Hernando de Santillán, el primer constituyente

El gobernador García Hurtado de Mendoza contaba con un consejero que aspiraba no solo a instruirlo, sino también a moderar su carácter. No le fue del todo bien. Mientras García se concentró en la Guerra de Arauco, que cantó el más célebre de los miembros de su séquito, Alonso de Ercilla, la gran y solitaria labor legislativa de Hernando de Santillán es mucho menos conocida. Este es un perfil del hombre que quiso ordenar de manera estricta el trabajo indígena en el servicio personal del encomendero, de modo de diferenciarlo de cualquier asomo de servidumbre. Santillán aspiraba a una ley justa, pero, a la vez, capaz de promover una reforma social que permitiera no extinguir sino incorporar el mundo indígena a la economía y sociedad colonial.

por Pedro Gandolfo I 11 Febrero 2021

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Mientras escrutaba el rostro del cacique don Pedro Guenumillasado, principal del pueblo de Mataquito, Hernando de Santillán recordó el momento en que el virrey Andrés Hurtado de Mendoza lo nombró tutor de su hijo hace ya un par de años, pensando entonces que su posición podría llegar a compararse algún día con la de Sócrates y Alcibíades; o mejor, con la de Aristóteles y Alejandro. García Hurtado de Mendoza –García era un nombre en aquella época– tenía entonces 18 años, era esbelto, bien formado y temerario en la batalla, pero veleidoso en el juicio, altanero y rápido en la ira. En las horas pasadas con él en su escritorio del palacio virreinal, a don Hernando de Santillán le quedó claro que en nada lograría mejorar las cualidades morales del mocetón, pero insistió en que aprendiese las bases fundamentales del derecho natural y de gentes, y las reglas prudenciales para la buena administración y gobierno de una provincia. Así, cuando el virrey lo instituyó gobernador y capitán general de estas pro­vincias de Chile –García apenas había pasado los 20 años–, quiso su padre que él, Santillán –que frisaba la cuarentena–, lo acompañase como teniente general, su mano derecha, confiando el letrado y oidor de Salamanca en seguir más adelante ejerciendo sobre él un influjo conveniente y moderador.

Pobre ingenuo, se dijo ahora a sí mismo. Ya a los pocos meses del arribo a la polvorienta caleta de Co­quimbo, se había convencido de que este viaje sería un calvario de calamidades y le parecía ya haber en­vejecido décadas. El estado en el cual se encontraba la provincia estaba a poco del bellum civile entre las facciones de los capitanes sediciosos –Francisco de Aguirre y Francisco Villagrán–, quienes se disputa­ban la gobernación tras la muerte de Pedro de Valdi­via, si bien esas querellas no lo sorprendieron, porque eran pan de cada día entre la gentuza que se había re­clutado para el descubrimiento de las nuevas tierras y la pacificación de los naturales de ellas, todo en nom­bre del rey.

Pero aquello que le venía provocando un horror desconocido a don Hernando –pese a las noticias que se tenían ya de ello en Lima– eran los excesos y crueldades de los encomenderos de Chile hacia los indígenas, sobre todo los cometidos en perjuicio de aquellos ya pacificados y que, por lo mismo, se habían sometido a la autoridad de la corona española y a la gracia de Dios. A ellos se los trataba no como a los súbditos de su majestad que eran y almas que adoctrinar para la salvación eter­na, sino como a bestias sujetas a la más durísi­ma servidumbre que se pueda imaginar.

