Las raíces del presente

Aunque Entre Este y Oeste es el registro que Anne Applebaum hace en los momentos finales de la Unión Soviética, su lectura hoy resulta útil para entender muchos de los acontecimientos que tienen lugar en torno al conflicto entre Rusia y Ucrania, la expansión de la OTAN o los problemas geopolíticos de unos territorios donde los mapas explican poco y, en cambio, la geografía humana, la tradición y la historia son claves para comprender la persistencia de identidades nacionales y la tragedia de los acontecimientos.

por Juan Ignacio Brito I 25 Septiembre 2023

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En 1991, la joven reportera Anne Applebaum decidió partir a una aventura inédita. Su objetivo era atravesar las “tierras fronterizas” que dividen Europa Oriental de la entonces agónica Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Un recorrido que la llevaría desde el Báltico al Mar Negro, para conocer y relatar cómo era la vida en una zona donde muy pocos occidentales habían estado desde 1939, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, y que se había hecho infranqueable luego de la caída de la Cortina de Hierro que partió al Viejo Continente en dos bandos irreconciliables.

El resultado del periplo de Applebaum es Entre Este y Oeste, un libro de viaje donde la escritora ya exhibe los instintos que más tarde la conducirían a ganar fama y premios por sus documentados libros sobre el Gulag soviético y la hambruna ucraniana. Originalmente publicado en 1994, el volumen ha sido reeditado recientemente. Aunque su autora reconoce que debe ser leído como un “registro documental de una experiencia que no puede repetirse”, resulta útil para entender las raíces de muchos de los acontecimientos que aún tienen lugar en torno al conflicto entre Rusia y Ucrania, la expansión de la OTAN o los problemas geopolíticos de unos territorios donde los mapas explican poco y, en cambio, la geografía humana, la tradición y la historia son claves para comprender la persistencia de identidades nacionales y la tragedia de los acontecimientos.

El viaje de Applebaum es una búsqueda casi arqueológica por encontrar lo que subsiste y lo que ya no existe en sitios donde la violencia o las deportaciones forzadas (lo que hoy llamamos limpieza étnica) han erradicado a comunidades enteras.

La periodista parte en Kaliningrado, el enclave ruso en el Báltico. Va tras las huellas alemanas en una ciudad que alguna vez fue el corazón de la Prusia Oriental y la cuna de Immanuel Kant. Tras la Segunda Guerra Mundial, el territorio fue convertido por Stalin en una fortaleza militar —misma tarea que cumple hoy para Rusia— en la cual fueron borradas todas las huellas de un pasado germano que se originó en 1226, cuando los caballeros de la Orden Teutónica ocuparon las tierras de los prusios, un pueblo pagano que atormentaba a los polacos. El arribo de los caballeros teutónicos daría pie a la formación de Prusia y su aristocracia guerrera dominante, los junkers, que a su vez serían clave para la unificación alemana del siglo XIX. También inauguraría la confrontación secular entre germanos y eslavos, donde los primeros se verían a sí mismos como portadores de la civilización y percibirían a los segundos como bárbaros inferiores que debían ser dominados.

Por todas partes, Applebaum busca restos de las vibrantes comunidades judías que en un pasado no tan distante poblaron urbes como Brest (hoy Bielorrusia), Leópolis (Ucrania) o Kobrin (Polonia), la localidad desde donde emigró su abuelo paterno a principios del siglo XX con destino a Nueva York. Queda muy poco. Estas son tierras de genocidios y masacres implacables. No solo la Shoah hebrea, sino asimismo el Holodomor ucraniano y bielorruso. Y también zona de guerra: en el pueblo ucraniano de Drohóbych, cerca de la frontera con Polonia, la autora presencia el descubrimiento de una fosa común con víctimas de la NKVD soviética. Ve una pila de cráneos humanos, algunos de ellos de niños, otros con un agujero de bala en la frente e incluso uno con la punta de un hacha de metal en la nuca. Junto a las osamentas se acumulaban los enseres de las víctimas: “Botones de latón de los soldados y de los zapatos y vestidos de las damas, y luego zapatos de cuero, los crucifijos de plata, las espadas de los nobles y toda la multiplicidad de monedas —del Tercer Reich, de la Segunda República polaca, de la Unión Soviética— que revelaban la confusión de aquellos tiempos”.

