Rudolph Amandus Philippi rumbo a lo desconocido

Memorias del naturalista, como su nombre lo indica, condensa el esfuerzo de quien fuera un apasionado por la botánica, interesado por el estudio de los moluscos, médico, profesor, naturalista, inmigrante, director del Museo Nacional en Chile y, ante todo, un viajero incansable, inquieto por conocer y adaptarse a la diferencia, algo no siempre presente entre los viajeros de ayer y tampoco de hoy.

por Macarena Ríos Llaneza I 26 Octubre 2026

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“A donde fueres, haz lo que vieres”, dice un antiguo refrán español, al cual Rudolph Amandus Philippi agregaba: “Y si no, vuélvete a casa”. Sus palabras cristalizan el ánimo con que emprendía sus viajes y aventuras: con una disposición a conocer lo extraño y adaptarse a la diferencia. Dos cualidades que parecieron no desarrollarse en Ludwig Lanbeck, alemán que residía en Valdivia, quien, como Philippi describió con humor, no solo estaba preso de distintos estereotipos sobre los chilenos y sus costumbres, sino que “no podía comer más que aquello que había sido preparado exactamente del mismo modo en que lo hacía su madre en casa”.

Estas son algunas de las historias que Rudolph Amandus Philippi (1808-1904) relató en las Memorias del naturalista, un libro editado y traducido por José Manuel Izquierdo König en 2025. Es el esfuerzo de Philippi por contar su propia vida: la de un apasionado por la botánica, interesado por el estudio de los moluscos, médico, profesor, naturalista, inmigrante, director del Museo Nacional en Chile y, ante todo, un viajero incansable y ávido de hacerse con lo desconocido. Si hasta ahora conocíamos los relatos de viajes específicos redactados por Philippi, como la narración de su travesía por el desierto de Atacama en 1852-1853, con este libro se presenta el conjunto de periplos que realizó y, aún más, se trata de viajes por distintas geografías y realizados de diversas maneras: en botes, bodegas de barcos, a lomo de mula, en canoa. Especialmente, se trata del viaje por una vida, pues el autor configura su biografía a partir de aquellas experiencias.

La lectura de este libro puede provocar sorpresas para los lectores de Philippi habituados a los escritos científicos, a las descripciones de objetos y especies o a los informes sobre el estado del Museo Nacional en Chile. El mismo autor deja ver esta diferencia al referirse a alguno de esos textos como libros redactados “de manera científica”. Sin embargo, la escritura de memorias personales por parte de algunos hombres de ciencia, y el impacto que estas significaron, fueron hechos que Philippi pudo apreciar en su época. En 1887 se publicó la Autobiografía de Charles Darwin, sobre la base del escrito del viajero inglés titulado Recuerdos del desarrollo de mi mente y carácter. El texto surgió a propósito de la petición de un editor alemán, quien solicitó a Darwin unas notas sobre su pensamiento y modo de ser, junto a un esbozo de su autobiografía. Como en otras obras suyas, Charles Darwin emprendió una escritura sistemática, de una hora diaria, en la que intentó componer un relato de sí mismo “como si estuviera muerto y estuviera mirando desde otro mundo”. Luego de su muerte, fue su hijo Francis Darwin quien se ocupó de editar y publicar su escrito autobiográfico, para lo cual corrigió los que consideró algunos errores de expresión y omitió ciertos pasajes.

Darwin fue una referencia para los viajeros del siglo XIX y su influencia se puede pesquisar en las constantes alusiones que científicos como Philippi hicieron de él, su trabajo y quienes lo acompañaron en su travesía en el Beagle. Tanto su autobiografía como las memorias de Philippi recientemente publicadas permiten establecer novedosas relaciones respecto a un tipo de escritura aparentemente tan alejada del mundo científico como lo son los escritos íntimos. Vínculos que se fundan no solo a partir de su contenido sino también por el público al que estaban destinados: la familia. De hecho, el texto autobiográfico de Philippi iba dirigido a sus hijos, a quienes aludió en distintas secciones de sus recuerdos. A diferencia del caso de Darwin, el hijo de Philippi se resistió a publicar la obra, pues, como explicó el historiador Diego Barros Arana, el texto presentaba inexactitudes, a ratos parecía repetitivo y existían problemas de ilación.

Si bien es posible tejer vínculos entre las escrituras autobiográficas de Darwin y Philippi, lo cierto es que también en las memorias de este último existen distintas huellas que permiten pesquisar las inquietudes y las razones que contribuyeron a narrar su propia vida. Como relata en estas páginas, se trata de una composición que comenzó a redactar en 1897, a sus 89 años, y luego de ser aquejado por una neumonía grave. Aún más, distintas experiencias permiten delinear su preocupación por el tiempo, el modo de ubicarse en este y la noción de memoria. Todos temas que, por lo demás, fundamentan sus trabajos de coleccionismo de objetos indígenas precolombinos, sus tareas de conservación y su cargo como director del Museo Nacional en Chile.