Mientras continua­ba el monocorde ir y venir de preguntas y respuestas entre el ca­cique y el intérprete –un yanacona venido de joven en la malo­grada expedición del adelantado Almagro–, desfilaron ante su men­te los horrores que les fueron referidos y de los que él mismo fue siendo testigo durante las visitas a las reparticiones de indios que hiciera primero en el distrito de La Serena, después en Concepción y finalmente en Santiago. Pensó que después escribiría que los encomenderos de las provincias de Chile son los peores por “haber usado con los indígenas más crueldades y excesos que con otros ningunos, matando suma de ellos debajo de paz, e sin darles a entender que S.M. manda se les aperciba, aperreando muchos y otros quemándolos y encalándolos, cortando pies y manos e narices y tetas, robándoles sus haciendas, estrupándoles sus mujeres e hijas, poniéndoles en cadenas con cargas, quemán­doles todos los pueblos y casas, talándoles las semen­teras, de las que vino grandes enfermedades, murió gran suma de gentes de frío y mal pasar y de comer yerbas y raíces, y los que quedaron, de pura necesi­dad tomaron por costumbre de comerse unos a otros de hambre, con que se menoscabó casi toda la gente que había escapado de los demás”. Pensó que escribi­ría también sobre “cómo a los naturales de las tierras donde estas ciudades fueron fundadas por los españo­les los halló muy vejados y fatigados de sus encomen­deros, usando de ellos para cargas y echándolos a las minas a todos e a sus mujeres e hijos, e ocupándolos en otros servicios personales, sin dejarles una hora de descanso ni reservarles un pelo de todo aquello que tienen y pueden adquirir con sus trabajos y sudores”.

Mientras continuaba el monocorde ir y venir de preguntas y respuestas entre el cacique y el intérprete –un yanacona venido de joven en la malograda expedición del adelantado Almagro–, desfilaron ante la mente de Santillán los horrores que les fueron referidos y de los que él mismo fue testigo durante las visitas a las reparticiones de indios que hiciera en La Serena, Concepción y Santiago.

Hernando de Santi­llán miró con mayor pe­sadumbre y resignación el rostro del cacique. No había logrado en todos estos meses aprender ni una sola palabra de su extraña lengua que brota­ba todavía de sus labios, como el murmullo de un río de otros mundos, pero cuando estaba llegando a su fin, la interminable sucesión de estas visitas de encomienda, le pa­recía muy claro que los indígenas de estas pro­vincias no son como los de Cusco o de Lima o los de Nueva España, y no solo porque no habitan en ciudades ni constru­yen templos magníficos ni extensos y ordenados caminos ni ingenios para conducir las aguas. Los indios de Chile, se dijo, se distinguen mayormente porque viven como si el mañana no existiese y no les interesa acumular bienes para solventar las calamidades del avenir o mejorar su estado o posición en esta vida, ni trabajan ni hacen es­fuerzo alguno para ello, a menos que se los fuerce, lo cual, pensó, si bien permite situarlos más cercanos al Edén, podía asegurar que tan solo logrando reformar sus costumbres sería posible que llegasen a formar parte alguna vez de manera útil de los dominios de la Corona.

El cacique de Mataquito, al que Santillán observa­ba en estos momentos, junto con otros, se encuentra sometido al yugo de un extremeño llamado Juan Jofré, el más codicioso y cruel de la casta de los encomen­deros de Valdivia. El cacique, al que parece le hubiera caído encima una de estas montañas, es buen señor de unos rancheríos miserables, ubicados muy alejados unos de otros, a la orilla de un río torrentoso y trai­cionero, chozas en las que viven dispersos poco más de 50 indios tributarios y sus familias, todos confu­samente parientes entre sí, que son voluntariosos en colaborar en las tareas comunes, pero no acumulan ni hacen acopios de granos u otros alimentos, no crían ganados para que se multipliquen ni tienen in­dustrias para conservar carnes o hilar tejidos de los cuales hagan reservas, y los bienes hay que repartír­selos con moderación, porque son grandes comedo­res y bebedores, y lo consumen todo en poco tiempo, sin guardar para el mañana.

Es notorio, pensó con desconsuelo Santillán, que no pueden pagar sus tributos en especies a este encomendero o a otros mientras sus costumbres y usos sean los que son hasta ahora, aunque asimis­mo son hijos de Dios requeridos del mayor cuidado, siendo la venida de los españoles en nombre de S.M. causa de terrible desgracia y no felicidad.

