palabra hasta llegar a una definición precisa de ella, es una tarea a ratos laberíntica. Para comenzar, señala el historiador, hay que aclarar que el adjetivo “fascista” existió antes que el sustantivo “fascismo”, siendo la primera en su sentido primigenio una derivada de la palabra “fascio”. “Fascio”, en el escenario político italiano del siglo XIX y principios del XX, era la denominación que recibían distintas asociaciones de izquierda. Existieron, por ejemplo, los fascios obreros de la Italia del norte y los fascios de los trabajadores sicilianos. Y fue concretamente en relación a este último que se usa por primera vez el adjetivo “fascista” en 1893.

Escribe Gentile: ‘Con rápida conversión, Mussolini renegó del movimiento antipartidista, democrático, antiestatalista, libertario e individualista, y se convirtió en el primer propagandista y en guía político de un partido armado estatalista, antidemocrático, antiindividualista, antilibertario’.

En el curso de la segunda década del siglo XX el apelativo “fascista” se volvería más frecuente en el debate público, pero continuaba en su sentido original designando a los miembros de un fascio, sin denotar hasta ese momento ninguna visión política en concreto, sino solamente una forma de organización. Fue el propio Mussolini, en 1919, durante un discurso en Fiume dirigido a sus correligionarios de los Fascios de Combate, quien funda el sustantivo “fascismo”. A partir de ese punto, la palabra “fascista” pasa a referirse a un programa político en particular: el programa político de los Fascios de Combate.

Sin embargo, aquí viene uno de los puntos problemáticos, pues las ideas que aglutinaban a los Fascios de Combate, según Gentile, no serán las mismas ideas que más tarde aglutinarán al fascismo que llegará a convertirse en régimen. Como explica el autor, los fascistas de 1919 no eran antidemocráticos (aunque sí antiparlamentarios), de hecho impulsaban el sufragio universal masculino y femenino, y la política de rebajar la edad de voto a los 18 años. Estaban, por otro lado, contra el Estado centralizado y apoyaban el aligeramiento del aparato burocrático. No eran revolucionarios, ni anticapitalistas y despreciaban la demagogia y el populismo. “Finalmente”, se lee en su descripción, “el fascismo diecinuevista no quería ser ni convertirse en un partido político: antes bien, se declaraba ‘antipartido’, movimiento de minoría aristocrática que despreciaba a los partidos organizados de las masas gregarias, a los que contraponía una participación libertaria en la vida política”.

1921 será el año de surgimiento del “fascismo histórico”, aquel que dominará Italia durante las próximas dos décadas. El hecho que marca esta nueva resignificación de la palabra es la aparición del escuadrismo, las fuerzas de choque derivadas de los Fascios de Combate que dieron el carácter de movimiento miliciano al fascismo. Los escuadristas solían ser jóvenes que habían combatido en la Primera Guerra Mundial y que reclamaban un retorno a aquella Italia gloriosa, encarnada en la imagen mítica de la antigua Roma. Luego de llevar a cabo los primeros atentados contra sus adversarios políticos, y viendo la enorme adhesión que estaban obteniendo rápidamente en varias regiones del país, Mussolini buscó desmovilizar a los grupos armados y convertir el escuadrismo en un partido político. Pero los jefes provinciales de las escuadras, cuenta el autor, “le negaron la paternidad del fascismo, echándole en cara que su fascismo había sido un minúsculo movimiento urbano, mientras que el nuevo fascismo escuadrista no le debía casi nada”.

Aunque buena parte de sus miembros y líderes provenían de los Fascios de Combate, el escuadrismo desarrolló posturas radicalmente distintas. Mussolini, que ya tenía historial en cambiar abruptamente de perspectiva (en 1914 abandonó el Partido Socialista para convertirse en un férreo antimarxista), abrazó el nuevo programa emanado de las escuadras. Escribe Gentile: “Con rápida conversión, Mussolini renegó del movimiento antipartidista, democrático, antiestatalista, libertario e individualista, y se convirtió en el primer propagandista y en guía político de un partido armado estatalista, antidemocrático, antiindividualista, antilibertario”.

Aunque de distinto modo, y no solamente asociada a los comunistas, hoy persiste con mucho ímpetu la obsesión por encontrar fascistas en todos lados. Sin embargo, como ocurrió en la Italia de la década del 20 del siglo pasado, esta actitud, en lugar de ayudar a la democracia, quizás está consiguiendo que las verdaderas amenazas pasen inadvertidas.

Demócratas… sin ideal democrático

El uso del calificativo “fascista” para referirse a las más variadas expresiones políticas no es un fenómeno solo de las últimas décadas. El término fue utilizado indiscriminadamente desde el comienzo. Para el historiador italiano, uno de los motivos de la consolidación mussoliniana fue precisamente la división entre sus opositores, los que no lograron concentrar fuerzas en un bloque común debido a las distorsiones a las que fue sometida la palabra, lo que llevó a algunos a encontrar fascistas por todos lados, tachando como tal incluso a movimientos que habían dado clara prueba de su antifascismo. En esta obsesión por desenmascarar fascistas, fueron los comunistas italianos los que llegaron más lejos con sus acusaciones, hasta el extremo de considerarse la única fuerza realmente antifascista. Como se leía en las páginas de la revista El Estado Obrero en 1927, cualquier otra fuerza distinta del comunismo “por mucho que se proclame antifascista, está condenada a convertirse en una fuerza de apoyo al régimen reaccionario actual”.

Durante una década, de 1924 a 1934, los comunistas acusaron a los socialistas, a los socialdemócratas, a los liberales y a los conservadores de ser fascistas, puesto que, según ellos, todos eran traidores del proletariado y compartían bases ideológicas. Los comunistas, escribe Gentile, tenían la convicción “de ser los únicos que habían comprendido, con su análisis de clase y anticapitalista, qué era verdaderamente el fascismo en realidad –más allá de los aspectos propios del fascismo como partido y como régimen-, y esta realidad estaba formada por la burguesía y el capitalismo, matrices y sustancia del fascismo. Por consiguiente, para los comunistas cualquier antifascista que no luchaba para derribar también, además del régimen fascista, a la burguesía y al capitalismo, era objetivamente semifascista o socialfascista”.

Aunque de distinto modo, y no solamente asociada a los comunistas, hoy persiste con mucho ímpetu la obsesión por encontrar fascistas en todos lados. Sin embargo, como ocurrió en la Italia de la década del 20 del siglo pasado, esta actitud, en lugar de ayudar a la democracia, quizás está consiguiendo que las verdaderas amenazas pasen inadvertidas. Gentile hace un esfuerzo en esa dirección e intenta dilucidar los peligros que asolan actualmente a las sociedades.

Su observación es que la democracia ha terminado reduciéndose a una mera participación periódica de la ciudadanía en elecciones, mientras en el poder continúan dominando castas y grupos que, al margen de haber sido escogidos, gobiernan con un espíritu distinto al del bien común. Esta situación ilustra una disociación entre el método y el ideal democrático. Por una parte, se respeta la voluntad de la mayoría expresada en las urnas, pero por otro, se dirige políticamente sin atender esa máxima democrática del “gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”. A esta situación Gentile la llama “democracia recitativa”. De modo que, como expresa en los últimos pasajes de su libro, actualmente “el peligro real no son los fascistas, reales o presuntos, sino los demócratas sin ideal democrático”.

 

Quién es fascista, Emilio Gentile, Alianza, 224 páginas, $13.000.