Esa confusión persiste. Pocos meses antes de la disolución de la URSS, Applebaum descubre que las lealtades nacionales de los habitantes de las “tierras fronterizas” polacas y rusas (kresy y okrainy, respectivamente) son firmes, pero a menudo no coinciden con las líneas limítrofes que con meridiana claridad muestran los mapas. En el terreno todo es bastante más complejo. Muchos de los que viven en Lituania se sienten polacos, un sentimiento que no es bien recibido en la pequeña república báltica, que declara haber sido maltratada por Varsovia mientras existió la poderosa Mancomunidad Polaco-Lituana (conocida también como la República de las Dos Naciones), desaparecida a fines del siglo XVIII; los olvidados rutenos transcarpatianos no soportan a los ucranianos y se sienten más cercanos a los eslovacos, pese a que hoy administrativamente están bajo la soberanía de Kiev; varios de los habitantes de Moldova ven en Rumania su patria, aunque la pequeña República de Transnistria es ciegamente leal a Moscú. La incertidumbre también existe entre Rusia, Ucrania y Bielorrusia (Belarús), las tres naciones eslavas que se declaran herederas de la Rus de Kiev. Esta última surgió en el año 862 y se prolongó por cuatro siglos, dejando un legado cultural que perdura hasta hoy.

El expansionismo del Gran Ducado de Moscovia, el antecedente medieval de lo que luego llegaría a ser Rusia, hizo que las okrainy pasaran a ser parte del territorio imperial. Se trata, afirma Applebaum, de un caso curioso, casi único: Rusia, una nación que tan poco había contribuido al arte y la cultura, se sintió llamada a gobernar sobre pueblos fronterizos más avanzados, construyendo sobre la marcha su identidad nacional. Por eso muchos rusos consideran hasta hoy a Ucrania y Bielorrusia como parte de su territorio. Las fronteras políticas de la Rusia postsoviética “no se corresponden con ninguna ‘Rusia’ anterior de la historia”, explica la autora. En la medida en que Rusia recuperara la confianza, como ha ocurrido bajo el liderazgo de Vladimir Putin, era inevitable que esa realidad se convirtiera en fuente de conflictos durante el siglo XXI.

El enredo tiene lugar porque la Gran Planicie Central Europea, donde se ubican todos estos países, no ofrece resistencia topográfica alguna para las invasiones. Así, las ciudades y regiones cambian de manos con una facilidad pasmosa. Chisinau (Kishinev para los rusos) es la capital de la actual Moldova, pero antes fue polaca, turca, rumana y rusa. Chernivtsí, hoy en la Bucovina ucraniana, fue cedida en 1775 por el Imperio Otomano a la casa austríaca de Habsburgo, pasó a llamarse Czernowitz y fue “una de las legendarias ciudades germanoparlantes del Este”. Tras la Primera Guerra Mundial, fue entregada al Reino de Rumania, adoptando el nombre de Cernauti. Después de 1945 se convirtió en territorio soviético y en 1991 adquirió su domicilio ucraniano actual. Leópolis, hoy en el oeste de Ucrania, es conocida como Lviv por los ucranianos, Lwow por los polacos y Lvov por los rusos, y es el núcleo del nacionalismo ucraniano. Este tiene mayor intensidad en el oeste del país, mientras que en el este los sentimientos prorrusos tradicionalmente han ejercido mayor atractivo, lo cual se corresponde con el mapa dibujado hasta ahora por la invasión rusa de febrero de 2022.

El continuo y azaroso trazado de fronteras políticas en la zona ha dejado a casi todos insatisfechos, lo cual no ha hecho sino reforzar lealtades nacionales que a menudo no hallan equivalencia en la situación administrativa. No obstante vivir en Hermaniszki, localidad situada en Bielorrusia a escasos kilómetros de la frontera con Lituania, una mujer que conversa con Applebaum rehúsa identificarse con alguno de esos países. “Esto es Polonia, señora, no Bielorrusia. Esto no es la Rusia atea. Nosotros somos católicos y nuestro presidente es (Józef) Pilsudski.”, dice, refiriéndose al héroe polaco que contuvo el avance soviético… ¡en 1920! Pese al incesante ir y venir de ejércitos, líderes políticos, poetas y artistas, los habitantes de la zona tienen clara su proveniencia y su pasado. La robustez del nacionalismo es una sorpresa para quien crea que esta es una fuerza descartable y superada por la historia. En las tierras fronterizas, la identidad nacional respira con potencia y parece ser la única referencia que importa.

 


Entre Este y Oeste. Un viaje por las fronteras de Europa, Anne Applebaum, Debate, 2022, 368 páginas, $18.000.

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