***

Santillán a veces temía que sus sesos estallasen de tan llena que estaba su cabeza de contradicciones, entre la realidad y su anhelo de justicia. Eso le fue dando, inmerecidamente sin duda, entre quienes se encontraban bajo su mandato, una reputación de cascarrabias y atrabiliario. No podía, como creyó y deseó antes de llegar, emplear meramente todo el peso de su potestad, obligando a los encomenderos a cumplir al pie de la letra las leyes y provisiones de su majestad sobre el gobierno de estas tierras y el buen trato, defensa y conservación de los aborígenes, prohibiéndoles que los empleasen para su servicio personal y su trabajo en los lavaderos de oro, pero tampoco podía permitir que siguieran vejándolos y fatigándolos hasta la muerte de ellos, como lo había constatado. García Hurtado de Mendoza, entretanto, perseguía la gloría militar en el sur, dando batalla a los indígenas de Arauco, dejándose embaucar por un militar con afanes de poeta, un tal Ercilla, que según ostentaba le escribiría un gran poema épico en su honor. En cambio, con Santillán se mostró cada día más esquivo, despreocupado de la suerte de los indí­genas, arbitrario e iracundo con los encomenderos, resistente a seguir los consejos y consideraciones del oidor letrado.

Pensaba Santi­llán que una ley sabia es capaz de educar a un pueblo entregado a la holgazanería en la industria y la dis­ciplina, y a encomenderos codiciosos ponerles coto con la amenaza de la pena.

En las breves pausas del trabajo en busca de sa­biduría consultaba una y otra vez –después de su infaltable siesta vespertina– De Indis y De Iure Bellis Hispanorum in bárbaros, los tratados de Francisco de Vitoria que se había traído consigo desde Lima, to­maba notas y ensayaba algunas líneas para los ar­tículos y capítulos de la Ordenanza que habría de dictar, esa pieza jurídica mayor que, estaba seguro, lo pondría a la altura de los grandes jurisprudentes del pasado. Pensaba autorizar el trabajo de los indí­genas en las minas de oro –la única fuente de rique­za que en estos años permitía sostener la tarea de pacificación y adoctrinamiento de estas tierras– y el servicio personal en otras tareas que le encargara el encomendero, pero ordenado de manera estricta, de modo de diferenciarlo de cualquier asomo de servi­dumbre, asegurando que la comunidad a la cual per­tenezcan los tributarios recibiera beneficios ciertos y palpables del trabajo de estos. La idea que iba con­figurándose en la mente ardiente de Santillán era un pacto intermedio que fraguaba los conocimientos y experiencias de la mita de los incas –que mientras estuvieron en Chile emplearon con bastante éxito entre los naturales aconcaguas, mapochoes y mai­puchoes– con los principios de justicia del derecho natural y de gentes. El propósito era aliviarlos de la mitad del trabajo que llevan ahora, dejando de so­bra tiempo para que pudieran descansar y realizar las faenas que quisieran, para beneficio propio y de su comunidad en sus tierras, y recibieran, a cambio, una parte de los frutos que habían contribuido a pro­ducir, en concreto, de una sexta parte del oro bene­ficiado en los lavaderos y una tercera parte de los productos en las demás faenas.

De ese modo, creía Santillán, no solo se lograría un trato más justo, sino que con el tiempo los indígenas se irían dando cuenta de los provechos del trabajo, apreciarían los beneficios de ir acumulando excedentes de trigo y otros frutos, de criar y multi­plicar ganado, haciendo acopio de lanas y tejidos, y de trabajar el cuero y otros obrajes. Pensaba Santi­llán que una ley sabia es capaz de educar a un pueblo entregado a la holgazanería en la industria y la dis­ciplina, y a encomenderos codiciosos ponerles coto con la amenaza de la pena.

La Ordenanza o Tasa de Santillán entró en vigor en 1559. Su texto íntegro se desconoce. De un juicio llevado a cabo a su regreso a Lima se conserva una Relación o resumen de lo obrado en la provincia de Chile entre 1557 y 1561, escrito por él mismo en su defensa, del cual constan los contenidos más impor­tantes de la Ordenanza y de otras leyes. Fue enjui­ciado en dos ocasiones y regresó a España donde, desilusionado de la carrera pública, se ordenó sa­cerdote en 1570. Vuelve al virreinato del Perú en su nueva condición y en 1575 es consagrado obispo de Charcas, pero muere camino a la sede episcopal.

La Tasa de Santillán ejerció una poderosa in­fluencia durante los siglos XVI y XVII, aunque no estrictamente en el sentido que este legislador pre­tendió. No por eso –un riesgo para cualquiera que se empeñe en una gran reforma social impulsada por medio de un cuerpo legislativo– puede dejar de negársele la justa fama de ser nuestro primer constituyente.