Se trata de una composición que comenzó a redactar en 1897, a sus 89 años, y luego de ser aquejado por una neumonía grave. Aún más, distintas experiencias permiten delinear su preocupación por el tiempo, el modo de ubicarse en este y la noción de memoria. Todos temas que, por lo demás, fundamentan sus trabajos de coleccionismo de objetos indígenas precolombinos, sus tareas de conservación y su cargo como director del Museo Nacional en Chile.

Esas inquietudes también se acrecentaron con la llegada a Chile, los distintos viajes que realizó por el país y las personas con las que interactuó. En estas memorias recuerda su estadía en Valdivia, entre 1852 y 1854, y plasma la impresión que le causó una característica de los habitantes de la entonces provincia, y es que ninguno “sabía con exactitud su edad y cuando se les preguntaba decían: ‘Pero si estaba mayor ya para el terremoto de 1837; o para la batalla tal, cuando era niño, cuando me casé, etc.’”.

La observación de algunos poblados, como Tres Puntas, cerca de Copiapó, también motiva una reflexión sobre el tiempo, pues se trataba de paisajes que, a juicio del naturalista, despertaban sentimientos negativos por su fugacidad: “Me dio una impresión muy triste —comentaba en su escrito—, debido a que se notaba que todo allí estaba montado para algún tiempo, no como un espacio habitable permanentemente”. ¿Las pruebas? Pues ni más ni menos que cadáveres de animales e, incluso, la costumbre de botar la ropa en vez de lavarla. Era un asentamiento expuesto constantemente a incendios y, por lo tanto, a la pérdida.

También adquieren relevancia las descripciones sobre los cambios en el territorio: el paso de espacios casi vacíos a la fundación de ciudades, como narró respecto de La Chimba que, si en la década de 1850 era un lugar donde no era posible encontrar “ni un chango”, para 1870 integraba la ciudad de Antofagasta, entonces con 13.500 habitantes. Sus memorias, entonces, transitan entre la escritura del pasado de un país que para entonces se encontraba en una transformación significativa en cuanto a la construcción de caminos, la extensión de las comunicaciones y el uso de diversas tecnologías. Su texto fluctúa así entre la narración de un presente que se escapa y un futuro que se instala.

Fue en 1862, pero en el otro extremo de lo que en aquella época constituía el territorio chileno, que el mismo Philippi experimentó los efectos de la pérdida de memoria: su casa en San Juan se incendió. En la desorientación que produjeron las llamas, no encontraron la llave de su escritorio y, como anotó, todos los documentos que guardaba se perdieron. “Muy doloroso me es aún recordar la perdida de mis diarios de ambos viajes a Italia”, anota.

Una de las sorpresas del naturalista fue enterarse de que su compañero de viaje por el desierto de Atacama, el explorador minero Diego de Almeyda, hubiese olvidado sus trayectos anteriores por aquella geografía. Ante la sorpresa de Philippi por la falta de recuerdos sobre sus periplos pasados, el cateador explicó: “Pero claro, si yo ni siquiera pensaba en si el terreno era alto o bajo, o si había sal en alguna parte. A mí me interesaban las rocas, los mantos y los panizos”. Ante esta respuesta, Philippi concluía que Almeyda era y seguiría siendo un minero. Con ello, develaba que viajar y recordar también constituyen un modo de aprender a mirar.

Sus memorias, entonces, transitan entre la escritura del pasado de un país que para entonces se encontraba en una transformación significativa en cuanto a la construcción de caminos, la extensión de las comunicaciones y el uso de diversas tecnologías. Su texto fluctúa así entre la narración de un presente que se escapa y un futuro que se instala.

