
“Considero la complacencia con la mentira, por muchos pretextos con que se adorne, la peor lepra posible del alma”, escribía Marc Bloch en su testamento. Y en un mundo inundado de noticias falsas, sus enseñanzas son un bálsamo que nos ofrece una perspectiva tranquilizadora y, quizá, una esperanza. No en vano, el 23 de junio sus restos fueron trasladados al Panteón de París, el edificio que acoge las tumbas de las principales figuras de la cultura francesa.
por Rafael Gaune y Claudio Rolle I 29 Julio 2026
En muchas licenciaturas de Historia de las universidades del mundo, y también en Chile, sobre todo en los primeros años, aparece un nombre que se repite: el del historiador francés Marc Bloch (1886-1944), que fue “panteonizado” en París el 23 de junio de 2026. Ese día, sus restos fueron trasladados al Panteón, el edificio que acoge las tumbas de las principales figuras de la cultura francesa. “Escribir sobre historia y enseñarla: ese es, desde hará pronto 34 años, mi oficio”, escribió Bloch al presentarse a sí mismo en su testimonio, escrito inmediatamente después de la derrota de Francia en 1940 frente a la Alemania nazi, y publicado tras su muerte con el título La extraña derrota. Al describir su oficio, agregaba que “me ha llevado a hojear muchos documentos de diversas edades, para separar lo mejor que he podido la verdad de la mentira; también me ha llevado a mirar y observar mucho”.
En estas líneas Bloch presenta los rasgos esenciales de su concepción de la historia, en la que destaca el interés por la vida, la curiosidad sin límites y, sobre todo, el amor a la verdad.
La rápida derrota francesa, la ocupación de gran parte de su territorio y la constitución del gobierno colaboracionista de Vichy, que promulgó leyes racistas que perseguían a judíos como él, le impidieron continuar con su labor docente. Fue entonces cuando comenzó a trabajar en un libro de metodología histórica que no llegaría a terminar. En marzo de 1941, consciente de que su vida tomaba otro rumbo como resistente a la invasión nazi, Bloch escribió su testamento. En este breve documento, enfrenta la idea de la muerte y reafirma en pocos párrafos los valores que marcaron su vida: “Toda mi vida he tratado de alcanzar una sinceridad absoluta de la expresión y del espíritu. Considero la complacencia con la mentira, por muchos pretextos con que se adorne, la peor lepra posible del alma. (…) Como hizo un ser más elevado que yo, desearía de buen grado que sobre mi lápida se grabaran estas palabras sencillas: Dilexit veritatem”.
Ese amor por la verdad y por la vida lo convirtieron en un historiador poliédrico y ejemplar en el uso del sentido crítico, la imaginación y la creatividad para comprender a la humanidad a lo largo del tiempo y en la sociedad, capaz de integrar y comparar, de innovar y revisar, de aspirar a un enfoque interdisciplinario y de proponer la unión del estudio del pasado y la reflexión sobre el presente.
Incansable en su compromiso con una historia integradora que abordara todo lo relacionado con el ser humano, retomó entonces, en las horas oscuras de la ocupación, una antigua inquietud que lo acompañaba desde hacía 30 años: la reflexión sobre la naturaleza y el sentido de los estudios históricos. Ya en 1914, en una presentación en el Liceo de Amiens, cuando el mundo era todavía otro, había esbozado una idea sobre el sentido de la historia y las responsabilidades que conlleva ser historiador. Planteó entonces que el historiador se asemeja a un magistrado investigador que recibe datos de diversas fuentes, separa los hechos de la ficción y hace que la verdad salga a la luz. También explicó a su auditorio que la personalidad del testigo, al que se llama frecuentemente autor, ocupa un lugar primordial. Aunque el historiador no debe juzgar al autor de determinado documento, debe conocerlo para detectar posibles errores o inexactitudes en su testimonio. Asimismo, enfatizó que la fuente, el documento, constituyen el fundamento mismo de la aproximación crítica a la historia y que, en su argumentación, el historiador debe referirse constantemente a él.
