El Mago

Los razonamientos de Alexandre Kojève fueron determinantes para varios desplazamientos en los campos de la filosofía, el psicoanálisis, la historia y la literatura; también se filtraron en los intersticios de estas disciplinas, facilitando la fertilización cruzada. Hegeliano hasta la médula, tenía una destreza dialéctica formidable; cuentan que desvelaba a sus oponentes, incluso a sus aliados, y que sus argumentos evitaban las rutas previsibles.

por Manuel Vicuña I 8 Julio 2021

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El ruso-francés Alexander Vladimirovich Kojevnikov no tiene pares en el siglo XX, según dictaminan quienes le han tomado la talla a su estatura como filósofo, sin desestimar el otro talento, el de Kojève, tal vez equiparable al anterior; el talento político del funcionario público, la inteligencia táctica y estratégica del eterno asesor económico del gobierno francés en asuntos internacionales. Kojève experimentó la tentación de Platón, la del sabio que aconseja al príncipe como una éminence grise, y logró hacerlo con éxito, a diferencia del griego, cuyas exhortaciones al tirano de Siracusa fueron retribuidas con antipatía, por decir lo menos.

Kojève se declaró estalinista en 1939, para desconcierto de quienes lo juzgaban un genio, y se rumoreaba que fue espía soviético durante décadas, pero en los hechos, desde 1945 sirvió con lealtad a Francia, defendiendo sus planteamientos en todas las instancias decisivas de la época. Hegeliano hasta la médula, tenía una destreza dialéctica formidable; cuentan que desvelaba a sus oponentes, incluso a sus aliados, y que sus argumentos evitaban las rutas previsibles.

Sobrino de Wassily Kandinsky, heredero de la intelligentsia rusa en su máxima expresión, no le quedó otra que emigrar de la Rusia comunista, aunque no sin antes haber pasado una temporada en prisión, aderezada con amenazas de fusilamiento, tras ser sorprendido por la Cheka transando jabón en el mercado negro. Protagonista de la novela nunca escrita por Nabokov, Kojève no tenía cabida en la variante bolchevique del sueño marxista; simpatizaba sin embargo con la Revolución.

En los años 20, Kojève experimenta vidas opuestas. Prueba los placeres que prodiga Berlín, la Meca hedonista del momento. Y obtiene un doctorado bajo la supervisión de Karl Jaspers en Heidelberg. Atraído por el sincretismo religioso, se vuelca al estudio del budismo, el sánscrito, el chino, el tibetano. Desde 1926 rehace su vida en París. Los intelectuales lo acogen bien; tiene una inteligencia que captura la atención sin necesidad de hacer piruetas.

En 1933, por casualidad, empieza a impartir un seminario sobre la Fenomenología del espíritu, de Hegel. De entrada, plantea una lectura del texto que reorganiza su estructura conceptual, situando al centro la dialéctica del amo y del esclavo, consistente en la lucha de este último por el reconocimiento como sujeto libre e igual, incluso a costa de su vida, que solo se vuelve plena al fragor de esa disputa. El mismo Kojève debe haber quedado sorprendido por su capacidad para horadar el granito negro que recubre la Fenomenología; el comentarista de una de las obras más impenetrables de la historia de la filosofía confesó haberla leído varias veces sin entender una palabra.

Pero eso fue antes del seminario realizado entre 1933 y 1939; antes de la enésima relectura del texto y del momento epifánico de su elucidación: “Todo Hegel se había vuelto luminoso”, comentó décadas más tarde. “Experimenté un placer intelectual excepcional”. Kojève puso en práctica una exégesis que desmenuza el libro en trozos minúsculos, para favorecer la digestión de cada palabra.

Los razonamientos de Kojève fueron determinantes para la filosofía, el psicoanálisis, la historia y la literatura. A su seminario en Francia asistieron Jacques Lacan, Eric Weil, Raymond Aron, André Breton, Georges Bataille, Maurice Merleau-Ponty y Pierre Klossowski.