La escritura de estas memorias no significó que Philippi contara todo lo que vivió. El editor y traductor de este libro, de hecho, subraya la distancia que existe entre los recuerdos del viajero sobre la muerte de uno de sus hijos y lo que expresó Diego Barros Arana al respecto: Philippi plasma el sufrimiento de manera apretada, no así el historiador chileno. Por lo demás, el mismo naturalista tenía conciencia de la proyección que podían tener los escritos personales en el conocimiento de una persona, como lo manifestó en la narración que, no sin cierta picardía, realizó de la vida del pintor Karl Alexander Simon, a quien conoció en Catania. Simon, que luego se trasladó a Chile, se estableció en Chiloé y Bernardo Philippi, hermano del autor de estas memorias, le encargó investigar y pintar a los indígenas del estrecho de Magallanes. La imagen pública del artista fue descrita con ironía por Rudolph Amandus Philippi: un hombre que le rezaba todos los días al retrato de su amada y que escribía sus reflexiones sobre el amor y el matrimonio para mejorar el mundo. Sin embargo, después de su muerte el naturalista tuvo acceso a los documentos de Simon y pudo leer su diario de viajes: el mismo hombre que alardeaba devoción por su supuesta amada, “relataba con gran detalle cómo se había convencido a una chilota de juntarse con él la misma tarde en que se casaba”. Consciente de los efectos de este diario de viaje, Philippi decidió quedarse con el material para impedir que llegase a la viuda.

Es posible atisbar que Philippi era consciente del valor de estos registros personales y, por eso, sus memorias son el reflejo de cómo se veía él a sí mismo y qué es lo que consideraba importante que su entorno conociese. La relación entre el problema del tiempo y la experiencia del viaje configura uno de los nudos de su relato, pero no solo por el afán de contar sus peripecias, sino como una manera de aprender un modo de estar en el mundo. Por eso, este texto también puede leerse como una suerte de recomendaciones para sus hijos. Ese tipo de escritura tampoco era extraño en el siglo XIX. En la Biblioteca Nacional de Chile se conservan documentos como “Consejos a mis hijos para después de mi muerte”, un texto escrito por José del Pilar Medina, abogado chileno, que enfermó gravemente en 1865, y que dirigió a sus hijos José Toribio Medina, reconocido historiador, coleccionista, bibliógrafo e impresor, y Alejandro Medina, médico. El texto, antes que consejos, constituyen una especie de “mandamientos”, casi instrucciones, en los que el padre señala qué profesiones deben seguir, a qué edad es recomendable casarse y el requisito de no entrar en política, entre otros asuntos.

A diferencia de ese tipo de reglas, Philippi entrega a su familia un relato en el que las anécdotas, la descripción de los caracteres de individuos y sociedades pueden ser leídas como recomendaciones vitales para desenvolverse. Son, de alguna manera, insinuaciones de un padre a sus hijos que se nutren de la misma experiencia que Philippi realizó una y otra vez: desplazarse por diversas geografías e intentar entender lo extraño. En estas páginas vemos nombrados una variedad de pueblos, ciudades y países, además de una caracterización de los contactos que hizo en los diversos sitios: naturalistas, pintores, sacerdotes, botánicos, políticos, lectores o simplemente habitantes de los lugares que recorría. Para viajar, desplazarse por y con lo desconocido, tal como lo entendía Philippi y bien lo reflejan estas páginas, era necesario tener arrojo y, en definitiva, vencer el miedo. El viaje no era un asunto trivial: para el naturalista tuvo un sentido profundo en tanto significado personal y de encuentro con el mundo. En algunas ocasiones incluso se burló de quienes viajaban meramente por cumplir y de manera acelerada, y que encarnaban la diferencia entre ver y mirar, como un inglés que visitaba las galerías y museos de Florencia y que estudiaba cada cuadro de acuerdo con un libro que llevaba, que le servía de guía para recorrer las colecciones. Cuando veía la obra de arte, sacaba la hoja del libro en que esta se identificaba y la tiraba, para poder afirmar, una vez de regreso en Inglaterra, que no habría nada que no hubiese visto en la ciudad italiana. “Claro —concluía Philippi— ¡pero de qué manera!”.

La lectura de la narración de sus viajes y estadías en países como Italia, Alemania y Chile dan cuenta del profundo sentido de la observación que desarrolló el naturalista. Así, los moluscos, insectos y una variedad de animales son descritos en estas páginas. También, se detallan los tipos de vegetación y la construcción de herbarios. Las alusiones a los paisajes majestuosos y la conmoción que estos causan se encuentran en distintos capítulos de la obra. Como muchos de los viajeros científicos de su época, Philippi no se conformó con la identificación de elementos naturales; las descripciones sociales tomaron importancia en sus memorias. A propósito de sus viajes por Nápoles, por ejemplo, relata: “No importa a qué hora uno mirara hacia afuera, siempre había algo interesante pasando en la calle”. Si bien esta afirmación refería en específico a la ciudad italiana, lo cierto es que estas páginas, y por lo tanto su vivencia en cada lugar, están colmadas de historias que revelan la curiosidad y el valor de observar lo cotidiano. Como él mismo reconoció, incluso podría adentrarse en la vida de aquellos espacios aparentemente vacíos y homogéneos, como el desierto de Atacama.