En su libro póstumo Apología para la historia o el oficio del historiador (“El manuscrito interrumpido”, como lo llamó Massimo Mastrogregori) buscaba sintetizar las reflexiones de sus años de estudio e investigación sobre la relación entre la historia, la humanidad y la vida a lo largo del tiempo. Bloch no llegó a completar su defensa de la historia y de la labor del historiador, pues en marzo de 1944 fue capturado por los nazis, que lo torturaron y asesinaron junto a otros resistentes en las cercanías de Lyon, el 16 de junio de 1944. Los apuntes y las notas que trabajó desde la clandestinidad y nos legó tienen una fuerza y una pertinencia que resuenan en el presente como lecciones magistrales que intentamos transmitir a nuestros estudiantes año tras año, curso tras curso: la búsqueda de la verdad, combatir las mentiras y aspirar a un ideal de justicia a través de esa ciencia que “estudia a los hombres y mujeres en el tiempo”.
Bloch comenzó a escribir esta obra quizá como continuación de su testamento, siendo consciente de los riesgos que asumía al resistirse a la ocupación nazi. En ella recogió muchos de los temas y problemas que le habían interesado en su trabajo como historiador. Ya conocía los riesgos de la circulación de noticias falsas, pues las estudió durante la Primera Guerra Mundial, cuando estas alteraban percepciones y sensaciones, creando miedo y confusión. Esto, sin duda, lo propuso en su libro Los reyes taumaturgos (1924), donde analiza una mentira como un sujeto de estudio válido: la creencia en el poder milagroso de los reyes de Francia e Inglaterra para sanar enfermedades, con el fin de desmitificar ese poder y comprender sus consecuencias en la historia social de una nación, así como en la disciplina histórica.
También sugería que el historiador debe ser como los “ogros de las fábulas”, que huelen carne humana, para acercarnos a la humanidad que a veces se vuelve invisible. En esta defensa de la historia también estaba muy presente lo que hoy llamamos interdisciplina, que ya en 1929, con la fundación de la revista Annales, condujo a la articulación de las metodologías de la geografía, la sociología y la economía, entre otras ciencias, para comprender y desentrañar las continuidades más profundas de la humanidad. Desde esos años vislumbró la importancia de comparar procesos y realidades históricas, comprometiéndose en la tarea de hacer de la historia un espacio de encuentro y debate que promoviera la colaboración entre investigadores y estudiosos de diversas nacionalidades en publicaciones, debates y congresos.
De Marc Bloch sin duda aprendimos que la labor del historiador se asemeja a la de un detective perspicaz que, a partir de huellas o indicios, puede reconstruir la verdad. Descubrimos que la pregunta aparentemente ingenua y sencilla que abre su Apología, pronunciada por un niño: “Papá, ¿para qué sirve la historia?”, puede esconder las complejidades más profundas: comprendernos dentro de una cadena de seres humanos que vivieron, sufrieron y murieron antes que nosotros, y ser parte de una infinita cadena hacia el pasado que se proyecta hacia el futuro.
En cada uno de sus libros se repite la importancia de la historia, el oficio, el futuro, el tiempo, la democracia, la ciudadanía, la historiografía, lo público y lo privado. Son lugares comunes, pero son comunes precisamente porque son verdaderos. Apreciamos que todos podemos tener puntos de vista diferentes y entender el oficio y la historia de diversas formas; que se puede leer un libro de distintos modos y que las fuentes poseen distintas voces. Entendemos que, a ese pasado, que no es más que un relámpago, un instante, podemos acceder a través de distintos medios y preguntas para ofrecer una sepultura a esos muertos o bien entablar un crepuscular diálogo con esas antiguas voces.
A través de su vida y de su obra, Marc Bloch nos enseñó a buscar la humanidad, a sentir nostalgia de esos pasados, a restaurar la voz de los ausentes, a dialogar con el presente y a aspirar a ser hombres y mujeres de acción, pues la historia no es un refugio, sino una invitación a perpetuar la vida y a mejorarla con libertad. Bloch nos enseña a ser expertas y expertos en dudar, a distinguir lo verdadero de lo falso y a contribuir a una cultura democrática basada en la justicia y la verdad. En un mundo inundado de noticias falsas, las lecciones de Bloch son un bálsamo que nos ofrece una perspectiva tranquilizadora. Sus palabras, más actuales que nunca, nos enseñan a amar la verdad y a combatir las mentiras.