Con motivo del seminario, el emigrado ruso se ganó el título de maître à penser. Para dimensionar las ramificaciones de su influencia en el medio intelectual francés, basta con nombrar a algunas de las inteligencias que asistieron al seminario: Jacques Lacan, Eric Weil, Raymond Aron, André Breton, Georges Bataille, Maurice Merleau-Ponty, Pierre Klossowski. Los razonamientos de Kojève fueron determinantes para varios desplazamientos en los campos de la filosofía, el psicoanálisis, la historia y la literatura; también se filtraron en los intersticios de estas disciplinas, facilitando la fertilización cruzada. La inteligencia de Kojève apabullaba a sus discípulos; después de cada encuentro con el maestro, Bataille quedaba “roto, aplastado, entre la espada y la pared, sin aliento y diez veces muerto”.

Las Memorias de Raymond Aron, muy cercano a Kojève en su juventud, ayudan a retratar al gran descifrador de Hegel, poseedor de una naturaleza enigmática y de una inteligencia que les sacaba ventaja a las mentes más brillantes de la época; Sartre incluido. Aron frecuentó el seminario. Kojève, recuerda, “traducía primero algunas líneas de la Fenomenología, recalcando algunas palabras, y luego hablaba, sin una nota, sin tropezarse nunca en una palabra, en un francés impecable, al que un acento eslavo añadía una originalidad y un encanto sobrecogedores. Fascinaba a un auditorio de superintelectuales, dados a la duda o a la crítica. ¿Por qué?”, se pregunta Aron. Algo es atribuible a su “dialéctica virtuosa”; nada al arte de la retórica. La clave residía en la conexión íntima entre la personalidad del expositor y el tema tratado, y, por otra parte, en una combinación de la Fenomenología y de la historia mundial, que se iluminaban mutuamente, otorgándole significado histórico al texto e inteligibilidad filosófica a los acontecimientos de la época. Nadie lograba resistirse al arte del “Mago”, quien decía andar tras la pista de los sabios, no de los filósofos.

Para Kojève, comunista de bajo perfil, hombre mundano e irónico por naturaleza y prolífico filósofo de domingo en sus días de diplomático, la historia había llegado a su fin, lo que no significaba, en su interpretación de la Fenomenología, el cese en la ocurrencia de acontecimientos importantes; Kojève era contemporáneo de la Primera Guerra Mundial, de la Revolución bolchevique y del ascenso de los fascismos. Pero nada de esto invalidaba el hecho capital de la historia de la humanidad: la Revolución francesa y la aparición triunfal de Napoleón como emisario de sus principios universales. Vi el “alma del mundo concentrada en un solo punto”, escribió Hegel después de observar a Napoleón, victorioso, en Jena. La Revolución francesa y el Napoleón hegeliano, transfigurado por Kojève, habían trazado el futuro de la humanidad, encarrilada hacia la consumación de un Estado homogéneo universal.

Finalizada la historia bajo esos parámetros, el filósofo quedaba licenciado para reinventarse como hombre de acción y contribuir a la realización del guion mesiánico de la historia hegeliana. “Mientras la historia dura —declaró Kojève—, un filósofo no puede actuar en la historia, pero como la historia ha terminado, el filósofo puede muy bien participar en la gestión de los asuntos”. Kojève se entregó de lleno a los placeres que brinda el poder palaciego, sin los inconvenientes de las trifulcas partidistas, enorgulleciéndose de resolver abstrusos problemas de economía política, de integrar la “élite internacional” que sucedió a la aristocracia y de codearse con hombres que saben mover las piezas en el tablero mundial.

“La vida humana es una comedia, debemos representarla con seriedad”, aseguró. En una edición del fragmento sobre la dialéctica del amo y del esclavo comentada por Kojève, me tropiezo con esta nota destinada a caracterizarlo: “En medio de las revueltas parisinas del 68, mientras los estudiantes franceses pintaban grafitis como ‘Seamos realistas, pidamos lo imposible’, Alexander Kojève le preguntó a Raymond Aron: ‘¿Cuántos muertos?’. ‘Ninguno’, respondió Aron, luego de lo cual Kojève dictaminó con calma olímpica: ‘Entonces en Mayo del 68 no pasó nada en Francia’”. Según Kojève, quien por lo visto juzgaba blandengues las revueltas acunadas por la retórica revolucionaria, a los universitarios les resultaría más provechoso aprender griego. Lo decía un especialista en los filósofos presocráticos.

Kojève murió, precisamente, en 1968. Dicen las malas lenguas que Lacan se coló en el dormitorio del filósofo recién fallecido, con la intención de robarse el ejemplar de la Fenomenología con las anotaciones manuscritas del Mago.