Estas memorias no se alimentan únicamente de descripciones de un pasado fijo, pues tanto la escritura como las interpretaciones que el naturalista hizo de los hechos reflejan la intención de que estos recuerdos impactaran en el presente y, quizás, en el futuro. Son, en definitiva, anécdotas que manifiestan ciertas enseñanzas para sus lectores. Esto podría explicarse, en parte, porque sus mismos periplos están marcados por preguntas existenciales, particularmente respecto de su vocación, como lo ejemplifica su viaje a Sicilia, en que se preguntaba: ¿Qué sería de su vida? ¿Cómo lograría sobrevivir? Ante lo cual recordaba la respuesta que le dio Hoffman: si quería dedicarse a la investigación científica, “debe tener confianza en sí mismo y dejar un margen para que la suerte actúe”.

A diferencia de ese tipo de reglas, Philippi entrega a su familia un relato en el que las anécdotas, la descripción de los caracteres de individuos y sociedades pueden ser leídas como recomendaciones vitales para desenvolverse. Son, de alguna manera, insinuaciones de un padre a sus hijos que se nutren de la misma experiencia que Philippi realizó una y otra vez: desplazarse por diversas geografías e intentar entender lo extraño.

No menos sorprendente es la anécdota que relata sobre el comportamiento de su hijo frente al incendio de la casa familiar. Al encontrarlo silbando una alegre canción luego de la desgracia, un amigo de la familia le preguntó ¿cómo podía estar así ante la catástrofe? Con sencillez, el hijo del naturalista respondió: “Si llorar sirviera de algo, con gusto lloraría un par de pañuelos cada día, pero me parece que hoy solo nos queda levantar la cabeza y dejar de lado lamentos y llantos inútiles”.

Cabe recordar que tanto los viajes como la estadía de Philippi se desarrollaron en el Chile de la colonización alemana, de la expansión minera y en el que, como bien lo advirtió, existían resabios coloniales manifestados en actitudes individuales, características sociales y la cultura en general. Philippi dedicó varias páginas a contar sobre la educación en el país: criticó un sistema en el que se priorizaba la memorización y que, según recordó de una conversación con Ignacio Domeyko, “solo se hacía de los alumnos unos idiotas”. Pero, agregó, “probablemente es lo que buscan, hombres justos que puedan seguir a sus pastores ciegamente, sin pensar, para poder ser así santos”. Asimismo, se refirió a la escasez de profesores y al significado del mérito en la sociedad chilena, como reveló a propósito del vicepresidente de la Sociedad Nacional de Agricultura, nombramiento que evidenciaba que parecía importar más su “pertenencia a una de las principales familias del país” que su verdadera capacidad.

Sus descripciones sobre el estado del Museo Nacional no resultan menos sorprendentes, en especial la indiferencia de algunas autoridades con el sostén de la institución y la falta de preocupación respecto de la cultura en el país. Todo lo cual se encarnaba en figuras como en el ministro de Instrucción Pública Francisco Javier Ovalle, “un tipo que lamentaba profundamente gastar mil pesos en un museo” o en la lentitud con que el gobierno acogía sus peticiones para contratar personal: “Las cosas de palacio van despacio”, concluía el alemán.

En el modo de contar las anécdotas que se despliegan a lo largo de estas páginas existe otra característica que distingue este escrito de Philippi: su agudeza en la observación y en las descripciones se representa a través de una narración repleta de humor. Las historias que recuerda no solo importan por su contenido, sino que la forma, plagada de agudeza, ingenio, ocurrencias y jocosidad, incluso en momentos dramáticos como el ya señalado incendio de su casa familiar, la emigración, los conflictos políticos, entre otros hechos que experimentó, dan cuenta que el humor formaba una parte esencial de su modo de observar el mundo.

Memorias del naturalista, a pesar de haber sido escritas a fines del siglo XIX y para los descendientes del autor, son oportunas e interpelan a los lectores de hoy. En un contexto donde proliferan las nociones de crisis, de emergencia y el miedo a los otros, donde se construyen barreras físicas y culturales difíciles de derribar, estos escritos nos recuerdan las oportunidades que ofrece un individuo en movimiento, una mirada curiosa, que intenta buscar y comprender lo desconocido, valorar la pluralidad y construir espacios de sociabilidad. Quizás, este libro vuelve a confirmar que el pasado continúa ofreciendo innumerables posibilidades para pensar nuestro presente e imaginar futuros distintos.

 


Memorias del naturalista, Rudolph Amandus Philippi, edición y traducción de José Manuel Izquierdo König, Ediciones UACh, 2025, 396 páginas, $21.900.

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